Lee “Armadura para un hombre solo”, de Pablo Raphael. Lea ud. “Los salones y la vida de París”, de Marcel Proust.

Para comprender el sentido de la universalidad en la literatura nada como leer a Marcel Proust. Escritos en el siglo XIX, los artículos de “Los salones y la vida de París”, nos presentan las primeras procuraciones estéticas de Proust, nos dejan mirar las semillas de lo que luego sería su “Búsqueda del tiempo perdido”, pero sobre todo, nos deja entrever cómo el genio y la inteligencia, de la mano de la sensibilidad, nos permiten pasear sobre el tiempo y las circunstancias, para hablarnos a todos en el idioma que siempre se comprende, el del viejo oficio de ser humano.

Sírvase de nuestro fraseario.

Hacía más de cuarenta años que no se veían. Entonces eran hermosos y jóvenes. Todavía eran hermosos, pero ya no eran jóvenes.

No tengo para qué hablar aquí de la gran artista de quien no sé qué escritor dijo que era “quien más rosas había creado después de Dios.

Acaba de comenzar en medio del trabajo ininterrumpido de la acuarelista, que será reanudado al otro día por la mañana y cuya “mise-en-scéne”, simple y deliciosa, permanecerá allá, visible, con las grandes rosas vivas que posan todavía en vasos llenos de agua, frente a las rosas pintadas, también vivas, que son sus copias y al mismo tiempo sus rivales.

De suerte que no puedo dejar de decir a un vecino: “De los dos, él es quien tiene el aire de ser “honrado”. Retruécano cuyo sabor escaparía evidentemente a los lectores que no sepan que el duque de Luynes, “responde”, como dicen los porteros, al nombre de Honorato. Pero con los progresos de la instrucción y la difusión de las luces, hay motivo para pensar que esos lectores, si existen todavía, no son más que una ínfima y poco interesante minoría.

Sus palabras, como las abejas del Himeto natal, tienen rápidas las alas, destilan una miel deliciosa y no carecen, a pesar de eso, de un aguijón.

Cuando una nación, dijo Renán en su discurso de recepción en la Academia, logre lo que nosotros logramos con nuestra frivolidad: una nobleza mejor educada que la nuestra en los siglos XVII y XVIII, y mujeres más encantadoras que las que han sonreído a nuestra filosofía… una sociedad más simpática y más espiritual que la de nuestros padres, entonces se nos vencerá.

A menudo frecuente que los novelistas pintan, por anticipado, con una especie de profética exactitud, hasta en los detalles más mínimos, una sociedad y unos personajes que no deberán existir sino mucho tiempo después.

Me parece que encuentro en ella al patriota ardiente, al amigo de Francia, al realista fiel, y si puedo decirlo, también al gran inquisidor que fue su antepasado. Entre sus amigas heréticas (exceptuando naturalmente, lo mismo que a otras dos, a la exquisita Madame Cahen, por quien tiene un afecto profundo, y a la notable mujer que es Madame Kahn) con quienes va a la Ópera, me pregunto si en otros tiempos no las hubiera llevado voluntariamente a la hoguera. La condesa tiene el espíritu libre de todo prejuicio, pero permanece fiel a las supersticiones sociales y está llena de contrastes, de riquezas y  de bellezas.

Pero como no conocía a sus padres, no podía verla sino allá, y ella no iba todos los días debido a sus clases, al catecismo, a las fiestas, a las matinées infantiles, a las compras con su madre: toda una vida desconocida y llena de un doloroso encanto porque era suya, y la separaba de mí.

Los novelistas son gente estúpida, que cuenta por días y por años. Acaso los días son iguales para un reloj, no para un hombre. Hay días montañosos y desagradables que se gasta mucho tiempo en escalar, y días en pendiente que se dejan descender sin trabajo, cantando. Para recorrer los días, las naturalezas un poco nerviosas disponen, como los automóviles, de “velocidades” diferentes… También hay días disparejos, interpolados, que vienen de otra estación y de otro clima. Se está en París, y es invierno, y, sin embargo mientras uno duerme todavía a medias, siente que comienza una mañana primaveral en Sicilia.

No pude contener mi felicidad cuando mi padre, todavía renegando del frío, comenzó a buscar cuál sería el mejor tren; cuando comprendí que al penetrar, después del almuerzo, en el antro humoso, en el laboratorio vibrado de la estación, al subir en el vagón mágico que se encargaría de operar la transmutación en torno nuestro, podríamos despertar al otro día al pie de las colinas de Fiesole.

Como si el dulce contacto de las mantas de las aldeanas que entraban a la iglesia y de sus dedos tímidos que se humedecían en el agua bendita, pudiesen por obra de la repetición durante siglos, adquirir una fuerza destructora que ablanda la piedra y la tallaba en surcos, lo mismo que las ruedas de las carretas al pasar siempre por el mismo lugar.

Sus vitrales nunca eran más tornasolados que en los días en que el sol se ocultaba, de manera que aunque hiciese mal tiempo fuera, podía estarse seguro de que haría un bello tiempo dentro de la iglesia.

 

Todas esas cosas antiguas daban a la iglesia un sentido enteramente diferente del que tenía la ciudad. Era un edificio que ocupaba, si así puede decirse, un espacio de cuatro dimensiones (la cuarta era la del Tiempo); que desplegaba al través de los siglos sus velas de barco, y que, de bote en bote y de capilla en capilla, parecía vencer y franquear no solamente algunos metros, sino épocas sucesivas de las cuales hubiera salido victorioso.