Mnemósine o del Oficio de la Memoria

La primera prueba de amor es desnudar la memoria. La segunda, es entregarla.

Castillos en la Tierra.

Angelina Muñiz Huberman

Dice Gilles Lipovetsky, cuidémonos de no contradecirlo o confundirlo, no sea que confirmemos sus teorías, que vivimos ya bajo el imperio de lo efímero, de lo que ahora está y en segundos desaparece, de lo que no habrá de conservarse, sin embargo, lo efímero es la sucesión – eso sí, veloz – de aquello que ha permanecido desde antiguo entre nosotros, con nuevas máscaras, como en el Teatro Kabuki, pero con caracteres siempre vistos, lo efímero no es sino una manifestación de lo mudable, de lo mutante.

Nada existe que el hombre pueda conocer sin que antes no sea interpretado según el código sutil y a veces infame de la memoria, nada sale de la boca, de la mano, en fin, del cuerpo, si antes no ha sido traducido en términos de recuerdos, más o menos antiguos, aproximadamente fieles o dulcemente rehechos.

Dijo Dios, sepárense las aguas del cielo de las aguas de la tierra… la Creación ex nihil se realiza sin recuerdo ni memoria, en su movimiento genitor Dios no recurre a nada porque nada era existente, salvo al parecer, la palabra; en cuyo caso, como aclara Juan, el Verbo era Dios. Pero nosotros recordamos aún lo no vivido, ese momento imposible pero existente que escapa a nuestra razón pero que conocemos por vía de memoriales heredados desde antiguo, y por eso podemos afirmar que Dios dijo, de ahí en adelante todo será memoria y ejercicio de recordación.

No hay actividad más humana que rememorar para crear y expresar. Para hacer, decir y ser es necesario recordar, se recuerda el movimiento de la mano que al acariciar repite el movimiento del rito vetusto de la magia, abuela de la religión organizada; se recuerda la palabra que nombra y delimita, se invoca el símbolo audible, pleno de sentido; se recuerda el arquetipo y el mito que explican nuestra manera de ser en el mundo.

La memoria tiene sus particularidades, es la región más recóndita del ser, a la que se accede por niveles, que ni siquiera al propietario le es dado conocer por completo, como se conocen los gustos y las preferencias – campo de la voluntad – y mediante claves que tienen su propias reglas, a las cuales se recurre a través de tortuosos caminos no siempre transitables, al contrario de las señaladas rutas del silogismo – campo de la razón discursiva -. Nuestra memoria es el continente ignoto y prometedor explorado por el hombre del renacimiento, es la Antártida de nuestros geógrafos.

Antigua, hierática y hasta críptica, la memoria suele ser dulce y entonces le llamamos añoranza; terrible y demoledora cuando la reconocemos como melancolía e incluso mortal cuando reporta la presencia del trauma. Esta compañera nuestra, con quien vivimos, es aún más férrea que la conciencia.

He dicho compañera, y al hacerlo he recorrido un largo trecho hacia el pasado. Se llama compañero al que comparte el pan, con quien se divide el alimento, al fratrer, el hermano con quien parto cuanto poseo en un ánimo de juntos vencer frente a un mundo adverso.

Borges, en su segundo acercamiento al Golem, dice:

 

Si (como el griego afirma en el Cratilo)

El nombre es arquetipo de la cosa,

En las letras de “rosa” está la rosa

Y todo el Nilo en la palabra “Nilo”…

 

No parece ser este el mejor momento para deshacer el nudo de la disputa nominalista, pero lo es para acercarnos al movimiento antiquísimo que anima las voces. En efecto, está todo el Nilo en la palabra “Nilo”, no sólo porque la voz sea la magia que contiene la transubstanciación del objeto en vocablo, sino porque la voz nos suena a grandeza, a eternidad, a crecida anual del río, padre y madre de florecimiento fértil, a Hermes Trismegisto, a Exodo, a Cleopatra y Antonio, a ritos y formas que, tarde o temprano, me llevan a entender que decir Nilo, es contener al río y a la cadena interminable de recuerdos que lo hacen mío, como mío es el mundo cuando lo nombro.

La vida en el mundo es una experiencia compartida, pero la posesión del mundo por la memoria es una vivencia incomunicable, única en sí  y para el individuo, al expresarla se transfiere a los demás como parte de la vida en comunidad, pero la experiencia íntima es persistente en su identidad con la persona.

No puedo entenderme con quien me busca en un lenguaje que no alcanzo reconocer, porque nuestra lectura del mundo es diferente, llamamos a las cosas de modo diverso porque en lo hondo de nuestro ser nos significan cosas diferentes; digamos que nuestros dioses tutelares – lares y penates, los genios de la casa – no se entienden con los ajenos pues no se conocen, para acercarnos es necesario recurrir a algún punto común de nuestra experiencia vital como seres humanos. Si los dioses de la casa no conocen a los vecinos, recurramos a los dioses del Foro, a Mnemósine, la memoria, de este modo nos encontraremos con el otro en el punto que importa la experiencia de ser en el mundo y con el mundo, ésta es la causa por la cual las artes auditivas y visuales trascienden la frontera del habla y el idioma, pero por ello mismo la literatura, siendo más íntima, vive la condena y fortuna de la particularidad de los idiomas y corre los riesgos y aventuras de la traducción.

Mnemósine es hija de la primera progenie de Urano y Gea, es decir, existe y es desde el inicio anterior al tiempo; por su nacimiento, es coetánea de Cronos y de los demás titanes. Las Musas, sus hijas, nacidas del cuarto matrimonio de Zeus, se acercan un tanto a las ninfas del campo, a las de la lluvia y a las de los ríos, pero Homero las llama verdaderas diosas por sus nobles orígenes, su número orquéstico y su prosapia. Su nombre significa “Las Conmemorantes”, pero no son sus prendas las que les dan divinidad, sino su enorme poder de evocación hacia el pasado y de inspiración hacia el futuro. Porque el poder de la memoria es inusitado, va más allá de la vida cuando nos proyecta en la búsqueda del horizonte, y se remonta a regiones del tiempo que no pueden ser imaginadas, uno quisiera dominarla y comenzar la autobiografía  con el nacimiento, pero ya lo dijo Alfonso Reyes, no recuerdo haber nacido.