Lomas de Sotelo

para e.h.r. y v.c.r.

 

Vine a crecer en un sitio tan singular como cualquier otro; un lugar único, magnífico por la fuerza de su llana simpleza urbana.

No había amplias avenidas flanqueadas con álamos ancianos, sino apenas unos diminutos jardines edénicos domados por hábiles manos de jardineros que se hicieron viejos al mismo ritmo que mi infancia se integraba al mundo de las memorias.

Donde crecí no había viejas mansiones blasonadas, calles ocultas ni plazuelas invadidas de leyendas pero había, eso sí, colmenas humanas de un pálido amarillo, perfectamente alineadas, en tan misteriosa simetría que jugaban conmigo a caminar como los ciegos.

No hubo nunca damas fatales con dedos enjoyados, ni un marqués venido a menos que diera lustre al vecindario, nunca un anónimo potentado. Hubo siempre, como consigna de una oculta cofradía, familias diversas que, a fuerza de convivir, se hicieron una gran parentela separada por prados siempre verdes y muros de tres pulgadas.

Ahí, donde crecí, jamás percibí el aroma de un océano que, entre sales, fuera el camino a otro continente; jamás mis ojos supieron de hondos valles o lagunas embrujadas y la sabia imagen de los volcanes nevados era sólo una fotografía de postal turística en un día extrañamente claro; sin embargo, el viento siempre era generoso, los colibríes abundantes y la lluvia amorosa con los niños.

No supe de la vida aventurera de los suburbios, de las bandas milenarias de míticos asesinos o ladrones reputados. Hasta la violencia parecía pequeña en el rincón que vio mis primeros días. Sólo una vez vino a visitarnos bajo su máscara de muerte y en una sola tarde alucinante, destruyó una familia y nos dijo que la orfandad también era posible entre los nuestros.

A la vera de un cementerio, los muertos eran también tímidas afirmaciones en la charla de los adultos. Sólo a los viejos les ocurría morir en mi solar de infancia, un día iban a ver al médico, después sabíamos que un hospital los abrigaba y, finalmente, alguna familia se vestía de negro.

Nunca una Julieta y un Romeo que inflamaran la pública habladuría, ni amantes arriesgados huyendo por las ventanas, altas de cuatro pisos; sino perplejas Evas y Adanes adolescentes que, púdicamente vestidos, a diario descubrían el pecado a la sombra de las jacarandas.

Y a pesar de todo, de su llana simpleza, de su carencia de esquinas, no crecí en un lugar común, sino en un sitio extraño que ya no puede ser encontrado; un lugar que mi memoria fabricó a partir de datos apenas posibles. Un lugar humano y casi provincial donde el aroma de las tres de la tarde denunciaba, en cada piso, la cocina de cien orígenes diversos.

Vine a crecer en un lugar tan común como los más maravillosos y tan singular como cualquier otro.