Recuerdos de la sintonía

Hipnótico e irrepetible, el ruido magnético de la radio, entre estación y estación de la amplitud modulada, era para Gonzalo el santo y seña de la abuela. Ella, que durante los últimos años,  los de la vida del nieto, pasaba las tardes sentada junto al aparato de radio poblando de sonidos, voces, ritmos y ruidos, los apacibles ratos de un tiempo que parecía no tener fin. 

Gabriela no oía el ruido del espacio vacante entre las estaciones, los sonidos le llegaban como filtrados por los siglos que la separaban de su hijo; para ella el recuerdo era de otro color, y cada paso de la plancha sobre la tela alisaba también su memoria. Así, en el acto preciso de revisar un dobladillo, Gabriela cayó en cuenta del ruido y se preguntó si el niño no podía encontrar otra cosa en ese aparato. En efecto, el aparato respondió con un mecánico “Haste, Haste, la hora de México…” y el pequeño escuchó que la hora del Observatorio era ya casi la de irse a dormir y se preguntó qué era lo que observaban en el Observatorio, capaz de decir la hora cada minuto sin error ni tardanza; Gabriela se acordó de los minutos felices del camino a la escuela en el viejo Valiant de su padre, en que la hora del observatorio señalaba los minutos y los segundos que faltaban para cerraran la reja de la escuela, cosa que a ella no le importaba porque ese romántico gigante bondadoso iba al volante de un coche enorme.

No se dio cuenta cómo el ruido volvió a apoderarse del cuarto de planchado. Pronto el ruido se tornó sonido armónico y aparecieron las palmeras borrachas de sol, Veracruz rinconcito de patria, y al niño se le vino encima la voz de la abuela, desentonada y frágil, pero dulce y entrañable, mientras que Gabriela planchaba el cuello de un vestido guardado durante años y volvía a una noche en la playa con el padre de Gonzalo, justo al inicio de una noche interminable porque todavía la llevaba en la sangre y que iba a prolongarse en el fuerte llanto de un niño nacido nueve meses después.

El ruido omnipresente volvió a lanzar a Gonzalo contra la imagen de una abuela eterna como las montañas y los bosques, un ruido que su madre no oyó pero que se transformó en unas carcajadas monumentales que cimbraron el espacio; al estrado del mismo juzgado de hace cien años, era llamada Nananina a declarar y el niño pensó que algún día sería abogado para terminar de una vez por todas con esa farsa eterna, para que pusieran presa a la declarante y a su comparsa Trespatines y su madre.

Terminando de almidonar el punto de encaje en el cuello de su vestido, lanzó un suspiro, no oía las gracejadas de la comedia, pero sí el tono y la pronunciación de las voces que habían acompañado a su madre en la cocina y en el coche, en la sala y en su habitación por los siglos de los siglos, y mientras tanto, el ruido, constante y parsimonioso, como el de las naves espaciales del Cartoon Network, volvía una vez más a apoderarse del aire de ese cuarto diminuto y antes de que Gabriela pudiera darse cuenta de que eso que le incomodaba era precisamente la sensación de vacío entre estaciones de la radio.

Había sucedido la coincidencia que dejaría maravillado a Gonzalo: en la siguiente estación los marcianos llegaban ya, y llegaban bailando el chachachá, ricachá, ricachá, así bailaban en marte el chachachá; él no tenía idea de qué diablos era aquello del chachachá ni porqué bailaban los marcianos, pero la música no le disgustaba y menos ver a su madre mover rítmicamente un pie mientras seguía aferrada al mango de la plancha; sin duda el que ponía los cedés en la radio era un genio, mira que adivinar aquello en lo que uno estaba pensando; y también lo creía Gabriela viendo en su memoria a sus padres bailando en todas las fiestas, siempre juntos y siempre felices, mientras ella los observaba desde la mesa tomando una chaparrita de uva con popote. Entonces, en el momento preciso en que daba los toques finales al vestido negro, el niño preguntó si ahora que la abuela no iba a volver podía quedarse con su radio; la madre no pudo estallar en llanto y sólo dijo que sí, que a la abuela eso le habría gustado.