Lee “El lector de Julio Verne”, de Almudena Grandes. Lea ud. “Nupcias”, de Albert Camus. Una vista al insondable misterio de la muerte

Disponga usted de nuestro fraseario y reflexione sobre el único auténtico misterio. Todas las citas son de Albert Camus: Nupcias.

 

Como a esos hombres a quienes la mucha ciencia devuelve a Dios, los muchos años han devuelto las ruinas a la casa de su madre.

 

Qué pobres son quienes necesitan mitos. Aquí los dioses sirven de lechos, o de hitos en el camino de los días.

 

Aquí comprendo lo que se llama gloria: el derecho de amar sin medida. No hay más que un solo amor en este mundo. Estrechar un cuerpo de mujer es también retener junto a mi esta alegría extraña que desciende desde el cielo hasta el mar.

 

Todo ser bello posee el orgullo natural de su belleza, y hoy el mundo deja que su orgullo rezume por todas partes. Ante él, ¿por qué iba yo a negar la alegría de vivir, si sé que no lo encierro todo en la alegría de vivir? Ser feliz no es ninguna vergüenza. Pero hoy en día el imbécil es rey, y llamo imbécil a quien tiene miedo de disfrutar.

 

Las montañas, el cielo, el mar, son como rostros en los que se descubre la aridez o el esplendor a fuerza de mirar en vez e ver. pero todo rostro, para se elocuente, debe sufrir una cierta renovación. Y nos lamentamos por habernos cansado demasiado deprisa cuando habríamos de sorprendernos de que el mundo nos parezca nuevo sólo por olvidado.

 

Notaba en el corazón esa extraña alegría que nace de una conciencia tranquila. Hay un sentimiento que conocen bien los actores cuando tienen conciencia de haber cubierto bien su papel, o dicho con la mayor precisión, de haber hecho coincidir sus gestos con los del personaje ideal que encarnan; de haber entrado de aluna manera en un patrón dibujado de antemano y que, de repente, han hecho vivir y latir con su propio corazón. Eso era precisamente lo que yo sentía: había interpretado bien mi papel. Había desempeñado bien mi oficio de hombre; y el hecho de haber conocido la alegaría durante una larga jornada no me parecía un triunfo excepcional, sino el cumplimiento emocionado de una condición que, en determinadas circunstancias, nos impone el deber de ser felices. En un momento así, volvemos a encontrar soledad, pero con satisfacción.

 

Pocas personas entienden que hay un rechazo que no tiene nada en común con la renuncia. ¿Qué significan aquí palabras como porvenir, bienestar o posición? ¿Qué significa el progreso del corazón? Si rechazo obstinadamente todos los “más adelante” del mundo, es porque trato de no renunciar a mi riqueza presente. No me gusta creer que la muerte abre otra vida. Para mí es una puerta cerrada. No digo que es un paso que hay que dar, sino que es una aventura horrible y sucia.

 

Tengo en mí demasiada juventud como para poder hablar de mi muerte. Pero me parece que si tuviera que hacerlo, sería en este sitio donde encontraría la palabra precisa que, entre el horror y el silencio, enunciaría la certeza consciente de una muerte sin esperanza.

 

Se vive con algunas ideas familiares. Dos o tres. Al compás de los mundos y hombres que uno se encuentra las pule y transforma. Hacen falta diez años para tener una idea que sea bien nuestra: de la que se pueda hablar. Naturalmente, resulta un poco desalentador. Pero el hombre consigue así cierta familiaridad con el hermoso rostro del mundo.

 

Eso debe ser la juventud: ese duro cuerpo a cuerpo con la muerte, ese miedo físico de animal que ama el sol.

 

Me digo debo morir, pero eso no quiere decir nada, puesto que no llego a creerlo y sólo puedo tener la experiencai de la muerte de los demás. He visto gente morirse. Sobre todo, he visto morir perros. Tocarlos me trastornaba. En esos momentos pienso: flores, sonrisas, deseos de mujer, y comprendo que todo mi horror a morir se basa en que tengo celos del vivir. Estoy celoso de los que vivirán y para quienes flores y deseos de mujer alcanzarán su plenitud de carne y sangre. Soy envidioso, porque amo demasiado la vida como para no ser egoísta. Qué me importa a mí la eternidad.

 

Todo cuanto se refiere a la muerte es aquí ridículo u odioso. Este pueblo sin religión y sin ídolo muere en soledad después de haber vivido en masa.

 

Pero a fin de cuentas, no veo que es lo que puede tener de sagrado la muerte, y noto, por el contrario, la distancia que hay entre el miedo y el respeto. Aquí todo respira el horror a morir en una tierra que invita a la vida. Y, sin embargo, al pie de los muros de este cementerio, los jóvenes de Belcourt conciertan sus citas y las muchachas se ofrecen a los besos y a las caricias.

 

Aprendo que no hay felicidad sobrehumana ni eternidad fuera de la curva de los días. Los bienes desdeñables y esenciales, las verdades relativas, son los únicos que me conmueven. No tengo suficiente alma para comprender los otros bienes, “los ideales”. No se trata de presumir de animal, pero no encuentro sentido a la felicidad de los ángeles. Lo único que sé es que este cielo durará más que yo. ¿Y a qué voy yo a llamar eternidad, más que a lo que continuará después de mi muerte?

 

Pero, al fin y al cabo, lo que en esta vida me niega es, ante todo, lo que me mata. Todo lo que exalta la vida acrecienta al mismo tiempo su absurdo.

 

Hay palabras que no he comprendido nunca, pecado es una de ellas. Y, sin embargo creo saber que esos hombres no han pecado contra la vida. Puesto que, si existe un pecado contra la vida, seguramente no es tanto el de desesperar, como el de esperar otra vida y desnudarse de la implacable grandeza de ésta. Esos hombres no han hecho trampas. Gracias a sus ardientes ganas de vivir, fueron dioses del verano a los veinte años; y lo son todavía, una vez que han sido privados de toda esperanza.

 

 

Por la tarde, después de la lluvia, con el vientre mojado por una simiente que huele a almendra amarga, la tierra entera descansa de su entrega al sol durante todo el verano. Y ese olor consagra de nuevo las nupcias del hombre y la tierra, y despierta en nosotros el único amor verdaderamente viril en este mundo, que es perecedero y generoso.

 

Y llamo verdad a lo que continúa. Hay un aprendizaje sutil cuando se piensa que, desde esa perspectiva, sólo los pintores pueden saciar nuestra hambree. Porque tienen el privilegio de convertirse en novelistas del cuerpo. Porque trabajan en esa materia magnifica y fútil que se llama el presente. Y el presente siempre se representa en un gesto. No pintan una sonrisa ni un fugitivo pudor, ni una queja, ni una espera; pintan un rostro con su relieve de huesos y su calor de carne. Han expulsado para siempre la maldición del espíritu esas caras fijadas en líneas eternas: al precio de la esperanza. Porque el cuerpo ignora la esperanza. No conoce más que los impulsos de sus sangre. La eternidad que le corresponde está hecha de indiferencia.

 

Es cierto que la inmortalidad del alma preocupa a muchos espíritus benévolos. Pero es porque, antes de haber agotado la savia, ya rechazan la única verdad que se les ha dado, y que es precisamente el cuerpo. Puesto que el cuerpo no les plantea interrogantes. O, al menos, saben el único interrogantes que les plantea: se trata de uan verdad que se tiene que pudrir y que, por eso, reviste una amargura y una nobleza que no se atreven a mirar de frente. Los espíritus benévolos prefieren la poesía, puesto que es un negocio del alma.

 

No hay verdades en las que el corazón pueda sentirse seguro.

 

Nada invita a encariñarse con los amantes desgraciados. Nada hay más vano que morir por culpa de un amor.

 

Habría que detenerse en ese balanceo: singular instante en el que la espiritualidad repudia la moral, en el que la felicidad nace de la ausencia de esperanza, en el que el espíritu encuentra su razón en el cuerpo. Es cierto que toda verdad lleva en sí misma su amargura, pero tambie´n es cierto que toda negación contiene una floración de “sí”.