Y que se muere Videla

No me alegro de la muerte de nadie; toda muerte es tragedia y enigma insondable, toda muerte es absurdo. Sin embargo, hay algunas que simbolizan la esperanza de muchos y el anhelo de justicia de otros. Es verdad, bajo ninguna circunstancia el Estado puede asesinar a nadie, a nadie; por eso es significativo que Jorge Rafael Videla, asesino confeso y consumado, delincuente de lesa humanidad, haya muerto sentenciado y preso; no con los refinamientos de todos quienes murieron bajo su orden a manos de torturadores en sucias crujías; pero se ha muerto, por fin se ha muerto como un ejemplo de lo que no podrá volver a suceder, en muchos años, en nuestro continente.

Videla pertenece a la tercera hornada de dictadores militares latinoamericanos; no a la tragicómica historia de diminutos dictadores decimonónicos, criminales folklóricos y desaforados que duraban días más o días menos y a los que la pátina de los siglos ha restado su imagen sanguinaria y su brutalidad natural; tampoco pertenece a la segunda, la de los primeros años del siglo XX, patética también y más brutal por cuanto gozaron de impunidad absoluta, como Trujillo o Papá Doc, hasta de Somoza, al que hubo que matarlo de un bazucazo porque nadie habría tenido el poder para juzgarlo; pertenece a la tercera, la más sanguinaria, brutal e intolerante, porque si en las dos primeras el capricho del dictador moderaba su sed de sangre y abría, por doquier, pequeños espacios por donde colarse para captar la simpatía o la generosidad del sátrapa, en la generación de gorilas como Videla, Masera, Pinochet o Galtieri, por citar algunos de los más celebrados de este bestiario, la ideología suprimió al pensamiento – si lo hubo – del dictador, para enseñorearse sobre toda consideración; todos eran enemigos del Estado, aún los amigos del dictador; nada justificaba no estar del lado del gobierno y ni siquiera estándolo se tenía garantía de sobrevivir porque los amigos o colegas del desaparecido también estaban condenados; ciegos y brutos, lanzados a la conquista de sus quimeras, asesinaban como se mata una plaga, sin explicación ninguna.

Se ha muerto Videla, el amo de los 610 centros de detención clandestinos en la Argentina; así, las propias cárceles del Estado, por naturaleza públicas, eran clandestinas por la naturaleza bárbara de cuanto ahí acontecía; se murió, sentenciado como delincuente que era, demostrando que sí que es posible juzgar y sentenciar a un dictador por muy jefe del Estado – aun que fuera de facto – que haya sido. Y se murió en prisión, por fin, demostrando que nuestros estados deberán ser democráticos, necesariamente, con todas las variantes locales que este término acepta en los muchos lugares de nuestra basta geografía. Y se murió así, acompañado de los miles de asesinados y de los desaparecidos, 30,000 según algunos cálculos.

Que nuestras democracias son imperfectas, que tienen que luchar contra poderes omnímodos como el narco o la impiedad de las transnacionales, pues sí; que tienen que andar a trompicones, como miopes dándose contra las paredes buscando soluciones a nuestros años de atraso, pues también, pero son nuestras democracias y no conozco a nadie en su sano juicio que dijera alguna vez, Videla es un asesino, pero es nuestro asesino; nadie que argumentara, Videla es un dictador, pero es nuestro dictador. Recuerdo haber leído en alguna memoria de alguien cercano al Presidente Allende, haber visto una pancarta en una movilización frente al Palacio de la Moneda, que decía, “Este gobierno es una mierda, pero es nuestro gobierno”.

Y así morirán Galtieri, Ríos Mont y Massera. Sentenciados y presos, porque si los latinoamericanos aprendimos algo en esos años brutales y monstruosos fue que no nos dejamos matar de bala perdida y que pese a todo, a todos y en todo momento, seguimos siendo el pueblo que nació para construir la utopía… como decía un amigo hijo y nieto de exiliados vascos, ¿Franco? que Dios lo tenga a fuego lento.