VISIÓN DE ALFONSO REYES

¿QUIÉN ES ALFONSO REYES?  Esta pregunta me la he formulado innúmeras veces, desde que tuve mi primer contacto con la obra de Reyes; después de los primeros párrafos tenía enfrente a un autor diverso que podía tender lazos firmes entre lo más erudito y lo más emotivo; un autor de recuerdos persistentes y olvidos alternados como se trama un auténtico mirar histórico.  Sólo después de mis primeros encuentros literarios tuve noción del hombre, del diplomático y del ser humano, del individuo que tenía el don ubicuo reservado a la cultura de ser de aquí de allá al mismo tiempo y sin perder carácter.

Hablar de un autor de manera impersonal y fría, queriendo ser imparcial es un mito inocente.  Sólo puede hablarse de autores y de libros leídos; más allá de ese extremo todo es especulación e insomnio.  Al leer, el hombre se apodera del libro, lo hace suyo y lo integra a su pensamiento como una textura indiscernible del color de su propia piel, o lo lleva como herencia preciosa que alcanza para dar sentido a la realidad y que concede claves para entender y desmenuzar el mundo en que se vive.  Eso es lo que me sucedió leyendo a Alfonso Reyes. No puedo hablar sino del Reyes que he vivido, del que he disfrutado y con el que he sufrido.  Este es el primero de los que debo hablar, de mi Alfonso Reyes; del que se me apareció al final de los días de la adolescencia, esa época en que como él mismo dice, “nos suicidamos o nos redimimos y de la que llevamos siempre huellas de lágrimas en las mejillas”.

Tuve suerte.  En un momento en que nadie es lo suficientemente fuerte para enfrentar el mundo sin andaderas y cada uno busca un modelo al cual aproximarse mediante tentativas y orientaciones, me correspondió la imagen de un hombre al que no podía alcanzar pero al que bien podía pretender.  Pasado el tiempo de la edad mítica y reverente, cuando se van perdiendo uno a uno los respetos y los elementos intocables, cuando casi todo se ha reducido a las ruinas que tomará el resto de la vida reconstruir; la lectura de Reyes me quedó marcada para siempre, resistió lo que muchas otras instituciones infantiles no pudieron soportar: el despertar de la razón curiosa, la confusión de los valores y la aparición de la esperanza ante las ilimitadas posibilidades perdidas.

La lectura de Reyes sobrevivió a esos pequeños cataclismos que surgen en la vida cotidiana y que crean hondas fracturas en el destino, muescas e incisiones que a lo largo de los años van esculpiendo el rostro.  Sin duda, había algo que sólo Reyes podía decirme, un mensaje que evidentemente no iba dirigido a mí sino como dice García Márquez, era una botella lanzada al dios de las palabras.  Lo que se revelaba ante mis ojos era una cosmovisión completa, una imago mundi, que abarcaba desde el otrora cielo azul del Anáhuac hasta la sutileza de una breve poesía que a fuerza de labrar sólo conservaba el ritmo:

 

– Comienzan por decirme           Tengo las manos frías

Yo lo compruebo y

 

SIEMPRE

sé que van a ser mías.

 

Aunque fue a través de la lectura de Borges que pude encontrarme con Reyes, truco de lo que el regiomontano llamaba la americanería andante -, en el mexicano encontré una literatura tan apegada a la tierra como a la razón.  No una explicación sistemática del mundo; después de todo Reyes, hijo de su tiempo, no creía en los antiguos edificios filosóficos que tenían un cajoncito para cada categoría de la realidad o que estaban animados por una sola idea universal que se manifestaba a través de la historia.  Reyes más bien, es el hombre que no se deja matar de bala perdida y que sabe que si en la naturaleza nada se encuentra en estado puro, mucho menos en la cultura – fino universo de lo humano -.

Indulgente con la vida como sólo puede serlo quien sufriéndola la ha gozado, se aventuró en los placeres de la temporalidad; tenía entre sus títulos favoritos el de Comendador de los vinos de Francia, su coquetería es proverbial y sin que ello fuera pretexto para relajar su disciplina de trabajo.  Muerto ya su padre y exiliado en los aciagos días de su primer Madrid confiaba a sus libros, exento de ironía: “ganaba poco, pero era lo bastante para sentirme rico cuando por unos cuantos reales compraba mi saco de patatas.  Y me sentía aún más rico porque hacía lo que yo quería, escribía sobre lo que yo deseaba, y encima de eso me pagaban”.

Es cierto que el dolor a veces se le transpiraba de la tinta, han de leerse con detenimiento no sólo la Ifigenia Cruel y la Oración del 9 de febrero, sino Pro Domo Sua, auténtica y apenada radiografía espiritual.  Pero aún en esos extremos, la literatura era más que exorcismo y catarsis, porque seguía siendo arte y oficio. La letra no era el purgatorio para expiar los pecados de la carne y del espíritu ni el sacrificio de cada día, era el ritmo de su respiración y la válvula de su moral, o en palabras ajenas, la inteligencia como función de su bondad.

Desde los tiempos complejos de la Revolución mexicana hasta la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, Alfonso Reyes supo mantener una virtud heredada de los griegos y que nuestro tiempo ha perdido redundando en descrédito de la inteligencia y para mayor gloria del ingenio y la chabacanería.  Reyes supo dividir con inteligencia el mundo de lo público del mundo de lo privado, no por nada es en él recurrente la cita de Calderón “debajo de mi manto al rey mato”.  Historia documental de mis libros, Albores o Parentalia, resultan aún más biográficos que su propio diario, donde deja ver sólo las astillas de su taller.  La suya es, por fuerza, una biografía de la inteligencia; lo demás está cubierto por una trama de recuerdos y olvidos magistralmente trenzados.  En Reyes la cultura no es ausencia de pudor, mojigatería o queja; es una más de las necesidades fundamentales del hombre.

Su culto por Göethe, Calderón, Mallarmé o los griegos, sólo es igualado por su respeto a la palabra o mejor aún, por el idioma castellano.  Si para Nebrija la lengua es el imperio, para Reyes la lengua es el océano que no divide sino transporta.  El español de Alfonso Reyes no parece anticuado porque es preciso y está labrado para comunicar.  En algunos párrafos de juventud es inevitable encontrar un gusto casi barroco en las construcciones y en la elección de las palabras, hecho que sólo una crítica prejuiciada puede ver como defecto pues es señal de una mano que se adecua a los instrumentos de su oficio y la apetencia por el barroco es casi una señal de mexicanidad.  Tal vez ése sea el secreto más íntimo de la prosa reyesiana, su larga marcha hacia la lisura y la llaneza, si no fuera tan chocante para Don Alfonso la palabra, me atrevería a decir la pureza.  Conforme los años avanzan y la pluma se agudiza, Reyes va ensayando una literatura cada vez más diáfana, como si el arte no fuera la escritura sino la lectura pues, aunque hay un sello en las letras reyesianas que las hacen inconfundibles, es siempre literatura en movimiento, siempre evolucionando, aún en sus últimos escritos; una prosa que avanza yendo y viniendo, aprendiendo de los escritores de las cuatro esquinas del mundo y de sí misma, girando a veces sobre su propio eje como volviendo a dibujar líneas que pudieran quedar más perfectamente trazadas, una marcha artística e intelectual que va adelante, no a paso de desfile o de procesión sino siempre a paso de danza.

Alfonso Reyes decía que “para las cosas de la razón la lengua es bastante”, tal vez por eso la Visión de Anáhuac comienza con un sentido gráfico volviendo a dibujar las descripciones de Ramuzio; su propio sentir de ésta que fuera la región más transparente del aire. La suya es por principio, una literatura de imágenes, el deseo de proporcionar una imago mundi, no construyendo el universo, que se sabe está dado de antemano, sino recreándole a modo de arte, es decir, de intención.  Siendo una literatura de colores, formas y movimientos, cada imagen es más que fotografía, es icono portador de un mensaje, a través del trazo y el dibujo es una literatura de ideas profundas y de palabras bien ensambladas.

Sin embargo, detrás de esa plaza pública donde se debate todo lo humano, está el hombre y su posición frente al universo, su lugar en el mundo eterno y en la circunstancia.  A ese hombre que aparece detrás de su obra, como el ajedrecista borgiano, corresponde librar la batalla de Jacob y el Ángel.  El punto en que se ofrece el Alfonso Reyes más claro y más íntimo es el de la poesía.

Es verdad que si de veintiséis tomos de su obra completa sólo uno está dedicado a la poesía o que de sus páginas más celebradas corresponden la mayoría al ensayo, ello hubiera bastado para que nos formáramos una idea de Reyes más como prosista que como poeta, separar la imagen del Reyes escritor de la del Reyes poeta es tanto como sujetarnos a criterios cuantitativos y confundir causas con consecuencias.  Tal vez la verdad sea que el propio Don Alfonso quiso acostumbrar a los lectores de su tiempo y a los del porvenir, a ver su fuero público dejando algo velado el fuero íntimo de sus obsesiones y sus dolores; tal vez porque siendo Reyes un artista dueño de su técnica, oculta con precisión el andamiaje de su obra y luego de leer Las mesas de plomo por ejemplo, nos queda un mensaje claro y un gusto sabroso que nos incita pero no identificamos con claridad, algo como el tiempo que bien sabemos lo que es pero no podemos precisar, esto porque Reyes deja para la poesía aquellas cosas tan importantes que sólo pueden decirse en voz baja, las de su ser y su sueño; las que se dedican a temas tanto cotidianos como trascendentes porque de esa cal y esa arena está hecha la vida.

Alfonso Reyes resuelve su vida en dos extremos complementarios y al mismo tiempo unitarios.  Por un lado la acción que lo lleva a caminos como la diplomacia y el gobierno de instituciones culturales.  Acción que en contacto con la pluma, lo llevan a declararse frente a Don Manuel Azaña, voluntario en Madrid; y por otro lado, la creación literaria que tiene su línea de fuego en la narrativa v el ensayo pero tiene su corazón en la poesía, lo dice él mismo en verso:

 

Voz de mis ietas alucinaciones,

callado eco de mi pensamiento:

tu parlas y tu ríes y tu pones

golondrinas de notas en el viento.