Una casa para el señor Naipaul o El orden del caos

Imaginad un mundo que, oculto desde siempre y acaso para siempre, se encuentra a flor de piel; invisible en su cercanía es, como en el viejo cuento de Las Mil y una Noches, un tesoro sepultado en el jardín de nuestra propia casa. Imaginad un hombre con sangre y lengua mestizas hasta el disparate y lo indecible y, en medio de todo, la fabulación, la reconstrucción del universo diminuto de una isla, hasta la dimensión enorme del drama de un hombre que quiere una casa para alojar a una familia anómalamente pequeña.

Es verdad que el hecho de que a Vidiadhar Surajpasad Naipaul le hayan  concedido el Nobel de Literatura en 2001, no es indiferente para su literatura. Si bien la distinción no le añade ni le quita un ápice a lo que ha escrito, lo ha puesto a la vista entre nosotros; entre quienes no lo conocíamos, ha traído a nuestros escritorios y libreros sus letras que tenían un sitio muy marginal en los repertorios de las librerías y todavía más limitado en el patrimonio de los que leen.

Naipaul es verdaderamente el tesoro que encontramos en el jardín de las Américas. Escritor caribeño, no pertenece al orbe de la América española y, aunque sea nativo de Trinidad, difícilmente podríamos ubicarlo, con la pureza y la certidumbre de la que tanto disfrutan los perezosos y los conformistas, en categorías simples y sencillas como la expresión “letras inglesas”. Hijo de hindúes, él mismo comenzó la educación religiosa propia de su casta, lleva en su expresión la voz de los negros antillanos, el tenue murmullo de sus pueblos indígenas casi extintos y el fulgor y el brillo del oropel y del cartón piedra de los imperios coloniales.

Si con Naipaul la literatura mestiza renace y triunfa, Una casa para el señor Biswas, es prácticamente su manifiesto. Abigarrada y polifónica, la literatura de Naipaul es tan barroca como el trópico y el Caribe lo exigen. Su lectura es exigente, no por cuanto gire en vericuetos de complicación argumental, ni porque se proponga ser edificante o ejemplificadora; al contrario, es exigente porque implica la aceptación de lo distinto, de lo diferente, de lo otro, reflejado en el espejo que, para nuestra sorpresa, es en realidad nuestro propio rostro, embellecido y reconstruido por todas las sangres de América.

El Señor Biswas, proscrito por mandato astrológico, hidrófobo por tabú religioso, rotulista por voluntad, tendero por accidente, esposo y padre por destino, capataz de finca por chantaje y periodista por vocación es, como cada uno de los americanos, un personaje pantagruélico, feliz en su desgracia y contradictorio en su alegría; sin lugar a dudas, el epónimo de los anhelos y los sueños postergados de los americanos. En cierta forma, esta reivindicación de nuestra América, de la otra América, llama la atención por su cercanía y por su desencuentro.

Los americanos del sur abajo del Río Bravo, estamos habituados a los disfraces, somos maestros del disimulo y de la ocultación, de la media sonrisa y de la mirada de reojo. Por ello, no podemos permanecer impávido en la búsqueda que Biswas emprende por conseguir una casa propia. Si aparentemente este sueño pequeño burgués y clasemediero, no puede ser la clave de un relato vital, Naipaul logra convertirlo en la única épica posible de nuestro tiempo: la del hombre común inmerso en una sociedad que se complica y lo ignora, del hombre de todos los días y de todos los barrios, empeñado en salir de las asfixiantes tradiciones para poner sus ojos en un solar limpio, nuevo, donde pueda elegir su propio destino.

Una literatura así sólo puede ser dolorosa, cáustica y un tanto cínica; qué le vamos a hacer, así es nuestro continente; de qué otra forma podría aprender uno a convivir con la miseria y los impulsos ridículos por salir de la pobreza. Y en efecto, Naipaul es un autor sin raíces, a fuerza de tanta mezcla y tanta confusión, pero existe una belleza en el desarraigo y en el sueño de la patria ancestral perdida para siempre. Los personajes de Una casa para el señor Biswas sueñan con India, pero no quieren volver a ella; sueñan con Inglaterra, pero no están dispuestos a integrarse a a esa comunidad; sueñan con todo cuanto no tienen ni pueden tener, pero se resisten a encariñarse con el mundo que les correspondió vivir.

Hay una belleza intrínseca en el mestizaje desaforado, en sus colores y en la convivencia casi fraternal y no por ello menos competitiva entre Ganesh, Hanuman, Cristo, Yemayá; los caribeños, los mesoamericanos, los andinos, todos los de la gran América, lejana de la pequeña y posmoderna América, hemos descubierto la belleza de la confusión y la estética de lo esperpéntico en la vida. Hay una belleza fundamental, natural y, casi diría animal, en una isla del Caribe, donde una pequeñísima Benarés subsiste a fuerza de imaginación y continuación forzosa de las tradiciones.

Pero hay también necesidad de escapar, de huir. Nuestra pobreza no nos contenta y si el señor Biswas logra sus mejores éxitos periodísticos, como cronista e inventor de lo insólito, incluso como investigador de indigentes distinguidos, y se niega a narrar lo auténticamente sucedido para embellecer con su imaginación y con su negrísimo humor lo poco que puede suceder en la Trinidad de mediados del Siglo XX, somos nosotros, sus lectores, quienes se lo exigimos. Tan pobre puede llegar a ser nuestra realidad que sólo la salvamos por la imaginación. Al hijo dilecto de Biswas, el primer varón de la camada, por supuesto, se le permite ir a la lechería a beber un litro diario, consume sesos de pescado y se le obsequia con frutillas, porque está destinado a estudiar en Inglaterra y contribuir así al otro escape, no al de la imaginación, sino al real, al del bienestar y el desarrollo; y en efecto, escapa, pero como buen americano: solo.

Mientras tanto, Biswas se oculta, espera a que pase el temporal de la vida, espera a que escampe para salir a reparar los daños; se oculta en casas disparatadas, con puertas que no abren, con ventanas que dan a ningún lado, con escaleras por las que se puede subir pero no bajar, pequeñas y grandes, lugares de hacinamiento y recogimiento, en donde, como cada uno de nosotros en nuestra propia piel, es inexpugnable.

Naipaul es un poco el señor Biswas. Un poco tan sólo. Tal vez no más ni menos que cada uno de nosotros. La discusión sobre lo autobiográfico en la literatura es inacabable; ciertamente, también Naipaul es hijo de hindúes nacido en Trinidad, también él se gana la vida con la pluma, también él escapa al círculo confuso de la isla caribeña para viajar al aparente orden de la isla europea; sin embargo, no es menos que cada uno de los personajes que dibuja  y retrata pues, en el drama de sus universales diminutos, es cada hombre y cada circunstancia. Su apuesta es por el barroco americano, por el poscolonialismo y por la universalidad del drama latinoamericano y caribeño sintetizado en los conflictos inherentes a nuestra realidad: ser humano, pertenecer al mundo marginal de la cultura europea, ser americano y pertenecer al orbe de las colonias.

Es posible que sea ese impulso hacia el exterior, íntimamente exterior podríamos decir, lo que atrae a los lectores a los libros caribeños e iberoamericanos; esa nuestra exuberancia que a nosotros nos ahoga pero que a otros les resulta atrayente. Sin duda, no es el olor a guayaba de los libros de García Márquez, ni la áspera rugosidad de los libros de Roa Bastos, ni siquiera la tersura de Alfonso Reyes, sino nuestra necesidad profunda de ingresar al mundo de la cultura universal, nuestra impetuosidad por decir cosas y decirlas bien y de corazón; esto es, la llamada a la universalidad que tienen todas las tierras que han sido puntos de desembarque y cruce de caminos.

El hecho es que ni los personajes de Naipaul, ni nosotros, podemos huir en realidad. Nuestro signo nos acompaña donde quiera que vamos y una luz en nuestra frente nos anuncia a los demás como hijos de América: siempre deseosos de irnos, siempre anhelando volver, pero posponiendo el retorno. Algo dice al mundo que está en presencia de un mestizo o de un criollo, algo que, como decía Agustín de Hipona, respecto del tiempo, no podemos definir pero que bien sabemos lo que es; esta necesidad de ser el que no somos, de tener lo vedado y hacerlo propio, esta necesidad lacerante que aprendimos en las selvas y pampas, de estar en todo y por todo, por propio derecho y por vocación autóctona.

Hijos y nietos de desposeídos, todo habitante de América  tiene en su familia una historia de exclusión que contar. Algunos, como las generaciones de exiliados que compartimos entre nuestros países, aprenden con rapidez y facilidad la noción de la Patria Grande; otros, habituados al exilio interior, se reconstruyen un continente íntimo que pugna por salir que lo hace, frecuentemente, en un arte explosivo y secretamente melancólico. No hay esa tristeza en los libros de Naipaul, pero hay aún más: una noción de estar y no estar, de querer y no poder, que se resuelve siempre a través de esfuerzos colosales que se concretan en triunfos pírricos útiles sólo para ir tirando, para ir pasando la vida mientras el mundo, fuera de nuestros mares, corre en una carrera desesperada por lograr mayor velocidad, mayor eficiencia y menor tiempo de vida; nociones que nos son extrañas porque estamos acostumbrados a medir el tiempo en generaciones inmemoriales, algunas reales y otras inventadas.

Vidia, como se le conoce siguiendo la costumbre hindú de reducir los nombres hasta hacerlos pronunciables, se expresa en el orden que corresponde al caos; presenta una novela que vuelve a las grandes épicas de otros tiempos – ahora reducidas a un espacio no mayor a una vida y a unos cuántos kilómetros cuadrados -, y nos devuelve, esperemos que de manera definitiva, el consuelo del hombre común enfrentado a batallas apenas más grandes que su estatura y, sobre todo, a la vivencia de la realidad más importante de nuestro continente: el mestizaje.