HONOR Y LEGADO DEL EXILIO REPUBLICANO ESPAÑOL

En el fondo de todo exilio hay un acto perverso, el de un Estado cuya principal función es proteger a sus ciudadanos y se vuelve en contra de ellos para perseguirlos, encarcelarlos y asesinarlos. Más aún, cuando las fuerzas armadas, a quienes la sociedad ha dado el poder para protegerla, se vuelve el enemigo, el perseguidor y el más cruel de los terroristas. Ese es el origen del exilio republicano español.

Al recordar el  exilio republicano español, recordamos y honramos la persistencia de un ideal, celebramos la evidencia de que la verdad prevalece aún en las circunstancias más terribles y que siempre, cuando se sea fiel a los ideales de justicia, libertad y legalidad, la historia lo reconoce.

Al finalizar la Guerra Civil, un gobierno legítimo, con todos sus órganos, salió al exilio para poder salvaguardar la legalidad y la justicia en un Estado agredido por sus propios ejércitos; con él salió una parte importante de su población. Familias enteras, personas de todas las condiciones sociales y económicas; hombres, mujeres y niños desarmados, sólo con la esperanza que les ofrecía un gobierno desde el otro lado del Océano, fue tanto esa esperanza como su lealtad a los ideales que en el corto plazo de seis años había transformado a España, su patria, desde la Monarquía hasta la democracia.

Se trataba de un pueblo de intelectuales, profesionistas, obreros y campesinos, que fueron llevados a la Guerra y luego al exilio; un pueblo que jubiloso se había empeñado en la construcción de una patria nueva y de hecho, aunque fuera de su país, lo lograron. Recuerdo unos versos del Himno de la Sexta División que ilustran bien este drama:

 

Combatimos porque somos

porque fuimos provocados;

nuestras manos conocían

el martillo y el arado;

la República nos puso

el fusil entre las manos,

por la España libertada

mi fusil republicano.

 

México era un país del que poco conocían, casi nada en algunos casos, pero al que se dirigían pensando en salvar la vida y la República, sin saber que en realidad iban a integrarse a una nueva Nación que harían suya y en la que permanecerían durante generaciones fundando una nueva forma de mexicanidad y en la que dejarían un mensaje de honor y dignidad.

Al llegar, fueron recibidos con entusiasmo, con afecto y aunque hubo voces discordantes que los vieron como rojos indisciplinados, peligrosos y a veces, como delincuentes comunes a quienes perseguía la justicia de su país; en realidad vinieron a una tierra que los tomó como suyos desde el principio.

Cada año, en los primeros tiempos del exilio, pensaban en que la caída de Franco era inminente; primero porque a la derrota de los fascismos, Occidente no tendría porque permitir el totalitarismo español; luego, en la guerra fría pensaban que las democracias no tenían tampoco porqué mantener el enclave de un fósil político como el franquismo, inserto en Europa; al paso de los años, sin embargo, las esperanzas se fueron desvaneciendo y el retorno a España no sólo se hizo imposible, sino que ellos mismos no lo quisieron. Esa es una de las primeras y más claras muestras de lo que el Serrano Migallón ha llamado la moral colectiva del exilio, un código de honor por el cuál un exiliado, aunque tuviera razones fundadas para saber que no sería perseguido en España, no debía volver en tanto no volvieran todos, es decir, en tanto la democracia no fuera restaurada.

Si la esperanza de volver a España desapareció, una nueva surgió en los hogares, la de ver crecer a los hijos, algunos nacidos todavía en la Península y otros ya en México; la verlos integrarse a su nuevo entorno y ellos mismos, la de aprender la convivencia y el lenguaje de este país que ya era también su patria. Si bien el exilio siguió siempre fiel a sus principios e ideales y es un grupo todavía reconocible en su fisonomía, no fue un grupo cerrado ni hermético, sino que se abrió al diálogo tanto por una necesidad de expresión como por una seña de gratitud.

En el exilio todo fue esa moral colectiva de la que habla Serrano Migallón. Hoy, a más de setenta y cinco años, sabemos que tenían razón cuando se resistieron a morir y cuando llevaron sus instituciones más allá de los Pirineos y más allá del Océano.

La República española sigue conmemorando sus aniversarios, porque fue intransigente; hoy, cuando las revisiones históricas pretenden que la Guerra Civil fue una especie de malentendido, de desencuentro y se olvidan de que hubo víctimas y victimarios, que en el fondo todo se originó con el acto alevoso, ilícito e inhumano del alzamiento de Mola y Franco; los republicanos no quisieron transigir en sus valores; irreductibles siempre, lograron que intransigencia y decencia fueran casi sinónimos. Sin ese empeño incansable todo hubiera quedado en anécdota, todo sería añoranza y no hubiera logrado ser lo que hoy es, una historia de valores.

Luis Araquistáin, sumido en la tristeza del exilio, decía que todo había sido un fracaso, que los exiliados andaban errantes por el mundo como doña Juana la Loca con el cadáver de su marido, que andaban por el mundo perdidos llevando consigo el cuerpo insepulto de la República y, recuerda también, como don Juan Valera, para replicarle, dijo que más bien, el exilio era una Numancia exiliada, fiel y resistente, consciente de que portaba los ideales que algún día serían reconocidos y que ellos, los exiliados podrían afirmar entonces haber cumplido con su misión histórica.

Hoy sabemos quién tuvo la razón. No se puede pensar que en España, como hoy la conocemos, existe una democracia plena, no puede haberla mientras los ciudadanos no puedan elegir al Jefe del Estado, mientras que existan privilegios y haya una familia con ingresos ofensivos sin derecho alguno.

El exilio y la República demostraron que la única manera de tener la razón en la historia es ser irreductible en sus valores, en no transigir con la injusticia y con la ilegalidad; hoy en la propia España, nadie puede portar una bandera franquista porque es un delito y, a lo menos una ofensa pública; hoy la Constitución republicana es un antecedente públicamente reconocido de la Constitución española de 1978 y el Parlamento Europeo ha reconocido los crímenes de la represión. Si García Lorca dijo, “así que pasen veinte años”, el exilio contestó “así que pasen ochenta”, finalmente la historia les dio la razón.