La Estación de Roth o la literatura como saciedad del vacío

Existe una expresión latina que todo escritor conoce: horror vacui, el temor al vacío; un escritor no puede ver una página en blanco, es una afrenta; le teme y la aborrece, su vocación lo lanza a llenarla de palabras a ocupar el espacio reservado para la nada con voces nunca antes dichas y combinaciones inéditas, porque el escritor – para serlo de veras – ha de ser un constructor de realidades, de mundos nuevos y realidades. El vacío nos persigue por donde quiera que vamos; se apodera de nuestra memoria, obnubila nuestra visión del futuro y nos acosa, a cada instante haciendo nuestros días meros transcursos de horas sin recuerdos perdurables y sin emociones profundas. Es verdad, pasamos por la vida estando vivos apenas unos cuantos minutos al día: cuando captamos una mirada hermosa, cuando sentimos que estamos haciendo algo útil, hermoso o bueno, cuando nos besan nuestros hijos o cuando imaginamos las vidas alternas que podríamos estar llevando y, sin embargo, de inmediato, cuando la lasitud posterior al éxtasis llega, volvemos a la vacuidad del tiempo y el espacio nos subimos en el tranvía que no se llama deseo sino esperanza y aguardamos, con paciencia infinita a que se aproxime, como esperaba Valle Inclán que llegara su casa navegando por la avenida, una nueva estación donde sentirnos verdaderamente vivos.

Joseph Roth es, sin duda, uno de los más grandes escritores del siglo XX; cronista de la caída del imperio austrohúngaro, exiliado y luchador hasta la muerte, peleonero de sus propias letras, alcohólico y poseedor de una prosa infinitamente tersa, construida con sencillez y esmero y dotado, al fin, de una imaginación prodigiosa que sólo puede nacer de la observación de la realidad. Roth luchó contra un tiempo que le era adverso porque mientras él aspiraba a crear su propia humanidad, su entorno se empeñaba en deshumanizarse para lograr la perfección de las matanzas más crueles de la historia. La principal lucha de Roth fue, siempre, contra el vacío.

En Roth, la anécdota es siempre secundaria, lo importante es la vivencialidad del texto, lo fundamental es el enfrentamiento del hombre con mundos que se desmoronan a su paso y que ceden lugar no al caos, sino aún peor, a la nada. Cantos todos ellos a la voluntad de permanencia, a la necedad infinita de la vida y a la fidelidad del hombre a sí mismo en el más puro sentido de su existencia. Así, en su Jefe de Estación, Fallmerayer, Roth construye de la nada la grandeza y del sometimiento a la circunstancia, la clave de la sobrevivencia. Fallmerayer no ha sido nada, no será nada y, sin embargo, es digno de que su vida sea imaginada y narrada:

El singular destino del jefe de estación austríaco Adam Fallmerayer merece sin duda alguna ser registrado por escrito y conservado en la memoria. Perdió de un modo asombroso su vida, que, dicho sea de paso, jamás habría sido brillante, y tal vez tampoco de una felicidad duradera… Hasta donde los hombres pueden llegar a saber unos de otros, habría sido imposible augurar a Fallmerayer un hado extraordinario. aun así, le alcanzó, le agarró, y él mismo pareció entregarse a éste con cierto placer.

El mundo aparece siempre hostil para los personajes de Roth, a veces, esa maldad intrínseca en el mundo se traduce en simplezas que integran la miseria de lo humano; las pequeñas contradicciones, los accidentes, las negaciones; y sin embargo, sus personajes viven y se enfrentan con el mundo y lo dominan mediante la sumisión a su circunstancia; no son nunca revolucionarios o combatientes, sino hijos de su tiempo y de su circunstancia; de este modo, el vacío aparece conjurado por la existencia, la nada se esfuma temerosa frente al paso del hombre de todos los días, del exiliado, del marginado y del que se levanta en su miseria humana para afirmarse como señor de todo cuanto existe.

La literatura no necesariamente está llamada a cantar las enormidades del espacio, existe también un sentido pleno de lo literario en aquellos lugares de la existencia donde parece no sucederá nada y es que esa nada sucede cotidiana y permanente, como los mosaicos que se forman en las ventanas después de la nevada o como las figuras que pueden adivinarse en las nubes. Esa es pues la literatura de Roth:

 Tuvo dos hijas, gemelas. Había esperado tener un hijo. Es lógico, de acuerdo con su carácter, que quisiera tener un hijo y que considerara la llegada simultánea de dos niñas como una desagradable sorpresa, cuando no una maldad divina. Pero como tenía la vida asegurada desde el punto de vista material y derecho a una pensión, se acostumbró, cuando apenas habían transcurrido tres meses desde aquel nacimiento, a la generosidad de la naturaleza, y empezó a querer a sus hijas.

Alguna vez Alfonso Reyes recordó este diálogo singular:

  • Maestro, yo debería ser escritor.
  • ¿Si?, ¿Porqué?
  • Porque tengo muchas ideas.
  • Pues vamos mal encaminados, la literatura se hace con palabras y no con ideas.

Si bien es verdad que en el fondo de toda literatura debe reposar una idea y que la grandeza de la letra es directamente proporcional a la dimensión de la idea en que se sustenta, más cierto es aún que la literatura es arte de palabras, que lo que cuenta es lo que alcanzamos a decir y la forma en que lo hacemos y Roth, es un mago de la palabra para embellecer y para afear, para robustecer y para desnudar, para construir el mundo con vocablos y para reducir la acción a verbos; así, el mundo se aparece para el autor como un símbolo verbalizable, vocalizable, descriptible al fin. Nada queda en los libros de Roth – siempre breves y densos como la carne -, fuera de la asociación de ideas y de hechos, todo forma parte de la cadena de palabras que narra la historia, critica al mundo y se enfrenta, al lector, como una provocación. En su Fallmerayer, la provocación es la nostalgia:

 

Los semblantes de los pasajeros en las amplias ventanillas se desvanecían en una papilla de color blanco grisáceo. el jefe de estación Fallmerayer jamás había podido ver el rostro de un pasajero de viaje hacia el sur. Y el sur era para el jefe de estación algo más que simplemente una indicación geográfica. El sur era el mar, un mar hecho de sol, libertad y dicha… Y, sobre todo, la gente rica era la que traía el sur al sur. Un empleado de los ferrocarriles del sur vivía permanentemente en el norte.

 

Un día, a Fallmerayer se le acaba el mundo; su mundo de seguridades y rutinas, de continuidades y vacío. La vacuidad de al existencia se le llena con una sola causa por seguir y con la cual comprometerlo todo y vivir, pese a la absurda pretensión, a una sola baza, a una sola apuesta que lo hace, por una temporada apenas, sentirse y estar auténticamente vivo. Un error, que en primera instancia parece atribuible al jefe de la estación, termina en un colosal descarrilamiento; Fallmerayer siente que todo ha terminado, que perderá el empleo, que lo echarán de la casa que ocupa por cortesía de los ferrocarriles del imperio, pero sobre todo, que dejará de ser lo único que en realidad es y que lo identifica y justifica frente al mundo, después de ello, ya no podrá ser Jefe de Estación y, en consecuencia, será nada. Su presencia en el descarrilamiento, tratando de ayudar, se ve cegado por su propio temor de desaparecer, de volver a la nada de donde parece provenir todo cuanto existe; sin embargo, ni culpan al Jefe de Estación de los hechos ni el accidente es el centro de lo que ocurre sino apenas su pretexto. Fallmerayer, está a punto de sucumbir ante la más absurda de las revoluciones y la más draconiana de las tiranías: el amor. Pensémoslo bien, situémonos frente al horror de la vacuidad:

 

Tuvo la sensación de que debía hacer algo, como los demás, y al mismo tiempo miedo de que le impidieran echar una mano porque él mismo podía ser el culpable de la desgracia. A algunos de entre los ferroviarios que le reconocieron y que en las prisas de las labores de rescate le saludaron de manera fugaz, Fallmerayer trató de decirles algo con una voz ronca, algo que lo mismo podría haber sido una orden que una petición de disculpa. Pero nadie le oyó. Nunca hasta entonces se había sentido tan superfluo.

 

Y es esa vacuidad la que se rompe en Roth siempre por la interpretación de sus personajes, son pretextos los que los impulsan fuera del marasmo de su tiempo y de sus espcio para situarlos, de frente, en ese accidente que llamamos existencia; dicho de otro modo, a Fallmerayer no le sucede nada, pero interpreta la realidad de modo tal que aquello que sucede irrumpa en su vida para hacerlo vivir más allá de sus propias expectativas, no podemos decir que el Jefe de Estación descubriera el amor, más bien lo inventa, lo cultiva, lo hace llenar los extremos de su existencia y lo habita, igual que se haría con una casa abandonada, para volverla a llenar de seres y hechos, de memorias y, en fin, de existencia frente al desgaste del instante y de memoria. Cuando Fallmerayer descubre el objeto de su deseo, la encuentra desvalida, abandonada entre los heridos del descarrilamiento, se ocupa de ella y, en la medida que ella va entrando en su vida, él se deja habitar por esa presencia casi omnisciente que se va convirtiendo para el hombre, en el único objeto digno de existencia:

 La extranjera yacía bajo la manta del jefe de estación con sus grandes ojos oscuros y el rostro blanco, fuerte, amplio como un paisaje extraño y dulce,sobre la almohada. Hablaba el alemán duro y extraño de una rusa, con una voz profunda, extraña. De su garganta salía todo el esplendor de lo amplio y desconocido… De modo que se marchó, y en todas las habitaciones, y en especial en la cama de Fallmerayer, dejó el aroma imborrable del cuero de Rusia y de un perfume indescriptible.

 

Pero no basta la posesión irreal del pensamiento, Roth lo sabe, él que tanto perdió durante su vida; es necesario poseer el nombre para poseer la realidad, la búsqueda del nombre de la mujer, resulta para el Jefe de la Estación, todo el reto, es a partir de ello que se puede lanzar a la reconstrucción de su propia vida para terminar con la vacuidad de su propia existencia. Fallmerayer se siente completo cuando ha conocido el nombre, cuando ha poseído el símbolo y se sabe ya capaz de remover cielo y tierra, de andar los largos caminos de la tierra para encontrarla y hacerla, finalmente, suya como se haría la invasión de una idea, de una posibilidad o de una circunstancia:

 

Anja Walewska, rezaba la firma. Hacía tiempo que había sentido deseos de conocer el nombre de pila de la extranjera, aunque no se había atrevido a preguntar, como si el nombre de pila fuera uno de sus ocultos encantos corporales. Ahora que lo conocía, durante un rato le pareció que le había regalado un dulce secreto.

 

Sin grandilocuencia, sin estridencia, el mundo debe estar repleto de hechos y sucesos que impriman al devenir una sensación de plenitud que nos permitan estar vivos; para Fallmerayer, es la peor de las catástrofes la que representa su oportunidad de escapar a la tensa calma de lo cotidiano; va a la guerra sólo para encontrar a Anja, rompe con su mundo anterior sólo porque sabe dónde está el principio de su salvación, hará de la guerra no un arte ni un sufrimiento, sino un camino y un hábitat que le permita volver a encontrar a la mujer que conjure el pasado, que inunde su presente y justifique la posibilidad de un futuro. Entrará al ejército, se lanzará como un ciego desesperado hasta el frente ruso, el más temido de los puntos de la guerra, al misterio donde encontrará no sólo a la mujer sino el camino de su propia redención. No existen pues desgracias intrínsecas, es el hombre, el que las padece o las causa, quien posee la clave para descifrar hechos que por su enormidad resultan absurdos e inaccesibles para todos los demás; la guerra, en todo su horror, resulta la salvación de Fallmerayer, acude a ella como al sentido de la vida, para abrazar su destino y darle significado a la vacuidad de sus días: Cada uno al mismo tiempo era un padre desconsolado, un hijo desconsolado. Tan sólo a Fallmerayer le parecía que la guerra le había liberado de una situación sin esperanza…”

La guerra representará para el antiguo Jefe de Estación, una transformación total, seguirá el frente oriental, desafiando el peligro sólo para encontrarla; para verla de nuevo y hacerse con ella a fin, pues, de llenar los espacios vacuos, en la misma medida que el lector va llenándose del personaje hasta comprender la desesperación que sólo puede sufrir aquel que se ha dado cuenta que su vida carece de sentido. Finalmente la encuentra, a aprendido ruso magistralmente, tan sólo para poder comunicarse con ella, para crear el espacio común que algún día, en algún momento, será el hogar de los amantes; la esperanza ha aparecido, al fin, llenándolo todo, obnubilando el vacío sin ser más que eso, una promesa de algo que, posiblemente, habrá de llegar:

-Sí – dijo él-. Lo he aprendido. Lo he aprendido en el campo de batalla.

Y en ruso añadió:

-Por usted, para usted. Para poder hablar con usted alguna vez he aprendido el ruso.

Ella le aseguró que lo hablaba de manera admirable, como si él hubiera dicho aquella frase de difícil contenido sólo para demostrar sus capacidades lingüísticas. De aquel modo transformó la confesión que acababa de hacerle en un ejercicio de estilo carente de importancia. Pero precisamente aquella respuesta por parte de ella le demostró que le había entendido bien.

“Me marcharé ahora”, pensó él. De inmediato se levantó. Y sin esperar una invitación, sabiendo sin duda que ella interpretaría correctamente su descortesía, dijo:

-Volveré pronto.

Ella no contestó. Él le besó la mano y se marchó.

 

Y en efecto, la esperanza se cumple por que ambos, mujer y hombre, enfrentan la soledad y el sinsentido y se encuentran, como decía Cocteau, como dos erizos que se buscan y abrazan para darse calor y sin embargo, se lastiman mutuamente:

 Caminaron a lo largo de la avenida. A pesar de la húmeda oscuridad, los troncos finos, esporádicos, brillaban plateados, como iluminados por una luz en su interior. Y como aquel brillo plateado de los árboles más delicados del mundo despertara la ternura en el corazón de Fallmerayer, su brazo estrechó con más fuerza los hombros de la mujer, sintiendo a través de la tela áspera y empapada del abrigo la dócil complacencia del cuerpo. Por un momento le pareció que la mujer se inclinaba sobre él, sí, que se estrechaba contra él, y, sin embargo, un instante después volvía a haber bastante distancia entre sus cuerpos. Su mano abandonó los hombros de ella, subió palpando sus húmedos cabellos, le acarició la oreja húmeda, rozó su rostro húmedo. y al instante siguiente ambos se quedaron parados a la vez, se volvieron el uno hacia el otro, se abrazaron, el abrigo se escurrió de los hombros de ella y cayó sordo y pesado sobre la tierra. Y así, en mitad de la lluvia y de la noche, pusieron el rostro  del uno contra el rostro del otro, la boca contra la boca, y se besaron largamente. 

El amor es la respuesta desesperada para irrumpir en el vacío con la plenitud, una especie de estallido del ser que todo lo colma y todo lo contamina de esperanza, hace vivir a sus personajes más que la vida misma, pese a todo y pese a la continuidad de la amenaza de volver, una vez pasado el amor, a la impiedad de la nada que es, en última instancia, el estado natural de todo lo que algún día habrá de morir. Se aferran a su esperanza pese a todo, a la familia de Fallmerayer, a su oficio anterior, a la inminencia del final de la guerra y la incertidumbre sobre el paradero del marido de la Waleska y, sin embargo, se entregan al amor como se entregan a la vida, con la intensión manifiesta de saciarse; así, como en la literatura, que es el perpetuum mobile, el eterno cotidiano que, sin embargo, deberá terminar una vez pasada la última página:

 Para él, el conde Walewski hacía tiempo que estaba muerto, había caído en el frente o había sido asesinado por soldados comunistas amotinados. La guerra tenía que durar eternamente. El servicio que Fallmerayer prestaba aquel lugar, en aquel puesto, debía ser eterno… Nunca más paz en la Tierra.

Roth es el autor que trata de violentar la ley de la entropía; se opone al allanamiento de los montes, a la detención del tiempo, al final de los finales en la inane vaciedad del mundo; crea y destruye crea de nuevo porque sabe que sólo escribiendo el mundo, su mundo que se derrumba en medio de la violencia, se puede seguir viviendo aunque en el fondo se sepa que pronto, acaso muy pronto todo habrá terminado; así se traspone en sus personajes y así, Roth, se convierte en el autor que retrata el mundo en ruinas que supo retratar como si todavía fuera un mundo de palacios:

 Tampoco se preocupaban por el futuro. Cuando iban a una sala de juego, era porque desbordaban de alegría. Podían permitirse perder dinero, y de hecho lo perdían, como para darle la razón al dicho según el cual quien tiene suerte en el amor pierde en el juego. ambos se sentían afortunados perdiendo. Como si aún necesitaran de la superstición para estar seguros de que su amor. Pero como todas las personas felices tenían tendencias a poner a prueba su felicidad para, una vez demostrada, acrecentarla en la medida de lo posible.