Creo con fe verdadera que la literatura salva

Nada se puede hacer fuera de la convicción; todo lo que se realiza sin convicción está condenado a desaparecer, a evaporarse; en sus preceptos de fe, Maimónides labra un enunciado maravilloso: “Creo con fe verdadera…”, esa es la única verdad posible, la que se cree con fe verdadera; sólo con fe, irracional, iracunda y metafísica. Yo creo con fe verdadera que la literatura salva.

No son pocas las veces en que llegamos a casa, fatigados, sucios, sudorosos, pestilentes de tabaco, café o alcohol, pensamos entonces que todo en nuestra vida ha sido un error lamentable; nos percatamos que no tenemos ni la más remota idea de cómo nos hemos venido a meter en el berenjenal en el que se ha convertido nuestra vida; nos reciben los niños, nos abraza nuestra mujer y entonces comenzamos a hacer algunas concesiones a nuestra idea apocalíptica – no todo ha sido un error, pero sí una buena parte -, y así, cuando todos se han dormido, nos aproximamos al libro, lo abrimos, y leemos. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

La literatura no necesita panegíricos, no requiere ayuda; la necesitan quienes no se avienen a salvarse por la literatura. Al entrar en contacto con el texto, nos salvamos de nuestros miedos, dimensionamos nuestros problemas, encontramos consejo y aprendemos de la vida; pero sobre todo, gozamos. Uno lee porque es placentero, porque es casi opiáceo, porque es sublime y dulce, porque es entretenido y porque al final del día, justifica todo aquello que parece un error, lo pone en la dimensión de la historia que vivimos y vamos construyendo; leer es el principio del placer, del reconocimiento en el otro, en los otros, en las vidas que no vivimos y en el tiempo que no transcurre para nosotros. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

Borges, ya se sabe, decía aquello de que estaba orgulloso de lo que había leído, puede ser y hasta me parece legítimo. Sin embargo, ¿quién está orgulloso de respirar?, se lee por necesidad vital, igual que se respira o se come, igual que se bebe y se necesita al sol; tal vez cuando se lee tanto cuanto leyó Borges se alcance el orgullo, mientras tanto – a nivel de cancha digamos -, en este mundo del día a día, más que orgullo hay enamoramiento, hay delicia y placer, reverencia y afecto por los libros que algo nos han dicho y que algo representan en nuestra vida, en la Vida, así con mayúsculas y en la vida de lectores. Como si fueran marcas en la existencia, estaciones en nuestra línea del tiempo y, siguiendo el ejemplo de la cronología japonesa, pudiéramos designar épocas de nuestra vida como la Era Cortázar, la Era Borges, la Era Kadaré o la Era Alfonso Reyes. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

Creo con fe verdadera que la literatura salva; que cada autor tiene el privilegio de lo que podríamos llamar “la oportunidad de la expresión” que va más allá de la originalidad y consiste en el instante único en que da a la luz palabras inéditas y transforma su narración o su idea en algo más de lo que a simple vista a queridos decir y, del mismo modo, cada libro para el lector, constituye “la oportunidad de la audición” y que resulta de una compleja red de causas y azares por la que el lector sabe y siente que el autor escribió las palabras para que justo ese lector elegido, las leyera en el momento preciso. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

Creo en fin, que la literatura me ha salvado, para siempre o por minutos; que me ha dado más de lo que esperaba y que ha merecido, como pequeño el doble efecto por el que se puede medir la potencia de un libro: los segundos de silencio que suceden al cerrar la última página y en el cual el universo se detiene y, además, el caudal de letras que hace manar uno o dos días de leída su última palabra y que quedan derramadas para siempre en el alma.