“Neuromante”, de William Gibson, o la Literatura como sublimación

Seguramente, en algún glosario de términos técnicos exista una buena definición de “ciberespacio”, no lo dudo, el término tiene ya sus buenos 29 años circulando desde que lo arrojó desde la literatura William Gibson; sin embargo, la propia noción de “ciberespacio”, justo donde ahora nos encontramos compartiendo palabras, resulta una vivencia llena de mitos, de experiencias particularizadas y de expectativas más o menos fantásticas según el sujeto que las experimenta.

En Neuromante, Gibson imagina el ciberespacio como el mundo donde interactúa la red de ordenadores que gobiernan las actividades humanas; desde luego, que ello no era novedad para 1983, fecha en que el autor norteamericano la puso a circular como nueva palabra para lo que ya entonces era una realidad; el futurismo de Gibson es más que profético, surrealista y, a diferencia de la ciencia ficción tradicional, no imagina un mundo del mañana de manera propositiva, como apostando a lo que será el futuro, sino penetrando en nuestros deseos y anhelos para descubrir los demonios y los ángeles que acompañarán a las generaciones próximas, demonios y fantasmas engendrados por nuestros miedos y esperanzas.

El ciberespacio que imagina Gibson actúa por sí mismo, es lugar de encuentro que se invoca como una realidad paralela gobernada por una lógica onírica, surrealista, en la que todo cuanto sucede parece carecer de consecuencias y que, sin embargo, modifica el mundo de las relaciones reales; descendiente de “Blade Runner”, Neuromante enfrenta el ciclo de la construcción y la destrucción del mundo y de los sujetos, como una serie de decretos fatales: el sexo fatídico, la muerte insensible y el destino decretado; sus fantásticas imágenes se inscriben en la legión de los sueños y se convierten, al traspasar la imagen y caer en la mente del lector, en demonios vivientes que nos llevan a preguntarnos sobre nuestro propio ciberespacio, sobre el propio mundo de nuestros sueños.

Explica el mundo decrépito, contaminado y mortalmente herido que debe enfrentar quien retorna del ciberespacio:

“Case sintió que, de algún modo, las cosas habían crecido durante su ausencia. En todo caso parecían cambiar sutilmente se cocían bajo la presión deltiempo: Copos silenciosos e invisibles que se asentaban para formar una charca, una cristalina esencia de tecnología desechada que florecía en secreto en los basurales del Ensanche”

Porque Gibson no quiere ser innovador en el aspecto del mundo real, es un lugar común la vida en la tierra después del gran holocausto nuclear, es común también la sobrevivencia de la especie luego de la crisis del agua y de la contaminación; pero no lo es imaginar al ciberespacio como un lugar donde los que lo penetran se caracterizan por domar sus sueños y enfrentarse físicamente, o al menos casi físicamente, con sus pesadillas y sus deseos potenciados por una inteligencia artificial. Es en ese mundo donde las reglas de lo real carecen de sentido:

“Tessier y Ashpool subieron por el pozo de gravedad y descubrieron que odiaban el espacio. Construyeron Freeside para explotar la riqueza de las nuevas islas, se hicieron ricos y excéntricos, y se pusieron a construir un cuerpo extendido en Straylight. Nos aislamos detrás de nuestro dinero, creciendo hacia adentro, generando un inconsútil universo del ser”.

Y es ahí, en ese mundo diverso, artificial y efímero, donde el sujeto puede conocerse a sí mismo, liberarse de las desgracias que lo atan a tierra y visualizarse como lo que es y también como lo que podría ser.

Gibson imagina colonias en órbita, computadores inteligentes, sociedades devastadas, pero nunca llegó a imaginar que algún día prohibirían fumar en los aviones, algo que yo mismo todavía no me creo.