Saint-Laurént y la moda como amor

Hoy Yves Saint-Laurént cumpliría 77 años. Acostumbrados como lo estamos a una lamentable feria de vanidades donde para sentirse intelectual basta con “tuitear” cuarenta vacuidades diarias y dárselas de sutil académico me-entero-de-todo-sugiero; en que se desprecia lo que evade el estándar y en donde, abusando de nuestra mísera paciencia todo redunda en lo vacío de la alta cultura que no es ni una ni otra, pienso en la moda como arte.

La moda de verdad, aquella que se hace con talento, con amor, es la batalla contra la fealdad, es el cántico de la belleza a favor de lo inútil, de lo idílico principesco del lujo. Los seres humanos no necesitamos la moda, que va, si nos bastaría con unos pellejos de animales para cubrir nuestras vergüenzas – dice la Biblia – o protegernos del clima; pero sí necesitamos la belleza y por eso, tan sólo por eso, Chanel fue una revolucionaria y Balenciaga un visionario.

Me da una fiaca increíble, indecible, los que escriben a pasto y sin nada nuevo; ayer oí por la radio a Vicente Quirarte decir que un escritor, para valer, debe escribir una frase – tan sólo una – que nadie haya dicho antes, con eso tiene. Moda, la verdad, cultura, la de verdad, es la que ve el mundo desde el recóndito espacio del amor donde todo es nuevo y donde nada se fatiga.

La moda es escultura en movimiento. Un desfile de modas puede ser cuativador y tan hermoso como si de pronto, todo el personal del patio de las esculturas del Louvre se pusieran a danzar. Hoy, Saint-Laurént cumpliría 77 años, ya se había quejado de la moda contemporánea que le parecía “hacer cortinas para tapar ventanas”; él, el último heredero, dijo al retirarse en 2002, uno de los discursos más hermosos que he escuchado; él, famoso y rico pero también proscrito y acosado, dio con la clave de todo aquello que no es arte, pero que requiere de un artista para existir:

 

Discurso de Despedida de Yves-Saint-Laurént Fragmentos

En 2002, para su último desfile, leyó una carta de despedida.

Damas y Caballeros, los he convidado para anunciarles una noticia importante. Tuve la oportunidad de volverme, a los 18 años, el asistente de Christian Dior, de sucederlo a los 21 años y de encontrar el éxito desde mi primera colección en 1958. Desde entonces, he vivido por mi oficio y para mi oficio. Quiero rendir homenaje a aquellos que guiaron mi acción y me sirvieron de referencia. Sobre todo Christian Dior que fue mi maestro. Balenciaga, Schiaparelli,. Chanel sobre todo.

Al abrirse 1966, por primera vez en el mundo, una boutique de prêt-à-porter tuvo la insignia de un gran modisto, tuve conciencia de haber hecho progresar la moda y de haber permitido a las mujeres acceder a un universo hasta entonces prohibido. Como Chanel, siempre acepté la copia y fui irreductible en que las mujeres del mundo entero usaran pantalones entallados, smokings, chamarras.

Me dije que había creado el guardarropa de la mujer contemporánea, que había participado en la transformación de mi época. Que lo había hecho con mi moda, que es seguramente menos importante que la música, la arquitectura, la pintura, pero que es en sí lo que hice. Ustedes me perdonarán de parecer vanidoso, pero creo que la moda no está solamente hecha para embellecer a las mujeres, sino también para para darles confianza, para permitirles asumirse. Siempre me sublevé contra los fantasmas de algunos que satisficieron sus egos a través de la moda. Al contrario, quise ponerme al servicio de las mujeres. Es, decir, a servirlas. Servir a sus cuerpos, a sus actitudes, a sus vidas. Quise acompañarlas en ese movimiento de liberación que conoció el siglo pasado.

Quiero agradecer a aquellos que me dieron su confianza. Michel de Brunhoff que me condujo donde Christian Dior, Mack Robinson, Richard Salomon, Pierre Bergé, sobre todo. Me es imposible citar a todos los jefes y jefas de taller que me acompañaron. Sin embargo, ¿Qué hubiera hecho sin ellos? Todos los trabajadores y trabajadoras cuya devoción admirable me ayudó verdaderamente. Quiero agradecer a las mujeres que portaron mis vestidos, las célebres y las desconocidas.

Siempre tuve, sobre todo, respeto a este oficio que no es de ningún modo un arte pero que necesita un artista para existir. Pienso que nunca traicioné al adolescente que le presentó sus primeros dibujos a Christian Dior. Todo hombre, para vivir tiene necesidad de fantasmas estéticos. Yo los he perseguido, asediado. Pasé por las angustias y los infiernos. Conocí el miedo y la soledad terrible. Los falsos amigos que son los tranquilizantes y los estupefacientes. La prisión de la depresión y aquella, la de los hospitales. De todo aquello salí un día, deslumbrado, pero sobrio. Marcel Proust me había prevenido que “la magnífica y lamentable familia de los neuróticos es la sal de la tierra”. Yo, sin saberlo, formé parte de esa familia. Es la mía. Yo no escogí esta línea fatal, por tanto, es gracias a ella que me elevé en el cielo de la creación que alcancé a los creadores del fuego de los que habla Rimbaud, que me encontré y comprendí que el encuentro más importante de la vida es el encuentro con uno mismo.

Los más bellos paraísos son aquellos que hemos perdido. Por lo tanto, he elegido hoy decir adiós a este oficio que tanto he amado. Quiero agradecerles, a ustedes que están aquí y a aquellos que ya no están, de haber sido fieles a la cita que les propuse después de tantos años. De haberme sostenido, comprendido y amado. No los olvidaré jamás.