Lee “El profeta mudo”, de Joseph Roth. Lea ud. “El último amigo”, de Tahar Ben Jelloun

Pocos sentimientos despiertan la pasión serena de la amistad; uno no es humano sino hasta que encuentra un amigo. Amistad quiere decirlo todo, de tal manera que la mejor forma de estudiar el pasado de una persona es explorando, como hacen los geólogos con los estratos de la tierra, cómo han entrado y salido de su vida sus amigos. Aristóteles decía que la amistad es el amor perfecto porque está privado de la pulsión sexual; a mi me parece que la vida vale la pena ser vivida sólo por la grata experiencia de la amistad que nos explica y que nos fortalece, que nos anima y nos revitaliza, por esos instantes en que hemos confiado y esperado, en los que hemos fortalecido y hemos sostenido a otro sólo por el gusto de ser nuestro amigo. En fin, pienso en mis amigos, en los de ayer y en los de hoy, en los de siempre, en los que no siempre están pero a los que basta invocar, aún con el pensamiento, para que estén presentes de mil maneras distintas.

“El último amigo” de Ben Jelloun es un canto, a dos voces y un coro, sobre el encuentro y la pasión de una amistad casi perfecta, es la historia del Marruecos de la segunda mitad del siglo XX y del amargo drama de la migración. Se aproxima mucho a lo que uno consideraría un libro ideal. Disfrute su lectura y sírvase de nuestro fraseario.

Solía decir: “Las palabras no mienten jamás, son los hombres los que mienten, yo soy como las palabras”. Y, riéndose de su ocurrencia, Mamed sacaba del bolsillo un cigarrillo de tabaco negro y se metía en los váteres del liceo a fumárselo a escondidas.

Un día me enseñó una página de una revista de historia en la que se decía que más de la mitad de los habitantes de Fez eran de origen hebreo. La prueba, añadía riendo, es que todos los apellidos que empiezan por Ben son judíos, de los que llegaron de Al-Andalus y se convirtieron al Islam. ¡Mira que suerte tienes! Eres judío sin tener que llevar la kipa, tienes su mentalidad, su inteligencia y, en realidad, eres musulmán como yo. Tú ganas en los dos frentes y, lo que es más, no tienes que pasar por los apuros por lo s que pasan los judíos. Es normal que os envidiemos, pero eres mi amigo, no tienes más que cambiar tu forma de vestir y ser menos tacaño.

El tiempo era su hermosura.

En su opinión, era un problema de moral, de culpabilidad, la sensación de haber cometido una falta o pecado. No, no era eso, yo estaba herido porque vi lo que nunca hubiera debido ver: a una mujer desdentada, limpiándose los muslos con una manopla húmeda y raída, mientras que me volvía si a poner los pantalones pensando que acababa de vivir un momento de una tristeza infinita. Intento consolarme. Me acompañó a casa y nos pasamos la tarde oyendo la radio. Yo tenía ganas de llorar. Al día siguiente, muy temprano, nos fuimos al hamam de la calle Uad Ahardán.

Compartíamos cosas, intercambiábamos opiniones y éramos felices. Era imposible pensar en tomar una decisión importante sin ponernos de acuerdo tras discutirla a fondo. Curiosamente, no hablábamos nunca de la amistad. Fue la envidia de algunos compañeros del liceo la que nos reveló la importancia de ese vínculo.

Mamed me miró como para preguntarme mi opinión y asentí con un gesto. Nuestras firmas quedaron estampadas en la parte inferior de una hoja con encabezamiento del Ministerio de Justicia. De todas formas, el rey ni siquiera estaba al corriente de que existiéramos. Daba igual que le pidiéramos clemencia o la mano de su hija: ¡no existíamos!

Ciudad cautivadora que te apresa, que te amarra con cuerdas la tronco de un eucalipto, con cuerdas gastadas, olvidadas en el muelle del puerto por algún marinero distraído, te acosa y te persigue, te obsesiona como una pasión que nunca se acaba, y, entonces, hablas de ella, y crees que sin ella la vida será amarga, necesitas saber que pasa en ella convencido de que no ocurre nada esencial. Tánger es como un encuentro ambiguo, inquieto, clandestino, una historia que esconde otras historias, una confesión que oculta la verdad, un aire de familia que te envenena la existencia en cuanto te alejas y sientes que la necesitas sin saber por qué. Eso es Tánger, la ciudad que vio nacer nuestra amistad y que lleva en su seno el instinto de la traición…

Están jodidos; no quiero parecerme a ellos, así que he decidido venir a mi tierra al menos dos veces al año, tengo que conseguir un equilibrio entre el país de la democracia ideal y el de la corrupción generalizada, entre el país de la justicia y el de los chanchullos, entre la sociedad del individuo y la invasión familiar, en una palabra, he decidido hacer malabarismos que consisten en no perder el alma y a la vez aprovecharme de los logros de la democracia, aunque tampoco tenemos que olvidar que, por tanta sencillez y disponibilidad, los hombres políticos perdieron a un gran lider, Olof Palme, asesinado al salir del cine… ¿Te imaginas en nuestro país a un primer ministro yendo al cine como un ciudadano más? En nuestra tierra, un simple subsecretario de Estado para la Artesanía no da un paso sin motoristas y guardaespaldas; se paraliza el tráfico, suenan las sirenas a todo volumen, sin la mínima consideración por los transeúntes, los ciudadanos.

Era imposible saber cuál de los dos tenía más ascendiente sobre el otro. Nos completábamos, nos necesitábamos, y nos lo decíamos sintiéndonos casi orgullosos de ello. Yo también prefería una amistad elegida que la fraternidad impuesta, pues aunque no tenía nada que reprochar a mi hermano mayor, nunca ha sido mi amigo.

Somos unas víctimas perfectas; qué más da que se nos pongan duros o no, a dónde vamos a ir con nuestros penes excitados, empalmados como astas, no tenemos ganas de nada, he olvidado ya qué es un cuerpo de mujer, que es el deseo, el placer y todo lo demás, lo malo es que no sabemos cuándo saldremos de aquí ni si nos soltarán algún día, eso es la tortura, te dejan a oscuras, no dicen nada, te dejan en barbecho, es penoso, pero hay que resistir, debes resistir y yo también, si no, estarán satisfechos de vernos vencidos, acabados, deshechos.

Era hija de un primo lejano de ellos, y estaba en Tánger pasando unos días de vacaciones. Su belleza me intrigaba. Era una mujer callada y muy observadora. Tenía una forma turbadora de mirar las cosas y a las personas: las desnudaba.

Alí era de esos hombres que no consiguen ocultar lo que les turba, lo que les hace daño. En cuanto lo veía, sabía lo que me iba a decir. Si alguna vez me equivocaba, nunca era en algo esencial. Su capacidad para entrar en mi vida, en mi mundo y en mi imaginario me fascinaba y me inquietaba. Esa forma superior de inteligencia es temible. Lo envidiaba. Con el tiempo, su intuición llegó a perturbarme. Éramos dos libros abiertos frente a frente. Nos habíamos vuelto transparentes el uno para el otro. En el fondo de mi mismo, no me gustaba esta situación.

Los había tenido que dejar un tiempo en Tánger, y me preocupaba, pues sentía que cada vez le debía más favores a mi amigo, y eso nunca es bueno para la amistad.

Necesidad de hablar, de contárselo a alguien. Alí sería el último en enterarse. Dejaría todo y vendría a ocuparse de mi. leería en sus ojos el avance de mi enfermedad. Su rostro se convertiría en un espejo despiadado. Nos conocíamos demasiado para arriesgarme a semejante violencia. Él no era un actor capaz de disimular, mentir, fingir. No, no le diré nada.

Se me ocurrió esta idea en el momento en que lo vi todo negro, cuando aún no había tomado conciencia de que la muerte estaba en la vida y dique mi desaparición no debía ser motivo para castigar a los demás.

Te debo una aclaración. Ahora, con esta carta, saldo mi deuda contigo. Nuestra amistad ha sido una hermosa aventura. No se acaba con la muerte. Forma parte de ti, de ti que estás vivo. Mohamed.