El exilio Uruguayo, la metáfora de un encuentro entrañable

Si para todo el mundo, después de la Segunda Guerra Mundial, el fenómeno de la migración identificaría el ritmo de la evolución política y social; para México, la migración latinoamericana de las décadas de 1970 Y 1980, implicaría, al menos, tres elementos particulares: no sería una migración simple y llana, digamos motivada por razones exclusivamente económicas, sino una migración acompañada de ideales políticos y de coyunturas históricas; el alto nivel educativo y cultural de una parte importante de la migración que potenciaba la calidad del diálogo entre sujetos y entre culturas y, por último, la presencia de la figura del asilo político que amparaba, de manera general aún a quienes se desplazaban desde sus países de origen con otras calidades migratorias para recibir el amparo de la política y de la sociedad mexicana.

Esos tres elementos permitieron que la presencia de los argentinos, uruguayos, brasileños, ecuatorianos, nicaragüenses, guatemaltecos y chilenos, entre otros, alentara la apertura de nuestro propio diálogo ideológico y político al interior de nuestra sociedad, fortaleciendo la relación entre el discurso interior e internacional de la política mexicana; que la presencia de los latinoamericanos diera una nueva connotación a la idea de la identidad latinoamericana basada, sobre todo, en elementos culturales, lingüísticos y literarios con una carga emocional de hondas proporciones y además, que el papel del intelectual latinoamericano, así como su trascendencia en la vida de los estados y del entorno internacional, fuera revalorada sobre todo en la perspectiva de su independencia del poder público.

Hoy, a más de treinta años de distancia podemos apreciar aquel fenómeno desde un punto de vista unitario en el que el exilio republicano español de los años 1930 y 1940, representó un prolegómeno importante, fijando el canon de comportamiento para las autoridades mexicanas y una primera experiencia colectiva para la población mexicana poco habituada a la convivencia multicultural después de la enorme erupción nacionalista que fue la Revolución mexicana.

En cada caso, los exilios fueron aportando nuevos elementos tanto para la vida mexicana, como para el desarrollo de los demás grupos convivientes en la sociedad de éste país y si algunos de ellos dispusieron de ciertas características particulares que los hacían más identificables – como la relación personal e identidad entre Salvador Allende y Luis Echeverría, la simpatía de José López Portillo por el movimiento sandinista o el fortalecimiento del latinoamericanismo alentado por la injusta guerra de Malvinas -, todos tenían una serie de características comunes que los diferenciaron de la experiencia de los republicanos españoles, entonces ya completamente integrados y próximos – cuando ello se concretó – a la repatriación.

Y, sin embargo, entre ambos exilios existen y existieron vasos comunicantes de honda significación y humana profundidad; el propio Saúl Ibargoyen es protagonista de esta comunidad de voces y expresiones. Me encuentro perdida en su obra los siguientes versos que casan a perfección con estos otros de León Felipe:

 

El cantante negro

Saúl Ibargoyen

 

(Para Fela, cantor popular de Nigeria, in memoriam)

 

“Llevo la muerte en mis bolsillos”

dijo el cantante negro.

¿Quién podrá matarme? ¿Con qué pistolas

con qué cuchilladas o bombas? Porque ellos no tienen la música

que es el arma

que nos escuchará en los tiempos del nuevo futuro

 

Mudo

León Felipe

 

Tuya es la hacienda,

la casa,

el caballo

y la pistola.

Mía es la voz antigua de la tierra..

Tú te quedas con todo

y me dejas desnudo y errante por el mundo,

mas yo te dejo mudo. ¡Mudo!

¿y cómo vas a recoger el trigo

y alimentar el fuego

si yo me llevo la canción?

 

A diferencia de lo que sucedió con los republicanos españoles, los latinoamericanos practicaron un activismo internacionalista con miras a un retorno que no sólo se deseaba y se esperaba sino por el que se trabajaba: sus escritores, diseminados por el mundo hablaban de las dictaduras y sus crímenes no sólo en notas de prensa o en reportajes de fondo, sino también en poesías, cuentos y novelas de innegable valor estético; poseían el orgullo de quien había perdido una batalla pero que no se tenía por derrotado y que, mediante hábiles mecanismos se las ingeniaban para no violentar el derecho mexicano y, sin embargo, apoyar constantemente la resistencia en sus países, incluyendo visitas legales o clandestinas de las que obras como la de Gioconda Belli o Miguel Littín, dejaron huellas entrañables.

De ahí que el exilio latinoamericano tuviera, para muchos mexicanos, especialmente para quienes éramos adolescentes o niños al momento de su llegada, un aura épica y una estética subyugadora.

Para hablar de la experiencia uruguaya, una de las más sutiles y entrañables, hay que hacerlo a través de este marco, el del anhelo por volver y el del encuentro sin cortapisas con un pueblo que les había abierto las puertas y en el que desarrollaron la doble vida que divide siempre a todo exiliado.

Cuando en 1973 comienza la historia del exilio uruguayo, éste se iba a ver marcado por particularidades que señalaban su presencia en el contexto latinoamericano; para comenzar, además de que la dictadura se comportó con la habitual brutalidad que los caracterizaba, incidió en señalar su distanciamiento de los países que no compartían su ideario y sus prácticas; la dictadura uruguaya se negó siempre a conceder el trato de “asilado” a quienes pudieron acceder a la embajada mexicana, llamándolos con una palabra del todo vacía en el contexto del derecho internacional: “protegidos”, con lo que pretendía negar la obligación internacional de proporcionarles los salvoconductos correspondientes; en cambio, el gobierno mexicano los tuvo desde el primer momento como asilados políticos.

Todo ello tuvo como consecuencias inmediatas primero, la verificación de la primera metáfora a la que quiero referirme: la actuación del entonces embajador de México en la República Oriental del Uruguay: Vicente Muñiz Arroyo y también al hecho, más mundano, que incidió en cierta distorsión de las estadísticas sobre el exilio uruguayo, esto es, la entrada en territorio mexicano de muchos uruguayos en calidad de turistas, trabajadores, estudiantes y otras formas migratorias avaladas por el gobierno mexicano y que para los militares era más difícil de controlar.

Esta distorsión estadística no es despreciable; mientras que diversos especialistas estiman en poco mas de un millón los refugiados sudamericanos, siendo los grupo más numerosos los argentinos, con 650,000 individuos, chilenos con 200,000 y los uruguayos de 200,000 a 400,000 en otras estimaciones; las estadísticas de las autoridades migratorias sólo manifiestan la presencia de 2,404 extranjeros residentes en México con calidad de asilados.

Al igual que sucedió con otros asilos políticos, la personalidad del embajador de México en el país en conflicto dio carácter a cada uno de los casos; así, el nombre de Gonzalo Martínez Corbalá está profundamente asociado con la situación chilena; o Gilberto Bosques en el caso de España y, en el caso del Uruguay, el asilo tiene el nombre heroico del diplomático mexicano Vicente Muñiz Arroyo.

Muñiz Arroyo es, desde su origen, uno de los promotores más encarnizados del encuentro entre Uruguay y México en esos momentos difíciles; a él se debe la presencia y el asilo de Carlos Quijano – padre de la revista Marcha – y de Alfredo Zitarrosa. Pero, debe señalarse en él no sólo el cumplimiento disciplinado y hasta las últimas consecuencias de las instrucciones de su gobierno, sino una pasión en cumplirlas por un afecto especial por el Uruguay y por un sentimiento de identidad que comprometía su persona y su tarea diplomática.

Muñiz Arroyo había iniciado su relación con con Uruguay en 1970, cuando el gobierno mexicano lo designó su representante ante la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio.

Para el momento del golpe militar de 1973, Muñiz Arroyo era ya embajador de México ante el Uruguay; desde las primeras horas del golpe abrió las puertas de la residencia oficial de México en el barrio de Carrasco y, a decir de varios asilados, ” en no pocas ocasiones se jugó la vida para salvar a perseguidos y brindarles su protección”; entre quienes recibieron su protección se cuentan Iván Altesor, Ana Buriano, Silvia Dutrénit, Carlos Onetti y Diego Pelufo.

Muñiz cumplió su tarea en un grado que no se puede exigir a nadie pero que para él representaba el punto al que debía llegar la política mexicana de asilo, al grado – se cuenta – de salvar a una niña que había sido secuestrada por las Fuerzas Conjuntas y para llevarla con sus padres que estaban asilados en al casa del diplomático; se dice también que el primer niño uruguayo nacido en México, hijo de exiliados, lleva el nombre de “Vicente”. Ahora que las tendencias en la descripción histórica parecen mirar más hacia la estadística y las tendencias, estos hechos retratan mejor el clima de nuestro encuentro y la calidad de sus protagonistas. Al retornar a México, durante los años de exilio de los uruguayos, el embajador no perdió contacto con sus amigos uruguayos – con sus uruguayos, como él afectuosamente los llamaba – los frecuentaba y establecía ligas de solidaridad y de afecto que fueron torneando un mundo íntimo de encuentro, como una metáfora de lo que iba sucediendo entre nuestras comunidades.

Cuando la democracia volvió al Uruguay Muñiz Arroyo retornó con ella, entonces fue designado representante en la Aladi en aquel país y, como si se tratara de una historia escrita por una mano maestra, al poco tiempo falleció, rodeando del afecto de los uruguayos y del cuerpo diplomático acreditado en la que fue su otra patria: el Uruguay.

Esa metáfora, sin embargo, no es la única; está también la de El Galpón, insigne grupo teatral sin el que la historia del teatro mexicano y latinoamericano no sería el mismo.

Cuando entre marzo y abril de 1976, los integrantes de El Galpón fueron liberados por falta de pruebas en torno a sus ilusorios delitos, varias instituciones culturales, uruguayas y extranjeras, permitieron mantener con vida el grupo hasta el decreto del 7 de mayo le asesta el golpe que los militares pensaron mortal pero que no significó sino el acta de nacimiento de una nueva etapa. La mayoría se exilia en México, donde conserva su identidad, unidad y método.

Como en un intento de resistencia, que en realidad lo era, el exilio significó salir al encuentro de una nueva manifestación de la solidaridad latinoamericana y de su identidad ya a través del gobierno mexicano y de otros organismos culturales como la UNAM, por ejemplo.

Durante ocho años de exilio El Galpón, se presentó en centenares de ciudades, pueblos y estados, reconstruyendo la utopía cultural de García Lorca y su Barraca; promovían la cultura y solidaridad de los países latinoamericanos en contra de la dictadura y en favor de la libertad.

Y del mismo modo, con la música de Zitarrosa y las palabras de Benedetti, que nos enseñaron a muchos mexicanos el dulce y doloroso arte de enamoramos, los urumex y los mexicanos, tejimos este raro entramado que es el exilio, para poder decir que, ambos, en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos.