Lee “La mentalidad soviética”, de Isaiah Berlin. Lea ud. “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”, de Thomas de Quincey

Una de las más grandes joyas del humor negro, se requiere humor del mismo calado y un hígado a buena prueba. Sin embargo, se encontrará no sólo con sonrisas socarronas, una lógica impecable y una prosa exquisita, hallará también motivos para pensar en la autonomía de la estética frente a la moral.

Sírvase de nuestro fraseario

Comenzaré por S. T. C. Una noche, hace muchos años, tomaba té con él en Berners Street (que, dicho sea de paso, aunque es una calle muy corta, ha sido extraordinariamente fecunda en hombres de genio).

El incendio era en la calle de Oxford, en el taller de un fabricante de pianos, v, como prometía ser una conflagración de mérito, lamenté que mis compromisos me obligaran a dejar al Sr. Coleridge antes de que sobreviniera la crisis. Días más tarde, al encontrarme con mi platónico anfitrión, le recordé el caso pidiéndole por favor que me contase cómo había terminado el prometedor espectáculo. «¡Oh, señor!» —me respondió—, «resultó tan malo a fin de cuentas que todos lo condenamos por unanimidad.» Ahora bien, ¿acaso se puede pensar que el Sr. Coleridge —que aunque demasiado grueso para la virtud activa es, sin embargo, un buen cristiano— que este amable S. T. C., digo, sea un incendiario o tan siquiera capaz de desear el mal a un pobre hombre y a sus pianos (muchos de ellos, sin duda, provistos de teclados adicionales)? Por el contrario, lo conozco bien y apostaría mi cabeza a que, en caso de necesidad, arrimaría el hombro a la bomba de incendios, aunque en vista de su gordura no debiera someter su virtud a tales pruebas de fuego. Tratemos de comprender la situación. Lo que se requería en este caso no eran pruebas de virtud. Al llegar los bomberos, toda moralidad quedaba a cargo exclusivo de la empresa de seguros. El Sr. Coleridge tenía, pues, pleno derecho a darse gusto. Había dejado su té. ¿No recibiría nada en cambio?

 

«Se creía» —observa— «que Caín dejó en el sitio (como suele decirse) a su hermano atacándolo con una piedra enorme; Milton acepta esta versión pero añade una gran herida». En este lugar fue adición muy atinada pues lo rudo del arma, a menos que la levante y enriquezca un colorido cálido y sanguinario, revela con exceso la falta de adorno de la escuela salvaje, como si Polifemo hubiese cometido el crimen sin ninguna ciencia, ni premeditación, ni nada que no fuese un hueso de carnero.

 

Harte entre otros, dudan del asesinato del rey de Suecia; pero se equivocan: sí fue asesinado y, a mi juicio, el crimen es único por su excelencia, pues el rey cayó al mediodía y en medio del campo de batalla, original concepción que no se repite en ninguna otra obra de arte que yo recuerde. La idea de un asesinato secreto por razones privadas, inserto en un pequeño paréntesis en la gran escena de matanza del campo de batalla, evoca el sutil artificio de Hamlet, en el que hay una tragedia dentro de una tragedia.

 

Tal vez, caballeros, crean ustedes que, siguiendo el ejemplo del discurso de César a su pobre barquero: «Caesarem vehis et fortunas eius»— M. Descartes no tenía sino que decir: «Perros, no podéis cortarme la garganta, pues lleváis a Descartes y a su filosofía», después de lo cual ya podía desafiarlos a que hicieran lo que se les antojase. Un emperador alemán tuvo la misma idea una vez que le aconsejaron se retirase de la línea de fuego. «¡Vamos, hombre!» —respondió—. «¿Cuándo has oído que una bala de cañón haya matado a un emperador?».

 

Hobbes no fue asesinado, nunca he logrado comprender por qué ni en virtud de qué principio. Esta es una omisión capital de los profesionales del siglo diecisiete, pues a todas luces se trata de un espléndido sujeto para el asesinato, salvo que era flaco y huesudo; por lo demás, puedo probar que tenía dinero y (lo cual es muy cómico) carecía de todo derecho a oponer la menor resistencia ya que, conforme a su propia tesis, el poder irresistible crea la más elevada especie de derecho, de modo que constituye rebelión, y de las más negras, el resistirse a ser asesinado cuando ante nosotros aparece una fuerza competente.

 

Ahora bien, es innegable que el hombre merecía una paliza por haber escrito el Leviathán y otras dos o tres por perpetrar un pentámetro que acaba tan villanamente en «terror ubique aderat», pero nadie pensó nunca que fuese digno de algo más que una paliza.

 

Al dar con una persona tan famosa, lo menos que podía hacer un turista en busca de lo pintoresco era presentarse en su calidad de majadero.

 

Kant llegó a la hora exacta, puntual como un coche de correo. De no mediar un accidente era hombre muerto. El accidente estuvo en el carácter escrupuloso y, como diría la señora Quickley, quisquilloso de la moralidad del asesino. Un viejo profesor, se dijo, estará abrumado de pecados. No así un niño. Pensando en esto se alejó de Kant en el momento crítico y poco después dio muerte a una criatura de cinco años. Tal es al menos la versión alemana de los acontecimientos. Mi opinión es que el asesino era un aficionado que comprendió lo poco que ganaría la causa del buen gusto con el asesinato de un metafísico viejo, árido y adusto que no le daría ninguna oportunidad de lucimiento, puesto que no era posible que, una vez muerto, se pareciese más a una momia de lo que ya se parecía en vida.