Texto y pretexto del Quijote: Mundo y literatura

Leer es un acto difícil de atrapar, tiene muchos sentidos. Desde el más elemental, el anecdótico, hasta los más técnicos y refinados. La literatura nace de una actividad profundamente humana y, por lo tanto, compleja.

La obra maestra no se limita a la cualidad de su genio, a su sentido estético o a su dimensión estilística; excede a su autor, a su tiempo y a su circunstancia. Para ser grande, el libro debe sustentar un universo en sí mismo, constituir un diálogo perpetuo y ubicuo, permitir que el texto y el lector se sigan entendiendo, de mil maneras diferentes, pese a la novedad del tiempo y el espacio.

La literatura, en estado puro, como mucho en la naturaleza y como todo en la sociedad, no es más que un ideal, tal vez alcanzado, ocasionalmente, por la poesía, cuando logra desprenderse de la narración, épica o lírica, y se convierte en un juego con la potencia rítmica y plástica de los vocablos, – como en las jitanjáforas -. Mientras, como dice Alfonso Reyes, la letra cumple funciones ancilares, como hacer historia, moralizar y proporcionar rudimentos técnicos. Casi todas las obras escritas tienen en su haber alguna de estas funciones.

Son pocos los libros que han influido, de manera determinante en la historia de la humanidad, y aunque algunos textos sean claves para la lectura de sus días y su circunstancia, no superan la condición de hijos de su tiempo para imponerse a la prueba definitiva: insertarse en la conciencia colectiva de los pueblos y  por lo tanto en las lenguas.

Jorge Luis Borges, hacia el final de sus días, escribió el poema “Things that might have been”, (Cosas que pudieron haber sido). Comienza diciendo: “Pienso en las cosas que pudieron ser y no fueron…”. Su mérito consiste en la sutil ficción con que envuelve al lector, jugando con los más caros mitos de occidente. La realidad es que, al contrario de lo que Borges piensa, no podemos imaginar la historia sin el rostro de Helena, o sin la tarde de la Cruz y la tarde de la cicuta, no podemos atrevernos a soñar la gran obra que acaso le fue dada entrever a Dante, una vez corregido el último verso de la Comedia; pero la nómina no se cierra ahí, pues no podríamos tampoco imaginar un mundo nuevo y moderno sin Rousseau, o en la cultura de la crítica sin el Emilio o sin Jacques, el Fatalista; y al mismo tiempo, nos resultaría inexplicable el ensueño del cuento y la narración sin Las Mil y una Noches. Cómo podríamos entender nuestra humana pasión por recrear combates donde triunfe la justicia, si Moisés no nos hubiera mostrado la santa ira de Yahvé, o no lo hubiéremos aprendido del Mahabaratta, y en los humanos Cantar de Mio Cid y Cantar de Roldán.

La humanidad no hubiera completado nunca la iconografía de la pasión, del ideal y de la libertad; no se hubiera consolidado la novela como forma narrativa por antonomasia y el castellano no se habría concretado y trascendido como lo hizo, si Cervantes no publica, en 1605, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Precisamente ese libro, y en ese año. Porque a diferencia del invento técnico, del descubrimiento científico o geográfico, (a los cuales llegamos tarde o temprano) por vía de aproximación, al arte y a la filosofía no se llega sino una sola vez en la historia, y siempre de un modo personalísimo.

Con él nace la novela como hoy la conocemos, porque constituye el primer retrato del hombre que va dejando atrás las seguridades medievales y se aventura al dominio del mundo, valido exclusivamente de sus prendas personales, genio e ingenio, ideas y principios. El texto es el retrato del hombre del renacimiento con quien compartimos, todavía, vocaciones y estilos.

Si Colón no hubiera llegado a América en 1492, algún portugués o francés habría atracado, digamos en Cuba, tal vez en 1495; si Lumiére no inventa el cine en 1896, algún estadounidense o argentino lo habrían hecho en 1900. Pero si Cervantes no escribe el Quijote y lo publica en 1605, nadie lo habría hecho jamás y Pierre Menard tampoco hubiera existido, no hubieran completado sus voces León Felipe, Hemingway o Machado.

En ese año porque, apenas despedidas la Edad Media y la dominación árabe, consumada la reconquista de la Península Ibérica, aquellos momentos históricos no estaban aún tan lejanos en la memoria popular, y podían ser referidos por la comunidad y reconstruidos por los cronistas y literatos, con la suficiente carga emotiva, que tiende a enfriarse con el paso de los años. Estos elementos permitieron a Cervantes saltar entre tiempos e instituciones, según lo requería la libertad de su loco personaje, y al mismo tiempo, situarse en su realidad – que es también la del autor – durante los patéticos lapsos de lucidez del Ingenioso Hidalgo.

Casi sin pretenderlo, nos acercamos a la respuesta de uno de los más importantes temas a que se enfrenta la crítica literaria en castellano: ¿En qué radica la grandeza de la obra maestra de Miguel de Cervantes?

Primero, en su imperecedera dimensión humana, que llega hasta el arquetipo del hombre y sus preocupaciones esenciales y existenciales; segundo, por el fiel retrato de las tres Españas que, en su momento, seguían conviviendo en el Imperio de sus días: la España cristiana con ascendiente medieval, representada en Covadonga, Santiago y San Millán – cuna de la lengua castellana -; la España judeoárabe, con Granada, Toledo y Córdoba; y la España renacentista que se consolidaba, epónima de Barcelona, Salamanca y Avila. Retrato humano y político, íntimo y público, temporal y eterno.