La forja de Barea o la literatura como acto de justicia.

Arturo Barea es un escritor nacido de la profundidad de la guerra en España, crecido en el pueblo, en una de las regiones menos afortunadas de España, Extremadura, cultiva la pluma con mediano éxito en compañía de Alfredo Cabanillas; algunos de sus biógrafos, como Luis Antonio de Villena, suponen que el poco impacto que tuvo en la prensa anterior a la guerra se debía a “el carácter independiente, anarquizante y, al parecer, algo hosco de Barea, no estaba hecho para aquella vida de café”.

Al igual que sucede con la obra de los escritores más hondos, Barea fue acumulando material literario en carne propia durante toda su vida; fue reclutado en 1920 y estuvo presente en el desastre de Annual, afiliado a la CGT, militó en la izquierda; estallada la guerra, Barea se integra a las tareas de la Oficina de Censura para la Prensa Extranjera, ubicada en el edificio de la Telefónica y cuyos bombardeos lo llevaron al límite de su capacidad física, moral e intelectual y lo convirtió en el autor de La forja de un rebelde, altura literaria a la que nunca pudo volver.

La forja no es un libro cualquiera, ni siquiera son unas memorias comunes; los tres volúmenes constituyen el testimonio, en una vida, de la transformación de España que la llevó, de un mundo semi medieval a la instauración de la República y su ingente esfuerzo de modernización.

España, como Barea, perciben un mundo en el que el cambio no es posible; se abre al siglo XX en idénticas circunstancias que cien años antes, como si la anulación de las aspiraciones fuera la regla de la sobrevivencia y como si España, condenada a la inmobilidad, tuviera que ver pasar los cambios y las transformaciones del otro lado de los Pirineos, manteniéndose fiel sólo a sí misma y manteniéndose en la voluntad de un rey, un hombre fuerte y un dios. Entre los primeros recuerdos de Barea está la presencia del entonces rey niño Alfonso XIII.

Todas las mañanas pasan por el puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo, rodeando un coche abierto, donde va el príncipe y a veces la reina. Primero sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos echan a la gente. Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya está vacío. Como somos chicos y no podemos ser anarquistas, los guardias nos dejan en el puente cuando pasan. No nos asustan los soldados de la escolta a caballo, porque estamos hartos de ver sus pantalones.

Esa percepción de la desigualdad como noción natural, es parte de la concepción tomista tanto del derecho como del orden social; la comunidad humana, políticamente organizada, ocupa un espacio predeterminado por la naturaleza tanto del hombre, como de las leyes, las autoridades y las entidades sociales; cada hombre y cada actividad, cada institución, desempeña un papel en el cumplimiento del plan divino para la creación; visto de este modo, la predestinación de los sujetos, anclados en su estamento y su lugar social, permite tanto modelos políticos sumamente estables, como disfuncionales para aceptar el cambio y procesar los anhelos y las transformaciones sociales. Sin embargo, lo que fue normal, adecuado e incuestionable para la Edad media, no lo es para la España de principios del siglo XX; sin embargo, la simple ocupación de los espacios políticos, tanto por los militares como por la corona bajo la advocación de la Iglesia Católica, se había convertido en la España de aquellos tiempos en un tabú basado en la conformación cultural del pueblo y sus instituciones, es decir en una constante que no podría ser variada de ninguna manera salvo pervirtiéndose España a sí misma y renunciando a su verdadero carácter.

Este general que va con el príncipe debe de ser igual. Es el que le va a enseñar a hacer la guerra cuando sea rey, porque todos los reyes necesitan saber cómo hacer la guerra. El cura le enseña a hablar. Esto no lo entiendo, porque si es mudo, no sé cómo va a hablar; puede que hable por ser príncipe, porque de los mudos que yo conozco ninguno habla más que por señas y no será por falta de curas.

Este determinismo forzado, canónico, implicaría una reacción antieclesial en casi todos los actores tanto de la instauración republicana como de la resistencia al fascismo durante la revolución y la defensa de la República frente al golpe de Estado. La necesidad de una justicia laica, es decir, no determinada por la naturaleza de las cosas,  in abstracto, sino por la circunstancia de las mismas, es decir, in existencia, permea todo el desarrollo constitucional y jurídico de la República. Instituciones como la de Libre Enseñanza, la Junta de Ampliación de Estudios y aún la judicatura y las Cortes, responderían a esta situación; no es de extrañarse pues, que fuera la República la protagonista del más grande esfuerzo educativo del que España tenga memoria hasta nuestros días.

El modelo franquista, por su parte, trataría de volver a la creencia de la predestinación por la naturaleza cultural del pueblo y la sociedad; podríamos decir que los países latinoamericanos, en algunas regiones de su pasado y de su imaginario colectivo, comparten esta percepción mórbida del mundo y que, en todo caso, puede rastrearse su origen a la propia idea de la conformación del concepto de identidad en la evangelización española; después de todo, en el origen de la identidad mexicana reposa como advertencia y señal de compomiso las palabras de la aparición de Guadalupe: “porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno…”

El propio Barea representará en su vida la rebelión contra estos atavismos y tabúes:

Hasta ahora he creído en Dios, tal como me lo han enseñado todos. Los curas y la familia. Como un señor muy bueno que todo lo mira y todo lo resuelve bien. La virgen y los santos le van recordando y pidiendo cosas para los que rezan a ellos en sus necesidades. Pero ahora ya no puedo evitar el comparar todas las cosas que veo con esta idea de un Dios absolutamente justo, y me asusto de no encontrar su justicia por ninguna parte.

Otro de los factores determinantes para la conformación de la idea de la justicia republicana, fueron las dramáticas cuotas de corrupción que atenazaban al gobierno, el ejército y la Iglesia de la España en los últimos años de la dinastía borbónica. Ayunos de ciudadanía, al menos desde el ejercicio de los afrancesados en tiempos de la guerra contra Napoleón, los ciudadanos españoles comentan por lo bajo, se ensañan en los cafés y las tertulias, siguen a sus intelectuales y, sólo ocasionalmente dan a la prensa sus ideas; compañera de la corrupción es la represión que se deja ver por todas partes. Los desastres como Annual y la Guerra del Rif, fueron episodios que permitieron al mundo ver el grado de descomposición al que habían llegado las instituciones tanto de la corona como de la dictadura y sellaron, de alguna manera, su destino.

La pérdida de un glorioso pasado imperial hacía mella en la conciencia colectiva de los españoles pero, como sucedía en el tema de las convicciones religiosas o de la libertad de los sujetos, resultaba más escandaloso y doloroso, ver las condiciones en que los jóvenes españoles acudían a la guerra, la forma en que eran masacrados por los bárbaros del Magreb o bien, humillados por sus propios superiores. La respuesta republicana se descuella también por el lado de la justicia, pero ya no una justicia oculta o mistérica, sino práctica y que estaba representada en el derecho de igualdad y en la rendición de cuentas de las autoridades; a la izquierda y derecha del espectro político republicano, la justicia se presenta como una reivindicación social frente al poder y sólo para los alzados, constituye una rebelión de clase y un desafío a las estructuras tradicionales. Véase cómo operó la experiencia bélica en la vida de Barea:

Lo que yo vi del Estado Mayor del ejército español en aquella época, me mueve a hacerle justicia. He visto allí hombres que representaban la ciencia y la cultura militares, estudiosos y desinteresados, luchando constantemente contra la envidia de sus hermanos oficiales en otros cuerpos y contra el antagonismo de los generales, muchos de los cuales eran incapaces de leer un mapa militar y, siendo por tanto dependientes del Estado Mayor, odiaban o despreciaban a sus miembros. Los oficiales del Estado Mayor, en general, eran impotentes: cuando un general tenía «una idea», su único trabajo era tratar de encontrar la forma menos peligrosa de ponerla en práctica, ya que les era imposible rechazarla. Las ideas de los generales eran, casi sin excepción, basadas en lo que ellos se complacían en llamar «por cojones». Hacia el fin de marzo de 1921, los preparativos del Estado Mayor para las operaciones próximas estaban terminados. Volví a la compañía en Hámara. Tenía la orden de cesar el trabajo en la pista y unirme a una de las columnas, dejando en la posición un pelotón a las órdenes del alférez Mayorga y al señor Pepe con sus moros. Por primera vez iba a ir a la guerra.

Franco, por ejemplo, resulta ser el prototipo del militar africanista; despiadado y frío, calculador y mejor político que estratega, hombre de castas y también abusivo por método. Es conocida la leyenda de la baraka de Franco, aquella especie de suerte sobre natural que lo acompañaba y que le garantizaba no sufrir daño; pero es que en realidad la baraka de Franco no es sino la invocación a un orden superior de cosas, a una justicia divina, sobrehumana, que determina los honores y las posiciones dentro de la sociedad. En el tercer volumen de La forja, el más fuerte y al mismo tiempo el mejor escrito, dice Barea:

 -Lo que necesitamos aquí es democracia, democracia y tolerancia; sí, señor, democracia a caño libre -dijo el republicano-. Don Manuel Azaña- tiene razón. Don Manuel me dijo un día: «Estos pueblos españoles, estos burgos podridos, necesitan escuelas, amigo Martínez, escuelas y pan y la eliminación de los parásitos que viven en ellos».

La democracia, por el contrario, es la negación absoluta de la predestinación y del determinismo de pueblos, individuos y culturas; la democracia se construye y es, en el fondo, una forma de satisfacer la necesidad de justicia social. La justicia en la República, es una función de la vida democrática y un producto de esa libertad general y popular; ese sentimiento de libertad recuperada, de justicia alcanzada, tiene en la democracia su manifestación más esencial, por eso el pasmo ante una revuelta que no debiera tener, teóricamente ni siquiera un adherente, así de clara es la sensación de la necesidad de vivir en democracia; por otro lado, lo que Franco suponía un paseo por el campo, habida cuenta del apoyo tradicional que la población daba a los sucesivos golpes de estado, se convirtió en un infierno de tres años de duración en el que no todo el tiempo dispuso del control de la situación y en el que, hasta que no dispuso de todo el apoyo del fascismo italiano y del nazismo alemán, no pudo verse vencedor. Porque, de hecho, los golpistas carecían de algo que los republicanos habían conservado y que no sólo llevaron luego al exilio, sino que sirvió, como dice Fernando Serrano, como seña de identidad, una moral  colectiva en la que la legalidad y la justicia tenían un lugar privilegiado; así, por ejemplo la siguiente imagen de los bombardeos:

Había aún los hombres que encontrábamos cuando llevaba a Ilsa a la tabernita de Serafín en las tardes de calma: trabajadores quietos, fatalistas, gruñones e inalterables. Había gentes como la muchacha que se asomaba a la portería de piedra e invitaba a las gentes a refugiarse allí, porque su abuelito había hecho lo mismo hasta que una granada le había matado en la puerta del portal, y era su deber seguir en el puesto del caído. Yo quería gritar. Gritarles a ellos y al mundo entero sobre ellos. Si quería seguir luchando contra mis nervios y mi cabeza consciente sin descanso de mí y de los otros, tenía que hacer algo más en esta guerra que simplemente vigilar la censura de las noticias para unos periódicos que cada día eran más indiferentes.

Al final del día, un análisis cultural de la institución de la justicia en el derecho republicano español no puede concretarse a los textos de la propia era republicana, sino que debe entenderse en el seno de la realidad actual de la democracia española; los valores y aspiraciones que el derecho republicano detentó durante su corta vida, encontrarían un nuevo momento histórico con la restauración de la democracia que, aún siendo monárquica, perfeccionó el sentido de las instituciones de la ya casi olvidada década de 1930. Debe coincidirse que fue la Guerra de España la que rompió la inercia de inmovilidad que durante más del siglo atenazaron a la cultura peninsular y la fueron relegando en el concierto de las naciones europeas; es verdad también, una verdad ciertamente amarga, que en el ámbito de las repúblicas iberoamericanas nuestros periodos violentos suelen prohijar largos y profundos periodos de transformación de los cuales frecuentemente salimos fortalecidos. Civilización es que no tengamos que pasar por esas duras pruebas para crecer, consolidarnos y avanzar en el sentido de nuestras propias democracias. Leamoslo en términos de Barea:

Y esta guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias. En nuestras trincheras, los analfabetos están aprendiendo a leer y hasta a hablar y están aprendiendo lo que significa hermandad entre hombres. Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que lo tienen que conquistar, sino con la voluntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra, pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se nos habrá despertado la voluntad.