Iniciando el viaje

Una de las cosas más difíciles de saber es cuándo comienza un viaje. Empezamos a viajar desde el momento en que nos imaginamos en un destino, cerca o lejos; desde el instante en que nos concebimos caminando por otras calles, nos sabemos capaces de escuchar otro idioma y otro acento de nuestra propia lengua; entonces, al renovar nuestra primera capacidad de asombro, hemos abierto una página nueva de nuestra bitácora de viajes.

Atreverse a viajar es una de las experiencias más enriquecedoras a las que puede enfrentarse un ser humano. Viajar amplía nuestra cultura, nos hace más humanos al confrontarnos con gente distinta; nos permite ser nosotros mismos en lugares donde nadie nos conoce y en donde no generamos ninguna expectativa. Viajar es un buen sinónimo de crecimiento y uno mejor de libertad.

El hábito de viajar se adquiere y se educa con el tiempo. Nunca es tarde para comenzar y la lectura es un magnífico método para iniciar el camino. De hecho, todos tenemos relación con historias de viajes. Nuestra propia forma de entender el mundo, a nuestras familias y a nosotros mismos está relacionada con viajes: a los mexicanos nos enseñan cómo nació la patria cuando los antiguos mexicas echaron a andar desde el mítico Aztlan hasta la Gran Tenochtitlan, muchas de nuestras familias vinieron de otros países o de lejanas provincias. Viajar, moverse, eso es una señal de estar vivo.
Desde luego hay viajes para todas las necesidades y para todos los presupuestos; se puede pensar en lujos y en viajes fantásticos con la asesoría de buenas agencias de viajeros, se puede subir a un avión y llegar al destino con el presupuesto medido y dispuesto a asumir la aventura, se puede subir al auto y seguir la carretera hasta donde se termine la cinta de asfalto; o se puede revivir el viaje de otro desde la butaca de la casa, leyendo un buen libro de viajes.


Con cierta cantidad, nada despreciable, puede hospedarse en el Hotel Crillon de París y pensar en Cocó Chanel, o bien, con algo menos, mucho menos, puede rentarse un auto y seguir la ruta de los Paradores en España; se puede ir “puebleando” en carretera mientras se espera a llegar a una playa en México, todo se puede, todo es cuestión de actitud y de deseo.


Yo comencé mi vida de viajero como mucha gente lo hace, leyendo. Ser lector es también ser un viajero. Natalie de Saint-Phalle, publicó un magnífico volumen sobre hoteles literarios, entre ellos el Hôtel des Arts, de Paris, donde murió en el exilio Oscar Wilde y donde solía hospedarse Jorge Luis Borges; para muchos que nunca pudimos hospedarnos en el Hotel Regis de la Ciudad de México, nos queda todavía y para siempre, el “Mexico City Blues” de Kerouac.

Uno de mis personajes favoritos es “Comeclavos”, el personaje principal de la novela homónima de Albert Cohen; lo quiero por su visión del mundo en el viaje que realizó desde su isla natal, Cefalonia, en el archipiélago griego hasta Ginebra, donde su primo trabajaba como Subsecretario de la Liga de las Naciones. Cosa de atreverse, puede soñarse en el Parc Anglais de esa ciudad viendo mujeres guapísimas o extraños diplomáticos con turbias intenciones.

Y es que viajar significa entender mucho del sentido de la vida, significa darse placeres íntimos, personalísimos. Alguna vez, guiado por el cuento “El otro”, de Jorge Luis Borges, localicé la banca frente al lago de Ginebra, donde suceden los hechos de la narración y experimenté la rara sensación de ser parte de algo que ya ha pasado. Hay que viajar. Es preciso viajar. A unos pasos de casa, a otro continente y aún dentro de nuestra habitación favorita. La próxima vez que se encuentre en la Ciudad de México, vaya a una librería, no se compre una guía de viaje, (aunque hay que reconocer que si las hay buenas esas son las Guías Peugeot que editan El País y Aguilar), adquiera “México viejo” de don Luis González Obregón y armado de paciencia y unos pocos pesos, adéntrese en el Centro Histórico, visite el “Hospicio de Locas”, manicomio colonial de mujeres en el edificio que se encuentra justo enfrente del Teatro de la Ciudad, dé un paseo por el Palacio de Iturbide y visite el templo de la Profesa; siga los pasos del viejo don Luis y reviva el tiempo en que México era la Ciudad de los Palacios.

Piense sobre todo, que puede repetir esta experiencia en otras ciudades, si logra conseguir las “Escenas Matritenses” de Mesonero Romanos, cuando visite Madrid y si sigue las indicaciones del cronista, todavía podrá encontrar en la Plaza Mayor, cerca del Arco de Cuchilleros un pequeño negocio con el letrero que dice “Sombreros para hombre de paja”.

Porque bien visto, si se hace a la idea de que es posible cenar en la Casa Robles de Sevilla, como lo hacen los personajes de Pérez Reverte en “La Piel del Tambor”, o en el Café Gijón de Madrid ya estará disfrutando su excelente fabada y, como le pasa al mismo Pérez Reverte, en “Patente de Corso”, ya estará reviviendo el gozo de la conversación con Alfonso, el cerillero, que guardaba la puerta del café, vendiendo lotería y tabacos y cuya bendita memoria honran escritores y gente común cada día en el lugar que ahora ocupa una máquina expendedora de tabacos.

La lista sería interminable, se me queda mucho en el tintero; de adolescente, cuando una vida clasemediera urbana me negaba los dudosos privilegios de la aventura, me imaginé en los cafetines de la Colonia Roma de los años cincuenta siendo un personaje de “Las Batallas en el Desierto” de José Emilio Pacheco, libro delicioso como pocos; en cierto modo lo fui, visité ciudades a las que nunca he ido, como el Dublín de “Dublineses” de Joyce, aún de ciudades que no existen y que no existirán jamás, como Macondo de “Cien años de Soledad” del gigantesco García Márquez, lugar donde por cierto, no estaría mal que me enterraran llegada mi hora.