El Papa se retira

El día 11 de febrero de 2013, creyentes y ateos, todos, nos despertamos con una noticia que, a lo menos, puede decirse de ella ser extraña: el Papa anunció su renuncia con vigencia a partir del 28 de febrero. Si se tratara de un jefe de Estado común y corriente, además del sobresalto, los instrumentos constitucionales del país en cuestión entrarían de inmediato a suplir al mandatario que renunciara y asunto concluido; pero tratándose del papado, una de las instituciones más estables del mundo; entonces la noticia tiene algo de peculiar. No es esta la primera vez que un Papa renuncia a la vicaría de Cristo; ha sucedido con anterioridad, pero la más reciente data de hace seiscientos años. La novedad radica en que esta vez, por primera ocasión, un Pontífice renuncia por sentir que ha llegado su momento de retiro y que sus fuerzas ya no dan para su mandato; las veces anteriores todos los papas renunciantes fueron obligados a abandonar la jefatura de la Iglesia Católica.

Clemente I, cuarto Papa, renunció al papado a fin de que la Iglesia no se quedara acéfala; en el año 97, Trajano Emperador, lo arrestó y lo exilió al Ponto, en el camino al exilio, fue atado al ancla del barco que lo llevaba y fue arrojado al mar. Autor de la Epístola a los Corintios, Clemente no fue obligado a renunciar, pero de no haberlo hecho, la cadena de sucesión de Pedro se habría roto. Ciento treinta y ocho años y catorce papas después, Ponciano sería el siguiente pontífice en renunciar a la Vicaría; el papa Ponciano, que inventó el saludo Dóminus Voviscum – “el Señor esté con vosotros” y estableció en canto de los Salmos en la misa, cayó en desgracia cuando su amigo, el Emperador Alejandro Severo, fue depuesto y su sucesor Maximino el Tracio, reavivó la persecusión contra los cristianos; exiliado junto con el antipapa Hipólito – que había iniciado un pequeño cisma – fue confinado a las minas de sal de Cerdeña, los trabajos forzados y la confinación amistaron a los dos sacerdotes quienes, a fin de salvaguardar el poder e integridad de la Iglesia, abdicaron conjuntamente en favor del Papa Antero; la muerte confirmó esa reconciliación, ambos fueron azotados hasta morir poco después de la abdicación. El papa Silverio fue obligado a abdicar en medio de una disputa militar, política y teológica, 301 años después de la abdicación de Ponciano, Silverio había sido electo con la ayuda de Teodato, rey ostrogodo de Roma, mientras que, al mismo tiempo, Justiniano I y su mujer, Teodora, se inclinaban por Vigilio, más afín a sus creencias monofisistas – que niegan la humanidad de Cristo dejándole sólo la naturaleza divina -; Belisario, un general bizantino, puso sitio a Roma para imponer a Vigilio, como Silverio y Teodato entregaran la ciudad sin combatir, a efecto de evitar la destrucción de la misma, dieron pretexto para acusar de traición a Silverio y hacerlo dimitir del pontificado en favor de Vigilio, conforme a la tradición de los papas depuestos, Silverio fue enviado exiliado a Turquía y aunque volvió para defender su inocencia de las acusaciones de traición, Teodora lo exilió de nuevo, a la Isla de Palmarola donde murió en 537.

Con Benedicto XVI, suman tres los papas de ese nombre que han abdicado a la triple corona, y no sólo eso, sino que Benedicto IX renunció dos veces, una en favor de Silvestre III y otra dejando la sedia a Gregorio IV, que también renunció. Benedicto IX fue todo un personaje, rico y complicado; fue electo Papa, por primera vez, a los catorce años  el 21 de octubre de 1032; la muerte de Conrado II puso fin a su primer papado, el capitán romano Gerardo di Sasso, lo hizo abdicar en favor de Silvestre III y lo exilió de Roma; para abril de 1045, había reunido fuerzas suficientes para derrocar a Silvestre III y aunque su segundo papado duró poco más de un mes – en mayo abdicó en favor de Gregorio VI – con la finalidad de casarse, tampoco fue el último pues ni se casó ni tuvo éxito en recuperar solio pontificio en su ataque a Roma de 1046; un año después, acusado Gregorio VI de haberle comprado el pontificado a Benedicto, el joven papa logró hacerse elegir, por última vez el 8 de noviembre de 1047 lo que desencadenó una guerra civil que sólo terminó ocho meses después con la última renuncia de Benedicto IX. En adelante serían muchos sus intentos por reconquistar la sede papal, pero ninguna con éxito. Así, en esos años sangrientos contamos pues las renuncias de Benedicto, Silvestre y Gregorio.

Una de las figuras más dramáticas de Papas que han debido abandonar su dignidad antes de morir es Celestino V; este monje benedictino fue siempre un asceta y un eremita, vivió en soledad en una cueva dedicado completamente a la contemplación, con todo, en 1294, cuando la sede de Pedro llevaba dos años vacante en medio de la batalla entre las familias Orsini y Colona – a quienes describe muy bien Mújica Láynez en su Bomarzo -, elegir a Celestino parecía una buena opción de compromiso para las partes; sin embargo, llevado de su cueva a la sede papal en Nápoles, no pudo convivir con sus nuevas responsabilidades y, apenas cinco meses después, renunció por propia voluntad y escapó a su antigua celda; sólo diez días tomó elegir un nuevo Papa, Bonifacio VIII, quien por el temor de que en la región de Nápoles siguieran tomando por Sumo Pontífice a Celestino, lo puso preso y murió diez meses después de su detención. Dante lo colocó en el primer círculo de los infiernos, el de los tibios.

El anterior papa en renunciar fue Gregorio XII, hace exactamente 598 años; como en otros casos, sus renuncia está inscrita en una de las crisis más fuertes de la Iglesia Católica, el cisma de occidente, en el que hubo, al mismo tiempo, tres papas: Gregorio XII en Roma, curiosamente Benedicto XIII en Avignon y el “antipapa”, electo fuera del proceso canónico Juan XXIII. Esta crisis que amenazaba con dividir a la Iglesia romana, fue zanjado por el Emperador Segismundo que obligó a los tres papas a dimitir; sin embargo sólo el que había sido electo canónicamente obedeció la orden del Emperador, para dejar su lugar a Martín V.

Como se ve, no es una novedad que un papa dimita; es canónico y hasta normal si se quiere, trescientos años para una historia de casi dos mil es apenas un periodo reconocible; sin embargo, todos los papas, salvo Benedicto XVI, renunciaron obligados o en momentos de graves crisis de la institución; Benedicto XVI, por así decirlo, es el primer papa en la historia que se “retira”; además del caso de Celestino, el incomprendido que nunca quiso ser Papa, el del otrora Cardenal Ratzinger es sui generis. Tal vez sea el signo de los tiempos, tal vez se trate de un hombre nacido y crecido en el siglo XX, niño de guerra bajo los nazis y en fin, azotado por las intrigas vaticanas haya decidido, como Celestino, que el papado ya no era para él.

Ya veremos por Pascuas. Sin adelantar vísperas, si en los últimos cien años el papado ha cambiado tanto: con Pablo VI se abandonó la misa en latín, Juan Pablo II se eligió al primer Papa no Italiano en 456 años, se abandonó la coronación papal y se dejo de usar la silla gestatoria; no estaría de más apostar ahora por un papa norteamericano, canadiense y, quien sabe, tal vez latinoamericano o africano. En fin, si yo que me pensaba que retirarse como Ministro de la Suprema Corte parecía apetitoso, siempre se encuentra uno con una opción mejor.