El ruido de Juan Gabriel Vázquez o La literatura como exorcismo

A Ana Laura Jaso, con gratitud

Pienso en aquel país que alguna vez tuvimos, uno que servía de hogar a los perseguidos de otras naciones entonces menos afortunadas; uno en el que aún la capital tenía, al menos, algunos pequeños rincones de reservas provinciales y, recuerdo aún mejor y con mayor intensidad, el tiempo en que el miedo era algo que le sucedía a los demás pueblos y del que, ¡oh inocentes de nosotros!, pensábamos que era algo por lo que ya habíamos pasado alguna vez y que no podría repetirse.

Entonces, en aquel país hoy desdibujado, luido, pálido ya de evocaciones, la violencia se contemplaba cono ráfagas de crueles imágenes proyectadas en las pantallas de las televisiones, siempre en horarios nocturnos; en Nicaragua, la revolución que no por gloriosa y fecunda dejaba de ser el horrendo cuadro de Managua bombardeada y los innúmeros cadáveres apilados en las camionetas de la guardia somocista; en Chile y Argentina, el cuadro atroz de los rudos militares cazando a los disidentes en el interior de sus casas; la violencia era un avión secuestrado en el que morían los desdichados que no tenían la gracia celestial de gozar de un pasaporte mexicano, porque México era entonces el pueblo amigo, lleno de gente que todo el mundo adoraba y, en nuestra alegre imaginación, jurábamos que un pasaporte mexicano era una especie de salvoconducto en el mundo, avalado por un enorme e indefinible capital de buenas voluntad cultivado por muchas generaciones; la violencia era un niño embozado arrojando piedras a una  tanqueta israelí, o una familia judía muerta en un atentado en París; la violencia se llamaba Colombia y se apellidaba Escobar Gaviria y, en tanto, nosotros, inocentes e ignorantes, incubábamos el huevo de la serpiente a la que apenas le bastó la imprudencia, la impericia y la tontería de un gobierno, para montarse en las alas de la noche y adueñarse de este país que somos y que hoy suspira por aquel otro que fuimos. Ellos no crearon la violencia, mas la alentaron y no supieron luego controlarla; “tontos entontecidos de su propia tontería”, como decía Unamuno del dictador Primo de Rivera, le llamaron guerra a lo que debieron llamar, acaso, acción policial; dividieron al país en buenos y malos, sin discutir con nadie sus propios parámetros y criterios; así, cuando el voto los arrojó al lugar de donde habían venido, su rostro, al que ellos mismos habían maquillado de héroe quedó, a buen título de León Felipe, convertido en el payaso de las bofetadas, más patético que épico y más ridículo que marcial; quedó sólo e incomprendido, vacío ya de poder y por lo tanto también de su argumento.

Descubrimos así, con la más cruel de las lecciones, que la violencia no nos habitaba pero sí nos ocurría, que miles habrían de morir por la ambición de unos cuantos y por la inepcia de otros pocos; aprendimos así, que la violencia quedaría como la marca de Caín en toda una generación y que nosotros, los mexicanos nunca habíamos sido el pueblo bendito de la paz, sino apenas los suplicantes en la lista de espera de un fenómeno que ya se gestaba en el continente y que no supimos o no quisimos leer oportunamente.

Si es verdad, como firmemente lo creo, que una buena novela demuestra su potencias en sus primeras frases, “El ruido de las cosas al caer”, de Juan Gabriel Vázquez, convierte esa afirmación en una especie de axioma literario:

 

“Los primeros hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el Valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera.”

 

El hipopótamo de Pablo Escobar, cuya caza fue seguida por los televidentes colombianos, se convirtió muy pronto en un símbolo de la fuerza destructiva del poder del narco, pero lo fue también de los desaforados y surrealistas extremos de su riqueza y poder. Inasible en su desmedida proporción, el joven, ahora adulto, que creció en el miedo de los años duros de Cali, Medellín y Bogotá, asiste a la cacería del hipopótamo para descubrir, como ya lo hemos hecho también los mexicanos de principios del siglo XXI, que la violencia no es algo que pasa, sino algo que nos pasa; que le ocurre a la sociedad pero que, en esencia, nos ocurre a todos, a cada uno, aún a quienes tienen la fortuna de no haber sido tocados por las balas o de no conocer de cerca a alguien que no vivió para rememorar los años terribles. Vázquez sabe también, como hoy lo sabemos los mexicanos, que no se puede vivir con algo así a cuestas, que de alguna manera hay que expulsarlo, hacerlo objeto y lanzarlo lejos, porque se da cuenta, como nos dimos cuenta nosotros, que la tragedia; así, simple y llana, no existe, pues cada tragedia es nuestra tragedia y que cada demonio engendra nuestra propia pesadilla. Juan Gabriel Vázquez saldrá así, fabulando, recordando a través de la memoria de su yo ficticio, a enfrentar aquel tiempo terrible para poder seguir habitando su tiempo y su espacio.

Desde antiguo, la nuestra ha sido una región habitada por fantasmas; los tememos y, al mismo tiempo, los procuramos y los necesitamos; pueblan nuestras mitologías y también nuestras esperanzas, se regocijan en nuestra historia y nos amenazan con nuestro futuro; ellos, los fantasmas que se hacen texto con las letras de Rulfo, son los mismos que celebramos el dos de noviembre y los mismos que se pasean por el Palacio de Justicia de Bogotá, por la Plaza de las Tres Culturas, por el Cuartel de Moncada y por el Palacio de la Moneda. A ellos, a nuestros fantasmas, llenos del terror atávico de la muerte violenta, debemos buena parte de nuestra forma de ver el mundo, de interpretarlo como la morada transitoria a la que, sin embargo tanto amamos.

En 1981, Gabriel García Márquez publicó su Crónica de una muerte anunciada, fiel retrato de la violencia gratuita en el continente, de la violencia como lenguaje y como sinsentido, comienza también con no de los arranques más memorables de la novelística iberoamericana y universal:

 

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.”

 

Aquella violencia ancestral, hasta inocente a veces, gratuita y proclamada es sólo una de las caras de la violencia en nuestro continente; la violencia propia de la resistencia y la revolución es otra de sus manifestaciones una, por cierto, a la que guardamos reverencia y respeto y a la que generalmente recordamos con un sentimiento de melancólica heroicidad; pero la violencia a la que nos vimos expuestos después, a la de la guerra que no lo es, a la de la ambición desaforada y carente de toda causa, a esa no podremos acostumbrarnos ni llamarla nuestra, ni siquiera como llamamos a nuestras enfermedades y a nuestras malformaciones; pero había que nombrarla, decirla y encararla para comprenderla y recordarla como todo aquello que no debió haber sido y que, sin embargo, está y se quedará en nuestra memoria y en nuestro imaginario por generaciones; de ahí que Vázquez tenga que ensayar otro arranque en la misma novela:

 

“El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de mármol que reseñan para nadie momentos históricos, y a eso de la una llegó a los billares de la calle 14, dispuesto a jugar un par de chicos con los clientes habituales. No parecía nervioso ni perturbado cuando empezó a jugar: usó el mismo taco y la misma mesa de siempre, la que había más cerca de la pared del fondo, debajo del televisor encendido pero mudo. Completó tres chicos, aunque no recuerdo cuántos ganó y cuántos perdió, porque esa tarde no jugué con él, sino en la mesa de al lado.”

 

Ahítos de noticias, de espeluznantes escenas que se vuelven cotidianas y gracias a las cuales los ríos de sangre ya no asustan ni a los niños y la grandilocuencia de las cabezas abandonadas en los basureros ya no estremecen sino suenan como la estática que antes escuchábamos cuando la programación de las televisoras no cubría las 24 horas y también descansaba como lo hace todo cuanto vive, Vázquez no quiere hacer crónica ni reportaje, aspira a algo más, a ejercer con la literatura el exorcismo de esa realidad que no escogimos y que jamás hubiéramos deseado; quiere sacar del fondo del dolor la fábula y no la moraleja; al contrario, las magníficas piezas de periodismo que engendró la violencia, se cuentan en género literario aparte, esas ilustran, muestran la realidad a través del matiz, más o menos afortunado, del estilo que las engendra. si bien es cierto que el periodismo aspira a explicar, también lo es que su función, en estos tiempos de inmediatez e imagen, es más bien ilustrar y que para las explicaciones más profundas, es necesario volver, una y otra vez, a la literatura. Por eso, García Márquez puede transitar con elegancia y soltura entre la novela y la crónica periodística, porque en cada caso tiene algo distinto que decir, véase, por ejemplo, la forma en que comienza “Noticia de un secuestro”:

 

“Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le “pareció el puesto más cómodo”. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de una tarde soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina: -A la casa, por favor.”

 

Pero para el esfuerzo que Vázquez se ha planteado la crónica no le es suficiente, no quiere decir lo qué pasó, o no solamente quiere contar lo que sucedió; hay más, mucho más, necesita experimentar el recuerdo de lo pasado y glorificar la carne mediante el sacrificio, es decir, hacer holocausto de las memorias para salvaguardar la vida. El tiempo de la violencia es también el tiempo del amor; en cierto sentido, la posibilidad de morir acelera el ritmo de la existencia, los niños e hacen jóvenes muy pronto y los ancianos entran en la eternidad aún antes de muertos; el riesgo de morir a manos de desconocidos, la amenaza de la bomba y el atentado, llevan a forzar la existencia más allá de sus límites y a vivir, segundo a segundo, con la promesa y la esperanza que habrá, al final de esos sesenta fatigosos instantes, un minuto más para estar con quien se ama; en los “Anagramas de Varsovia”, Richard Zimler, dibuja la breve existencia de un niño en el Gueto de esa ciudad y crea, en torno a la sobrevivencia y la amenaza constante, una corte de diminutos adultos con las preocupaciones que, en condiciones normales, un pequeño no conocerá sino hasta muchos años después; la violencia cataliza la existencia, es cierto, pero al mismo tiempo forza el sabor agridulce de la existencia e impide la reproducción de la esperanza, el amor en los tiempos de la violencia es siempre un amor desesperado, loco, que busca sin hallar y que no encuentra reposo sino narcótico; de ahí también, que Vázquez tenga, todavía, que proponer un tercer arranque de novela, completando el retablo barroco de su novela:

 

“Allí, de pie sobre una tarima de madera, frente a filas y filas de muchachitos imberbes y desorientados y niñas impresionables de ojos constantemente abiertos, recibí mis primeras lecciones sobre la naturaleza del poder… La vida, en esas épocas que ahora me parecen pertenecer a otro, estaba llena de posibilidades. También las posibilidades, constaté después, pertenecían a otro; se fueron extinguiendo imperceptiblemente, como la marea que se retira, hasta dejarme con lo que ahora soy.”

 

Porque, ¿quién se atrevería a decir que es el mismo después de la exposición, individual o colectiva, a la violencia? Esa sensación de vivir en un mundo sucio, olvidado, polvoriento, donde cada golpe se vuelve anónimo y donde las amenazas van perdiendo sentido porque todos resultamos amenazados en general y no es la intención de otro, sino la mala fortuna la que ejercita el misterioso mecanismo de la muerte o la mutilación. El escritor se rebela contra ese pasado, es necesario decir lo inenarrable para, a partir de la soledad y la noche de las palabras, se pueda volver a la luz, no a la prístina, sino a la reinventada, para llenar de colorido el mundo que se vio invadido por la guerra, el narcotráfico, la trata de personas, la amenaza, el secuestro y todas las variaciones del miedo. Después de esos años, se es veterano del mundo de la violencia y, entonces, uno sabe y se da cuenta que hubo algo en el pasado – como en nuestro presente – que no funcionó correctamente, que alguien, en algún lugar, cometió un error imperdonable y que se llevó con el todo lo bueno que habíamos tenido y que hubiéramos podido tener y, sin embargo, pese a todo seguimos vivos y buscando, como si a la vuelta de la esquina la fórmula secreta fuera a revelarse, como si de pronto, así, de la nada, alguien pudiera acercársenos al oído y decir pausadamente: tranquilo, ya ha pasado. Ese es el reclamo de los personajes de Vázquez, su imperiosa necesidad de vivir existencias normales en un ámbito donde lo anormal es la regla:

 

“Me refiero a los errores de verdad. Yammara, eso es una vaina que usted no conoce todavía. Y mejor. Aproveche, Yammara, aproveche mientras pueda: uno es feliz hasta que la caga de cierta forma, luego no hay manera de recuperar lo que uno era antes.”

 

Y así es, en nuestra sociedad, en nuestro momento histórico, alguien, en algún lugar la cagó de cierta forma y todos quedamos invadidos de su pasmo. La violencia al interior de las ciudades no puede ser sino un error, alguien que la caga y que no puede enmendar su equivocación, luego de lo cual no hay manera de recuperar lo que uno era antes; porque la violencia es absurda, es ontológicamente imposible y, sin embargo, está ahí, rompiendo todo lo bueno, ensuciando todo lo limpio, reduciendo al odio la incapacidad y al rencor la falta de entendimiento; porque además, todos resultamos ser víctimas tanto porque la tragedia colectiva no existe hasta en tanto no se apodera de cada uno de los miembros de la colectividad como porque no se comunica y el dolor como la pena son exclusivos e íntimos. No se sufre por otro, pero se puede expresar el dolor para manifestar un pálido reflejo de la turbación y la confusión, pero el dolor no puede transminarse; es cierto, uno puede ejercer la compasión y abrirse al dolor ajeno, pero no es posible obsequiar con la pena, apenas y se puede dejar que el otro penetre nuestro espacio de sufrimiento para sufrir juntos, de ahí el sentido de la condolencia. A Ricardo Laverde le ha sido todo arrebatado, la vida, los sueños, la infancia de su hija, la vida de su mujer y es a través de los recuerdos de la hija y de la caja negra de un avión que se estrella cerca de Cali, que el escritor, que no los personajes, pueden revivir los años podridos para hacerlos reverdecer en una especie de esperanza construida a pulso.

 

“Y cuando empezó a sonar el Nocturno, cuando una voz que no supe identificar – un barítono que rozaba el melodrama – leyó ese primer verso que todo colombiano ha dicho en voz alta alguna vez, me di cuenta que Ricardo Laverde estaba llorando. Una noche toda llena de perfumes, decía el barítono sobre un fondo de piano, y a pocos pasos de mí Ricardo Laverde, que no estaba oyendo los versos que oía yo, se pasaba el dorso de la mano por los ojos, luego la manga entera. De murmullos y de música de alas.  Los hombros de Ricardo Laverde comenzaron a sacudirse; bajó la cabeza, juntó las manos como quien reza. Y tu sombra, fina y lánguida, decía Silva en la voz del barítono melodramático. Y mi sombra, por los rayos de la luna proyectada. Yo no sabía si mirar o no a Laverde, si dejarlo solo con su pena o ir a preguntarle qué le ocurría.”

 

Porque al final, el mayor de los absurdos, es que quienes compartimos las sociedades sometidas al miedo y a la violencia, terminamos por crear dos mundos antagónicos en los que dividimos al universo que nos rodea; en uno están los malos, los perversos, los violentos, en fin, los otros; en el nuestro están los buenos, los que sufren, las víctimas, sus amigos, sus familias y sus testigos, conforme el espectro de la violencia, alimentado por nuestros miedos, crece, el mundo de los malos se hace cada vez más grande y el de los buenos se va haciendo diminuto, en el primero caben todos porque nunca se sabe en qué andan metidos o qué intenciones tengan y todos se vuelven potencialmente peligrosos; en el segundo nos vamos quedando solos, con unos pocos amigos, con unos pocos familiares, a los amigos incluso los vamos relegando a un limbo hipotético porque si no los consideramos malos y no podemos considerarlos así, no queremos compartir su suerte si es que acaso cayera en ellos la desgracia. Yammara y Laverde recibirán juntos el bautizo de sangre y fuego, aquél sobrevivirá y éste será muerto por sicarios anónimos. La compasión será una planta de raigambre pequeña y débil, una planta de muy lento crecimiento, porque debe nacer en la tierra dura del rencor y la venganza; el perdón, en ese momento, es todavía más lento y todavía más arduo.

 

“Me alegré de que hubiera muerto: le deseé como contraprestación por mi propio dolor, una muerte dolorosa. Entre las neblinas de mi conciencia entrecortada respondí con monosílabos a las preguntas de mis padres. ¿Lo conociste en los billares? Sí. ¿Nunca supiste qué hacía, si estaba metido en cosas raras? No. ¿Por qué lo mataron? No sé. ¿Por qué lo mataron, Antonio? No sé, no sé. Antonio, ¿por qué lo mataron? No sé, no sé, no sé. La pregunta se repetía con insistencia y mi respuesta siempre era la misma, y pronto fue evidente que la pregunta no necesitaba respuesta: era más bien un lamento.”

 

Ese lamento es el de la exclusión final de nuestro mundo, antes integral y completo, ahora dividido; la violencia nos expulsa de los lugares que frecuentamos, los que nos traen recuerdos, los que nos hacen sentido; el miedo nos va reduciendo a los espacios íntimos de la casa, a las esquinas que son nuestro refugio y la plaza pública, el lugar de todos, donde otrora se dialogaba y se pensaba con otros, se vuelve el espacio de nadie donde no importa nada y ya nada puede ser dicho; los que pasamos la infancia y la adolescencia antes del estallido de la violencia, recordamos con una añoranza que ya parece no del siglo XX, sino decimonónica, la forma en que ocupábamos los espacios y la manera en que la ciudad era nuestra, yo mismo me recuerdo de once años caminando curioso la ciudad y darme cuenta, de pronto, que desde Lomas de Sotelo había caminado hasta llegar al último piso de la Torre Latinoamericana; ahora, nos refugiamos, desconfiamos, los que pueden evitan el transporte público y los que necesariamente deben usarlo lo hacen en silencio y prevenidos todo el tiempo; si Alfonso Reyes se quejaba de la manera en que los hombres de mediados del siglo XX habían destruido la región más transparente del aire y se dolía diciendo “¿Qué habéis hecho de mi alto valle metafísico?”, nosotros, los de entonces, diría Neruda, nos preguntamos, ¿qué habéis hecho de mi ciudad infantil de brazos abiertos? Ese es uno de los peores daños, aprender el miedo de la ciudad; precisamente a nosotros, los hombres, los que inventamos las ciudades para sentirnos más seguros y más protegidos, nosotros somos los que ahora aprendimos a temerla. Recuperar la paz es, entonces, recuperar el espacio de todos y para todos.

 

“No volví a la calle 14, ya no digamos a los billares (dejé de jugar del todo: mantenerme de pie durante demasiado tiempo empeoraba el dolor de pierna hasta hacerlo insoportable). Así perdí una parte de la ciudad; o, por mejor decirlo, una parte de mi ciudad me fue robada. Imaginé una ciudad en que las calles, las aceras, se van cerrando poco a poco para nosotros, como las habitaciones de la casa en el cuento de Cortázar, hasta acabar por expulsarnos. “Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a vivir sin pensar”, dice el hermano en el cuento aquel después de que la presencia misteriosa se ha tomado otra parte de la casa. Y añade: “Se puede vivir sin pensar”. Es cierto: se puede. Después que la calle 14 me fuera robada – y después de largas terapias, soportar mareos y estómagos destrozados por la medicación – comencé a aborrecer la ciudad, a tenerle miedo, a sentirme amenazado por ella. El mundo me pareció un lugar cerrado, o mi vida una vida emparedada; el médico me hablaba de mi miedo de salir a la calle, me arrojaba la palabra agorafobia como si fuera un objeto delicado que no hay que dejar caer, y para mí era difícil explicarle que justo lo contrario, una claustrofobia violenta, era lo que me atormentaba.”

 

Al final del día, no nos queda sino la memoria y el perdón, la reconstrucción del mundo pese a todos y pese a todo; es Ciudad Juárez montando espectáculos culturales en sus parques, es Cuernavaca manteniendo viva su eterna primavera; es Acapulco suplicando por nuevos turistas y somos todos, contemplando como reconstruimos nuestras vidas, como nos sumamos el profundo “no más”; asumiéndonos y viviéndonos como sujetos a los que la mala fortuna los arrojó en una época que no pudimos controlar y en una circunstancia, donde otros, muy arriba y muy lejos, la cagaron tan profundamente, que dejaron destartalado un país que por décadas había querido construirse. En la literatura, en cambio, ocurre como en lo profundo de la personalidad individual y de la moral colectiva, nos sabemos juntos en este barco en el que todavía confiamos, pero lo hacemos por esa suerte de solidaridad que sienten los que juntos peligran, esa sensación terrible de saber que nos salvamos o perecemos, pero todos. Y así, lo sabe Juan Gabriel Vázquez, solo así se conjura la violencia:

 

“La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos.”