Moustaki y el niño

Uno no debiera hablar de sí mismo; hay siempre que evitarlo en la medida que sea posible; primero, porque no es tan importante ni tan interesante como lo que vemos, lo que aprendemos y el enorme mundo que nos rodea; segundo, porque es una vanidad imperdonable pensar que nuestro lugar en el mundo sólo puede ser ocupado por nosotros  cuando en realidad somos apenas pequeñas piezas en un mundo enorme; sin embargo, siempre estamos hablando de nosotros mismos porque, en el fondo, somos lo único que conocemos con mediana aproximación y porque todo lo que vemos y sabemos, para volverse palabra tiene que pasar a través del filtro de nuestra experiencia, de nuestra vivencia, es decir, de nosotros mismos. Al final del día siempre estamos hablando de nosotros mismos.

Algún día de 1978, poco más o menos, un niño de una curiosidad insaciable, descubrió la caja donde su padre guardaba sus cassettes; uno de ellos decía “Georges Moustaky”. Al escucharlo, el mundo se transformó de inmediato, se hizo grande, enorme, se abrieron alamedas gigantescas, palacios ignotos y una ciudad entera se volvió el sueño más apetecible; se trataba de un concierto de Georges Moustaki en el Olimpia de Paris difundido por RadioUNAM. Lo que ese niño escuchó por primera vez entonces, se convertiría en el secreto y la cifra, en el abretesésamo y también en el misterio. Atesoró durante décadas la cinta y, cuando ya no pudo escucharla porque los aparatos que hacían posible el milagro de la reproducción del sonido ya no eran aptos, fue haciéndose de todas las grabaciones que pudo de aquella voz que habría puertas y universos y guardó la cinta ya no como un soporte de sonido sino como un talismán, espejo de su curiosidad y símbolo de lo entrañable que podía hallar fuera del ámbito de su familia.

Jamás había escuchado la lengua francesa, comenzaba a sentirse lector y Jules Verne era una de sus lecturas más habituales, pero lo leía en castellano al no poseer otro idioma. Moustaki era Francia, la Francia eterna, la dulce Francia; un lengua que disponía de una dulzura lánguida y dulce, pero además, entonces, se trataba de un enigma más que resolver, ¿qué decían aquellas canciones tan hermosas, tan dotadas de vida?, ¿qué dirían y a qué se referían?; ilustrado apenas por el locutor, discreto y sencillo, supo que se trataba de lengua francesa y que el cantante, “Georges Moustaki, seguía la tradición del chansonnier parisino, llevándola más allá de la ciudad…”; nadie sabe por qué hay frases tan sencillas que se quedan grabadas para siempre en la memoria; el chansonier parisino que llevaba la tradición más allá de la Ciudad. Tardó diez años más en tener los rudimentos necesarios para comprender lo que las canciones decían y entonces, el niño que ya no era, volvió a asomar su nariz impertinente para fascinarse con las referencias de esas canciones… “Bahia des pêcheurs, des marins… Bahia de San Salvador… C’est là que j’ai retrouve le paradis du côté de chez Jorge Amado…”, ¿quién era aquel del que hablaba Moustaki?, ¿por qué de él y así?, de la canción saltó a las letras brasileñas y comprendió porqué el greco francés se refería a Amado como parte de un paraíso; su imaginario, ya no de niño, pero depósito al fin de ese otro en el que se iba convirtiendo albergó a Teresa Batista, a Tieta de Agreste y, particularmente y sobre todas las mujeres imaginarias del mundo a Gabriela, la del clavo y la canela.

De esas letras, el que fuera niño fue cayendo en cuenta que todos somos extranjeros en el mundo, aún en nuestra propia casa y que la idea de caer, así por accidente, en este mundo, es recorrerlo y apropiarlo, vivirlo y conquistarlo: “avec ma gueule de métèque, de juif errant et de pâtre grec…”; como si uno pudiera albergar todas esas sangres en sus venas y, si después de todo, cada uno resultaba extranjero en este planeta por qué no ser también el mexicano que había estado predestinado a ser y al mismo tiempo, el judío errante, el talmudista inclinado sobre su texto, el combatiente del Madrid asediado, el lector de la saga soviética, el aprendiz nunca experimentado de otras lenguas, por qué no ser todo y más y aunque eso significara ser cada vez menos sólo uno mismo, transformarse en todo y en todos. Cuando la niñez lo hubo abandonado, cuando murieron las abuelas, cuando murió la tía anciana de años y de cuidados de niños ajenos, entonces supo que ese movimiento de su espíritu se llamaba cultura.

Y quedaba aún mucho más, infinitamente más, porque cada nueva canción era conseguida y celebrada como se celebra un tesoro; buenas para amar, fabricándose máscaras para el placer y para no herirse ni herir a los demás, “on a fait l’amour en passant, comme les voyageurs de l’air du temps…”; para soñar, “nous voulions des chateaux dans l’Espange…” y se convirtieron en una especie de educación moral para el gusto de vivir y de vivir a fondo, porque cuadraban con las lecturas de Julio Cortázar y en un mundo donde nadie oía música en francés y donde todo aquello parecía tan lejano, ahogado por la moda plástica de los últimos años de la década de 1980, al mismo tiempo eran el remanso de un mundo secreto, penetrado a veces por unos cuantos iniciados.

Y quedaba todavía más en esos sonidos y en esas tonadas, estaba ahí, en el centro de todo la capital del mundo, el centro del universo, como diría Asterix, “la ciudad más prodigiosa del Universo”, ahí estaba Paris, con la Maga y con Oliveira incluidos, con Sartre y con Beauvoir, con Dreyfus y Zola; ahí estaba Paris con sus mujeres lánguidas y hermosas armadas con un café y un libro retando al mundo que caminaba y rodaba frente al Café de Flore; ahí estaba Paris, como un sueño por realizar el lugar del que cada año decía, como los judíos del exilio, el año próximo… el año próximo en Paris. Y sí, así fue, Paris llegó como llegan todas las cosas buenas, solas y a tiempo. Llegó Paris y él, que ya no era el niño que soñaba con llegar a la ciudad fuera de la cual el chansonnier llevaba la tradición sagrada, sufrió el impacto mas brutal que pudiera imaginarse y supo que no era apenas nada en un mundo lleno de maravillas por conocer; pero una vez más, apenas tocó el suelo de la ciudad soñada, apenas respiró su aire, volvió el niño a abrir sus ojos como platos y no le dio tregua ni respiro y en una sola tarde enloquecida lo hizo caminar hasta que las piernas no le respondieron y tuvo que descansar en una banca de parque hasta que pudo moverse al hotel que lo albergaba. Se negó a ver los defectos de la Ciudad, no iba a eso; se negó a aceptar los pequeños contratiempos, porque no estaba en el Paris de los últimos años del siglo XX, estaba en el Paris de Haussmann, en el de los existencialistas y en el de la Revolución, en el de Vivant Denon y en el de Piaf; pero sobre todo, estaba en el Paris de Moustaki y aunque rondó y escudriñó la Île Saint Louis con la esperanza de verlo pasar, no sería esa la ocasión en que lo encontrara comprando pan en esa isla que el chansonnier tanto amó. Si el adulto en el que el niño se convirtió ha visitado Paris en otras ocasiones es algo que tendrán que decir los que lo hayan visto, porque para ese adulto, volver a Paris sería volver a la emoción de la cinta magnética en la que se escuchaban las canciones francesas y al pasmo del niño que descubría cuán grande era el mundo.

Y quedaba todavía más, como en las matrioskas, cada encuentro encerraba otro todavía más emocionante y más delicado. Entre las canciones del cassette prodigioso, había una canción que no estaba en francés, por alguna razón estaba en otra lengua desconocida con la que además parecía no tener parentesco. Desde luego, el cassette no tenía índice, no había manera de identificar las canciones, aunque se supiera de memoria – en su triste imitación fonética – cada una de ellas y en el orden preciso (sus hermanos recuerdan y todavía se quejan de la odiosa necesidad de escuchar la cinta una y otra vez hasta que un alma caritativa inventó un artilugio llamado walkman que los liberó de las obsesiones del bicho que el niño era cuando algo se le metía en la cabeza). Primero pensó que era árabe, pero no, no podía ser porque otra cinta de la casa (que tampoco estaba en árabe sino en hebreo aunque lo supo mucho después) no sonaba igual que la canción misteriosa, ésta decía en alguna parte “potami…” o algo así, y eso sonaba como hipopótamo que, en la escuela le habían dicho significaba “caballo de río” en griego; entonces la canción algo diría sobre los ríos y además estaba en griego y así, una más de las puertas mágicas se abría y llegaron Kazantzakis, Séferis, Doxiadis y llegaron también Melina Mercouri y Elefteria Arvanitaki, y todo para prepararlo, cuando ya no era un niño, para enfrentar el libro que habría de hacerlo adulto de un golpe y en el que se reunían sus pasiones, en Bella del Señor, de Albert Cohen, autor judío, suizo que escribía en francés, un personaje judío también, sefaradí de Cefalonia, Grecia, vivía el romance más descarnado, divino e inhumano que ser humano narró jamás.

Y el niño se extinguió, o casi se extinguió, porque se queda en la biblioteca en la que se quedó a vivir, donde duerme mientras el adulto en el que se convirtió todos los días sale a ganarse la vida; se encuentran a veces, casi siempre de noche, cuando el adulto se sienta frente al teclado que le da de comer y se olvida de todo y recorre sus libros, visita páginas digitales de temas y países ignotos y escribe, trata de escribir, la frase que salve el día y ponga orden en las experiencias acumuladas en las últimas horas; entonces, el adulto se levanta de la silla – no es extraño que esté escuchando alguna de las canciones grabadas en el talismán de su infancia -, y se encuentra con el niño en la página de un nuevo libro que ha contemplado por horas antes de hincarle el ojo. A veces, se queda mirando sus librerías – y su mujer  se ríe al recordar al mítico vecino de su padre, que pasaba horas y horas contemplando sus dos autos compactos a falta de mejor ocupación -, cuando parece estar así, como embobado contemplando los lomos de sus libros, en realidad espera a que el niño que entonces fue, tímido y silencioso y a veces impertinente, se acomode las gafas que nunca se acostumbró a usar y le haga una seña para mostrarle lo que acaba de descubrir en un libro escrito hace unos años en Serbia.

Hoy me dijeron que Georges Moustaki se había muerto a los casi 80 años en Paris. No es cierto. Moustaki no se puede morir porque ahí en mi escritorio está un cassette que mi padre me regaló cuando yo era niño y que tenía grabado un concierto de Moustaki en el Olimpia de Paris; no se puede morir porque no me da la gana de que se muera la gente que sabe vivir que da gusto. No se puede morir porque entonces, si en realidad se ha muerto, ¿quién llevará la tradición del chansonnier parisino más allá de la ciudad?