A mí… mis héroes

Cada pueblo aspira a construir una identidad justo a la estatura de sus símbolos; decía Alfonso Reyes, que la única manera de trazar un surco de manera recta es no mirando al suelo sino hacia algún lucero en el horizonte; así, cuan romántica pueda sonar esta afirmación, lo cierto es que los símbolos representan lo mejor y lo más querido de cada Nación, son un ejercicio de reconocimiento propio, de lo local en lo universal y de lo particular en lo general. Los símbolos, son entidades extra históricas que poco o nada tienen que ver con la realidad o que, incluso puede decirse que rebasan la realidad para establecerse en un plano ideal o intelectual del que nutrimos el discurso y también el entendimiento.

No podemos imaginarnos a la Confederación Suiza sin Guillermo Tell, el emblema del hombre libre que por su propia fuerza, independencia y voluntad enfrenta al poder del feudal, es decir al poder público personalmente encarnado, y lo vence apostando lo mejor de cuanto tiene: su propio hijo. Me pregunto qué sucedería si a algún historiador bienintencionado se le ocurriera rastrear los registros parroquiales de la época de Tell para afirmar, después de una sesuda investigación que el mito de Guillermo Tell carece de sustento histórico por cuanto el único sujeto así en la Suiza medieval, carecía de una mano y en la otra tenía artritis, o peor aún, porque no tuvo hijos conocidos. ¿Qué sucedería entonces? ¿En aras de la verdad histórica, habría que replantear el espíritu de la Confederación? ¿Echar por tierra el famoso monumento al padre y el hijo en Berna? O, más bien, escuchar atento la investigación y luego decir, “y bien… que interesante, pero en fin, falso o cierto, todos los suizos somos Guillermo Tell”.

Ese primer escenario, nacido de la búsqueda de la verdad histórica nos refleja la constante dinámica entre lo real y lo simbólico, entre lo material y lo espiritual, entre la verdad auténtica y la construcción intelectual necesaria para asumirse en el mundo. Existe, sin embargo, otro escenario, el de la reconstrucción histórica desde el poder para la reformulación de símbolos; ése es otro escenario que no está exento de riesgos y que no siempre obedece al simple amor por la verdad o la justicia histórica.

Hay héroes que dejaron de serlo porque ya nadie habla de ellos, porque sus causas finalmente fueron derrotadas o porque la fatiga de sus nombres echó más polvo que gloria sobre sus pedestales. Pavlik Morosov es uno de ellos. Morosov solía ser el héroe infantil número uno de la Unión Soviética, se le tenía como modelo de entrega a la Revolución y a la construcción del hombre nuevo, su historia, documentada desde el principio no dejaba dudas sobre su realidad histórica, pero siempre hay campo abierto para la interpretación y la reinterpretación.

La historia de Pavlik Morosov es interesante. Hijo de un comisario bolchevique en los primeros días de la sovietización estalinista, pertenecía a una de esas familias de kúlaks que ya  liberados llenan los libros de Gorki y de Dostoievsky; su padre, al frente de una numerosa familia que se alimentó por generaciones de las tierras de algún príncipe provincial, tenía problemas para mantenerlos en un régimen de libertad pese a los años transcurridos, así, aprovechó su puesto para obtener pasaportes y visados para quienes trataban de huir de la recién nacida Unión Soviética. Pavlik que acompañaba a su padre en casi todo momento, escuchó en alguna reunión del sóviet, de la importancia de denunciar a todos quienes corrompían la revolución o lucraban con ella; el chico era listo, no cabe duda, así que en la siguiente reunión del comisariato del pueblo no tuvo dudas en denunciar a su propio padre por actividades contrarrevolucionarias y de ofrecer pruebas, nombres y domicilios para sustentar la veracidad de su dicho; desde luego, el padre fue fusilado y además de la orfandad, a Morosov le salieron al encuentro tanto la miseria como la venganza de su abuelo quien lo degolló una tarde en que el niño había salido al bosque a recolectar frutos. Entonces, las autoridades centrales vieron el auténtico valor del niño como símbolo y lo convirtieron en el espíritu del movimiento juvenil soviético hasta que el enorme edificio de la Unión Soviética se hizo trizas ya finalizando el siglo XX.

No había dudas sobre la veracidad histórica de la narración que sustentaba el heroísmo de Pavlik Morosov, nadie dudaba de ella, pero para el nuevo gobierno tales actos de heroísmo soviético resultaban no sólo contraproducentes sino hasta incómodos, groseros y sospechosos. Un nuevo estilo de gobierno en Rusia proclamaba la vuelta a las tradiciones de la auténtica Rusia, sepultada por el helado y largo invierno soviético; en esa nueva concepción del mundo valores como la independencia de criterios, el amor filial y la fortaleza de la familia, desplazaban a los valores cívicos y políticos del universo soviético. Así, los hechos ocurridos en 1934, fueron vueltos a analizar en 1998, se propusieron teorías y con el auxilio de las fuentes más diversas como la Universidad de Moscú y la National Geographic Society, se pudo llegar a la conclusión de que Pavlic nunca había declarado nada contra su padre y que su hermano pequeño había muerto en el bosque víctima de un animal salvaje. Asunto concluido, hoy sólo hay una pequeña investigación sobre quién removió el monumento a Morosov de un suburbio de Moscú.

Aunque en apariencia ambos escenarios, el primero ficticio y el segundo real, son iguales, en el fondo son dos situaciones diversas. En el primero, la leyenda casi infantil (los mitos son afirmaciones elementales de una explicación histórica o natural que por su conformación tan básica pueden generalmente ser reducidos a cuentos infantiles), convive con la verdad histórica y no se tocan ni se afectan, es decir, explican dos realidades paralelas en las que vive la sociedad; a la pregunta ¿Realmente existió Guillermo Tell? Se puede ofrecer la respuesta histórica, pero a la cuestión ¿Porqué los suizos son independientes y liberales? aquella es completamente inútil mientras que la leyenda es completamente satisfactoria y explicativa; sobre todo porque está enfocada a hacer comprensibles valores tan profundos que no sólo rondan la inteligencia sino también la intuición, la moralidad y la identidad populares. El poder público, para sobrevivir, legitimarse y proyectarse a la sociedad como algo más que un mero proyecto temporal, necesita implementar su propia mitología, por eso, puede sustituir símbolos y ni siquiera todos, sino apenas algunos cuantos, pero no puede desaparecerlos y dejar la nada en su sitio.

Cada generación, por muchas razones, no todas ellas conscientes, selecciona una serie de valores colectivos, de actitudes y de pretensiones que supone dignas de heredar a la generación siguiente. Esa moral colectiva, esa ética de grupo y si se quiere, ese volkgeist, constituye el centro alrededor del cual gravita la vida política y la organización jurídica.

Al finalizar la Guerra Fría, cuando ocurrió el agotamiento de los sistemas de socialismo de Estado, la tendencia general del análisis político y del estudio de las formas jurídicas, tuvo un fuerte elemento de temor, casi diríamos de terror atávico, las palabras “ideología” y “utopía” se convirtieron en vocablos incorrectos en política y se transformaron en sinónimo de opresión, de totalitarismo o bien de deseos irracionales. Después del clímax que constituyó la caída del muro de Berlín, la planeación del Estado, parecía haber dejado de tener sentido, el discurso público no pudo apelar sino a la temporalidad de los proyectos basados en la ocasión y la circunstancia, en el concurso de las clases y de los sujetos para ir resolviendo conjuntamente los retos históricos; la palabra “democracia”, trató de reunir los sueños perdidos y de ocupar los espacios que dejaron vacantes los proyectos vencidos. Pero, ¿qué era ese discurso, llevado a su cima por Fukuyama en lo teórico y por Reagan y Tatcher en lo fáctico – sino una sustitución ideológica? La muerte de las utopías y de las ideologías se presentó como la nueva forma de entender la vida política, no sólo como explicación de la realidad, sino como proyecto de futuro y en tanto, como una nueva ideología y como una nueva utopía.

Estos hechos marcaron a toda una generación cuyos nombres en el ambiente cultural de las décadas de 1980 y de 1990, “la generación X”, “ la generación Prozac” respectivamente, implicaron no una sustitución de ideales o de proyectos, sino una vacuidad y una pérdida de identidad y pertenencia que nació de la imposibilidad de generar iconos y signos compartidos.

Identificada con el crecimiento económico, el esfuerzo empresarial individualista y con un lenguaje social empobrecido asimiló la solidaridad de clases y la conciencia social a la filantropía generosa y selectiva; generó una gran masa de marginales que si bien anteriormente habían sido asumidos como enemigos de clase, posteriormente fueron apreciados como reservas humanas para el consumo, con lo cual el ciclo ideológico estaba completo. En otros términos, algo le había pasado al mundo, pero a nosotros, los individuos, no nos había pasado nada.

Por esa razón fue fácil la adopción del discurso ideológico de la posmodernidad, políticamente inocuo y con tendencias más a la disgregación histórica y social que a la unidad pues se basó, más en la deconstrucción del supuesto ideológico que en la afirmación de los símbolos de una nueva ideología. Sin embargo, como quedó de manifiesto en la conformación del fenómeno de la generación de la posmodernidad y en sus presupuestos teóricos, no se trató sino de un nuevo discurso ideológico; aunque en apariencia hubiera nacido como una reinterpretación histórica y no como una proyección de futuro, lo cual es común a todas las ideologías.

En México sucedió lo mismo que en el resto del mundo; la ola del revisionismo histórico – que no venía mal con el ansia de modernización – tocó turno a los héroes de la patria; muchos con la simple intención de ser redimensionados y otros con el firme propósito de hacerlos desaparecer de la escena.

Al final de los gobiernos de Carlos Salinas y de Ernesto Zedillo, la reinterpretación histórica se había cuidado de un extremo fundamental; el primero, no convocar a un debate nacional respecto de la veracidad histórica y no tocar símbolos o mitos sino situarse en la posición de la verdad histórica. Ya no se enseñaría nada del  “Niño Artillero” y el Pípila sería una leyenda; pero no entraríamos a la discusión sobre el papel de Agustín de Iturbide y del Primer Imperio en la consumación de la independencia, ello en concordancia con algunas contrapropuestas: una mayor humanización de Porfirio Díaz y un mejor análisis de su tarea como modernizador y alguna omisión de su carácter dictatorial. Desde luego, todo esto, en el marco de una bien planeada estrategia ideológica.

La variación quedó en una importante parte del legado que las nuevas generaciones recibirían, pero el aparato del poder público y más que ello, la concepción tradicional de la mexicanidad, permitieron la vigencia de la dinámica entre el símbolo y la verdad histórica. Este ejercicio puede considerarse como un intento de maduración, en el que fueron puestos a prueba valores fundamentales que no pudieron ser obviados.

En nuestro país y en general en América Latina, parece evidente un constante retornar a las ideas originales en el campo de las ideas políticas latinoamericanas; no a un pasado real, sino a uno utópico y enriquecido por la memoria y el imaginario, un pasado de inocencia donde los pueblos originarios vivieron en armonía, como en una edad dorada, y quienes llegaron de Europa buscaban una tierra de libertad para construir sus utopías; la simbología, el discurso y la ideología que aparece en momentos tan distintos como el liberalismo decimonónico o en las guerrillas marxistas de mediados del siglo XX y hasta el sandinismo revolucionario, nos permiten pensar que ese querer retornar a un pasado más imaginario que real son huellas de ese utopismo originario del cual vienen nuestras primeras instituciones.

Se ha dicho no pocas veces del carácter mesiánico de la política latinoamericana; de su anhelo del hombre fuerte y a veces, a despecho nuestro, del dictador paternal; no obstante, parece que podemos ofrecer otra lectura, tal y como acontece con los primeros municipios americanos o con el deseo permanente de hacer lo éticamente correcto en momentos críticos de la conquista violenta y es que la idea de predestinación de la región como tierra apta para los experimentos utópicos, nos hace anhelar permanentemente un futuro inmediato más allá de lo que nuestras propias fuerzas nos autorizan; de ahí, que las promesas de la política regional puedan ser desemesuradas, que el tiempo de nuestra vida pública no siempre coincida con el tiempo de nuestras sociedades y de que nos entreguemos con tal pasión a las transformaciones sociales aún cuando es evidente que se tratan de obras perdidas. Mitos culturales como la martirización del héroe en nuestro continente, o la promesa de una futura revolución que palpita en los actos cotidianos de la vida de nuestras naciones pueden ser también interpretados en ese sentido.

Sin embargo, en este momento de bicentenario de la independencia, no dejó de sorprender la ausencia de un discurso ordenado sobre el sentido de nuestras instituciones, una lectura de nuestros símbolos y sí, por otra parte, una sustitución de aquellos que nos parecían con la suficiente convocatoria. Esto evidenció la carencia de un proyecto ideológico con la suficiente amplitud y apertura.

El 30 de mayo de 2010, fueron extraídos de la Columna de la Independencia, los restos de doce héroes de la Independencia, esto con la finalidad de: “Realizar un estudio de antropología forense, con análisis especializados en diversos aspectos. “Justamente después de realizar esos estudios estaremos en posibilidad de responder con base científica a las especulaciones que se hacen en torno de los restos de los héroes patrios”, rezaba la nota de prensa.

Además de las dos variables que hemos señalado respecto de la movilización de los símbolos en una sociedad, aparece este curioso ensayo: tratar de hacer científica una idea que tiene más que ver con sentimientos y auto conceptos que con gráficas de carbono y cadenas de ADN. Dicho de otro modo, el juego de los símbolos no puede sino hacerse sino desde el discurso, todos los demás elementos, como el caso de Morosov o el imaginario de Guillermo Tell, están supeditados al discurso que todo lo ordena y le da sentido; de lo contrario, la verdad científica, siempre rebelde e irreductible, puede dar al traste con todo sentido interpretativo. En el caso de los héroes de la independencia de México, que sucedería si en lugar de doce cuerpos, hubiera evidencia que nos hiciera pensar en que en realidad eran trece, ¿de dónde inventamos otro héroe?, o peor aún, si no hubiera evidencia de que en efecto fueran doce sino tal vez once, ¿a quién eliminamos de la lista? y en el más siniestro extremo, damos rienda suelta a la libérrima interpretación imaginativa para responder lo que todos nos preguntamos ¿Qué están buscando?

Jugar con la historia de este modo es recurrir al expediente desesperado de la reinterpretación ayuna de ideas. A mediados del siglo XX, se hicieron famosas algunas ediciones de libros que buscaban a apoyar la ya de por sí golpeada fe de los cristianos en todo el mundo, su mecánica era realizar investigaciones arqueológicas para fundamentar las afirmaciones bíblicas; temas como el diluvio universal, la caída de Jericó, los emplazamientos de las batallas y en fin, un sínnumero de eventos conocidos, eran puestos a la luz de la ciencia para confirmar la fe. Desde luego que dichos intentos tuvieron su momento de gloria y fama, pero se disolvieron en el tiempo porque lo que hacía falta era hablar desde la fe y no desde la ciencia, donde no había duda no había necesidad de sembrarla o, desde el reverso de la moneda, donde había certeza no existía necesidad de explicarla.

Hay un peligro intrínseco en este fenómeno y es la pérdida de la posesión del símbolo; en toda sociedad humana quien posee el símbolo detenta el poder, porque al vaciar de contenido el símbolo, nace la urgente necesidad de volverlo a colmar, de lo contrario será otro, siempre, quien lo haga. Personalmente, no sé que se hayan propuesto con la exhumación, pero en tanto, me quedo con lo que generaciones y generaciones de mexicanos habíamos logrado como un acuerdo tácito de identidad y futuro, yo me quedo en la afirmación tradicional, no sé de quiénes sean los cráneos que reposaban en el Ángel, pero a mí… a mí, mis héroes.