A 100 años del inicio de la publicación de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust

Hay hitos en la vida de todo lector; algunos pequeños e íntimos, otros monumentales que no se cuentan por pudor pero que lo acompañan a uno por toda la vida; auténticas conquistas espirituales que nos explican y que nos llenan de profunda satisfacción.

Dicen, como todos los dichos quién sabe quién y quién sabe cuándo, que a Proust hay que leerlo después de los treinta años; es cierto, el impacto puede ser tal que el desengaño de lo humano puede atraer consecuencias impredecibles; por el contrario, a los treinta años, sin ser viejo, se ha vivido lo suficiente para poder entrever aquello de lo que estamos hechos los seres humanos.

“En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, es posiblemente, la más grande obra literarias que se ha permitido leer pero, sin duda, es el libro – o los libros -, más importantes en la historia de mi vida (comparte ese lugar con “Bella del Señor”, de Albert Cohen). Sencillamente porque Proust lo es todo, absolutamente todo, en cuanto se refiere al retrato fiel, descarnado, irónico y fraternal del espíritu humano.

Novela fundacional, si tal cosa existe, abre el universo de la novela en plena madurez para explicar el mundo y situarlo al alcance de los lectores. Para entender poco más de la vida hay que pasar por las manos de Proust, para gozar incluso de la tristeza hay que someterse al influjo de la “Recherche”, pero sobre todo, para conocer un tanto más de ese misterioso aparato que nos gobierna y nos sostiene y al que metafóricamente llamamos corazón, sin que sepamos bien a que se refiere o dónde se ubica, es necesario dejarse llevar por el amor de Odette de Crécy.

Inclemente y solidario al mismo tiempo, Proust desgarra su corazón para leer en él la suerte de la especie humana, escritor mundano alcanza las glorias de la reflexión a través del cuerpo y los sentidos y, al mismo tiempo, purifica todo cuanto le rodea por el ejercicio de la sensibilidad y la razón.

Si no lo ha leído, hágalo ya, con tiempo, como se disfruta de una amante generosa y dulce; enamórese y piérdase, descubra Paris y ese Balbec imaginario donde Proust pudo imaginarlo todo, menos la vida y la vivencia que regalaría a sus lectores por generaciones.

 

Aquí, algunas citas entresacadas de la monumental obra.

 

“Pero yo, en cuanto oía la frase: «Matilde, ven y no dejes a tu marido que beba coñac», sintiéndome ya hombre por lo cobarde, hacía lo que hacemos todos cuando somos mayores y presenciamos dolores e injusticias: no quería verlo, y me subía a llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado”.

Por el camino de Swann

 

«Recuérdame ese verso que me enseñaste y que me consuela tanto en estos momentos. Ah, sí: Señor, cuántas virtudes nos has hecho tú odiosas. ¡Qué bien está eso!»

Por el camino de Swann

 

“Tenía Francisca, para juzgar de las cosas que deben o no deben hacerse, un código imperioso, abundante, sutil e intransigente, con distinciones inasequibles y ociosas (lo cual le asemejaba a esas leyes antiguas que, junto a prescripciones feroces como la de degollar a los nichos de pecho, prohíben con exagerada delicadeza que se cueza un cabrito en la leche de su madre, o quede un determinado animal se coma el nervio del muslo)”.

Por el camino de Swann

 

“Mis padres, además, comenzaban a ver en él esa vejez anormal, excesiva, vergonzosa y merecida de los solteros, de todas las personas para las cuales parece que el gran día que no tiene día siguiente sea más largo que para los demás, porque para ellos está vacío y los momentos van adicionándose desde por la mañana sin llegar a dividirse después entre los hijos”.

Por el camino de Swann

 

“Y así, por vez primera, mi pena no fue ya considerada como una falta punible sino como un mal involuntario que acababa de tener reconocimiento oficial, como un estado nervioso del que yo no tenía la culpa; y me cupo el consuelo de no tener que mezclar ningún escrúpulo a la amargura de mi llanto, de poder llorar sin pecar. Y no fue poco el orgullo que sentí delante de Francisca por esa vuelta que habían dado las cosas humanas, que una hora después de aquella negativa de mamá de subir a mi cuarto y desde su desdeñoso recado de mandarme a dormir, me elevaba a la dignidad de persona mayor, y de un golpe me colocaba en una especie de pubertad de la pena, de emancipación de las lágrimas”.

Por el camino de Swann

“Y otra vez me pregunto: ¿cuál puede ser ese desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen todas las restantes felicidades? Intento hacerle aparecer de nuevo. Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva. Pido a mi alma un esfuerzo más, que me traiga otra vez la sensación fugitiva. Y para que nada le estorbe en ese arranque con que va a probar a captarla, aparto de mí todo obstáculo, toda idea extraña, y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr nada, a hora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema. Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla cara a cara con el sabor aún reciente del primer trago de té, y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé el qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando”.

Por el camino de Swann

 

Así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té.

Por el camino de Swann

 

Pero como en ninguno de aquellos grabados, por gustosamente que los ejecutara mi memoria, pude poner lo que ya tenía perdido hacía tanto tiempo, es decir, el sentimiento que nos mueve, no a mirar una cosa como un espectáculo, sino a creer en ella como en un ser sin equivalente, ninguna de ellas señorea una parte tan honda de mi vida como el recuerdo de aquellos aspectos del campanario de Combray en las calles de detrás de la iglesia.

Por el camino de Sean

 

Esos años de mi primera infancia ya no están en mi, me son exteriores, nada puedo aprender de ellos si no es, como pasa con lo que ha ocurrido antes de nuestro nacimiento por lo que los demás cuentan.

El mundo de Guermantes

 

Sentimos en un mundo, pensamos, denominamos en otro, podemos establecer entre ambos una concordancia, pero no colmar el intervalo que los separa.

El mundo de Guermantes