Alfonso Reyes y el Nacimiento de la crítica cinematográfica en Castellano. Fósforo va al Cine

Verano de 1915. Dos exiliados mexicanos salen de mirar una película en un cinematógrafo cercano a la Puerta del Sol de Madrid, encienden cada uno su cigarrillo y emprenden la marcha hacia el Café Gijón en Recoletos. No dicen nada. En la medida que se acercan a la mesa de mármol, al ruido apacible de las quince tertulias habituales del Café, y al sabor del buen cortado que han de beber, afilan sus instrumentos, comparan con otras películas que han visto, a alguno de ellos le viene a la memoria algún texto menor de Stevenson, a otro la similitud con una puesta en escena que vio semanas antes en un teatro de aficionados en un colegio de Toledo. Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán llegan al café Gijón, se les recibe como a cualquier otro cliente habitual y cuando se quitan los sombreros y se dejan caer en las sillas vienesas, simultáneamente se dan cuenta que van a mellar la navaja de Ockham multiplicando inútilmente los entes; cuando salgan de ahí y Reyes tenga que redactar un pequeño artículo para el Semanario España, habrá nacido la crítica cinematográfica en lengua castellana.

El cine se debatía entonces entre las nociones de entretenimiento – que no tenía la connotación que nosotros ya le damos -, curiosidad técnica y arte. Para “Fósforo”, pseudónimo que utilizaron Reyes y Guzmán, juntos o separados según la ocasión y la agenda de cada uno, se trataba de una reflexión sobre la posibilidad de ver nacer un arte y al mismo tiempo de una oportunidad para expresar tanto sus sensaciones y reminiscencias como sus juicios – incluso técnicos -, sobre lo que ofrecían las pantallas madrileñas de su tiempo. Cuando hacia 1950 Reyes publica el último artículo firmado como Fósforo, escribe el epitafio del protocrítico: “Aquí yace uno que desesperó de ver revelarse un arte nuevo”.

Ciertamente, unos meses antes, Federico De Onís se había dedicado en cuatro artículos escritos para El Espectador, también de Madrid, al asunto cinematográfico, pero no podríamos afirmar que se tratara de crítica en el sentido estricto del término, sino más bien, como el propio De Onís explica, a desentrañar el sentido del cine en general, a indagar sobre su lenguaje, en fin, a tratar la ilusión de movimiento proyectada en la pantalla como aspecto novedoso en la sociedad de su tiempo. Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes, en cambio, tiran sus anzuelos en otras aguas.

“Frente a la pantalla”, sección que Fósforo firmara, fue sobre todo itinerante: nacida en el Semanario España, transitó a El Imparcial que dirigía Ortega y Gasset, entonces ya elaborada exclusivamente por Reyes pues Martín Luis había salido ya de Madrid y no volvió a ocuparse del cine, aunque reunió sus propias notas en A orillas del Hudson y finalmente, dio sus últimos pasos en la Revista General que publicara el editor Calleja, de grata memoria. Su objeto fue, en cada uno de sus foros y desde cada cual de sus plumas, no sólo el cine como fenómeno estético del momento, sino las películas, en lo individual, dotadas de intención artística, de lenguaje y de posibilidades particulares, es decir, como crítica en el sentido más estricto del término.

Fósforo sale ya de la fascinación que acompañó a los primeros días de la linterna mágica, a los gránulos de almidón teñidos por Daguerre, para asumir el cine como algo ya dado, aún en sus primeros pasos ciertamente, pero ya definido y como parte de la vida cotidiana; lejos quedaron para Fósforo las primeras impresiones que a otros, como a Proust, tanto asombraban y que pueden rastrearse como elementos de dramatismo e introspección en los personajes; así, en las primeras páginas de Por el camino de Swann, el personaje, todavía anónimo, describe el mundo que lo rodea, recuerda la proyección cotidiana de la linterna mágica en la oscuridad y serenidad de su habitación, donde después de presenciar el milagro de la luz proyectada – todavía sin movimiento -, los infortunios de Genoveva, lo mismo que los crímenes de Golo, lo movían a escudriñar su conciencia con mayores escrúpulos.

Pero Fósforo no sólo resulta innovador en la lengua castellana, sino en el mundo del cine en general. Al tiempo que publica cada semana su columna, sólo existe en el mundo otro crítico cinematográfico, cuyo nombre, por cierto, olvidó al cabo de los años y que tenía su propia sección en algún diario de Minneápolis y con el que mantuvo correspondencia durante algunos años. Tiempos aquellos en que todavía era dable discutir lo que ahora resulta ya parte de la fenomenología del cine, es decir, de lo que debe darse para conjuntar las notas fundamentales de nuestra idea de un filme; Fósforo y el ahora anónimo crítico minneapolitano solían discutir sobre la necesidad estética de que una buena película tuviera o no un descenlace; el norteamericano argüía que aquello no hacía falta y para demostrarlo, le bastaba con sugerir un ejercicio básico: introducirse en una sala de cine hacia la mitad de la película, ver el final y esperar a la siguiente función para ver el inicio, de modo tal que podía verse el desenlace y posteriormente el comienzo de la trama, rompiendo sin dejar de entender la continuidad dramática del cine; aquella sería una de las primeras escuelas de la cinematografía, la de la luz y no la de la trama.

Pero para Fósforo – Reyes, el cine es un arte totalizador, de luz, de ilusión de movimiento y también de drama y de ilusión de vida; un arte lleno de vitalidad, insuflada no sólo por la expresividad y la necesidad de los creadores, sino también de una industria que se había hecho de una clientela ávida y hambrienta; provocando géneros, gustos y disgustos, preferencias y oposiciones; así – cine mudo todavía el que contempló Fósforo -, en sus tiempos, algunos se declaraban a favor del uso de los letreros como parte indispensable para el mejor entendimiento de las películas, mientras que Fósforo – Reyes, se inclina a favor de la restricción del uso de las palabras escritas, dejándolas a lo indispensable, como destacar el nombre de un personaje por ejemplo, pero dejando lo demás al ejercicio de la mímica, de la luz y del manejo de la cámara, de la que Reyes se manifiesta fanático, como sucede con los ejercicios de Abel Gance en Napoleón o de Chaplin en La Quimera del Oro.

Durante la vida de Fósforo se generan también las escuelas nacionales que, curiosamente, siguen conservando ciertos rasgos desde aquellos días primitivos. A la escuela europea, entre la que Reyes destaca la francesa y la italiana, corresponde la reflexividad y la lentitud – otra vez Proust asoma su fino perfil en la sala -, como lenguaje expresivo y estético; Fósforo propone, por ejemplo, cerrar los ojos contando hasta cien mientras se presencia una escena de cine italiano de tiempos de la guerra, sin que se corra mayor riesgo de entender la trama, pero perdiendo, eso sí, irremediablemente momentos de luz y de posibilidades plásticas; mientras que a la naciente escuela hollywoodense le corresponde la velocidad, la trama folletinesca hasta el disparate y lo increíble, más aún, hasta lo indecible, para este cine, el ejercicio de los cien segundos resulta un suicidio temporal para el espectador.

Pero es precisamente ese dinamismo y ese debate el que permite, a los ojos de Fósforo, que el cine haya superado su edad infantil sin perderse de muerte prematura para quedar sepultado en el cementerio de las curiosidades científicas y tecnológicas, de los gadgets, como les llaman los británicos, lo que sí sucedió con las sombras chinescas y su nieta la linterna mágica.

La primera crítica cinematográfica en castellano nace con ese destino manifiesto: constituirse como género en prosa independiente y con sus propios recursos, adecuado al arte que reseña que tiene algo de pintura, algo de teatro, algo de fotografía pero que, conceptual y fácticamente, es mucho más que eso, confirmando la añeja idea de que el todo es mucho más, pero muchísimo más que la suma de las partes.

Fósforo pretende que la crítica cinematográfica, como había sucedido con la literaria desde muchos siglos antes, fuera parte del desarrollo del arte que pretendía reseñar y diseccionar; que operara tanto como una forma de expresión escrita como una guía para dividir los artículos de comercio, de la taquilla y la compraventa, de aquello que podía ya entonces considerarse arte cinematográfico y ello puede poner en antecedentes respecto de los que se piensan que la discusión entre cine comercial y cine de autor es una preocupación nueva en el medio.

Porque Fósforo es, como lo fueron en su momento Guzmán y Reyes, un autor que reacciona contra formas manidas y decadentes; Fósforo arremete contra los pocos artículos que circulaban en los magazines de la época, más dados a la lágrima y al comentario sentimental y sandio para abordar la interpretación del cine. Fósforo es también un visionario, uno que tiene más fe en el futuro que en el presente, para él, la cinematografía tenía entonces, todos los defectos y todas las virtudes de una promesa.

Incluso, Fósforo apuesta por ciertas tendencias que cada época habría de explotar en la historia futura del cine; por un lado cae en cuenta que entre la palabra escrita y la imagen cinematográfica habrá siempre una relación tormentosa y a veces atormentada, algunos temas llegarán al cine desde la literatura y otros más caerán directamente desde la mente del creador, rendidos ante la magia y la trampa de la pantalla; para cada uno de ellos encontrará una descripción y un lenguaje particular, para cada uno de ellos sabrá señalar simpatías y diferencias, pero en todo caso, sabrá siempre invitar, cuando así lo considere justo, a que el espectador se aventure por su cuenta y riesgo y en la oscuridad, armado sólo de sus ojos y entonces todavía – tiempos aquellos que ya no nos correspondió vivir – de su cigarrillo, compare lo que ve con su vida, encuentre la belleza de las divas y adopte los papeles de los galanes, o bien, porque no es Fósforo sexista, aprenda la educación sentimental de las mujeres que ya se rebelan contra el destino y mire cómo los hombres también pueden sufrir y hasta morirse de mal de amores.

Pero Fósforo construye también el cine desde la realidad y se convierte en auténtico cronista de la sala cinematográfica; muy pronto se da cuenta de que el cine es el fenómeno estético de su siglo y que está íntimamente relacionado con la vida de todos los días, con la que tenemos y con la que soñamos cada que nos sentamos en la terraza del café y vemos caminar enfrente nuestro una mujer que nos gusta; Fósforo arremete contra los que – tiempos afortunados los nuestros en que ya no se ven estas escenas – lanzan besos a las películas y suspiran a gritos como para demostrar a los demás espectadores que son presos de la misma pasión amorosa que los personajes de la pantalla, ataca otros vicios, de los que sí se eternizaron entre los habitantes de las salas, como los que comentan en voz alta los chistes y los golpes de los personajes o los que nacieron críticos y aún estando presentes en la sala con el resto de los mortales, tienen conciencia de estar por encima del cine y lo manifiestan con su desdén. Me pregunto qué diría Fósforo de nuestras salas donde podemos cenar mientras vemos una película de méritos bastante medianos; porque para Fósforo, presenciar una película era una especie de colaboración con el autor, algo así como cumplir el papel del coro en la tragedia griega, que puede prever el desenlace, que se estremece con las desgracias del héroe, pero que no puede participar porque se identifica con el mudo testigo del destino.

Fósforo es, en muchos sentidos, el creador de la conciencia del cine en nuestra lengua; cumplió en silencio su tarea de fundador y entendió el signo de su tiempo y supo, desde que apartó boleto por primera vez a través del teléfono para no quedarse sin sitio en la tarde anhelada de la función, que cada gesto humano, cada perfil de la civilización moderna, estaba destinado a vibrar en la pantalla y, como él mismo dijo, que nuestro tiempo habría de crear el cine a cada paso en que vivimos.