Un sonido entre estaciones

Hipnótico e irrepetible, el ruido magnético de la radio, entre estación y estación de la amplitud modulada, era para Gonzalo el santo y seña de la abuela que durante los últimos años, todos los de la vida del nieto, pasó las tardes sentada junto al aparato de radio poblando de sonidos, voces, ritmos y ruidos, los apacibles ratos de un tiempo que parecía no tener fin. Esa tarde tenía algo de recuerdo anticipado, de esos momentos en que uno no sabe cómo pero que se está seguro que no se van a olvidar nunca, como el sabor de una fruta mil veces probada pero vuelta especial en un momento preciso, como el olor de las cocinas mexicanas que son todas similares pero cada una irrepetible, como las tardes constantes de la radio que eran todas la misma y ninguna idéntica a las otras.

Gabriela ya no oía el ruido que poblaba el espacio vacante entre las estaciones, los sonidos le llegaban como filtrados por los siglos que la separaban de su hijo en ese momento en que ambos estaban sumergiéndose en mundos separados; para ella, el recuerdo era de otro color y cada paso de la plancha sobre la tela era la triste vivencia de alizar también su memoria y su futuro; como si el metal pudiera también eliminar los pliegues de un cerebro lleno de cosas idas, pasadas como el calor en la ropa, que dura apenas unos instantes para disiparse rápido, seguro e inasible. De pronto, en el acto preciso de revisar una valenciana, Gabriela cayó en cuenta del ruido que llevaba ya sus buenos cinco minutos.

– Pero bueno Gonzalo, ¿no puedes encontrar otra cosa en ese aparato?

Y desde luego, el niño no contestó a una pregunta tan tonta, como si no fuera obvio que la radio estuviera llena de cosas diversas como el mundo. Sólo giró sobre su costado derecho para quedar de espaldas a la madre, negándole la existencia, para quedar de frente al aparato que respondía a la suavidad con la que giraba la perilla de la sintonía. “Haste, Haste, la hora de México…” y escuchó que la hora del Observatorio era ya casi la de irse a dormir y se preguntó si en los demás lugares que no eran el Observartorio había una hora diferente, o si la de ahí era más precisa, más rápida o más lenta, se preguntó también en el lapso breve que duró la señal de la estación, qué era lo que observaban en ese lugar capaz de decir la hora cada minuto sin error ni tardanza. Gabriela no se preguntaba nada, pero se acordó de los minutos felices del camino a la escuela a bordo del viejo Valiant de su padre, en que la hora del observatorio, fiel hacía más de treinta años, señalaba los minutos y los segundos veloces que faltaban para cerraran la reja de la escuela, la pusieran en la lista de los retardos y la obligaran a escribir con tinta negra: “Debo levantarme más temprano”, cuidando que la “D” primera y mayúscula estuviera siempre escrita con tinta roja y todo eso a ella no le importara, porque su padre, aquel gigante bondadoso iba al volante de un coche enorme, por eso no se dio cuenta cómo el ruido volvió a apoderarse del cuarto de planchado – como llamaban a esa habitación inútil para dormir y apenas suficiente para guardar los triques y hacer labores de planchado -. Pronto el ruido se tornó sonido armónico y aparecieron las palmeras borrachas de sol, Veracruz rinconcito de patria, y al niño se le vino encima la voz de la abuela, desentonada y frágil pero dulce y entrañable, mientras que a Gabriela, que planchaba el cuello de un vestido guardado durante años y oloroso a resguardo de las maderas finas del armario, le cayó encima todo el peso de una noche en la playa con el padre de Gonzalo, una noche interminable que todavía llevaba en la sangre.

El ruido omnipresente volvió a sacar a Gonzalo de su trance donde habitaba la imagen fantástica de una abuela eterna como las montañas y los bosques, un ruido que su madre no oía pero que se volvió angustia cuando unas carcajadas monumentales cimbraron el espacio: al estrado del mismo juzgado, desde hace cien años, era llamada nuevamente Nananina a declarar y el niño pensó que algún día sería abogado para terminar de una vez por todas con esa farsa eterna, para que pusieran presa a la declarante y a su comparsa Trespatines; mientras, su madre, terminando de almidonar el punto de encaje en el cuello de un vestido, lanzó un suspiro: ella había sido madre e hija al mismo tiempo; no oía las gracejadas de la comedia, pero sí el tono y la pronunciación de las voces que habían acompañado a su madre en la cocina y en el coche, en la sala y en su habitación por los siglos de los siglos, mientras ella crecía se convertía en mujer y también en madre, iniciaba y abandonaba los estudios de la licenciatura en economía, daba a luz y volvía a la Universidad y mientras tanto, entre expedientes inacabables, todos los días volvía Nananina a denunciar ante el mismo juez que nunca moría, los excesos y tropelías del ridículo Trespatines, y el ruido, constante y parsimonioso, como el de las naves espaciales del Cartoon Network, volvía una vez más a apoderarse del aire de ese cuarto diminuto y antes de Gabriela pudiera darse cuenta de que eso que le incomodaba era precisamente la sensación de vacío entre estaciones de la radio, había sucedido la coincidencia que dejaría maravillado a Gonzalo, en la siguiente estación los marcianos llegaban ya, y llegaban bailando el chachachá, ricachá, ricachá, así bailaban en marte el chachachá; él no tenía idea de que diablos era aquello del chachachá ni porqué bailaban los marcianos, pero la música no le disgustaba y menos ver a su madre mover ritmicamente una pierna mientras seguía aferrada al mango de la plancha, sin duda el que ponía los cedés en la radio era un genio, mira que adivinar aquello en lo que uno estaba pensando y también lo creía Gabriela viendo en su memoria a sus padres bailando en todas las fiestas, siempre juntos y siempre felices, mientras ella los observaba desde la mesa tomando una chaparrita de uva con popote y entonces sí, en el momento preciso en que daba los toques finales al vestido negro, el niño preguntó si ahora que la abuela no iba a volver, podía quedarse con su radio; la madre no pudo estallar en llanto y sólo dijo que sí, que a la abuela eso le habría gustado.