Lee “El país de las mujeres”, de Gioconda Belli. Lea ud. “El paraíso de las damas” de Émile Zola

Lea ud. “El paraíso de las damas”, de Émile Zola. Vuelva la mirada a los clásicos; Zola discurre sobre la invención de las tiendas departamentales, la irrupción de los grandes capitales y la destrucción del pequeño comercio, las organizaciones obreras y el manejo de las personas en el juego del capitalismo incipiente. Una descarnada mirada sobre la política amorosa y los crueles juegos de la lucha de clases. Hace mucho que un libro no me atrapaba con tan soberana energía.

Aproveche ud. nuestro fraseario.

Completaban el conjunto varios pares de guantes, colocados simétricamente sobre la tela de la estantería; los dedos estirados y la estrecha palma, como de virgen bizantina, les conferían esa gracia envarada y un tanto adolescente de las prendas femeninas aún sin estrenar.

 

– La verdad es que para vender retor, el título de bachiller no debe hacerte mucha falta.

  • ¡La verdad es que me conformo con que no me estorbe! – contesto Mouret alegremente -. Y créeme, cuando uno comete la estupidez de cargar con él, cuesta mucho quitárselo de encima. Vas por la vida a paso de tortuga, mientras que los demás, los que no llevan nada a cuestas, corren como podencos.

 

Sí, reconozco que algunas mujeres me han llegado a fastidiar bastante. Pero cuando una es mía, es mía de verdad, ¡qué demonios! Y no siempre salen mal las cosas. Y no le cedo mi parte a nadie, puedes estar seguro… Además, no sólo están las mujeres, que al fin y al cabo me importan bien poco. Está la voluntad de querer y de hacer, de crear, en definitiva… Tienes una idea y luchas por ella, se la metes a martillazos a la gente en la cabeza, la ves crecer y triunfar… ¡Ah, ya lo creo que me divierto, chico!

 

Era tal temor precisamente, el que lo había impulsado a crear entre el barón y él ese gentil vínculo femenino que tanto une a los hombres aficionados a las mujeres. Podía, desde luego, haberse entrevistado con el financiero en el despacho de éste, para tratar a sus anchas el importante negocio que deseaba proponerle. Pero se sentía más fuerte en casa de Henriette, sabedor de la tierna complicidad que establece el hecho de compartir una amante. Estar ambos en su casa, rodeados de su perfume tan querido, tenerla tan cerca, dispuesta a convencerlos con una sonrisa, le parecía una certidumbre de éxito.

 

Mouret, en tanto, miraba de reojo el salón. Y, al oído, como si se tratarara de algunas de esas confidencias amorosas que, a veces se atreven a hacerse entre sí los hombres, acabó de explicar al barón Hartmann, en unas cuantas frases, el funcionamiento del gran comercio moderno. Le reveló, entonces, más allá de todos los hechos ya expuestos, coronando la pirámide, el arte de explotar a la mujer. Tal era el fin último al que todo se encaminaba: la continua renovación del capital; la acumulación de mercancías; la tentación de lo barato; los precios marcados, que inspiran confianza.

 

Luego, se dejaba llevar por la coquetería; al final, se la comían viva. Lo almacenes multiplicaban las compras, democratizaban el lujo y se convertían, así, en causa de temibles despilfarros, desbaratando los presupuestos familiares y favoreciendo las locuras de la moda, cada vez más costosas. Si adulaban a la mujer y la halagaban sus debilidades, si la rodeaban de deferencias, haciendo de ella una reina, era su reinado el de la amorosa soberana de un pueblo de traficantes, a los que paga cada capricho con una gota de sangre.

 

En aquel momento, alzó los ojos y vio el rostro aterrado de su marido. Se había puesto aún más pálido, toda su persona expresaba la angustia resignada de un pobre hombre que presencia el desmoronamiento del sueldo que tanto le ha costado ganar. Cada nuevo retazo de encaje representaba para él un desastre: el despilfarro de sus amargas jornadas de docencia; el anonadamiento de sus caminatas por el barro, camino de las clases particulares; los incesantes esfuerzos de toda una vida abocados a una pobreza vergonzante, al infierno de un hogar menesteroso. Ante el espanto creciente de aquella mirada, la señora Marty quiso ocultar el pañuelo, el velo, la corbata; y, mientras los recataba con manos febriles, repetía entre risitas nerviosas:

  • Van a ustedes a conseguir que me riña mi marido… Te aseguro, querido, que he sido muy sensata, porque había un mantón de quinientos francos… ¡Ay, qué maravilla!

 

Y como Mouret, precisamente, estaba afirmando que los nuevos almacenes mejoraban el bienestar de los hogares de la burguesía media, le lanzó una mirada terrible, el relámpago de odio de un tímido que no se atreve a estrangular a nadie.

 

Y él, que llevaba seis meses tratándola como una niña; que le daba incluso, a veces, consejos, dejándose llevar por su experiencia y por el deseo enfermizo de enterarse de cómo nace una mujer y de cómo París acaba por perderla, ya no la tomaba en broma, sino que notaba un indescriptible sentimiento de sorpresas y temor, al que se sumaba la ternura. Lo más probable es que estuviera tan guapa por que venía de ver a su amante.

 

Pero eran precisamente esos aires de postín los que intimidaban a la joven. Casi todas las dependientes, a fuerza de rozarse con las clientes ricas, se iban puliendo y acababan por pertenecer a una clase indeterminada, a medio camino entre la operaria y la burguesa. Y tras la maña en el vestir, tras los modales y las frases aprendidas, no solían tener sino una instrucción ficticia, no solían leer sino revistas ramplonas, parlamentos de dramones, todas las necesidades que corrían por París.

 

Tenía ahora en el plato un trozo de pescuezo y unos pocos huesos. Dejaba correr las burlas, sin decir nada, comiendo grandes bocados de pan y rebañando el pescuezo con el arte infinito de un muchacho que siente por la carne el respeto que ésta se merece.

 

Estaba visto que había acabado el duelo y Henriette había mordido el polvo. No era ella, con toda seguridad, la mujer que acabaría por llegar. Y le pareció estar viendo de nuevo el discreto perfil de la joven que había entrevisto al cruzar por el recibidor. Allí estaba, paciente, sola, temible en su dulzura.

 

Durante meses, había querido ver cómo iba creciendo una muchacha y se había divertido con el experimento sin darse cuenta de que se jugaba en él el corazón. Ella se había hecho mayor poco a poco y se había vuelto temible.