El retorno de Odiseo

Bérénice se mecía suavemente sobre la rama del árbol más fuerte que pudo encontrar en el jardín del abuelo. Al pie del añejo roble quedaban un pedazo de tarta de manzana y el libro más antiguo que pudo encontrar en la biblioteca de la casa.

La tarde plácida se tornaba en una noche prematura que prometía llenarse de fantasmas; Bérénice los esperaba meciéndose en el árbol.

A sus años, breves y sutiles, creía haber deseado todo lo que una mujer podía aspirar,  tener todo lo que el mundo le podía dar, soñar todo lo que podía imaginar. A Bérénice radiante en su belleza primera, nada podía faltarle, justo entonces empezó a llover.

Bajó del árbol con una velocidad casi simiesca. Corrió dentro de la casa, ya ahí recordó que había olvidado el libro del abuelo, empapada volvió por él; no estaba tan mojado como para que su descuido pudiera ser advertido.

Al levantar la mirada lo vio por primera vez. Estaba recostado a la sombra de un árbol en los linderos del jardín, parecía dormido, era hermoso y se mojaba sin importarle. Sumida en la contemplación, Bérénice sintió miedo y miró de nuevo dentro de la casa.

En las ventanas resbalaban las lágrimas del cielo y la Odisea descansaba, un poco húmeda, en su mano derecha; había arreciado tanto la lluvia que la silueta del bello durmiente apenas podía adivinarse. Era extraño, pero no se le ocurrió que él pudiera enfermarse; se distrajo un momento, abrió el libro al azar y leyó:

 

“También sé otra cosa, que he visto con mis ojos. Al volver, cuando ya me hallaba más alto que la ciudad, donde está el monte de Hermes, vi que una velera nave bajaba a nuestro puerto, y en ella había multitud de hombres, y estaba cargada de escudos y lanzas de doble filo. Creí que eran ellos, mas no puedo asegurarlo…”

 

Cuando alzó de nuevo la mirada él ya no estaba; suspiró muy hondo y al instante supo su nombre; supo también que había vuelto, que llegaba después de largo viaje. Odiseo había retornado. Lo amó con la voz de su corazón y, sin dejar el libro, subió a dormir.

Ya en su habitación, dejó el viejo texto en el tocador, mientras estudiaba con delicadeza la mágica desnudez de su cuerpo, volvió la vista a la ventana y divisó en el horizonte las luces de una embarcación que recién había llegado, algo le dijo que eran ellos, mas no podía asegurarlo, con una voz muy tenue suplicó -Odiseo, no te marches-.

A la mañana siguiente, después de un largo sueño sin sueños, bajó a tomar el desayuno con el abuelo. Tenía  algo que decir:

 

-Abuelo, estoy enamorada.

-Y quién es el afortunado.

-Odiseo, lo dijo con una voz que le pareció tan antigua como todas las cosas que le gustaban.

-Todos acabamos amando a Homero y a cada uno de los griegos, querida.

-Pues nadie ha podido querer antes a mi Odiseo porque apenas ayer llegó a la Martinique.

 

El abuelo rió con una risa inocente que le dolió a Bérénice más que mil bofetadas, para ahogar el llanto que le estaba apretando la garganta fue donde el libro y leyó:

 

“¡Oh veneranda mujer de Odiseo Laertíada! No mortifiques más el hermoso cuerpo,  ni consumas el ánimo llorando a tu marido, bien que por ello no he de reprenderte, porque la mujer suele sollozar cuando perdió el varón con quien se casó virgen y de cuyo amor tuvo hijos, aunque no sea como Odiseo, que, según cuentan se asemejaba a los dioses. Suspende el llanto y presta atención a mis palabras, pues voy a hablarte con sinceridad y no te callaré nada de cuanto sé sobre el regreso de Odiseo,  el  cual  vive, está cerca -en opulento país de los tesporotos- y trae muchas y excelentes preciosidades que ha logrado recoger por entre el pueblo…”

 

Cuando volvió, estaba presta la rica mesa del desayuno. Le pareció repugnante que se hablara de la benéfica alza del tabaco que haría aún más poderosa a su familia.

Sus ojos, embellecidos por la contemplación de la nave, se alegraron cuando a través del liviano aire de la mañana atraparon la imagen de Odiseo que, desnudo, se metía al recodo del río que delimitaba el jardín. Sin descuidar en nada su libro se levantó sin avisar y a toda prisa corrió hacia él, sólo alcanzó a ver su blanca espalda húmeda que se movía siguiendo el ritmo y curso de la corriente; gritó lo más fuerte que pudo: -Odiseo, no te marches-, pero él ya no pudo oírla.

Esa tarde Bérénice ya no subió a los árboles. Se sabía la mujer de Odiseo y era indigno de ella comportarse como una niña; sufría porque veía cerca el final de su estancia en la casa del abuelo y el retorno a París para envolverse en el trajín cotidiano de las muchachas del colegio de monjas, donde sólo había mujeres y niñas que nunca habían amado.

Empezó a creer que Odiseo no vendría; asustada como estaba le sacó el alma del cuerpo oír un voz de joven virilidad que entonaba una canción que le era desconocida. Era Odiseo que adoraba a sus dioses; le vino como trueno a la memoria el cuerpo blanco y húmedo, sin más vestido que su piel, y experimentó en su propio cuerpo una sensación que jamás había sentido, con aliento entrecortado suplicó una vez más -Odiseo, no te marches-.

Con los ojos cerrados sintió en sus labios una humedad que no conocía, sus músculos se relajaron, sus manos se acercaron para acariciar el rostro que tenía enfrente; abrió los ojos y supo que era él, entendió que le acariciaban los pechos y tocó su espalda; vio el deseo, hasta entonces oculto, en la mirada suplicante de Odiseo y se dejó desnudar por esas manos que le parecían absurdamente conocidas. Se amaron despacio, sin dolor ni sin miedo, a la sombra del árbol donde lo vio la primera vez. Se quedaron dormidos al abrigo de la tarde. Cuando despertó era noche cerrada y estaba sola, se vistió lo más lento que pudo y recogiendo el libro volvió a la casa, el abuelo le sonrió desde la sala.

Bérénice llevó su nueva dignidad hasta la habitación. Ya ahí, se quitó las ropas, miró por la ventana pero no había ningún barco en el horizonte, se metió en la cama y leyó en su libro inseparable:

 

“Blando sopor se apoderó de mí , que estoy tan apenada. ¡Ojalá que ahora mismo me diera la casta Artemisa una muerte tan dulce, para que no tuviese que consumir mi vida lamentándome en mi corazón y echando de menos las cualidades de toda especie que adornaban a mi esposo, el más señalado de todos los aqueos!…”.

 

Pero le sucedió algo mejor que una muerte dulce en ese momento feliz. La semana que siguió, la última de su visita a la isla de la Martinique, estuvo con Odiseo todos los días al caer la tarde, se amaron, se miraron, se dijeron todo cuanto sabían.

Un día antes de la partida se dijeron:

 

-Bérénice, entiendo, hágome cargo, lo mandas a quien te comprende. Vamos, pues, y guíame hasta que lleguemos. Y si has cortado algún bastón, dámelo para apoyarme, que os oigo decir que la senda es muy resbaladiza…

 

-Odiseo, yo te haré un vaticinio cierto y no he de ocultarte cosa alguna. Sean testigos primeramente Zeus entre los dioses, y luego tu mesa hospitalaria y tu hogar intachable, llegaremos juntos a tu tierra patria.

 

Y besándose se despidieron.

Se embarcó de madrugada en el  “Kíos”, iba muy segura y radiante, el abuelo le obsequió el libro de la Odisea que parecía haberla acompañado permanentemente los últimos días.

La besó y dijo con voz afectuosa:

 

-Cuida bien de tu Odiseo.

-Lo haré.

 

Ya en altamar, recordando la tarde en que lo vió la primera vez, sólo alcanzaba a ver la estela de humo que escapaba de la cumbre del volcán que coronaba la Martinique; entonces, oyó el rugir de mil leones a un mismo tiempo, donde había visto humo se alzaba una cresta monstruosa de fuego. En medio de un mar embrutecido, se dio cuenta que la isla y el abuelo se habían convertido en cenizas, gritó con toda la fuerza de su alma y de su cuerpo pálido de espuma:

 

Odiseo,no te marches.

 

Miró al oriente y vio la silueta antigua de un barco de la guerra de Troya, creyó que eran ellos, mas no pudo asegurarlo.