VIAJERO

Para Almudena, que me salvó antes de haber nacido

No se puede saber cuál será nuestro viaje más largo. Una simple travesía de cinco minutos, un largo viajar al rededor del mundo. ¿Cómo saberlo? Los viajes no deben medirse en metros, kilómetros o millas, menos aún en minutos, horas o segundos. Ir, retornar, como un sueño y una pesadilla, sólo pueden medirse por la potencia de su contenido, por la fuerza de sus efectos; por su sabor. Nunca de otro modo.

No he viajado, fuera de mí, ni tan lejos ni tan largo, como para considerarme un viajero. Pero, como hemos convenido ya en que ambos criterios no son válidos, heme aquí, desde ayer, perteneciendo a una tribu nómada: los tránsfugas del recuerdo acre de la violencia.

Son las 23:00 horas del miércoles  15 de enero de 1997. Me dispongo a salir de la oficina con rumbo a casa, llamo a mi mujer para avisarle que voy en camino, reúno mis cosas. Me retiro.

Estoy un tanto fatigado, no lo suficiente como para no ir tejiendo mi telaraña contínua de historias, filosofías y ensoñaciones. Mientras el ascensor me lleva al nivel de la calle, me pregunto, ¿cómo reaccionaría si esa noche fuera víctima de un asalto? Pero, como si se tratara de un ave de mal augurio, ahuyento la idea, después de todo, aquello no tiene aviso.

Llevo conmigo unas cuantas pertenencias, pocas pero queridas, soy de esas personas que sólo utilizan bienes que tienen algún sentido personal, lo tienen o lo fabrico por influjo de memoria.

Por razones de seguridad le pido a uno de los policías que me acompañe a esperar un taxi. Son las 23:05, la calle de Mariano Escobedo, siempre mal iluminada, está desierta desde las ocho de la noche. Un taxi, en contrasentido de la calle, pasa en disposición habitual de buscar pasajeros. Desde hace un par de años, algunas normas oficiales invirtieron los habituales usos del transporte público. Hoy, son los taxis los que buscan pasajeros, rara vez alguien sale a tratar de encontrarlos, ellos vienen solos.

Mi espera no es superior a los cinco minutos, el taxi regresa sobre la avenida, justo en el primer retorno y se detiene a las puertas de la oficina. Lo abordo, inicia la habitual travesía de cinco minutos más rumbo a casa.

Como para ahuyentar los malos espíritus, para crear un lenguaje común y, en fin, crear el aura de solidaridad necesaria para soportar el hecho de que dos desconocidos se desplacen a ochenta kilómetros por hora sobre una cinta de asfalto. Metafísicamente, esta conversación, hace que perdamos la sensación de absurdo que acompaña a dos desconocidos que se confían sus destinos, al menos durante unos minutos.

En la Ciudad de México, en estos tiempos, a las 23:10 horas, ¿de qué pueden hablar dos hombres solos? De las pésimas condiciones de la seguridad pública. Que si hay que cuidarse, pero cómo, si todos los delitos están formados por dos elementos fundamentales: el azar – contra cuyo imperio es imposible rebelarse – y la excesiva confianza, necesaria para vivir con un mínimo de decoro y dignidad. Es decir, la única previsión factible es tomar ciertas precauciones básicas, y tener en mente que, a fin de cuentas, de poco sirven.

Sentado el mínimo de confianza, es tiempo de llevar la conversación por nuevos rumbos, una plática más amable para el último par de minutos. Elijo un fácil lugar común, algo bien ensayado, de modo que las palabras corran libres al principio, sólo para indagar si este nuevo interlocutor puede llevarme a un sitio ignoto, como ocasionalmente me ha sucedido.

Selecciono, entre mis temas habituales, la oportunidad que brinda el taxi de conocer gente diferente, la sensación de libertad y la comodidad de ser el propio jefe. Pero dos circunstancias no me ayudan en mi afán conversador. El chofer no es muy imaginativo, o no practica el arte de dialogar, además, hemos llegado.

Pienso, de pronto, que es una lástima haber subido a un taxi cuyo conductor no platica con soltura. En mi larga experiencia como dialoguista en autos del transporte público, me he encontrado con auténticos maestros, de los cuales, en no pocas ocasiones, he aprendido algunas frases ingeniosas, técnicas para alargar el diálogo sobre los temas más insulsos; he recibido algunas lecciones de humanidad, de cariño por el trabajo y hasta de resignación por un oficio ingrato, no siempre bien remunerado y, ante todo, profundamente incomprendido.

Soy poco docto en la gran mayoría de los temas que atañen a un hombre de actualidad, pero en materia de taxis y taxistas me considero un conocedor. Este chofer, me parece, puede ser inscrito en el rubro de los reflexivos, pariente cercano de los aburridos.

Cuando doblamos sobre el puente que sigue a la Calzada de Legaria, doy la indicación tradicional que he oído y pronunciado, sacramentalmente, desde hace más de veinte años:

Bajando el puente, se pega a la derecha e inmediatamente, donde está la casa blanca, ahí nos quedamos.

Siempre que digo esta frase se me llena la cabeza de recuerdos dulces de infancia, también cuando desciendo del vehículo y camino unos pasos, antes hasta la casa familiar, y ahora hasta la mía.

El taxista baja la velocidad y se desplaza hacia la derecha, precavido mira por el retrovisor hacia la calle que entronca con la avenida principal. Casi al llegar a la casa blanca, miro el taxímetro, señala los consabidos ocho pesos, más los dos extras por tarifa nocturna, conforme a lo previsto, diez pesos, centavos más, centavos menos.

Con la billetera en la mano, me dispongo a pagar. Apenas se ha detenido el taxi, entonces, el auténtico viaje apenas comienza.

Frena el taxi, miro la billetera para sacar uno de diez pesos. Todo es un segundo. Se abre la puerta del volkswagen, suben dos personas, el primero se deja caer de espaldas, a mi lado derecho, el otro se amontona junto al chofer. No puedo decir que los he visto. Al subir, el de mi derecho grita que cierre los ojos; durante aquella diminuta eternidad que es una fracción se segundo, me parece que adivino el rostro del hombre que se ha hecho un ovillo en frente mío. Es un rostro cetrino, con una mirada azorada, como de angustia, de odio, o mejor aún, la precisa intensión del que cumple con un deber que no le gusta realizar, que pesa, sin que llegue a ser aborrecible. Una mirada de espanto, que mal trata de ocultar el vacío.

La primera estación del viaje se ha cumplido, luego de un tedioso preludio. Mi compañero de asiento adopta el papel del jefe.

 

  • A ver, cierra los ojos, trabajamos por esta zona, no nos vayas a ver, qué tal que un día nos reconozcas si nos vemos por aquí.
  • Los traigo cerrados, señor.
  • A ver tú, taxista, sigue de frente, no bajes la velocidad. Yo te digo por dónde. Maneja como si no pasara nada. Nada de hacerte el héroe porque te carga la chingada. ¿Tienes hijos, taxista?
  • Sí señor, tendo dos.
  • Pues piensa en ellos y no vayas a hacer una pendejada.

 

Siento cómo toma mi billetera que está sobre mi pierna derecha. Sé que la revisa, mientras, sigue dando órdenes.

 

  • Fíjate bien lo que te voy a decir. Tranquilo, no te va a pasar nada. Escúchame bien. Traemos una bronca y andamos sobre la lana. No te va a pasar nada. Tranquilo.

 

Su voz suena intimidatoria. Aunque dice que no me hará daño, lo hace en un tono de seguridad que me deja claro el mensaje. Soy dueño de tu vida. Sin embargo, le creo.

Cuando hago mi ademán habitual de juntar las manos, para entrelazar los dedos, me habla más fuerte, pero no me grita.

 

  • No muevas las manos, déjalas quietas, donde yo las vea.

 

Estiro los dedos y dejo mis manos inermes, descansando las palmas sobre mis piernas.

 

  • ¿Cómo te llamas?
  • Benedicto Callejas.
  • ¿Cómo?
  • César Benedicto Callejas Hernández.

 

Le he dicho la verdad, recuerdo traer una tarjeta para disposición de efectivo, una tarjeta que nunca he usado. Resulta tan paradójico perderme por una tarjeta que nunca uso, que jamás solicité y cuyo saldo es de, aproximadamente, sesenta centavos.

Tengo tiempo de pensar mientras respondo a sus preguntas. Pienso que voy a morir. Entonces, me viene a la memoria mi esposa que, viuda prematura, volverá a la casa de su madre, sin que pueda quitarse nunca la sensación de que muchas promesas no se cumplieron. Pero no es posible, su lugar es conmigo.

Pienso en mi madre, en mi padre, en mis hermanos. Pienso en Alicia y Alfonso Reyes, particularmente en cuánto extraño la Capilla Alfonsina, con el mismo deseo que extraño mi propia biblioteca.

Tengo en la billetera sólo treinta pesos. Yo, que nunca he sido asaltado, solía bromear con los taxistas sobre cuánto hace enojar a los ladrones el que uno traiga poco dinero. Solía decir, “hay que traer lo propio y cincuenta pesos para el ratero”. Entonces vuelvo a creer que van a matarme, sin duda, soy una víctima de mis propias teorías.

 

  • ¿Es todo lo que traes?
  • Sí, señor.
  • ¿Porqué tan poco?
  • Por que trabajo en la Secretaría de Educación, Señor, y todavía no nos pagan.
  • Dime la verdad, si te caigo en algo que no sea cierto, te mueres.
  • Si señor, es la verdad
  • Aquí traes una tarjeta de Inverlat. ¿Cuánto tienes ahí?
  • Nada, supongo que debe tener sesenta centavos, más o menos, es una tarjeta que ya no uso. Es que antes trabajaba en Sedesol y así nos pagaban, luego me cambié de trabajo y ahora soy jefe de departamento en Educación y nos pagan con cheque federal. Pero todavía no me han pagado.
  • ¿Cuál es el número?
  • 1805. No recuerdo bien.

 

En realidad es un número que se me ocurre. La desdichada tarjeta ni siquiera tiene número asignado y va a ser mi desgracia. Ahora lo escucho más violento, pero no me grita.

 

  • Me voy a bajar a revisar, y si no es el número o tienes algo, carreterazo. Te voy a poner una madriza que vas a regresar a tu cantón para que te echen en la fosa, para que te entierren.¿Cuál es el número?
  • Trato de acordarme, 1805. Pero no tiene dinero.
  • ¿Quieres que le dé unos piquetes para que se acuerde, pareja?

 

Es la primera vez que oigo hablar al cetrino. Su voz se parece a sus ojos, a su mirada: hueca, sin convicción. Yo que no soy un valiente, que le tengo terror al dolor físico, no me he amedrentado con la pregunta, no ha logrado convencerme. Es al otro al que temo, al que me ha dicho que no me sucederá nada. El mismo que me humilla a cada segundo en que me hace sentir su poder primitivo y animal, el de ser dueño de la vida y destino del otro, el auténtico y verdadero poder, el de imponer la voluntad al que objetiva o circunstancialmente es inferior de alguna manera.

Trato de mantener mi dignidad intacta. A estas alturas, junto con mi inteligencia y mi memoria, es mi único patrimonio, y lo único que no estoy dispuesto a perder. Lo engaño, no soy su siervo, soy su colaborador. Mal que me pese, lo ayudo a que haga su trabajo, sin dificultades.

Siguen las indicaciones al chofer. A partir de que se ha mencionado la tarjeta pienso que tomamos el rumbo de la Avenida de las Palmas, como siento el subir de un puente, supongo que me hará bajar en alguna esquina, la de Montes Cárpatos, o algo así, digamos en la esquina de la Pastelería La Baguette, pero de repente recuerdo que esa pastelería ya no existe y que el cajero automático más cercano está a un par de cuadras. Así, me doy cuenta de mi propio truco, quiero morir en un lugar conocido.

 

  • Quítale los lentes porque no puedo ver si trae los ojos cerrados. ¿Son de aumento, verdad?

 

No le respondo. Aunque su voz me parece más nerviosa y apremiante, quizá por la incómoda posición que ocupa, lo siento incapaz de hacer algo sin la anuencia del jefe, de mi guía en este viaje.

 

  • ¿Qué más traes?
  • Mi anillo de bodas, mi pulsera y mi reloj de bolsillo.

 

He olvidado mencionar mi pluma Waterman. Comienza a despojarme. Primero el anillo. Lo hace con cuidado, casi con cortesía.

 

  • ¿Porqué te sudan las manos? No te va a pasar nada.

 

Me gustaría decirle que es mi primera vez. Lo pienso sin sorna, pero la frase me suena graciosa y no quiero enfadarlo. Me parecen tan estúpidas la pregunta y la respuesta, que me abstengo de contestar.

Me trata de quitar el reloj, cautivo en su caja de cuero que pende de mi cinturón. Lo desabrocha para hacerse de la presa.

 

  • ¿Puedes hacerte para adelante?

 

Obedezco. Aunque esta vez me parece que concedo. La pregunta me ha parecido más una solicitud que una orden. Aun así, sigue siendo humillante, no tengo opción y me impulso despacio al frente.

 

  • ¡Que le quites los lentes! No veo si trae los ojos cerrados, insiste el cetrino, con una voz más histérica. Esta vez, su desesperación ha logrado asustarme.

 

Mientras, escucho a mi compañero de asiento cómo trata de encontrar el mecanismo que libera la tapa de la cápsula del reloj. Me hago un hueco en el corazón, selecciono lo mejor posible mis palabras y me atrevo.

 

  • ¿Podría quitarme los anteojos? Me cuesta trabajo mantener los ojos cerrados.
  • Te los voy a poner en las manos. Tenlos donde yo los vea.

 

Pienso que vamos a la altura de Insurgentes, más o menos por la notaría donde tuve mi primer empleo. De nuevo, el deseo de estar en un lugar conocido.

Arranca un botón de mi camisa, mete la mano para buscar alguna cadena. Me alegra saber que lo he decepcionado. Siente la pluma en el bolsillo de la camisa. la toma. Hurga en los tres bolsillos de mi pantalón, juega un momento con mis llaves y las devuelve a su lugar, trata de quitarme la corbata. Acostumbro aquel tipo de nudos que no pueden deshacerse sino con suavidad. Tengo miedo de que me ahorque con mi propia corbata, tengo que auxiliarlo.

 

  • ¿Quiere que me quite la corbata?
  • Sí.

 

Levanto las manos, me quito la corbata, con el mayor cuidado para que el nudo no se atasque y todo resulte con una perfección casi ensayada. Una vez fuera, desbarato el nudo y le entrego la corbata, vieja ya de cuatro años y un poco raída.

Bajo mis manos sin esperar la orden, las devuelvo a su posición anterior. Le he recordado la pulsera y me la quita con idéntico cuidado. Sigue con el suéter, como no puede retirarme la manga izquierda, me ordena que le ayude.

 

  • Traes dinero en los zapatos.
  • No señor.
  • ¿Qué, te apestan los pies?
  • No señor.
  • Te voy a quitar los zapatos y si traes dinero, te mato.
  • Supongo que sí, señor, pero no traigo.

 

Adelanto los pies un poco y el cetrino me quita el calzado, revisa mis pies ejerciendo una leve presión que no alcanza a lastimarme. No es sino hasta entonces que siento mucho frío.

 

– ¿Como ves, pareja? Pregunta el jefe.

 

Conozco entonces el sabor del miedo. Mi guía me ha traicionado. hasta ahora él ha tomado las decisiones. ¿Porqué le pide mi sentencia al cetrino, cuya vacuidad ha logrado aterrorizarme? El jefe ha dictado la ruta, le gritó al chofer dos veces que se había metido en sentido contrario y en ese momento amenazó con matarlo. Si él era dueño de mi vida, ¿porqué le cedió el poder al cetrino? Supongo que se hicieron alguna seña. No lo sé.

Siento como introduce un paquete en el bolsillo de mi camisa y mi terror se multiplica. Creo que ha puesto un sobre con drogas en mi camisa, son policías y lo que sigue es macabramente previsible.

 

  • Taxista, a la otra esquina te paras.

 

Siento descender la velocidad del vehículo.

 

  • No te hagas pendejo, a la otra.
  • A ver, César. Te voy a poner los lentes. Voltea a donde estoy. No abras los ojos. Cuando nos paremos, te bajas y caminas conmigo.

 

El taxi se detiene. Oigo abrirse la puerta y siento una expiración de noche invernal. Baja el jefe y yo tras él. De frente, abro los ojos y miro el letrero que dice, “Cda. Cedro”, no me lo explico, camino unos pasos y veo una esquina. No escucho pisadas detrás mío y entonces, aprieto el paso esperando la descarga matadora. No llega nunca. No oigo el arrancar del motor, pero sé que se han llevado al taxista con ellos. Al pisar la esquina, llega un taxi. Lo detengo, abordo y descubro que el paquete en mi bolsillo son los documentos que portaba en la billetera. Comienzo a contarle mi historia. Esta vez no será una plática prefabricada. Fin de la estación más larga del viaje.

Pregunto la hora. 23:10, marca el reloj de la radio. Es un error, tal vez no. Nunca sabré cuánto duró el viaje más largo de mi vida. Fin de una estación importante aunque poco vistosa.

Sin duda sorprende cuántos lugares comunes pueden hallarse en los momentos álgidos de la vida. Lo sublime y lo sutil del acontecer humano son reconstrucciones de la memoria, ejercicios de literatura y, finalmente, humanas reducciones artísticas. La realidad, el ser cotidiano, es siempre algo más sencillo, a veces mas cursi, y en ciertas manifestaciones – bodas, el 10 de mayo o las fiestas familiares – incluso rayano en lo kitch. Ese es el regulador de nuestra sanidad mental, mantienen habitable nuestro cuerpo mortal y nos permiten apreciar lo auténticamente grande.

Después de un viaje así, hay que enfrentar momentos de verdadera cursilería que tornan el ánimo al nivel del hombre de todos los días. A la mañana siguiente lo compruebo. Amanecer es volver a nacer. Un leve dolor, en la parte inferior derecha del cráneo, a causa del persistente beso de un cañón de pistola, al ritmo del rebotar de un taxi, me deja apreciar la alegre novedad de un día que empieza, como una promesa por cumplirse.

Como todo viaje, éste también me ha dejado su cauda de preguntas, de reconstrucciones, de reflexiones. Nunca podré reconocer al jefe, ni al cetrino. Ni aunque volviera a oír sus voces. cuando el jefe me puso los anteojos, me pidió que volteara el rostro en frente suyo. Tengo los ojos cerrados, la dignidad intacta que se me escapa por los rasgos de la cara. Trato de mantenerme erguido mientras siento como el jefe se aprende las dimensiones de mi rostro. Ellos siempre podrán reconocerme, rehacer el cuadro completo. A mi se me concedió la supervivencia, que es ya demasiado, pero no el privilegio de engendrar el odio. No puede odiarse a quien no se conoce.

Jefe y cetrino son arquetipos. Hoy mismo pude haber comido con ellos, otro día puedo viajar en el metro con alguno. Son arquetipos y por eso la perfección de su humillación, en esas circunstancias permanecerá en tanto los tres permanezcamos o ellos me olviden, porque yo no deseo olvidarlos.

Entre el botín de su pírrica hazaña se han llevado un ejemplar de Ortodoxia de G. K. Chesterton, traducción de Alfonso Reyes, que he leído hasta la mitad. Lo dudo, pero ojalá les aproveche.