El destino de Imre Kertész o la literatura como remedio al exterminio

A Dunia Wasserstrom.

Cuando Job alzó su voz contra el Señor Él le respondió: “¿dónde estabas tú cuando hice el cielo y la tierra?”; cuando los hombres del siglo XX tengamos que rendir cuentas podremos preguntar: ¿Dónde estabas Tú cuando hicimos Auschwitz?

En la llanura cercana a Cracovia se alza una estación de tren fuera de uso. Todavía hoy tiene un letrero que señala la terminal de Auschwitz – Bierkenau. Cuando la frecuente niebla baja sobre la planicie, todo se borra y queda la estación apenas como una silueta, como un fantasma. Diríamos que casi se trata de la Puerta del Infierno si acaso adentro hubiera pecadores sufriendo por sus culpas, si acaso hubiera una norma de justicia universal que decidiera quién entra y quién puede salir con vida; diríamos que casi se trata de la Puerta del Infierno si hubiera sido Dios quien la hubiera establecido. Pero no podemos afirmar nada semejante. Auschwitz es hoy un fantasma que sólo ven los que quieren creer en él; un fantasma que transita entre el horror y el olvido y que sin embargo, nos pese o no, nos guste o no, sigue ahí y seguirá en nuestra historia hasta el final de nuestros días.

Imre Kertész es un adolescente. Hace un par de semanas descubrió la emoción del primer beso en labios de su vecina Annamária. Su padre fue notificado para que se presentara voluntariamente a un campo de trabajos, Arbeitlager. Imre no lo sabe, pero su padre no volverá; sabe que está destinado a ese lugar por que es judío. Imre no comprende bien que significa ser judío, lo aprenderá pronto; tan pronto como la autoridad lo saque de la escuela y lo destine a trabajar en una refinería no muy lejana de su casa. Una mañana cualquiera, como la de hoy o como la de mañana, Imre Kertész saldrá de su hogar, tomará el transporte público donde deberá permanecer de pie aunque haya sitios disponibles, pero no llegará a la refinería, antes será detenido y llevado en un tren a Auschwitz. Una mañana cualquiera Kertész sabrá lo que significa no pertenecer al país del que se creía parte, aprenderá que la identidad no depende de uno mismo, aprenderá que el infierno es el infierno porque no puede imaginarse. Esa mañana, la de cualquier día, iniciará un viaje de poco más de un año con estaciones en Auschwitz, Zeitz y Buchenwald. Tres días después del primer tren, Imre Kertész adquirirá un nuevo nombre, de ahí en adelante será llamado Vier-undsechig, neun, ein-und-zwanzig, 64,921.

Años después, al igual que Thomas Bernhardt y Günter Grass, Imre Kertész recurrirá al agotamiento de la memoria para reducirse, para extinguir los fantasmas de lo incomprensible. Pretenderá narrar, casi explicar, no los hechos sino el significado de ese año transcurrido entre campos de trabajo, de concentración y de exterminio. Tratará de encontrar una secuencia lógica entre los hechos y la degradación de su persona. Se desespera, porque si Auschwitz no tiene explicación, entonces su sufrimiento carece de sentido, nada de lo que aconteció podrá ser comprendido y por lo tanto no podrá ser evitado.

Sin embargo, no piensa Kertész ni por un momento en la posibilidad del aprendizaje histórico: Auschwitz no es una moraleja, es una contradicción humana. Constituye la destrucción de los mitos luminosos y creativos con los que los hombres explicamos el mundo desde el amanecer de las culturas hasta el siglo XVIII y representa una suplantación por mitos brutales y destructivos; si bien es cierto que Dios creo el universo, los seres humanos creamos Auschwitz. Contradicción por cuanto se centra en la destrucción de lo único que puede sostener el edificio de la sociedad y de la cultura, la posibilidad humana de reproducir la memoria, de recrearla, de autoconstruirse.

Todos los campos son ecos de Auschwitz… todos: Buchenwald, Treblinka, Majdanek, Sobibor, Bergen – Belsen, Sachsenhausen, Terezyn… Zeitz, cercano a la ciudad de Weimar, donde Goethe escribió: Wer reitet so spät durch Nacht und Wind, ¿quién cabalga tan tarde con el viento en la noche?, la ciudad que fue epónimo de la cultura alemana, donde se conocieron Bettina Brentano, Goethe y Beethoven, la ciudad donde Goethe sembró un árbol alrededor del que creció el campo de Zeitz, un árbol con una placa conmemorativa, rodeada de una alambrada electrificada para protegerla de los detenidos. Todos los campos fueron centros de enseñanza avanzada, centros donde los seres humanos aprendimos nuestra capacidad de destrucción y comprendimos la fragilidad de la condición humana.

Kertész el hombre, no el escritor ni el que salió de los campos para encerrarse en la cárcel más grande, la del estalinismo, no alcanza a entender porqué la educación que pretendía enseñar no para la escuela sino para la vida, no lo preparó para Auschwitz; hubiera querido que todo cuanto le enseñaran lo preparara para esa experiencia con inteligencia, honradez y transparencia, pero nadie le dijo nada al respecto. Nadie le preparó para afrontar el hecho de que la condición humana puede perderse y que el ser humano puede convertirse en algo distinto si se le fuerza lo suficiente para admitirlo. Esa es la más grande perversión de Auschwitz.

Al leer los libros de Imre Kertész queda el lector con una sensación de vacío difícil de llenar; el razonamiento no alcanza y la compasión es insuficiente. Como Kertész sabe, el gran drama del siglo XX fue la no elaboración de las vivencias, la imposibilidad de elaborarlas; toda la memoria queda incrustada como una roca en la inteligencia y en el sentimiento, sin que podamos procesarla para convertirla en proceso creativo, todo cuanto alcancemos a decir sobre Auschwitz, es necesariamente incompleto y guarda un precario equilibrio entre la imbecilidad, la incredulidad y la pena. Hay quien ve en el aparato del exterminio una máquina eficiente, hay quien ve en Hitler a un hombre brillante y a un líder… pero ¿qué opción nos queda? Los criminales deben ir a prisión y los locos a los manicomios, pero cuando los locos y los criminales guían los destinos de las naciones y establecen ideologías, qué hacer sino reconocerles algún mérito, sin ello el mundo estaría perdido y cualquier disparate histórico podría ocurrir en cualquier momento; todos nuestros parámetros se vendrían abajo. Aunque no hayamos podido estar en Auschwitz todos sufrimos el signo de la perversidad: aceptamos lo inaceptable tan sólo porque es evidente.

Pero entonces, ¿aún hay algo más que decir? Nunca se dirá lo suficiente. Si para Adorno, después de Auschwitz no se puede escribir poesía, para Kertész, ésta sólo puede escribirse sobre Auschwitz. Acaso hablar siempre sobre el horror, sobre la negación, sobre el lado obscuro de lo humano sea redundar en el espíritu que los hombres conocimos en aquella llanura de Cracovia. Yo mismo hubiera querido ofrecer hoy un análisis literario de Sin destino, Yo, otro; El Holocausto como cultura o Kaddish por el hijo no nacido; tal vez hubiera querido intentar el dibujo de los nexos entre el Diario de Anna Frank, Los hundidos y los salvados de Primo Levi o Escribir después de Auschwitz de Günter Grass; pero hubiera sido imposible. No puedo ver el Holocausto sólo como un fenómeno apto para generar literatura; tampoco puedo disectarlo como a un cadáver para mirar en sus entrañas el funcionamiento de mi propio organismo; reconocer que no hay nada más que decir sobre Auschwitz es tanto como reconocer que el más perverso de los objetivos de su espíritu de destrucción ha cumplido en mí su cometido.

León Felipe hizo sonar el violín más fúnebre sobre los campos de exterminio tan sólo para no ser un testigo mudo y en tal sentido un cómplice; es falso pensar que quienes nacimos después de 1945 no podemos participar del crimen o compartir la conspiración del silencio. Auschwitz trasciende el tiempo y la lógica. En los Lager todo era ilógico, en esos mundos al revés todo movimiento, toda ausencia y todo silencio respondían a su propia lógica que Kertész reconoce como exacta y despiadada y añade: “el superviviente debía saber sobrevivir, es decir, debía comprender aquello a lo que sobrevivía”. Para que nosotros podamos sobrevivir también, en el sentido de mantener la esperanza y la humanidad después de esos crímenes, también necesitamos comprender aquello a lo que deseamos sobrevivir. El efecto más perverso del Holocausto no es sólo la matanza, los crímenes y las torturas, sino la deshumanización; Kertész recuerda que a la sombra de las chimeneas, entre tortura y tortura, quedaba tiempo para algo parecido a la Felicidad. Los mecanismos puestos en marcha con precisión industrial no sólo asesinaban, sino le quitaron a quienes pasaron por sus muros todo lo que de humano tenían: identidad, valores, anhelos y hasta su nombre y su rostro. El día de la liberación Imre Kertész pudo mirarse al espejo después de un año; no pudo reconocer el rostro que se dibujaba en frente suyo; ahí, donde debiera estar la cara del adolescente tímido y azorado, aunque agradable y hasta guapo, había un individuo con unos pelos de algunos centímetros de largo, un par de bultos de procedencia desconocida debajo de las orejas, bolsas debajo de los ojos, un rostro que al propio Kertész le recordó una expresión contenida en una de sus lecturas de infancia: “un rostro tempranamente envejecido y malgastado a causa de los placeres carnales”. La mayor pérdida se situaba en los ojos, unos ojos que siendo suyos, Imre recordaba como más simpáticos, más dignos de confianza.

Deshumanizar, homogeneizar, convertir al hombre en mercadería de la muerte, ése fue el objetivo de Auschwitz. No deshumanizar a quienes quedaban atrapados en sus redes, sino a todos, a las víctimas y a los victimarios, a los testigos y a los que por cualquier caso pudieran saber algo al respecto; por eso la “Solución final”, nunca fue un secreto, apenas un disimulo burdo basado en eufemismos baratos; todos sabían. Los habitantes de Weimar veían a los habitantes de Zeitz y en Cracovia cada ciudadano conocía bien a dónde se dirigían las vías de los trenes. Nosotros también lo sabemos y por eso no nos atrevemos a preguntarnos: si hubiera nacido en Alemania en 1910, ¿qué habría hecho durante la guerra?

Quedarse en la anécdota de la fuerza del espíritu humano, en la superficie de su capacidad de sobrevivencia resulta poco menos que inútil, acaso un poco reconfortante. A Auschwitz no sobrevivieron los más fuertes, los mejores o los más inteligentes; ni siquiera los convencidos de seguir viviendo. Una tarde, al volver de los trabajos en Buchenwald, Kertész se queda mirando la ruina humana en la que se han convertido los judíos religiosos; algún compañero que pasa le dice: “viéndolos se te quitan las ganas de vivir”, pero Imre sabe que para eso hace falta mucho más.

Sobrevive primero, el que ha tenido la suerte – o la desgracia – de pasar el examen de admisión en Auschwitz. Un médico, o alguno que parece ser un médico, selecciona a quienes parecen aptos para el trabajo y a los demás los envía directamente a las cámaras de la muerte. Después de esa selección descabellada, apenas de apariencia, en la que un guiño o una postura son suficientes para diferenciar entre la vida y la muerte, todo queda en manos de quien pueda resistir y comprender las reglas de la maquinaria mortal. Sobrevive el que puede vencer el aburrimiento, porque en Auschwitz, el aburrimiento es un enemigo mortal; Kertész afirma si bien es verdad que resulta un privilegio poderse aburrir en los campos de la muerte, toda vez que eso supone que se ha sobrevivido, el individuo espera, espera siempre, espera todo el tiempo que no ocurra nada; ese morir en vida, lenta y silenciosamente, esperando el silencio y el cobijo de pasar inadvertido, destruye toda calidad moral y convierte al hombre en un objeto hecho sólo para perdurar a cualquier precio.

Cuando a Kertész lo llevan enfermo, sobre un carretón jalado por otros prisioneros, en el que algunos de los enfermos ya no requerirán atención médica, suspira y piensa que desea vivir un poco más “en ese hermoso campo de concentración”. Descubrir la belleza en medio de la muerte sólo puede entenderse como signo de desesperación, pero también puede ser el signo de que entre todo aquello hay algo humano que persiste y que puede ser pronunciado.

Hablar, pronunciar, decirlo pese a todo y pese a todos. La literatura se convierte en la mayor victoria sobre el exterminio, porque tiene la capacidad de devolver la voz a quien la ha perdido. Al llegar de vuelta a Budapest, al encontrar las ruinas de su familia de la que sólo su madre ha sobrevivido, Imre Kertész hablará por casi cinco horas sin detenerse. No queda lejos aquel que en una cama de hospital en Buchenwald, sonríe porque han seleccionado para volver al trabajo y por lo tanto para morir a su compañero de cama; con lealtad y sinceridad cree que nada hay más justo en que otro muera, tanto porque Kertész lleva más tiempo tendido en esa cama, porque aquel tiene una herida menos grave y por lo tanto más posibilidades de sobrevivir y, sobre todo, porque siempre es más fácil aceptar que sea otro el que sufra la desgracia. Ese sobre el que Primo Levi preguntará: “¿esto es un hombre?”. Se salvará por las letras, por el esfuerzo de nombrar lo innombrable.

El día de la liberación Imre Kertész no siente ninguna felicidad y es que un día antes era un esclavo pero le habían servido un plato de sopa; el día que los aliados entran en Buchenwald, es un hombre libre, pero no le han dado de comer. Volverá lentamente a construirse, a dominarse, a entenderse; tardará aún muchos años en reconstruir aquella temporada en el infierno; entonces, como ya lo suponía mientras escuchaba a la orquesta de Auschwitz tocar a Beethoven, podrá decir que el arte no sirve para juzgar a los otros, sino para recrear los momentos.

Me niego a aceptar que un ser humano tenga el más mínimo derecho a no pensar en Auschwitz. Me niego a aceptar cualquier posibilidad de que Auschwitz se considere un asunto archivado porque las columnas de humo de sus crematorios siguen ensuciando nuestra concepción del hombre. En El Holocausto como cultura, Kertész afirma que sabe que no fue culpable, que no fue cobarde, que no fue perezoso, pero que más bien, siguiendo a Sándor Márai, “a alguien debía corresponderle vivir aquello”.

Me niego a concluir que Auschwitz sea sólo una anécdota de la historia; no puedo concebir que el fin del horror haya llegado. Aún así, puedo aceptar que el Holocausto, como Kertész plantea, es un valor “porque condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable y por eso esconde también una reserva moral inconmensurable”.