Los peces de Erri de Luca o La literatura como intimidad

Poco antes de la Edad Media, en los tiempos de la Iglesia primitiva, una fuerza desconocida hasta entonces fue asentándose en la cultura occidental; si antes la fuerza de la tierra se combinaba con la fuerza del aire y el fuego en conjunto con el agua hacían posible el cosmos; la moral del recién nacido cristianismo supuso el divorcio entre el cuerpo y el alma; a éste le correspondió la suciedad, el pecado, la tentación y la muerte; a aquella, se le asignó lo sublime, la pureza, la salvación, la santidad y los placeres castos de la eternidad. Desde entonces, nuestra cultura se debate, no entre el bien y el mal, cuya dualidad divina se conocía muchos siglos antes del nacimiento de la cultura cristiana, sino de una auténtica guerra por el dominio de la persona; en nuestro contexto cultural cada hombre carga en su conciencia con la batalla entre su cuerpo y su alma, entre lo elevado y lo terreno, entre lo físico y lo espiritual. El sufrimiento que esta partición artificial inflinge al sujeto, se agrava por el sentimiento de culpa y porque, además, no nos podemos relacionar con el mundo si no es a través de nuestro cuerpo.

Para romper esta neurosis, esta opresión, los seres humanos inventamos el arte, para sublimar nuestros deseos, para llevar nuestros cuerpos, a través de la sensibilidad, al encuentro con la belleza y con la perfección de los sentidos; creamos arte porque nos sabemos perecederos, porque nos sentimos atados por una gravedad espiritual que nos jala hacia el centro de la Tierra. Erri de Luca ha propuesto un libro de intimidad para saldar esa cuenta, no la suya, sino la de las letras con el cuerpo.

De Luca, trata del descubrimiento del cuerpo y en tal sentido, de aquellos rincones de la intimidad que guardamos como tesoros y aún como maldiciones a lo largo de nuestra existencia. Recuerdos dulces y sensaciones incómodas, todas incrustadas en la consciencia de lo que fuimos y en la predestinación de lo que seríamos; intimidad que se resume siempre en el gozo del cuerpo que aprende sus sensaciones y en la vergüenza del cuerpo que no alcanza su plenitud aunque la anhela.

Al narrar aquel verano de sus diez años, su encuentro con el amor, el de verdad, el físico; al desarrollar la vivencia de un niño frente a la ruptura con la infancia, desarrolla el drama del universo sintetizado en el hombre, dice de Luca:

Yo había llegado a los diez años, una maraña de infancia enmudecida. Diez años era una meta solemne, por primera vez se escribía la edad con doble cifra. La infancia acaba oficialmente cuando se añade el primer cero a los años. Acaba, pero no ocurre nada, uno se queda dentro del mismo cuerpo de crío atascado de los demás veranos, revuelto por dentro e inmóvil por fuera. Tenía diez años. Para decir la edad, el verbo tener es el más preciso.

 

Ahora que nos hemos inventado la adolescencia como un valladar entre las alegrías de la infancia que se extinguen dejando paso al pasmo y a las pequeñas vergüenzas que preceden el ingreso a la edad adulta, nos olvidamos de ese tiempo que queda en una especie de prehistoria de nuestra vida, cuando se confunden nuestros mitos fundacionales, aquel tiempo ido para siempre del que guardamos lo mejor y omitimos lo peor pero de lo que nunca nos desprendemos del todo. A los diez años, cifra curiosa en la que los dos guarismos dan la clave de los tiempos que vendrán, comenzamos a enfrentarnos con el mundo, la casa paterna, el solar de familia, deviene pequeño porque hemos alcanzado el dintel de la ventana y nos hemos asomado para descubrir praderas y, con suerte, la silueta del mar que es cifra de lo desconocido. No nos atrevemos a rodar mundo, por eso nos asombran las historias de aquellos que, en efecto lo hicieron; ahí queda “Corazón, diario de un niño”, a Belmonte buscando el África para cazar leones; nos llenan de estupor las historias de quienes conocieron continentes y conquistaron océanos, ese y no la ciencia es el éxito de Julio Verne, esa es la fascinación de Salgari, al que las nuevas generaciones ya no conocieron, incluso de Harry Potter, a quien no tuve el privilegio de conocer siendo niño; en ese momento, con suerte,  algunos sabrán refugiarse en los libros y encontrarán en ellos paz y amparo para siempre, el lector por vocación ya se habrá definido, pero también, si se tiene la amarga suerte de los vencedores, los libros no serán suficientes y el niño – hombre deseará salir al encuentro de sus semejantes. Entonces, sabrá de la limitación intrínseca en los libros, que hacen más hermoso el mundo pero no lo sustituyen, que hacen más llevadera la existencia, pero que no la suplantan; aprenderá el arte de disecar la realidad auxiliado por lo que otros supieron y dijeron, pero sabrá también que nada sustituye a la experiencia de conquistar y completar a otro. El niño que ha retratado De Luca, no puede saber, pero intuye lo que se presenta:

A la llegada, a los diez años, del cambio, el baluarte de los libros no bastó ya para aislarme… Lloraba, cantaba, gestos clandestinos. A través de los libros de mi padre aprendía a conocer a los adultos por dentro. No eran los gigantes que pretendían creerse. Eran niños deformados por un cuerpo voluminoso. eran vulnerables, criminales, patéticos y previsibles. Podía anticipar sus gestos; a los diez años era un mecánico del artefacto adulto. Sabía desmontarlo y volver a montarlo.

El mundo entonces se ve como una adivinación, como la sugerencia de siluetas que presumen formas que no se identifican porque no se conocen del todo; el niño concibe al adulto como un infante gigantesco pero deforme; comprende sus manías pero no las entiende y a veces las imita aún con desagrado, a eso, en parte, le llamamos educación. Descifrar el mundo no es tarea de infancia, en aquellos años dorados, se acumula la experiencia mínima necesaria, se acuñan los alfabetos y se levantan los conceptos iniciales; sin ese armamento cualquier batalla en la conquista de la realidad es imposible; sin embargo, tampoco es suficiente, es necesario romper con las ataduras de la primera edad para salir al campo para ver y hacer, para experimentar más allá de las palabras. Todo deviene intimidad para el que se está construyéndose a sí mismo, para quien está excediendo los estrechos márgenes de las palabras para entrar en el vasto mundo de los hechos y ahí, en ese mundo casi de adultos encontrará, como lo hacemos todos, el martirio y el gozo, de tener que reducirlo todo a vocablos no siempre acertados y casi nunca precisos pero siempre necesarios, particularmente en lo que se refiere a las palabras mayores, a las sacramentales, a las que nos debemos y a las que prestamos más atención y reverencia. El niño debe enfrentar el hecho de que una palabra que se acerca mucho a los términos ternura, dulzura, protección, en realidad con los años, se parecerá más a pasión, dolor, grandeza, contradicción. La palabra que todo lo cifra es amor y es la piedra de toque donde revienta y se hace añicos la contradicción entre el cuerpo y el alma. Dice De Luca:

Conocía a los adultos, excepto un verbo que ellos exageraban en agigantar: amar. Me fastidiaba su uso. En aquel primer curso, el estudio de la gramática latina lo empleaba como ejemplo de la primera conjugación, con el infinitivo en -are. Recitábamos tiempos y modos del amar latino. Era una golosina obligatoria para mí, indiferente a las pastelerías. Lo que más me irritaba era el imperativo: ama. En el ápice del verbo los adultos se casaban, o bien se mataban.

El niño está a punto de dejar de serlo por la única vía posible, la de la experiencia; así, las letras se van tornando sentencias arrolladoras y van tomando la estatura del momento sacramental que está pronto a suceder; como si de alguna manera – he aquí la magia del libro – la invocación de la experiencia y de su terrible belleza se encontrara en el secreto del cuerpo, en la manera que las palabras van construyendo el espacio del encuentro entre los labios y las manos, en el paso por la sangre y la herida, en el tornarse adulto asumiéndose como ser unitario en cuerpo y corazón; los rituales de los sexos que, brutos e inexpertos van simulando el lenguaje previo a la articulación de las caricias y las miradas; se aprende a ser mujer y a ser hombre pero para ello es preciso que se asuma el cuerpo como una realidad actuante e inevitable:

Llamadas, chillidos, carcajadas, empujones, una multitud de hombrecillos se enfilaban en la contraria y obtenía los primeros contactos de restregaduras con los cuerpos del misterioso sexo opuesto. Eran dos barajas de cartas nuevas, intersecadas, densas y fragorosas. Masculino y femenino exasperaban sus diferencias para gustarse.

Erri de Luca sabe que ”A los diez se está dentro de un envoltorio que contiene toda forma futura…” pero que el envoltorio ha de romperse para dejar salir al hombre; no es la transición que ocurre con la metamorfosis de la mariposa, se trata del sujeto en potencia que ha agotado las capacidades del cuerpo infantil; la única manera en que este milagro puede acontecer es a través del quebranto de la intimidad, a través de la violencia o a través de la irrupción de la mujer como cuerpo espejo y como potencia creadora. La intimidad se resuelve mediante el recuerdo de la mujer, de su presencia en el horizonte del niño que no se aviene a ser adulto si no es a través del encuentro de la mujer que lo desafía y se vuelve el principal blanco de sus deseos.

De Luca presenta a la mujer ya casi a punto de serlo, semi entera y pero aún en el cuerpo núbil de la niña que va dejando de serlo de maneras muy distintas a las del niño con el que se encuentra; él, por el pasmo que irrumpe en su intimidad; ella, por el dominio del universo que contiene en palabras y en sensaciones sobre las que impera, con las que domina y a través de las cuales ofrece universos inéditos actualizando lo que se encofraba en potencia, la capacidad de amar del corazón y el cuerpo del niño. El libro, la palabra aparece siempre como el catalizador, como el bajo continuo de la ópera barroca, como la justificación y como la lengua franca:

Mientras desenvolvíamos los polos, dijo:

-Leo libros policíacos.

Como si fuera la cosa más habitual, contesté en voz baja:

-Ya lo sé, le llevo los mismos a mi abuela cada domingo. Se los lee el lunes y espera durante el resto de los seis días.

-Vamos a sentarnos -Dijo, y yo abrí camino, no hasta las estacas, me detuve en los escalones de madera.

-¿A qué curso vas? -pregunté.

-No malgastaremos el tiempo con estupideces. ¿Tú por qué eres así?

 Porque el amor infantil o, mejor aún, el que va dejando de ser infantil, es así, egoísta e impaciente, autosuficiente y total. Recuerda lector, el primer amor de adolescencia, el último de la infancia, en el que exigías que a cada minuto te dijeran cuánto te amaban, cuánto te querían; invoca ese recuerdo en el que rozar la piel era el canto de la vida y la necesidad constante, aquel amor que aspiraba a dominarlo todo, a ser presencia constante y absoluta, aquel del que uno pensaba hacía del que lo sufría el centro del universo de su verdugo que era, al mismo tiempo, su salvación y su razón de ser. Ella no malgasta el tiempo con estupideces, debe dominar el mundo, un mundo pequeño reducido al cuerpo del niño hombre, más allá de ello no queda sino el cartón piedra de un escenario que quedará fijo en la memoria del sujeto, para permanecer ahí como un motivo constante a lo largo de toda la vida. La mujer, como motivo y como sujeto de adhesión y contraste, se presenta omnisciente mientras el niño se sabe apenas explorador del mundo:

Tratando de adivinar, contesté:

-Me gusta todo lo que está escrito, periódicos, listines. Me sé de memoria la lista de las raciones y los precios del bar. Leo todo.

-Yo también, pero eso no explica por qué no estás con ellos. -Y miró hacia un grupillo que jugaba a la pelota en la arena.

-No sé estar con ellos, no me gustan los juegos. Por las tardes voy a nadar o a la playa de los pescadores a ver el arrastre de las redes. Conozco a un hombre que a veces me lleva a pescar en su barca. Sé remar un poco.

-Yo soy escritora.

Y el niño que fue, rememora aquel momento sagrado del imperio de los sentidos; cuando devorar uvas y andar en la playa era más que ascender al cielo y que mantener la primacía de la razón como símbolo de madurez y poderío, para él, que está descubriendo la dulce sensación de los labios por reconocer, “el racimo aplastado en la boca, grano a grano, descalzo en la tarde sobre la tierra dichosa por los pasos de un niño: aquello que era la más justa de las gracias,  no alcanzada por plegaria alguna…” Es esa liberación del cuerpo el que le ha permitido descubrir la sensación del amor como sensación de contacto físico, como roce y como beso. Mientras ella le cuenta cómo su padre la llevó de caza en alguna ocasión y cómo fue incapaz de mantener la prestancia mientras su padre se disponía a matar un venado, va construyendo el discurso amoroso del cual sabe es la protagonista:

Apuntó. Yo no podía hace nada, ni cerrar los ojos ni taparme los oídos. Soltó un suspiro y mientas lo hacía, dijo: “Bum”

-¿Disparó? -pregunté yo, en voz muy baja.

-No, hizo bum con la boca y después bajó el fusil. No volvió a llevarme de caza con él. ¿Lo hizo por odio o por amor?

No esperaba una respuesta, pero se la di de todas formas:

-Yo creo que bum es amor.

Sonrió como cuando acaece.

Y he aquí que el milagro acontece: las manos se entrelazan. El niño muere a manos del hombre que se impone por el placer de la piel; es falso, no existen placeres inocentes, cuando los hubiera dejarían de ser placeres para mantenerse sólo en el margen de las sensaciones agradables; placer llamamos a esa sensación que ha transgredido porque ha llevado al cuerpo por encima de la razón y de la moral. El placer escapa a la calificación moral y mantiene el imperio de los sentidos hasta saciarse, hasta situarse como lo nuevo luminoso en el espíritu del que lo experimenta, así el hombre nace por su cuerpo y por su deseo:

Nunca había tocado algo tan liso hasta entonces. Ahora no sé si hasta hoy. Se lo dije, que la palma de su mano era mejor que el hueco de la caracola, mientras volvíamos a la orilla, tras habernos soltado.

-¿Sabes que has dicho una frase de amor? -Dijo encaminándose hacia la sombrilla.

También la niña ha desaparecido, frente a los ojos del hombre se ha transformado, por eso, al contemplarla de nuevo, ha desaparecido y ha encarnado su deseo en otra que es ya la mujer que lo colma y lo somete:

 La miraba y me daba cuenta de que era así. Era una mujer la primera que emergía de aquella multitud que me interesaba. Otras veces he vuelto a vivir la sorpresa de una mujer que avanzaba hacia mí y el resto a su alrededor quedaba desenfocado.

Mientras tanto, el hombre ha probado también la violencia. Aspirando a romper su cuerpo de niño, ha entrado en lucha desigual por el amor de la mujer; ellos, que son más y mejor dotados, le dan una paliza de muerte que asume como el precio que ha de pagar por abandonar la infancia. Asumir la violencia, como rito de paso, es una costumbre ancestral, mitológica; es el ritual antiguo de vencer las adversidades, de triunfar sobre el destino y de hacerse merecedor del lecho de la amada, y él lo cumple. Maltrecho, casi muerto, es llevado a su casa y ha sido la visita de su mujer, de la niña que fue y que por el beso se ha convertido en su mujer, en propiedad y destino largo como los días del verano y ella, como todo primer amor, repite los pasos de la mitología fundamental, se entrega de nuevo en ración perfecta, sin reservas y si el sexo no es todavía la opción para esta casi infantil pareja, sí lo es el toque sutil de la piel amada sobre la carne herida:

Volvió a cogerme la mano, me vino de ahí, y de todo el cuerpo después, un impulso de júbilo, de caloría, de gracias. Se lo dije:

-Tus manos curan.

-Ésta es tu segunda frase de amor.

Entraron las madres con sus tacitas de café, ella mantuvo mi mano entre las suyas. Frente al mundo, el verbo mantener afirmaba sus derechos.

-Se curará deprisa -les dijo a las dos.

Después se levantó y prometió que volvería.

Él prefiere contemplarla en el trance fantástico del beso, en el instante en que las bocas encontradas se exploran y se conocen, en el anticipo del deseo que, sin embargo, se colma en sí mismo y que no requiere prolongación ni epílogo. El la mira como se mira el arte desde la proximidad del científico y desde la cercanía del explorador, ella entorna los ojos y se entrega “lúbrica y pura”, dice García Lorca, al placer y a la sensación, al más refinado de los placeres, el que convierte la boca en puerta y en ventana, que transforma el aliento en fluido quemante y el abrazo en unión eterna:

-Pero ¿tú no cierras los ojos cuando besas? Los peces no cierran los ojos.

Cuando el cotidiano del cuerpo se ha establecido, cuando el encuentro del cuerpo se ha transformado de novedad en lenguaje:

Se volvió hacia mí. Por instinto, quise girarme del lado opuesto, pero una fuerza imprevista me giró la cabeza y el cuello hacia su lado. Se detuvo la cháchara que me había salido con facilidad mientras no la miraba. Era tan hermosa de cerca, con los labios ligeramente abiertos. Me conmueven los de una mujer, desnudos cuando se aproximan para besar, se desviste de todo, de las palabras hacia abajo.

-Cierra esos benditos ojos de pez.

-Es que no puedo. Si tú vieras lo que veo yo, no podrías cerrarlos.

Se está en el amor desde el cuerpo, el amor aspira a tocar el cuerpo del otro, solo así puede descansar y colmarse; en el instante en que sucede, el amor es excluyente y exclusivo, no quiere compañía ni admite ser compartido; tan sólo en el instante en que sucede, más allá de ese momento mágico, instante diminuto si los hay, sólo en ese instante se conoce la plenitud del egoísmo, de la apropiación del otro que se consuma en la dación total del que ama; el beso, suma y epítome de ese deseo de poseer y darse, se concreta como base del lenguaje entre los amantes. Para vengar la paliza que han puesto a su amado, ella convoca a un peculiar certamen en que todos pierden menos el objeto de su deseo, lo ha premiado con un beso en público, delante de sus adversarios derrotados:

-El beso que te di, ¿eso te gustó por lo menos?

 -Ése no me lo diste a mí, se lo restregaste en la cara a los dos que estaban por los suelos. Sentados al lado con poca luz, las palabras subían ágiles, como burbujitas.

-¿Eso quiere decir que tengo que darte un todo tuyo?

Y es que ese nuevo beso, ha devuelto la fe en el amor, ha borrado los cuestionamientos y ha representado el primer beso adulto, el que se da por deseo y no por circunstancia o por necesidad, el que se da para hacer gloriosa la boca del otro y hacer sublime su cuerpo como divinos sus ojos. El nuevo beso ha de expresar la condición del amante, ya de significarlo todo y deberá, en adelante, superar toda sabiduría. Conocimiento mágico, oculto, el que pasa de cuerpo a cuerpo a través de las bocas encontradas en el beso, a partir de ahí, de ese primer encuentro, todo en la vida no será sino un vano intento por recobrar el paraíso:

Me pasó los dedos sobre los ojos y después, con esos mismos dedos bajó por los lados de la nariz, pasando por la boca, hasta la barbilla. Y después posó sus labios sobre la boca, medio abierta por la maravilla.

 -Maravilla -Dije cuando se separó, haciéndolo muy despacio.

-Éste era tuyo. Te lo pregunto otra vez, ¿te gusta el amor?

-Bueno, si es esto, sí.

Pensé que entendería todos los libros a partir de aquel momento.

Por el beso todo se ha glorificado, el adulto que es y escribe, no puede reconquistar al niño que se ha marchado, pero trae en la piel y en la carne las marcas de aquellos tiempos, las claves construidas en los primero encuentros con el amor, de ahí que Erri de Luca sepa que los besos, “son la más alta meta alcanzada por los cuerpos. Desde allí arriba, desde la cima de los besos, pude uno descender después a los gestos convulsos del amor”.

“Los peces no cierran los ojos”, es una de las novelas más hermosas que he leído, de las más contundentes; al exhibir los mecanismos de la intimidad, de Luca nos vuelve a los prístinos instantes de nuestra conversión en adultos, nos deja en la soledad en que estamos condenados a vivir como seres racionales autónomos, nos deja pues, en la dulce remembranza de aquello que no hemos de contar jamás ni siquiera a nuestra conciencia, aquella confusa sensación de fuego quemándonos los labios, ese principio de egoísmo absoluto que se cerraba en un “te quiero” y que en realidad significaba “te quiero mía”. Todo así, queda dicho:

En un cruce nos separamos, soltándonos las manos sin necesidad de más despedidas. Eva y su esposo, saliendo del jardín, habían vivido ya todo el bien del mundo. La vida añadida.