TEXTO Y PRETEXTO DEL QUIJOTE: De libros y bibliotecas

Antes de novelar, o quizá novelando desde luego, y nosotros lectores ya sumidos en la maravilla de la trama – también como personajes -, Cervantes se permite un breve diálogo con el lector, hombre curioso y justo, a quien no conoce, para relevarlo de aceptar la disculpa que los autores solían ofrecer al público como introducción a la obra. Se interpretaba como un rasgo de humildad del escritor, la más de las veces fingida y protocolar, o si se quería ver así, como una abierta demanda de benevolencia.

Aparentemente, la primera preocupación del futuro autor, novelista en potencia, a punto de vaciarse en acto, son sus pocas letras y escasas influencias, con lo cual su historia se verá privada de los adornos que la usanza requería para los libros que se publicaban en el siglo XVII, dice Cervantes, autor y personaje, uno y dual:

 Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído, y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle y leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque no tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé que autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A, B, C, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo y Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. también ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos;:  aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España…

Estas afectadas costumbres literarias habían entrado en cuestionamiento para tiempos de Cervantes. En 1627, en los Sueños, Francisco de Quevedo la emprendía contra las dedicatorias, mediante una muy particular:

 Habiendo considerado que todos dedican sus libros con dos fines que pocas veces se apartan: el uno, de que la tal persona ayude a la impresión con su bendita limosna; el otro, de que ampare la obra de los murmuradores; y considerando (por haber sido yo murmurador muchos años) que esto no sirve para tener dos en quien murmurar: del necio, que se persuade que hay autoridad de que los maldicientes hagan caso; y del presumido, que paga con su dinero esta lisonja; me he determinado a escribille a trochimoche, y a dedicarle a tontas y a locas, y suceda lo que sucediere. Quien lo compra y murmura, primero hace burla de sí, que gastó mal el dinero, que del autor se le hizo gastar mal.

Cervantes, autor y personaje de su obra, sabe que el tiempo que vive es diferente al tiempo pasado. Sabe, en especial, que no escribe para el núcleo íntimo de los medievales lectores de mansucritos, sino que está prevenido de la crítica y le sabe que será leído por el gran público. En efecto, para 1605, Europa, y en menor escala América, presenta una de las más importantes revoluciones del mundo moderno, la incorporación de la sociedades occidentales a la cultura de lo escrito.

En el siglo XVII, se escribe para un gran público y para una crítica casi tan desarrollada como la que ahora conocemos. A partir del siglo XVI, la alfabetización avanza, se presenta una circulación más abundante de lo escrito; avance en la producción y en la lectura. Comienza la difusión de la lectura en silencio, institución socialmente desconocida en la edad media; esta relación particular entre el lector y el libro, permitió un nexo solitario con el texto, casi un secreto, dentro de la vida privada.

Parece posible dimensionar la expansión de la cultura de lo escrito en las sociedades occidentales. Algunos historiadores contemporáneos lo han intentado, siguiendo y registrando el incremento de personas que pudieron firmar actas notariales, parroquiales y judiciales; sin embargo, estas evidencias deben apreciarse en su justa medida, se trata de indicadores globales y no de datos precisos.

Roger Chartier, en su estudio sobre las prácticas de lo escrito, encontró que:

 En Castilla la Nueva, en la jurisdicción del Tribunal de la Inquisición de Toledo, en donde los testigos y los acusados – de los que ocho de cada diez son varones y uno de cada dos, un personaje de mayor o menor importancia -, entre 1515 y 1600, firman en el 49% de los casos, bien o mal; entre 1651 y 1700, el 54%, y entre 1751 y 1817, el 76%. Estos porcentajes por la propia composición de la muestra, no pueden indicar una cifra global de firmantes válida para toda la población castellana, pero su incremento señala un adelantamiento continuo y regular de la alfabetización.

De hecho, y a diferencia de lo que hubiere sucedido, al menos cien años antes, el Quijote no fue escrito para una élite diminuta, ni para su atesoramiento en bibliotecas fortificadas, sino para un público lector que, es lógico suponer, se encontraba ya, más o menos definido en su carácter y composición.

No importa. El valor fundamental del párrafo del Quijote que acabamos de leer, no está en la evidencia de las costumbres literarias de su tiempo, sino en su humano hablar de buen amigo. Ahí se queda, cercano, sin alardes efectistas, como una advertencia constante contra los advenedizos de la cultura, siempre listos para encantar, o encantarse, con la falsa erudición.

Ante la expansión de la cultura de lo escrito, resulta natural el incremento en la posesión de libros en propiedad. Un mayor número de personas con capacidad de lectura, sumado a la mayor actividad de impresores y libreros, significó que, por primera vez, el hombre común pudiera hacerse de una biblioteca personal, asentada en su domicilio y dedicada a su uso particular. Una fuente histórica de primera mano son los archivos notariales que comprenden los inventarios de las propiedades dadas en herencia o legado, por ejemplo, lo encontrado por Chartier, “en Valencia (España), en donde entre 1474 y 1550, el libro aparece en un inventario de cada tres.”

No es extraordinario que Alonso Quijano tuviera una biblioteca, lo extraordinario, es el retrato de una realidad social que era, cada vez, más frecuente encontrar. El episodio de la biblioteca de Alonso Quijano es un mensaje lanzado al acaso de un lector posible, pero con destinatario y remitente definidos. La invención se roza, durante un instante, con la realidad. Imaginemos a un abogado de principios del l600, regresa a su hogar luego de la jornada, entra a su biblioteca y toma su última adquisición; ¿qué encuentra? a uno de sus pares al que se le seca el seso, a fuerza de leer, en los libros, gran cantidad de disparates. Ese roce, un breve instante, se estira hasta la perpetuidad, el personaje y la historia nos hablan en tercera persona del presente, aún hoy.

Pero, ¿qué tan rica era la biblioteca de Alonso Quijano?, ¿a quién quiso retratar Cervantes en base al breve inventario de sus estanterías?

En favor de la novelística, Cervantes conjunta en su Quijote los elementos que conforman al personaje perfecto. Trazado de una pieza en su exterior, la quema de los libros es una radiografía espiritual e intelectual, veamos:

 Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el Cura:

Parece cosa de misterio esta; porque según  he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna, condenar al fuego.

No, señor – dijo el Barbero -; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar…

Este es -respondió el Barbero – Don Olivante de Laura.

El autor de ese libro -dijo el Cura fue el mesmo que compuso a jardín de flores, y, en verdad, que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; solo sé decir que este irá al corral, por disparatado y arrogante.

La Galatea, de Miguel de Cervantes – dijo el Barbero.

Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de bueno invención; propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete, quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.

Señor compadre, que me place respondió el Barbero-. y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y el Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano…

 En ninguna otra ocasión estaremos tan cerca de la biblioteca. El Quijote es una novela que se desarrolla extramuros, acaso se puede apreciar a Proust por oposición, como en un negativo fotográfico, siempre puertas adentro de las entrañas del personaje; aun cuando el Quijote y Sancho sean hospedados o convidados, la historia continúa en campo abierto, allá en la fuerza centrífuga de las reflexiones y locuras del Quijote, y siempre, en las mil y una ramificaciones que nacen del dicho y el hecho de los personajes, a veces, al modo de la novela bizantina.

La forma conocemos el contenido de la biblioteca aumenta el patetismo de la locura de Quijano, despierta la solidaridad para con el loco, que malherido – nosotros lo sabemos -, se aproxima a casa, para ver reducida a cenizas su querida biblioteca; y hasta para con los libros, que son juzgados en juicio sumarísimo, por haber causado daños a su amo, y en donde la mayoría son condenados a la hoguera, los últimos por economía procesal se diría y por pereza de personajes y narrador, los absueltos de la quema son condenados a prisión, ya en casa del Cura o en casa del Barbero, pero ninguno será destinado de nuevo a su legítimo dueño.

El Ingenioso Hidalgo, al llegar a su casa, ya sin los libros, y hasta con el recinto de la biblioteca, que en aquellos tiempos era mejor conocida como librería, tapiada y embozada con muros, se defiende con aquello que nuestros modernos psicólogos llaman un mecanismo de defensa, y que siempre conocimos en la institución social del “disimulo”, tan explotado por la picaresca. Don Quijote, ya armado caballero andante, no puede creer que alguien fuera tan impío como para destruir una biblioteca, entonces ¿quién cometería semejante incuria?, sin duda nadie cercano, el ama y la sobrina son sus seres más queridos, el Cura y el Barbero sus amigos más cercanos; su razonada locura lo lleva a pensar que la desgracia se debe a su nuevo estado; los cánones señalan que todo caballero debe tener enemigos naturales y sobrenaturales, de ahí que lo más coherente sea que su odiado enemigo, el encantador Frestón – a quien, si observamos con cuidado, nunca ha visto – fuera el responsable de la mágica desaparición.

¿De qué calidad era la biblioteca de Alonso Quijano?, tómese en cuenta que estamos en presencia de un documento extraordinario, la crítica de la literatura de su tiempo por Miguel de Cervantes.

El primero entre los salvados es “Los cuatro de Amadís de Gaula”, apreciado por ser el primero de los libros de caballerías y por su calidad literaria. En realidad, el Amadís de Gaula es todo un ciclo caballeresco, en España, Francia, Alemania, Italia e Inglaterra circularon muchos libros bajo el nombre y tema del Amadís, incluso Bernal Díaz del Castillo se refiere a él con reverencia, cuando refiere que la Gran Tenochtitlan parecía aquellas cosas de encantamiento de que habla el libro del Amadís. El auténtico título de este libro es, simplemente “Amadís de Gaula”, el añadido de los cuatro se debe a las cuatro partes de que se compone, era éste un libro de bastante buen tamaño, “cuatrocientas páginas en folio de apretadísima letra a dos columnas…”. Resulta de particular importancia este libro porque reúne los arquetipos de los personajes propios de los libros de caballerías que enseñorearían desde la invención de la imprenta hasta bien entrado el siglo XVI, con cuyo siglo también decayeron. La forma en que Don Quijote se refiere a Dulcinea recuerda siempre a la forma en que Amadís habla de la “sin par Oriana”, hija del rey Lisuarte de la Gran Bretaña. Las aventuras de Amadís se repetirán en todo el ciclo de la literatura caballeresca española y europea en general, combates contra leones, como el de Sarmadán, recuérdese la liberación de los leones por el ingenioso hidalgo, las batallas contra los gigantes, en el caso del de Gaula, Madanfabul y Ardán Canileo, la liberación de damas, princesas y reinas, como Madásima y Briolanja, a la primera de las cuales Amadís obsequia con el gobierno de la ínsula Mongaza y el castillo de Lago Ferviente. Es decir, el Amadís, pese a su alambicada literatura es, sin dudarlo, la más acabada de las obras de su género por ser compendio de todas y obra fundacional. De su calidad, nos dice Nueda, “que la Real Academia lo incluye en su Diccionario de Autoridades y Juan de Valdés dice de él, en su Diálogo de la Lengua, “que deben leerle  todos los que quieran aprender el castellano”.

La continuación del Amadís es Las sergas de Esplandián, que al contrario del primero, que es anónimo, está firmado por Garci-Ordónez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, que no por descender de buen padre fue perdonado del fuego, y en efecto, su calidad es en mucho inferior al esforzado caballero Amadís de Gaula.

Del segundo libro, éste condenado al fuego, Don Olivante de Laura, no tenemos referencias directas, pues sus ejemplares son sumamente raros. Nota curiosa, pues si bien Cervantes lo señala como un tonel, diversas relaciones indirectas nos dicen, como señala Alfonso Reyes, que no debió ser un texto de gran volumen, así lo indica Reyes, “y dicen mis autoridades, en efecto, que el Don Olivante, publicado en 1564, sólo merece recordarse en la larga serie de libros de caballería porque Cervantes le hizo el honor de mencionarlo. Aunque, eso no, no es “tonel”, ni cosa que lo valga, sino un volumen bastante moderado para tratarse de libro en folio; en total 506 páginas.”.

Por su volumen, es factible que si Cervantes citaba de memoria lo confundiera con el Palmerín de Olivante, como afirman Francisco Rodríguez Marín y el propio Reyes, quien señala, “«Palmerín de Olivante» impreso mucho antes en Venecia, y que siendo octavo, abulta mucho con sus 900 y tantas páginas.”

Si bien, Don Olivante de Laura no es rescatable, su autor sí lo es, Antonio de Torquemada, autor también del Jardín de Flores Curiosas, más ridículo que el propio Don Olivante, a decir del juicio de Cervantes, y del magnífico libro Los Coloquios Satíricos.

El Jardín de flores alcanzó varias ediciones en poco tiempo, Salamanca 1570, Zaragoza 1571, Leyden 1573 y una nueva en Salamanca en 1577. Así pues, Torquemada debió ser un autor bien conocido por Cervantes, aunque aparentemente, no tan estimado. Resulta que, en su orden de creación y aparición, Antonio de Torquemada escribió primero, Los Coloquios Satíricos, luego, Don Olivante de Laura, y por último, ya póstumo y al cuidado de sus hijos, El Jardín de Flores Curiosas. El primero de sus libros reúne la satírica y la novelística, no tan mordaz como los modelos satíricos de su época, es un costumbrista bueno y prudente. Los siguientes títulos fueron marcando el amaneramiento y la decadencia en el tema y el estilo, Jardín de Flores es una novela que quiere ser filosófica, o al menos de opinión, pues se basa en las conversaciones de dos amigos, Luis y Bernardo, ideas que no pasan de curiosas y ridículas noticias.

La decadencia literaria de Torquemada parece ilustrar el proceso de pérdida de la razón en Don Quijote, no como moraleja o simple ejemplificación, sino como un proceso real y factible entre cuyos afectados se encuentra uno de los autores considerados en el Quijote y leído en su tiempo.

Lo más simpático de este asunto es que, como piensa Menéndez y Pelayo, la mayor influencia de Cervantes en su obra de vejez, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, no es otra que la del Jardín. Menéndez y Pelayo consideró en su Cultura Literaria de Miguel de Cervantes, de 1905, que “mucho más personal hay en la obra de la vejez de Cervantes, en el Persiles, cuyo valor estético no ha sido rectamente apreciado aún y que contiene en la segunda mitad algunas de las mejores páginas que escribió su autor. Pero hasta que pone el pie en terreno conocido y recobra todas sus ventajas, los personajes desfilan ante nosotros como legión de sombras, moviéndose entre las nieblas de una geografía desatinada y fantástica, que parece aprendida en libros tales como El Jardín de Flores Curiosas, de Antonio de Torquemada”. Del mismo parecer es don Américo Castro, como lo manifiesta en su libro El pensamiento de Cervantes.

Aparentemente existe alguna contradicción entre el hecho de que el libro de Torquemada sea dado al fuego y luego resulte ser la influencia más clara en una de las mejores obras de Cervantes. No hay tal, en el Quijote tanto el Don Olivante como El Jardín de Flores, cumplen con la misión de ilustrar el proceso del desquiciamiento del juicio y el estilo, pero también significa a la literatura que privaba en los tiempos de Cervantes, entre los hombres que realizaron el momento de esplendor de España, ya hemos dicho que al llegar a la capital azteca, Bernal Díaz del Castillo – acaso junto con Cortés, el más letrado de los conquistadores – se acuerda del Amadís de Gaula, Colón, en su diario recuerda las lecturas de la Imago Mundi, del Cardenal Aliaco, libro no menos ridículo y disparatado que sus compañeros.

La mención de la Galatea del propio Cervantes es una de las muchas veces en que el autor se menciona a sí mismo en su magistral libro, este recurso, ahora tan utilizado en las letras, el teatro y el cine, se conoce actualmente como “guiño al lector”, indudablemente fue Cervantes uno de sus precursores. Más aún, como dice Fuentes, “Cervantes, como don Quijote, es leído por los personajes de la novela Quijote, libro sin origen autoral y casi sin destino, agonizante apenas nace, reanimado por los papeles del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, que son vertidos al castellano por un anónimo traductor morisco y que serán objeto de la versión apócrifa de Avellaneda… Puntos suspensivos. El círculo de las lecturas se reinicia. Cervantes, autor de Borges; Borges, autor de Pierre Ménard; Pierre Ménard, autor del Quijote.”

Cervantes siempre le profesó un particular afecto a La Galatea, pues como él mismo indica, la escribió “cuando había salido apenas de los límites de la juventud”, tal vez eso fuera suficiente para justificar la presencia de esta obra en el Quijote, sin embargo, el tema y la estructura de la Galatea, la hacen idónea para ser bien vista en la biblioteca de Alonso Quijano.

La Galatea constituye una de las obras más acabadas del género bucólico pastoril que inicia con Dafnis y Cloe de Longo, en la Roma clásica, entre los antecedentes principales de esta obra de Cervantes habría que mencionar La Arcadia de Sannazzaro y las Dianas, la de Montemayor y la de Gil Polo.

Es cierto que la novela pastoril no alcanzó las dimensiones de otros géneros, narrativos y poéticos; esto puede deberse al amaneramiento y afectación a que se prestan su tema y sus personajes, hoy como ayer, resulta inverosímil que dos pastores se entretengan discurriendo temas de filosofía clásica, cualquiera sabe, como lo sabían en Roma, en la Edad Media y en el Renacimiento, que ningún pastor logra sus conquistas amorosas recitando sonetos perfectos. Ahí radica la perdición a que los autores condenaron sus propias obras, forzando el género que trabajaban hasta el límite de lo descabellado, este ejemplo sigue vigente, en especial para algunas corrientes de vanguardia.

Sin embargo, es falso que ninguna de las obras de este género pueda ser considerada como trabajo mayor; primero, porque constituyen una parte importante dentro de la evolución estética de occidente, el largo e inocente lamento por la naturaleza perdida, y segundo, porque, en efecto, existen algunas de ellas que son muestra de buen trabajo literario y de perfección en su género, entre las primeras, la propia Galatea, entre las segundas Dafnis y Cloe, aquélla no sólo porque su autor fuera ya una garantía, sino porque hace un logrado intento por alejarse de los lugares comunes que ya habían dejado maltrecho al género; ésta porque al ser la primera, se encuentra libre de afectaciones y excesos.

De este modo, la inclusión de la Galatea en el Quijote, obedece al ejercicio de técnica y estilo que Cervantes impulsa, al afecto que el autor le tiene a este trabajo juvenil y a la calidad del mismo; sin embargo, al igual que el Quijote, en general cierra el ciclo de la literatura caballeresca, llevándola hasta sus últimos límites, también tiene el mismo efecto con la novela bucólica y pastoril, a través de idéntico mecanismo de caricatura y agotamiento; esta vez, de manera sutil, Cervantes deja ver los andamiajes en esta ocasión, puestos sobre aviso de la importancia de La Galatea, que dicho sea de paso, no resulta tan bien tratada en el juicio crítico del propio autor, podemos describir con mayor claridad la influencia de esta obra en los pasajes pastoriles del Quijote, y en la manera que el disparate y la afectación han terminado por agotar el género.