El mar de Colima


A los Raphäel, especialmente Pablo;

A los De la Madrid, especialmente Gerardo.

Ahí está el mar Nabor, dijo el abuelo con su voz de carrizo destemplado; míralo bien para que no se te olvide, fíjate bien como tiene clavadas las patas en lo hondo para aventarse con fuerza hacia las piedras. Oyelo bien Nabor, no sea que otro día lo confundas. Muchacho, este es el mar de Colima, no te trabuques los ojos, no pienses otra cosa, ya te digo, éste es el mar de Colima.

Nabor no era siquiera un muchacho, era un niño de apenas doce años. Había venido de Sayula porque tenía visiones de un mar que nunca había conocido. La madre pensaba que estaba iluminado y que iba a ser marino, quién quita y hasta capitán; a lo mejor y fuera un santo, entonces la Virgen le estaría mandando un recado tan largo que todavía no terminaba. Cuando así lo decía, el padre siempre le salía con lo mismo ¨Iluminado ni madres. Has de saberlo bien tú, que no es el primer loco que les sale en tu familia. Santo, como si la Virgen fuera a escoger a cualquier baboso para andar mandando recados. Mejor habría de largarse a Manzanillo para que se le quite la tentación y deje de andarse con cosas…”

Cuando hablaba, si Nabor estaba a la mano, le arriaba unos buenos palos; si no le bastaba con hacer muecas simulando la cara deforme de su cuñada cuando le daban los ataques de epilepsia. La madre no lloraba, no era digno de la madre de un elegido. Nabor, aunque fuera detrás de la puerta, oía bien lo que su padre decía.

Una tarde, de aquellas cuando el viento jala con fuerza la tierra reseca de Sayula, que algunos dicen llega hasta Guadalajara, el niño agarró cuatro panes y una botella que llenó de agua y se puso a caminar con el aire dándole de lleno en los ojos.

Tiempo ya de andar junto al camino, cuando ya se pensaba cerca de Colima, volvió a ver el mar. Siempre le pasaba igual, primero oía unos ruiditos como cantos de pájaros que no conocía -cuando todo empezaba mejor se sentaba en una piedra, porque si se estaba parado le venían unos mareos como para vomitarse- después venía un olor mojado y picante como de sal, de esa grande que se usa en la cocina. Nabor se limpiaba los mocos para mejor oler esa delicia, la boca se le llenaba de saliva fresca, el cuerpo le sudaba todito. En un parpadeo instantáneo ya estaba el mar enfrente. Donde quiera que estuviera, la tierra se hacía más fina y el lugar más empinado, larga y maciza aparecía una playa debajo de sus pies y enfrente el mar con sus fosforescencias como aparecen por Pascuas.

Esa vez, cuando todo pasó, el mar azul pardo se fue poniendo de ese verde fuerte de las hierbas de Tecomán, un barco que se veía a lo lejos se volvió el volcán nevado de Colima. Le dolían mucho los pies y tenía hambre, pero el mar debía estar ya cerca porque nunca había visto barcos en sus visiones.

Le preguntó al arriero que traía su recua de mulas por el camino, cómo se iba a Manzanillo.

– Muchacho cabrón, seguro te huyiste de tu casa, ya me imagino, tu madre chille y chille pidiéndole a la Virgen que aparezcas. Mira nomás, si a luego se ve que no has comido como en tres días.

-No es para tanto, respondió Nabor con una voz que pareció bocanada de pescado recién salido del agua. Soy Nabor Jacintez, de Sayula, y el único que tengo para llorarme es mi abuelo Leopoldo, que está tan viejo que ya ni lágrimas le han de quedar

-Pobre chamaco, anda, súbele a la mula zaina, voy al puerto, llegando me pagas el viaje cargando los bultos que llevo de encargo

-Para qué tanto lujo, contestó el niño, con las mismas palabras de su padre cuando  alguno le ofrecía trabajo.

-Míralo, si pareces arriero, no seas tarugo y móntate; ahí tienes unas tortillas para irte entreteniendo el hambre.

Nabor subió a la mula zaina más por el hambre que por abreviar el viaje, más por las ganas de ver el mar que por ir acompañado.

El camino largo y vacío, nunca otro arriero, jamás un coche de los que apenas empezaban a verse, a Nabor le sonaban en las orejas las palabras del arriero como tambor del quince de septiembre; no había vuelto a ver el mar y empezaba a tener dudas de cómo encontrarlo.

De vez en cuando se acordaba de la cara, siempre asombrada, de su madre; de los ojos, siempre inyectados de sangre, del padre; recordaba también al abuelo -el que vivía en Manzanillo- pero sólo una voz quebrada, la que había oído por el hilo del teléfono cuando cada uno en Sayula hizo una llamada en la inauguración de las líneas.

No recordaba ninguna cara completa porque el mar le había robado todo el espacio de dentro de su cabeza. Le pareció que el camino era más largo que cuando iba andando. El mar debía aparecer de repente, tras esa loma, saliendo del acantilado, abajito de la cañada. Pero el mar nunca lo había obedecido, era como el gato de su hermana Mariquita, que aparecía nomás cuando tenía hambre, pero que no hacía ningún caso cuando se le llamaba, ni aunque le ofrecieran un retazo de carne de borrego. El mar se le estaba escondiendo y ni manera de agarrarlo, de estrujarlo con sus manos llenas de callos.

Ya poco se acordaba cuándo fue la primera vez que el mar se le apareció, pensaba que desde siempre, es decir, desde antes que su padre o su madre se dieran cuenta.

Una de esas, de las que nomás él conocía, se le quedó clavada en la cabeza como una lapa. Era como a eso de las seis de la mañana, ya se había colgado el morral con el almuerzo al hombro, iba para la milpa de Juanito, el vecino. Cruzando la puerta lo vio venir como una patada de buey, como un manotazo de padre borracho. El mar se le vino encima sin avisarle, vio la ola grande que salía de atrás del horizonte y se tragaba las montañas, los animales, la milpa y -alivio- también a su padre. El mar le cayó encima sin que le diera tiempo de salir corriendo, ni siquiera pudo cerrar los ojos cuando sintió ese mundo de agua partiéndole la madre. Y miró el mar desde adentro, desde sus meras entrañas, con unos peces grises grandes y sin escamas que se daban vueltas y andaban juntos en grupos de tres y de cinco, las aguamalas que se arremolinaban al paso de la corriente, las patas y panzas de los pájaros grandes que se quedaban, como piedras voladoras arriba de su cabeza, sobre la superficie del mar.

El golpe fue tan recio que se cayó al suelo y ahí mismo se vomitó. Los gritos de su madre lo despertaron de la inconsciencia; ni cuenta se había dado del tiempo. Cuando lo recogió el sol ya llevaba un trecho mediano andado, la madre lo cobijó con su rebozo, lo alzó y llevó al cuarto, lo limpió y le dio un té de yerbas para el susto. Nabor no le contó nada, por eso lo mandaron de vuelta a la milpa.

En otra de esas vio venir al mar como lo hacía la mayoría de las veces, primero por las orejas, luego por la nariz, la piel y al final los ojos. Esa vez fue la primera en que todo el mundo se dio cuenta. Estaba sentado en las piedras del corral de Don Leo; igualito que siempre, el mundo se le hizo de agua, por eso no se quería bajar de la barda, para no mojarse. Luego luego se veía que no le quedaba de otra, aunque su padre le gritara y lo amenazara con partirle el hocico si no venía de inmediato, ni siquiera cuando la piedra, que se le vino a estrellar en la parte de atrás de la cabeza, le espantara la visión. Cuando el padre vino por él a limpiarle la sangre que le había sacado con semejante pedrada, Nabor le gritó que el mar había venido, que no sabía para qué, que otro poco y se ahogaba del chingadazo que se había llevado.

Su padre creyó que ya había vuelto idiota al niño con el golpe, pero cuando vio que a veces Nabor se quedaba con los ojos bien abiertos viendo para quién sabe dónde, y que si le preguntaban, nomás sabía contestar “veo el mar”, supo que lo loco no le venía de la piedra sino de la sangre medio enferma de la madre, de los pecados del abuelo que había sido pescador. Se sintió limpio de culpa y ya ni lástima le tuvo sino más bien coraje.

Nabor no sabía que estaba dormido cuando todas estas cosas le venían pasando por la cabeza, se dio cuenta cuando el arriero lo despertó de un coscorrón.

– Abre los ojos cabrón muchacho, no sirves ni para acompañante, a luego que salimos de Colima te quedaste dormido, no te digo, si mejor te hubiera dejado perdido como perro; ya vamos llegando, así que mejor ponte a andar para que estés bien despierto cuando  tengas que cargar los bultos.

De mala gana Nabor había bajado de la mula. Arrastrando sus pasos desgarbados supo que se acercaba el mar. La cuesta de la montaña no era de modo alguno agradable, empinada y rocosa estaba bañada en una especie de rocío salado que, de primera impresión, no supo reconocer, pero cuando llegaron al portillo entre cerro y cerro, cuando abrió los ojos con una estupidez asombrada lo vio por primera vez, como nunca antes, rugiente y bravo; enorme como ninguna enormidad le hubiera parecido posible, negro intenso, profundo y opaco. El mar gritaba al estrellarse al sur de la Bahía de Santiago.

Nabor corrió a todo lo que daba, sus piernas vueltas dos rocas chocaban contra la tierra de manera increíble; cómo iba a saber que el mar estaba aún lejos si a él le parecía que estaba al alcance de la punta de sus dedos, no oyó ninguno de los gritos y maldiciones del arriero, bueno fue que ninguna de las piedras que le estaban destinadas alcanzó a tocarlo.

Se dio cuenta de lo que había pasado cuando sintió el suelo parejo, la empinada forma del cerro había desaparecido y un camino se atravesó en sus pasos al mar. Entonces aminoró el paso, se fue acercando por el camino, hacia el horizonte que se veía igual de lejano desde hacía horas. Ahí estaba el mar, como ni en sus mejores momentos lo había visto, ahí estaba el monstruo gigantesco, si se veía tan manso a lo lejos y tan bruto con sus rugidos de animal herido.

Todavía tardó como media hora en llegar a la orilla, detrás de los cocoteros vio la lengua espumosa lamer las arenas, no se acercó porque lo respetaba. Sintió que no se atrevería a tocarlo. Se quedó parado, como si fuera de palo, enfrente del mar. Oyó la voz de carrizo destemplado que conocía desde hacía años y que hacía otros tantos que no había oído:

– Ahí está el mar Nabor, míralo bien para que no se te olvide, fíjate bien como tiene clavadas las patas en lo hondo para aventarse con fuerza hacia las piedras, óyelo bien Nabor, no sea que otro día lo confundas. Este es el mar de Colima, muchacho, no te trabuques los ojos, no pienses otra cosa, ya te digo, éste es el mar de Colima.

Nabor volteó rápido a ver al abuelo que lo llamaba, supo que era él, corrió a sus brazos, besó sus manos y quiso hablar, pero no había nada que decir.

– Muchacho, has tardado harto, a luego creía que no vendrías. Ya no puedo hacerme más viejo, pero hay ratos en que uno deja de creer. Ahí está el mar, siempre está, no es como los que te traicionan. El mar no mata Nabor, espanta un poco a algunos, pero no mata. Si te muerde no es para matarte, es su forma de hablar, si lo retas te acaba, si no lo respetas él tampoco te respeta, este es el mayor de todos, hijo, es el más bravo, es el mar de Colima.

– ¿Para qué me quiere abuelo?

– Eso lo sabrás tú Nabor, el mar no usa mensajeros, ni se hace retratos. Si quiere decirte algo te lo dirá a ti o no se lo dirá a nadie.

– ¿Cómo puedo saberlo? Nomás se me aparece pero nunca dice nada, si hasta a veces creo que nomás me tienen para burla de mi padre, si a luego viene y cuando lo llamo no aparece.

-No seas tarugo Nabor, si ni que fuera tuyo, si quieres saber para qué te quiere, pregúntaselo.

Nabor caminó unos pasos, derecho al mar, entre los cocos y las palapas caídas. Nabor le gritó bien fuerte al mar.

-Para qué me quieres, Mar.

El mar fijó sus patas en lo hondo y se lanzó con rabia hasta las piedras, rezumó de fuerza junto a él y por todas partes.

– Para qué me quieres, Mar. Abuelo, me está llamando.

El mar de Colima alargó sus brazos monstruosos hasta la cabeza de Nabor y lo cubrió con su piel y sus dientes. El niño no esperaba el espanto que se le vino dentro por los ojos., las orejas y la boca. Buscó al abuelo a través del agua, ahí estaba todo aquello que ya había visto desde el quicio de la puerta, pero el viejo ya se había puesto azul y se estaba haciendo como la sal que se desbarata en el agua.

– Camina Nabor.

El mar le dio su mensaje. Lo había mordido.