Para Carlos Fuentes

Antes de que otra cosa suceda, de que el tiempo se nos venga encima y amontonados los días formen una brecha de velocidad y prisas, hay que decir algo sobre Carlos Fuentes. Decir, así nomás, por decir; un simple gesto de agradecimiento, una señal de vida de un lector que disfrutará de la amistad privilegiada, permanente y perpetua, esa cofradía secreta formada por el escritor, el lector y los personajes.

Al partir Carlos Fuentes en México se cierra una ventana, justo cuando más la necesitamos; una ventana por la que entraba el aire fresco del mundo, por la que se colaban los vientos de otros idiomas y de otras literaturas, una ventana por la que los mexicanos podíamos vernos en el contraste con otras culturas y a través de la cual ellos, los otros, podían mirar al interior de nuestra casa; es cierto, Fuentes no es la única ventana de nuestra cultura al mundo, pero sin duda siempre fue una de las más soleadas, de las mejor ubicadas y de las que mejor vista dejaban contemplar.  lejos del sombrerazo, de la fiaca nacional y de los lugares comunes ensarapados y enchilados, Fuentes ofrecía un México vital, cambiante, demandante y moderno; pero a cambio traía a la mesa de todos manjares de literaturas que no imaginábamos ni sabíamos con qué se comían, desde la India a Salman Rushdie, toda la parvada de la literatura norteamericana que no por provenir del imperio era menos literatura ni menos hermosa; quien lea a Fuentes, pero de verdad, tarde o temprano se anima a leer a Faulkner o a Capote; se atreverá a leer a Kundera y a Giono. Quien lo lea de verdad, podrá entender el misterio de ese hombre eternamente joven, pulcro y bien vestido moviéndose con soltura y comodidad en Viena y en Buenos Aires, en Madrid y en Tokio; un mexicano con todas sus letras para quien el mundo era, más que un misterio, una casa enorme y soleada.

Es verdad que las letras de Fuentes, a fuerza de extensión suelen ser desiguales y no valen lo mismo ni alcanzan la misma estatura, el Instinto de Inés que la Región más transparente o, si queremos evitar el abuso pues nadie puede escribir una cadena ininterrumpida de obras maestras, no es lo mismo Zona sagrada que Adán en Edén; pero lo que es indiscutible, es su vocación literaria; Fuentes es el escritor y todo lo que hace gira en torno a ese propósito y a la conquista de esa vocación; todo, lo profesional y lo intelectual, lo familiar y lo político, todo para parar en el tintero y en la letra, todo al desahogo de la pluma y todo a la vista del lector. Fuentes a veces pierde, si, pero porque apuesta y porque se atreve a escribir Terra Nostra y Cristóbal Nonato; al final gana y gana para siempre porque siendo de los mejores escritores no se queda en eso, sino que se convierte en personaje señero de la cultura nacional.

Fino, ocurrente, amigable, se esforzaba en aparecer accesible y lo lograba; galante y generoso, no regateaba minutos ni escatimaba miradas. Presente siempre, se convirtió en el gran pedagogo de la cultura mexicana por la que los mexicanos, luego de la revolución aprendimos a ser, una vez más como en tiempos de la Reforma, ciudadanos y habitantes del mundo.

Que Fuentes deja un hueco insustituible, ¿quién que muere no lo deja aunque sea para su sombra?, a Fuentes lo sucederán innúmeros escritores, la mejor página de la literatura mexicana todavía no se escribe y, sin embargo, la presencia erguida, gallarda y un poco coqueta del mexicano, el segundo mexicano universal, se extrañará siempre. Ya no habrá el libro con que cada año Fuentes obsequiaba a sus lectores y saciaba al monstruo enorme de su vocación, ya no estará el amigo de las luminarias del mundo, ya no estará aquí, el escritor – acaso el último de entre los mexicanos – para el que el glamour y el mundo eran viñetas de una enorme fortaleza literaria.