Mitología de un año que se fue

Para David Grinberg, con cariño

Me acuerdo, no me acuerdo…

Las batallas en el desierto.

José Emilio Pacheco.

Digo me acuerdo. Quiero decir, si no fue así, de ese modo debió haber sido. Y sin embargo no miento; me reconstruyo. Recuerdo, luego sigo existiendo, no soy el que era, pero soy alguien que en mucho se le parece.

Cuando el tiempo se ha ido, la memoria afila el cuchillo; del recuerdo puede labrar un garrote o un santo de madera. Por eso es necesario hacer ejercicios de recordación cotidianos, no dejar pasar de largo los días y las noches con sus sendos trabajos. Uno no vive para recordar, recuerda para vivir.

Hay momentos que no podrán ser recuperados: cuando no puede rescatarse de ellos ni siquiera la sombra, entonces se llaman olvido; cuando tenemos de ellos breves instantáneas, deslucidos colores o formas difusas, entonces lo necesario es reinventar la memoria.

Cuando la memoria juega con uno, se adelanta, gira sobre sí misma, grita al oído y se aleja, entonces nace el mito del tiempo ido. De la profunda necesidad de suplicar clemencia ante el abandono en que nos deja el pasado, los hombres nos vamos haciendo de nuestros propios mitos fundacionales, justificativos y explicativos. Nos construimos, con nuestras manos y memorias, un pasado cercano y antiguo, nos descubrimos antepasados e influencias culturales. Nos aferramos a una Nación, nos llenamos de apellidos, de lustres y de melancolías. Hasta que uno no sabe, bien a bien, si lo que se recuerda fue, o pudo haber sido.

No se sabe, en ocasiones, si tanto documento nos ayuda a recordar o tuerce nuestra memoria a través del ojo de la lente fotográfica, del cine o del vídeo, peor aún, de la realidad virtual. Así, me miro aplanado en el álbum de la familia, evoco de manera penosa las cosas que me avergonzaron en edad temprana, y muchas veces no me gusto. Por eso, la memoria es siempre más fiel, más sutil, por decirlo de algún modo, más hermana. Algo diferente pasa cuando veo la lozanía de mi abuela en sus veinte años, hoy que hacen ya cinco en que a los noventa y tres, se fue donde los muchos; miro a mi abuelo en su treintena y me quiero ver a mí mismo en él, porque a ellos los he mitificado desde temprano, y en cuanto a mí, necesito mitificar mi pasado de continuo. No miento, me reconstruyo.

Pese a que todos digan que México fue la región más transparente del aire, -incluso yo que cuando nací, México era presa ya de polvo, ozono y humo- no todos habrán tenido la dicha de vivir en aquella visión de Anáhuac, sino en esta palinodia del polvo.

El 1994 mexicano, por ejemplo, fue un año mítico. A tres días de finalizado, a unas horas de su muerte, a un segundo de su partida. Del primero al último de sus días: abre los ojos con la revuelta en Chiapas -recuerdan o se traen de entre los mitos al General Serrano y Huitzilac- sigue andando a lomos del terror, Colosio y Ruiz Massieu -recuerdan o se traen de entre los mitos a Alvaro Obregón, a León Toral- el Popocatépetl desplegando el penacho que lo bautiza -mi otra abuela decía que en 1927 fue peor y no pasó nada- la devaluación – aquí no hay necesidad de mitos sino de memoria inmediata-.

A lo anterior, añádanse los mitos personales -mi boda, los tres meses de recién casado y desempleado, los vericuetos de la tesis profesional, el desencanto y la esperanza- cada quien los suyos, los de la calle, de la colonia, de la familia, de los amigos y de los conocidos. Sazónese con un tanto con el rumor que corrió por doquier, y después de cocinarlo al fuego desaforado en la memoria, se tiene un mito completo para el resto de la vida. Cándida ninfa Eco de la que me hablaba mi madre para que me durmiera.

Aún así, me acuerdo y me acordaré siempre del fondo y poco menos de la forma de las cosas, las platicaré de cuando en cuando, y más seguido en tanto me haga más viejo. Y diré, un año terrible. Aunque en el fondo de mi memoria y mi alma me regocije con el placer de tener un mito personal, de poder decir “yo estuve ahí”.

Desde siempre, desde antes de siempre, nos hemos formado en el vivir así. Moisés escribió la Torah, el Pentateuco, y recuerda cosas que no podría recordar un ser humano, y Moisés, siendo el Profeta, era también humano; si bien pudieron contarle su propio pasado, por ejemplo su nacimiento y su viaje por el Nilo, pero ¿quién estaría ahí para contarle los siete días en que Dios hizo al mundo? y ¿escucharía de voz el sueño de José?, y es que siendo humano, el Ángel de Dios le ha contado la historia. Y siendo también Mateo un hombre, toma la pluma, y al correr de los recuerdos narra la vida y la pasión de Jesús, pero ¿quién estaría ahí para contarle el linaje de Jesús?,  ¿escucharía de voz la concepción virginal de María?, y así Mahoma.

Cuando recuerdo tengo tras de mi oído un ángel. No sé si de Dios, pero un ángel, que me recuerda lo que mi memoria humana ha olvidado o es incapaz de recordar. Ese ángel, hijo de mis dioses y mis demonios interiores, me reconstruye en mitos mi herencia ancestral, mis anhelos, mis justificaciones y mis esperanzas.

Canta, ordena la primera rapsodia de la Ilíada. No calles ni olvides. Canta equivale a Di, pero dilo con entonación, ritmo y sentido, porque el que habla dice lo que quiere y el que canta quiere lo que dice. De este modo, no sólo recuerdo para no perder mi identidad, para que en un futuro no me vea en el aprieto de no saber quién soy, o si éste que me veo es una semilla venida de no-sé-dónde. Recuerdo para mitificar, para construir una cultura interior, llena de valores y de sentidos, para crear un hombre que siendo yo sea algo más que yo mismo.

Si el hombre es el hombre, más su circunstancia, es necesario agregar que la circunstancia es la circunstancia, más el recuerdo. Nuestros mitos son el código con que leemos lo inexplicable de la circunstancia, supera el método y llega de plano al símbolo.

Me acuerdo, no me acuerdo… era el año 1994, el mismo en que me casé, la mamá de tu tío David no conocía el Popo… eso diré a mis nietos cuando los tenga.