Los niños que vinieron del sur

Para Antonio Piccato

 Pertenezco a una de las primeras generaciones que labraron su imaginario y su lenguaje con la televisión; una generación para la que ese invento no era ya ninguna novedad y para la que resultaba indispensable para una vida normal y un hogar completo. Si la televisión era ya parte de la cotidianeidad, las televisiones de alta tecnología todavía estaban lejos, en la programación de aquellos días convivían los programas a color y los realizados en blanco y negro, la producción mexicana era todavía mediana y no era suficiente para satisfacer la demanda de un enorme universo infantil hambriento de imágenes; de hecho, entre las opciones que podían sintonizarse había programas que mis padres no pudieron ver y no porque no existieran sino porque en la escasez o inexistencia de televisiones en su infancia no habían podido ser vistos en México antes, programas eternamente repetidos y grabados originalmente veinte o treinta años antes, que algunos de los hechos en este país todavía usaban cartulinas rotuladas para hacer constar los créditos y los títulos.

En ese país de poco antes de la primera crisis sexenal, el mundo llegaba a cuentagotas a través de la pantalla del televisor y, en la inmensa mayoría de los hogares mexicanos, lo hacía en la voz de un solo hombre: Jacobo Zabludowsky. Con la cercanía que le daban la fama y su aparición cotidiana y sacramental de cada noche, la gente utilizaba las palabras del periodista como un argumento de autoridad:

  • Es cierto, Jacobo lo dijo anoche…

Y ese argumento era irrebatible, cuando Jacobo lo decía no había nada que replicar, en ese mundo de antes de la completa libertad de prensa, los mexicanos teníamos que confiar en el hombre de los audífonos enormes y su legendaria secretaria Lupita que tenía el derecho de interrumpir al locutor para anunciarle que el propio Presidente de la República le llamaba por la línea cuatro; irremediablemente, como mexicano que era, el presidente Echeverría lo llamaba familiarmente Jacobo, como todos. Y es precisamente a Zabludowsky a quien le debo tres de mis recuerdos más impactantes de infancia. Todos ellos ocurrieron entre los años de 1975 a 1979, por lo que, con toda seguridad el recuerdo que hoy tengo en la memoria sea muy distinto a lo sucedió en realidad

El primero de ellos es de noviembre de 1975; se trata de la muerte de Francisco Franco; de aquella noche recuerdo la extraña sensación entre la incredulidad y el entusiasmo por una noticia largamente esperada y, luego, en los días siguientes un sentimiento raro de vacuidad, como si después de aquel momento algo que tenía que suceder no ocurría y como si, de pronto, en lugar de estar más cerca de España, estuviéramos más lejos porque quienes tenían razones para volver no tenían ya a dónde regresar y porque quienes tenían causas para ir no estaban en posibilidad de hacerlo. La tercera, la de 1979, fue mas bien la culminación de una larga serie de recuerdos tomados también de los servicios noticiosos de Zabludowsky; durante buena parte de 1978, cuando estalló la revolución sandinista y podía seguir, con mis padres o a escondidas de ellos cuando juzgaban las imágenes demasiado fuertes para tierna sensibilidad de su pequeño hijo que, bajo las sábanas y ayudado de una linterna de mano se entretenía leyendo las memorias de Fanny Hill; de ahí se me quedaron nombres como Masatepé que mal pronunciaba a la mexicana diciendo Masatepe, hasta que Ernesto Cardenal me corrigió la pronunciación con un retraso de veintisiete años; momentos como la heroica caída de Granada y, en aquella noche memorable de julio de 1979, la entrada triunfante del Frente Sandinista de Liberación Nacional en las gozosas calles de Managua. Aunque esta noticia si tuvo consecuencias y, en efecto, por arte y gracia de mucha propaganda que siempre tuve a la mano, se construía una alegre Revolución donde no había camaradas como en la Unión Soviética, sino “compas”, de compadre, algo más cercano a lo que un mexicano puede considerar por arriba de un hermano.

Pero fue la noticia que dieron en la noche del 24 de marzo de 1976, la que sin comprender lo que sucedía, causaría la segunda de las impresiones más fuertes de mi infancia. Hablaban de un golpe de Estado en Argentina; desde luego, el término no era extraño para los niños iberoamericanos nacidos a finales de la década de 1960 y hasta principios de 1970 que, para los once o doce años estarían – como cualquiera – familiarizados con expresiones como represión, golpe de Estado, imperialismo, desaparición y muchos más que hoy, queremos creer son términos que ni un adolescente maneja con suficiente soltura. Recuerdo una imagen, una foto fija, que ocupaba toda la pantalla y bajo la cual golpeaba la voz de Jacobo Zabludowsky machacando la caída del gobierno y la ocupación por los misteriosos sujetos con caras patibularias que se hacían llamar la Junta. No lo sabía entonces, tardaría mucho tiempo en saber lo que esa noche fatídica iba a significar en mi vida y en la de muchos mexicanos de mi edad.

Tenía ya cierta experiencia familiar en materia de exilio, como la tenemos una buena parte de los mexicanos, pero la memoria, en una tercera generación, es una forma de identidad que puede asumirse con cierta facilidad, en ella lo dramático se ha vuelto histórico y literario, ha dejado de ser espeluznante para volverse heroico y, sobre todo, el dolor se purifica para convertirse en motivo de legítimo orgullo; también tenía otro género de experiencias por la convivencia con el exilio chileno a través de colegas de mi padre, de los que más bien recordaba con humor los equívocos entre las palabras chilenas y mexicanas, términos como “huevón”, “comer” o “cenar” y, en especial dos localismos maravillosos: el mexicano “tu casa” que en chileno se dice “mi casa” y no con el posesivo con que los mexicanos sintetizamos la expresión “mi casa es tu casa”, y el chileno “polola” y su delicioso verbo “pololear”; para el tiempo en que tuve mi primera polola, no tenía contacto con ningún exiliado chileno – al menos no por mi propia persona sino a través de mis padres – pero la presencia de Allende y de la oprobiosa dictadura pinochetista se me había convertido en uno de mis precarios leitmotiv, al que había llegado gracias a la lectura del entrañable Aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile de García Márquez, para ese tiempo la presencia de algunos amigos y compañeros de clases argentinos, estaba representando una revelación para mí; mientras que la presencia de la argentinidad entre los miembros de mi generación iba causando también un impacto sereno, silencioso y acompasado.

Para mí, para mi entorno personalísimo, la presencia de los argentinos representó la destrucción de mi creencia infantil de los estereotipos; mucho era mentira, los argentinos no eran pesados ni desagradables, sino sentimentales y dados al humor, se debatían constantemente entre el humor ácido y negro y el sentimentalismo que no pocas veces terminaba en llanto; si así era con los argentinos, seguramente debía serlo con todos los estereotipos de las demás naciones, para muchos miembros de mi generación, los chicos argentinos iban a representar un encuentro con lo que había de humano fuera de nuestras fronteras; significó también el contacto directo con el testimonio de lo inenarrable; el contacto personal con quienes se habían enfrentado con valor a fuerzas que no podían, ni con mucho, conocer y menos vencer. Cuando escuchaba – rarísima vez, es cierto – a los padres de mis amigos contar lo que habían visto, lo que habían escuchado y lo que habían sabido, me acordaba de la frase de Unamuno: “podréis vencer, pero no podréis convencer” y tenía siempre presente a los viejos republicanos españoles con su decencia rancia de décadas, odios y esperanzas; una decencia que no tuvo ni podía tener precio, que no se vendía ni se ocultaba; puede ser que los españoles fueran más expansivos en ese sentido, o que a los argentinos les pudiera el recato latinoamericano, el hecho es que esos momentos que se vivían en momentos únicos, esparcidos con lapsos incluso de años, me dejaron una clara idea de lo que significa la lealtad, el honor y la dignidad, valores que sólo relucen cuando se los ve amenazados.

Alguna vez, uno de esos amigos me hizo notar que Buenos Aires estaba más lejos que Madrid, y que el habla de los argentinos era tan diferente o más del lenguaje de los mexicanos que el habla de los españoles, en suma, que Argentina estaba más lejos de México que España, aunque estuviéramos en el mismo continente y de Europa nos separara un océano. En sus valijas y bolsos de viaje, los argentinos trajeron de aquella tierra remota muchas cosas que los mexicanos ya conocíamos pero que no estaban en la mesa cotidiana del diálogo; de hecho, desde la gestión de Alfonso Reyes como embajador en la Argentina, hacía unos cincuenta años, cuando las relaciones argentino mexicanas alcanzan una de sus cimas, nuestros países fueron incrementando la distancia, el forzado reencuentro del exilio permitió a mi generación – a través de amistades y maestros – el descubrimiento de autores que permitían dar significado a la pluralidad de acentos en la literatura latinoamericana; para nosotros, quienes habíamos comenzado a leer después de la época del boom, en un tiempo de vacío literario en espera de la siguiente gran tendencia, los jóvenes argentinos, entonces preparatorianos – o bachilleres, como se nos comenzaba a llamar en aquellos días – nos dieron a conocer a Borges y a Sábato y, aunque con todo un retraso generacional, a Julio Cortázar.

La mayor parte de los pequeños del exilio provenían de familias con un grado cultural importante y, desde luego, de una carga ideológica a la que sus colegas mexicanos no estábamos, por lo general, muy habituados; siempre me pareció que mantener el prestigio de un país culto, cuya fama habrían de destruir los militares, era parte de la misión vital que estos muchachos habían tomado voluntariamente para sí; las lecturas eran como un santo y seña entre ellos y quienes, con algo de curiosidad al principio y luego con innegable afecto, nos acercábamos, sentíamos que leer era un deber moral frente a la barbarie.

Tres fueron las muestras principales de su pequeño legado en mi personalidad como lector; el primero fue Borges y no sólo por Borges mismo que ya era mucho decir, sino porque a través de él me aproximé al autor más influyente en mi carrera de lector: Alfonso Reyes; si Borges que era el Maestro, se refería a Reyes como el autor por el que debería comenzar el análisis de la prosa castellana del siglo XX, llamándolo incluso maestro, era obligatorio leerlo; si autor de Tlön se enorgullece más de lo que ha leído, también debe estar orgulloso por los autores en que introdujo a sus lectores; el segundo, por el tiempo y no por la influencia, fue Rayuela de Cortázar; al contrario de la generación que me precedió, la Rayuela no fue para nosotros un libro de culto, no se leyó ni con el volumen ni con la pasión que la leyeron los coetáneos de mis hermanos mayores, para nosotros fue más bien el signo de una cofradía que, ilusoriamente, nos hacía creer que vivíamos contra corriente, que enfrentábamos imaginarios peligros por poseer y leer un libro que escrito con técnicas inéditas para nosotros, se leía a saltos y con una serie de claves obtenidas de otros libros de Cortázar; hay que confesarlo, los que leímos en aquellos años – de los que Alfonso Reyes dice que nos salvan o en los que nos suicidamos, pero de los que guardamos siempre tibias lágrimas – aprendimos a amar París y también a desear una novia como la Maga; hoy sigo amando París, pero me daría terror enamorarme de una mujer tan complicada. Por último, el testimonio de Sábato expresado en Nunca Jamás, el informe de la represión que fue publicado cuando Argentina comenzaba a recuperar la libertad perdida; curiosamente, la edición que todavía conservo en mi biblioteca no está en castellano, ese resumen en un tomo todavía tardaría en llegar a México, sino en inglés, en la bien formada edición de Farrar, Strauss & Giroux; ese libro nos permitió a quienes nos habíamos quedado en México – mexicanos y argentinos – compartir, si es que eso era posible, el horror y la pena y, sobre todo, el deseo de justicia. Ahora que el tiempo ha pasado, que todos nos hemos hecho adultos y que se descubre con mayor precisión todo cuanto sufrió ese pueblo, tanto por quienes se quedaron como quienes se abrigaron con nosotros, no encuentro a nadie que halla estado cerca de ellos que no coincida en la urgente demanda de justicia como primer paso para la auténtica reconciliación.

Hubo, sin embargo, otro rubro menos académico y menos formal en el que los argentinos, e insisto, los jóvenes argentinos, nos enseñaron mucho; ese ámbito fue el de la música popular y aquí, si se me permite, ya estoy hablando de una influencia generalizada. Por un lado, contribuyeron a empujar el género de la nueva trova, ya no cubana, sino latinoamericana, resucitando el gusto por la música andina y por la canción de denuncia que había tenido una época de oro algunos años antes; León Giego y Mecedes Sosa, entre otros, que compartían la escena con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, pertenecieron al tiempo que siguió a la popularidad de Inti Illimani, Quilapayún, Violeta Parra y Victor Jara. De hecho, Mercedes Sosa era obligatoria para cierto tipo de joven de mi generación – así con ínfulas de intelectual comprometido, o con ilusiones de chico culto – pero los intérpretes de la generación anterior eran materia de especialistas. Sobre todo porque Mercedes Sosa hablaba de un tema que para nosotros, mexicanos de las crisis sucesivas, los que fuimos educados en la siempre postergada ilusión de la globalización y el ingreso al primer mundo, era por completo desconocido: Latinoamérica. Oír hablar de la miseria y del dolor que volvíamos marginal aquí, como un mal de todo el continente, lo hacía a uno sentirse un poco culpable – digo un poco por no dramatizar lo que un adolescente apenas parece tener capacidad de aceptar – y se nos volvía casi una seña de identidad.

Producto de esa educación tendiente a admirar los logros de los Estados Unidos y a envidiar la riqueza de los europeos, los chicos mexicanos oíamos entonces todavía muy poco rock en español y el que oíamos, o bien era francamente un producto de usar y tirar, tanto que nos apena hoy llamarlo rock, o bien era completamente marginal y en lugar de ser un mecanismo de identificación, se aproximaba más a los estigmas de una sociedad provinciana; Three Souls on my Mind – luego llamado simplemente el Tri pero entonces todavía teniendo que usar un nombre en inglés, o Rockdrigo González, el Profeta del Nopal, no eran escuchados por las grandes masas y quienes los oíamos nos sentíamos a gusto con quienes compartían nuestra afición, pero ni por asomo hacíamos gala de ella para no ser descalificados en esos días en que la aceptación social es de vital trascendencia y, sin embargo, desde la Argentina – como desde España – los jóvenes se atrevieron a hacer un rock tan comercial como bien hecho y tan socialmente aceptable como pudiera serlo cualquier intérprete de rock inglés o americano. Sin embargo, a diferencia del rock español que era el resultado de una liberación de los lenguajes a cinco o seis años de la muerte de Franco, el rock argentino se las ingeniaba para decir cosas entre líneas, con ellos, los jóvenes mexicanos aprendimos la metáfora poética del rock y la forma de decir las cosas de modo que pudieran pasar desapercibidas para los adultos, es decir, para la autoridad; si los españoles se perdían en gracejadas y querían una novia pechugona – como decía La Trinca –, o festejaban la libertad de ligar chicas con veneno en la piel – como afirmaban gloriosamente los de Radio Futura – los chicos argentinos vivían una lucha de gigantes o pedían que los despertaran cuando pasara el temblor – como ordenaban en Soda Estéreo –, incluso recordaban a las abuelas buscando bebés bajo las luces de neón – afirmaba Miguel Mateos antes de descafeinarse –. De todo eso, del dormir mientras pasa el temblor o del buscar bebés, tuvimos que aprender de los argentinos que no podían decir las cosas con todas sus letras, pero que bien se las ingeniaban para de todas formas decirlas.

Pertenezco a una generación que creció con los pequeños del exilio argentino y me enorgullezco mucho de la fortuna que me permitió estar cerca de ellos. Igual que muchos de mis mayores que supieron abrigar a los republicanos españoles, a los que escuché de niño, algún día mis hijos sabrán que hubo entre nosotros, pequeños exiliados que hicieron suya esta patria y, por lo menos a uno de ellos, con todo el cariño que la palabra encierra en México, lo llamará tío.