Leyendo, “La llama”, tercera parte de la novela “La forja de un Rebelde”, de Arturo Barea. Lea ud. “La ruta”, segunda parte de esta magnífica novela.

Sigo en la fascinación de esta novela magnífica. La ruta es, sin duda, una de las mejores novelas de guerra que se han escrito; cercana en su estilo y forma con “Sin novedad en el frente”, de Erich Maria Remarque; pero sobre todo, en el espíritu. “La ruta” es un alegato contra la guerra, contra la violencia y contra la estupidez humana aprisionada en los cuarteles. También es una brillante exposición de las causas que llevaron a la dictadura a una España sumida en la venalidad y la ignorancia, tiempo del que bien podríamos aprender algunas lecciones. En ningún caso la guerra es hermosa o heroica, en ningún momento es permisible ni justificable, es una desgracia, tal vez la peor de todas, eso queda claro con su descripción descarnada del desastre de Annual y del Rif. El personaje, el propio Barea, se obscurece para dejar pasar las sombras de la miseria en que la abulia de Alfonso XIII dejó a España, minó la fuerza de la monarquía ya abrió las puertas a la República. En cambio, la figura de Franco aparece como el hombre del momento, brutal en la guerra, bárbaro en sus costumbres, dice un personaje, “¿Sabes qué me da miedo de Franco?, que es capaz de decir, péguenle cuatro balazos, y darse la vuelta como si nada”; habla también sobre el mito de la baraka de Franco, aquella especie de cualidad mística que lo hacía inmortal en batalla y que lo hacía invencible frente a sus enemigos. Esta novela trae a la memoria otros de los mejores textos bélicos; “Las benévolas”, de Littell, y “Vida y destino”, de Vasili Grossman.