Que con mi pan me lo coma

Es cierto que siempre he querido escribir algo como Monterrey, el antiguo correo literario de Alfonso Reyes, pero también lo es que excedía con mucho mis recursos económicos e intelectuales; es cierto que la lectura es para mí, más que una afición, una vocación que respeto y obedezco desde que tenía ocho años, pero también lo es que, lejos de enorgullecerme de lo que he leído por la misma razón que uno nunca puede estar orgulloso de respirar o andar, cada libro me deja la ansiedad de leer muchos más. Es cierto que me había resistido a la idea de abrir un blog, pero también lo es que a todos nos llega nuestra hora, y la mía ha sonado.

A todos quienes se nos suele ver con un libro, ahora también con un iPad, un Kindle o un Nook, los amigos suelen preguntar qué estamos leyendo, o qué recomendamos leer; es un placer contestar porque siempre es delicioso hablar de libros. Además, desde hace muchos años, no menos de veinte, llevo un registro riguroso de cuanto voy leyendo; cuando abrí mi cuenta de Facebook, encontré una oportunidad para ambas situaciones. Andando el tiempo fueron muchos los que me preguntan por la recomendación, me sugieren, me corrigen y en fin, están pendientes de la lectura.

Sin embargo, sin Jorge Ringenbach, que ha sido insistente en que pusiera este blog desde hace muchos años y sin Úrsula Bernal y Lorena Soto, que me dieron el impulso final, no me habría atrevido nunca a abrirlo, porque, a final de cuentas, ¿a quién le podría importar un ejercicio tan íntimo y tan personalísimo como la lectura?, ante esa pregunta sin respuesta el ejemplo de Reyes haciendo su Monterrey explica la situación correctamente, no es pensando en quién quiera leerlo, sino en compartir aquello por lo que se tiente tanta pasión y para estar cerca de los amigos cuya plática, al ser viva, supera toda lectura.

Me propongo pues, trasladar aquí la recomendación de cuanto voy leyendo y que se ha hecho una diminuta tradición entre quienes compartimos el espacio del Facebook; llenar de palabras esos minutos de silencio, segundos a veces, que nos queda después de tornar la última página de un libro; diciendo lo que me nazca y como me venga, después de todo, siempre podrá el lector amigo decir… venga, que con su pan se lo coma. Y tendrá razón, así que gracias y bienvenidos.