El arte de la Exageración o la Conjura de John Kennedy Toole

Cuando Ignatius Reilly presiente que una desgracia se cierne sobre su cabeza, su válvula pilórica se cierra y puede suceder, entre otros muchos prodigios, que un loro deficientemente entrenado en el arte de desnudar mujeres arruine la oportunidad dorada de una aspirante a streapper. Cualquier cosa; que el mundo se vuelque al revés, dejando ver sus costuras o que salte a la vista la borra que rellena este muñeco al que atribuimos las nociones de la realidad.

Siempre hemos estado rodeados de personajes como Ignatius Reilly; Gargantúa, el barón de Munchhausen, el buen soldado Schvéik, don Quijote, el marqués de Bradomín; siempre nos asomamos con curiosidad y con regocijo a todo aquello que, por extraño y estrafalario, tiene la capacidad de reconciliarnos con una realidad que muchas veces no da para más, como si el aburrimiento nos amenazara cotidianamente con sus uñas romas y su aliento antiguo. En realidad, nos fascina aquello que nos sorprende, nos atrae el acíbar de las frutas que no sabíamos ni creíamos que existieran y nos divierte la desagracia cuando, siendo ajena y aún propia, resulta tan patética que no puede estallar sino en carcajada. Valle Inclán definió este fenómeno como el esperpento; si no fuera por la posibilidad de encontrar la experiencia esperpéntica en la literatura, las letras, luego de una entropía inevitable, tenderían a ser tan plana como la realidad se empeña en serlo a veces.

John Kennedy Toole, fue víctima de un mundo muy similar al que imaginó, ¿o debería decir descubrió?, para Ignatius Reylly. Kennedy Toole escribió su novela “La conjura de los necios”, en una extraña relación con un libro semiolvidado de Swift, “Cómo sobrevivir a la conjura de los necios”, y con su manuscrito peregrinó por cuanta casa editorial tuvo a su alcance; después de años rechazos y de postergaciones, se suicidó, dejando a su madre dos manuscritos, el de la conjura y otra novela “La Biblia de Neón”. La madre, acaso sin conocer los consejos de Swift, logró que algún editor leyera el texto tantas veces omitido; más de dos décadas después de que el autor se quitara la vida, su Conjura de los Necios, obtuvo el Premio Pulitzer y fue premiada en Francia como la mejor novela en lengua extranjera, justo en el año de su primera edición en lengua gala. ¿Quiénes son los necios en esta historia?

El hecho es que La Conjura de los necios es una novela ciertamente irregular, carente de trama, o mejor dicho, carente de una historia lineal, algo así como un círculo al que no puede hallarse centro, principio ni final, porque todo su juego se centra en la construcción de personajes que rayan en la locura, y que en realidad estarían completamente locos, si el lector no compartiera sus razones y sus causas, para irrumpir en el mundo vendiendo hot dogs, en una avenida de Bourbon Street, mal disfrazados de piratas de opereta y consumiendo en pasos de cinco centímetros, las salchichas sintéticas que Reilly prefiere comerse, aunque se pierda la ganancia de su pírrico comercio, antes de ofender al público con tan pobre calidad alimenticia. En este mundo moderno, o posmoderno y deconstruido si se quiere, todos somos los genios y todos somos los necios conjurados, transitamos de lado a lado de la ecuación, ubicándonos en un mundo que ha perdido la racionalidad porque ha dejado de fijarse en las pequeñas gracias y desgracias que hacen que la vida de lo cotidiano sea fuente y objeto de arte.

Es verdad, no basta con enseñar la llaga para ser artista; no basta ensañarse contra la realidad para construir con ella un monumento o una efímera escultura. Se requiere más, se necesita el arte que, tal vez sin saber, Kennedy Toole supo dominar a la altura de Kafka y de Hrabal; el arte de la exageración que, como diría Gracián, convierte lo poco en mucho, lo mucho en infinito y lo infinito todavía en más.

Ese arte de la exageración, humano si es que el arte corresponde a la dimensión de lo estrictamente terrenal y contingente, permite sublimar nuestros deseos y nuestras visiones para  comunicarlas  y motivar en  alguien más la noción compasiva – aquella del que siente con otro -, transforma el cotidiano en perpetuo y hace que el instante, como quería Goethe, se detenga por ser tan bello, tan bello en su virtud y en su defecto, tan bello en su hermosura como en su fealdad.

Ignatius Reilly no es un idealista como el Quijote, con todo y que tenga sus quijotadas como convocar a una huelga en un negocio que mal paga sus buenas intenciones; no es tampoco un revolucionario, por más que tenga su amor mal correspondido con una universitaria tan delirante como él que cambia de causa como cambia de pareja y de residencia, no es un ser fabuloso, por más que argumente escolásticamente con un oficial que está condenado a rondar los baños de una estación de autobuses, encubierto en un disfraz de caricatura, para encontrar a los degenerados que frecuentan lugares tan poco santos. Reilly no es sino un adolescente perpetuo perdido en un mundo que ha conjurado por la simple causa de ser como es y estar en el país y la época que la suerte le condenó a vivir; por eso le sonreímos a Ignatius, porque todos somos un poco él, en la medida que todos somos tan aventureros como el Ingenioso Hidalgo, o tan mentirosos como Munchhausen.

El arte exagera la realidad, aún cuando trata de ser arte de lo sutil y de lo etéreo, porque la convierte en mensaje, porque le da sentido y movimiento, cosas ambas de que la realidad por sí misma carece. Es verdad, es la naturaleza la que imita al arte, de modo tal que no podamos ya ver el mar sin pensar en sus referentes antiguos y modernos, ni podemos contemplar el bosque sin imaginarlo poblado de mensajes que sólo puede manifestar cuando entra en contacto con un ser humano que los hace inteligibles.

Exagerar es poner en carne viva las obsesiones y las aprensiones del individuo y de su época; lo que para Ignatius Reilly es una saga en la búsqueda del amor de una aprendiz de prostituta, para Lana Lee, la dueña de la cantina de mala muerte donde la chica pretende desnudarse para atraer un poco más de clientela, es ciertamente una oportunidad de negocios, para Burma, el eterno negro que en su desgracia ronda siempre la literatura del sur estadounidense, es la oportunidad de vengarse del opresor blanco, para el oficial Mancuso es el caso que resucitará su valdado prestigio policíaco, para la madre de Ignatius es un complot comunista, todo mientras que la Señorita Trixie, una anciana solterona que hace el papel de secretaria sin trabajo en una decadente fábrica, sólo desea su pavo navideño – única prestación laboral a la que supone tiene derecho y aunque estemos en marzo – y sobre todo, que la dejen retirarse y jubilarse.

Kennedy Toole no pretende hacer un retrato de la sociedad norteamericana bajo el mackartismo; lejos de eso, pretende convertir en expresión literaria una realidad construida con fragmentos de momentos reales sometidos a la lente de su exageración artística; busca y encuentra donde otros no ven ni hallan nada; pretende y confirma, donde otros se rinden y capitulan. Crea una novela hecha a base de retazos y abigarradas costuras, con una trama disparatada, incongruente, pero fiel a sus personajes que terminan siendo, por sí mismos, los auténticos productos de una pluma que huye de la tortura de su amo, con la carcajada amarga, la sonrisa íntima y la risa entretenida.

El 3 de agosto de 2001, como a eso de las cinco de la tarde, en el café del Círculo de Bellas Artes de Madrid, abrí la primera página de la novela de Kennedy Toole, esa tarde calurosa me sirvió un cortado doble la mesera más guapa que he visto en mi vida, cabello tan negro como alas de cuervo, un peinado con una cola de caballo que enmarcaba unos ojos igualmente negros y profundos, piel blanca y labios que no requerían ningún retoque de maquillaje; a la tarde siguiente, la misma mesera tenía los ojos verdes y dos trencitas de colegiala que le daban un aire de lolita pasada en años… ¿se trataba de una fuga del material novelístico hacia los cafés madrileños? O sólo de una chica que se sabía guapa y gustaba de jugar con su imagen, el hecho es que ahí hay material para un cuento o una novela, exageremos los términos. Según mis notas en el volumen, cerré la página 365 y última el 6 de agosto en un café de la Rambla de Catalunya en Barcelona, recuerdo que el menú del establecimiento ofrecía “filete de potro” y que, cuando le pregunté a la mesera si en efecto el filete era de potro, se sonrió y me dijo que no, que ése era sólo el nombre; así, en uno de mis peores chistes y en uno de los más celebrados, le dije, “comprendo, en México tenemos un plato que se llama Niño envuelto, pero en realidad es de cerdo”. ¿Una nueva fuga de material literario me estaba convirtiendo en la versión mesoamericana de Reilly? No lo creo, era sólo una broma de viajero tratando de hacer charla con una mesera que tampoco era fea.