Texto y pretexto del Quijote: De caballeros y caballerías.

Leer el Quijote, con ojos de abogado, de historiador o simplemente de interesado en la sociedad y en las instituciones de su tiempo no es novedad, mucho se ha escrito desde esa óptica, lo que ahora nos ocupa es, más bien, entender cómo Cervantes retrata esas instituciones y cómo ellas influyeron en la creación del Quijote.

Conviene comenzar por la institución que anima el espíritu general de la obra, los caballeros andantes y la Orden de Caballería, pues en efecto ambas instituciones existieron con mucha fuerza y durante cientos de años, baste decir que aún hoy, cuando queremos hacer notar la personalidad de un hombre íntegro, elegante o bien educado, decimos de él ser un caballero.

Recordemos la iniciación de Don Quijote en la Orden de Caballería:

“Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó Don Quijote… Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los harrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que decía alguna devota oración), en mitad de la leyenda alzó la mano y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción; porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias pero las proezas que ya habían visto el novel caballero las tenía la risa a raya…”

Este momento resulta, como diría Valle Inclán, un auténtico esperpento, algo que a fuerza de ser patético termina estallando la carcajada. Cervantes planea ese efecto tan bien logrado; por un lado, Don Quijote cree en realidad que está siendo iniciado en su soñada orden, mientras que para los demás no es sino una cruel farsa a costa del inocente trastornado, cuya única culpa es haber caído entre aquellos atorrantes, únicamente el ventero parece mostrar un poco de piedad por el loco, acaso un elemental sentimiento de humanidad, y aunque si se presta al juego, lo hace solamente para desembarazarse del incómodo huésped, procura que éste no sea maltratado más allá de los límites que autoriza la broma. Es el ventero quien, al contrastar con Don Quijote, da la nota cómico-dramática al episodio.

Pero, ¿quienes fueron realmente los caballeros andantes?, ¿qué la orden de caballería?. Ambas preguntas tienen respuestas suficientemente fundadas y documentadas.

Por principio, en la Edad Media se conoció como caballeros a cierta calidad de hombres que por su origen, su relación de clientes, al modo romano, con un señor feudal, y en ocasiones ciertamente escasas, por su propio esfuerzo, estaban capacitados y equipados para cumplir el deber cívico fundamental de su tiempo, el ejercicio de las armas.

El origen de la palabra es de profunda raíz. “Cuando los nombra, el latín de los textos emplea la palabra miles, que significa guerrero, pero, bajo este vocablo, se advierte, latinizado, un término del lenguaje hablado, caballarios, caballero…”, la evolución del lenguaje y la literatura hicieron lo demás, pues de la palabra miles, del latín culto, derivan nuestras voces militar, milicia y mílite, mientras que del latín vulgar caballarios, devienen las palabras caballero, en castellano y chévalier, en francés. Esto resulta de especial significado, pues el trato que la literatura, la cultura general y la memoria colectiva le dieron al término caballero, lo dotó de un aura particular de leyenda, casi de magia y humanamente más cercano que la voz militar. En otras palabras, no es esencial que un militar sea gentil con las damas, apasionado o creyente de dios, como resulta elemental para el caballero; así como no se espera de este último que sea disciplinado, ciegamente obediente con sus superiores.

La institución de la caballería fue un nexo que unía fuertemente, sus iniciaciones estaban dotadas de importantes y precisos ritos: los aspirantes se reunían en la fortaleza de su señor y durante el denominado “tiempo de prueba”, se sometían a ejercicios, entrenamientos y adiestramiento en el uso de armas, todo ello ligado a experiencias religiosas rayanas en la mística, particularmente cuando las herejías dejaban sentir su presencia. A la fortaleza acudían también cuando se trataba del “grito del Castillo”, es decir, el llamado de su señor cuando era inminente el riesgo de sus dominios.

La ceremonia de iniciación que refiere Cervantes es una reelaboración literaria de las ceremonias tardías de la caballería, pues en sus inicios, las cosas eran mucho más sencillas. Cuando el aspirante llegaba a la edad adulta, entre los trece y los dieciséis años, según la región y a los veintiuno en los países nórdicos, se les consideraba caballeros del castillo y confiaban su cuerpo al jefe de la fortaleza, a través de formas muy simples, “mediante gestos, algunos de los cuales como las manos dadas y tomadas, expresaban la entrega de sí, mientras que otro de ellos, el beso, signo de paz, anudaba la recíproca fidelidad. mediante estos ritos se daba por concluido una suerte de tratado, que unía a los contrayentes por un vínculo que podía confundirse con los de parentesco”.

Sin embargo, ser caballero no significaba únicamente pertenecer a una élite reunida para el servicio de las armas, a una fraternidad idealizada o a un grupo de defensores de los valores culturales de su feudo, de occidente y de la fe. El feudalismo, en el siglo XI, establece sus rasgos generales en Europa, salvo en España, donde el feudalismo detentará siempre particularidades que lo hicieron sui generis. A partir de entonces, los Señores, que detentaban el poder público heredado de las fragmentarias instituciones romanas que ni los bárbaros, ni la decadencia lograron desaparecer del todo, expanden su dominio hacia el ámbito de lo privado.

Ya habíamos observado que la pertenencia a la orden de caballería se sellaba mediante un pacto inter pares, de contenido civil y político, pero de ningún modo de trabajo, pues la lealtad nace del mutuo reconocimiento y del mutuo compromiso, pero nunca de la subordinación; civil y privado también, pues el caballero acude libremente en favor de su Señor, por la palabra y la confianza empeñadas, sin que medie el deber jurídico o el imperium al modo romano, en otras palabras, porque las medidas de estas instituciones son, por un lado, la justicia conmutativa y no la distributiva, y por el otro las relaciones de coordinación y no las de supra a subordinación.

En tal estado de cosas los Señores buscaron ampliar su cuota de poder, saliendo de los márgenes de la mera política para asimilar el ámbito de su jefatura territorial a una primitiva forma del latifundismo, basado en una economía precapitalista, fundamentada en la acumulación de bienes no productivos desligados de la inversión y sólo indirectamente relacionados con la actividad productiva, de ahí que la fuente de la riqueza en el feudalismo primitivo fuera la exacción de bienes, servicios y en ocasiones metales, acuñados o no, a los habitantes y transeúntes del feudo, tanto de los hombres libres, aún no organizados en burgos y ciudades libres, cuando no se trataba de caballeros, como de hombres no libres, siervos, gleba o esclavos. Esto se traduce en que los caballeros se constituyeran como un grupo privilegiado socialmente, dada la ficción jurídica del parentesco con el Señor, políticamente dado su manejo del monopolio de la fuerza armada, y económicamente por estar exentos del pago de tributos a que estaba sometido el pueblo llano.

Esta última característica trajo consigo que los miembros de las órdenes de caballería acumularan numerosos bienes que atesoraban, constituyendo verdaderos depósitos de bienes, pero no de capital, pues abocados a sus funciones militares no pudieron dedicarse a actividades mercantiles ni productivas, su fundamental pacto de lealtad impidió las revueltas internas y las luchas por el poder entre miembros de diferentes clases, y éste fue el germen de su decadencia fatal, pues con el advenimiento del Renacimiento y su sociedad burguesa, se vieron incapaces de adaptarse a un mundo que detentaba nuevos valores. Una prueba de ello es que los primeros en romper estos pactos de lealtad, los Capeto, hijos de Hugo, fundaron la primera monarquía nacional de la historia en Francia, cuyo nombre es una consigna. Francia toma su nombre “de la expresión, terra francorum” la tierra reservada a los “francos”, o sea, a los hombres libres…”. Desde luego la libertad de estos francos no era sino un grado nominal.

Como puede apreciarse, la conformación de la sociedad medieval se caracteriza, principalmente por su rígida estructura y su inmovilidad. El ascenso y caída de los caballeros son la mejor ilustración de este fenómeno histórico, sin embargo, y sin que alcancen a constituir una auténtica ruptura, en defensa de la privacía del individuo, alentados por la experiencia de la soledad, tema recurrente durante el medioevo, surgen los caballeros andantes, o errantes, de los que la figura caricaturizada de don Quijote es un retrato muy aproximado.

La literatura caballeresca y la existencia de los caballeros andantes son un contrapunto en el largo concierto medieval, contrapunto que, evidentemente Cervantes alcanzó a escuchar, “no hay que olvidar que las canciones épicas y las novelas se componían sobre todo, para ofrecer una compensación onírica a las frustraciones que maduraban en el seno del ámbito privado feudal, pues bien sabido es hasta qué punto reprimía las aspiraciones de la persona a la Libertad: estas obras escenifican en un plano imaginario aquello de lo que en el plano real se veían privados los jóvenes que componían la parte más receptiva del auditorio, puesto que exaltaba la expansión del individuo y celebraban su liberación de todas las constricciones.

El caballero andante se sale de lo cotidiano, a diferencia de otros, no está adscrito a un solo señor o a una fortaleza exclusiva, sino iban de un lado a otro, por voluntad propia y no por locura.

Es sumamente difícil saber cuál es el motor que lleva al escritor a realizar una determinada obra, lo que es seguro es que ninguna obra de arte obedece, en su creación, a una sola y definitiva causa, se ha hablado, aquí, y en muchos trabajos, sobre la intención de Cervantes de cerrar el expediente de la novela caballeresca, y es posible que así halla sido; sin embargo, es factible también que ha Cervantes no se le hubiera escapado la importante función que la novela de caballerías tuvo en su momento, y la trascendencia que tuvo en la conformación del espíritu individual, cuyo primado vivimos desde el Renacimiento.

Rotas las férreas estructuras medievales y comenzada la construcción del imperio de la persona, Cervantes pudo destacar la obsolescencia de la literatura caballeresca como elemento evasivo y superador de la realidad, pero le añade un nuevo elemento que retrata la tensión espiritual y social más importante de sus días, la acción del individuo frente a la sociedad, la libertad contra el orden y el ideal y los principios contra los valores comúnmente aceptados, y al efecto ofrece una nueva y sustituta forma literaria: la novela.

Por eso, Don Quijote viene a constituirse como el arquetipo del hombre que busca liberarse, y al mismo tiempo es la imagen, cruda y ridícula, del conflicto entre el hombre y la sociedad.

Bajo estas luces podemos entender de mejor manera la relación civil y consensual que unió a Sancho y a Don Quijote en sus múltiples aventuras. Dice Cervantes:

“En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, Don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame de allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con esas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino…”

A parte de la relación humana y afectiva que unirá a Sancho y a Don Quijote, a la cual me referiré brevemente hacia el final de este trabajo, Sancho y Don Quijote se han unido mediante un pacto de lealtad caballeresca, y la promesa de una ínsula añade a la relación el elemento del vasallaje.

La forma en que Sancho y don Quijote se avienen recuerda lo que antiguamente se conoció como el homenaje, “la vinculación personal con el Rey o el Señor se concreta en la institución del homenaje, palabra que significa “ser hombre de otro hombre”, como el conde lo es del rey, o el vasallo del señor”.

La institución del homenaje parece, más bien, importada de Francia a España, de ahí su predominio en Aragón, mientras que las formas más propias de España no eran de este inmixtio manum, sino el besamanos, que, siguiendo a Claudio Sánchez Albornoz, parecía heredada de la forma de contratar la commendatio o patrocinio en la época romana. Este rito se encuentra consignado en las Partidas: “Vasallo se puede fazer un ome de otro, segund la antigua costumbre de España en esta manera: otorgándose por vassallo de aquel que lo recibe, e besándole la mano por reconocimiento de Señorío. (Partida IV, 25,4).”

La relación del vasallaje, siendo profunda, a diferencia de la caballería, no genera siempre relaciones de parentesco, es decir, si bien todo caballero es vasallo de algún Señor, no todo aquel que estaba sujeto a una relación de vasallaje era necesariamente un caballero. Así, don Quijote es un caballero andante, libre, sin adscripción fija a fortaleza alguna, pero vasallo por gratitud y lealtad con el ventero manchego que lo ha iniciado; Sancho, quien también está sujeto al vasallaje, respecto de su Señor, don Quijote, no es en modo alguno caballero, mas la promesa que le ha hecho su señor, convierte este simple homenaje en un auténtico homenaje feudal.

Al ofrecer don Quijote una ínsula a Sancho, no hace sino cumplir con una de las importantes costumbres medievales. Los señores debían otorgar a sus vasallos algunas concesiones de tierra en beneficio, prestimonia, o bien cubrían esta obligación a través de la entrega de bienes o metal acuñado, donativa, stipendia o soldata, así lo establecen las Partidas de Alfonso X, el Sabio, en la Partida IV, 25, 1: “Vasallos son aquellos que reciben honra, o bien fecho de los señores, assi como cavallería, o tierra o dineros, por servicio señalado que les ayan fazer”.

Aparentemente, las ligas del vasallaje se dan únicamente entre nobles, al menos en la mayor parte de Europa, pero en España, y esto explica mucho de la forma en que pudo realizarse la reconquista y esclarece el sentido del libro cumbre de Cervantes; los vasallos podían ser no sólo los nobles, infanzones o hidalgos, sino también algunos villanos. Esta institución que floreció especialmente en León y Castilla, conjuntamente con las tradiciones municipalistas y de la encomienda, dan la nota de diversidad de la edad media española respecto de otras regiones. La aceptación de los villanos y la formación de la hidalguía, instauró en España la noción de la nobleza abierta, la que se adquiere o se pierde, y ello mantuvo móvil la sociedad española, facultándola para hazañas tales como la ya mencionada reconquista.

No sería Sancho el primer villano en aparecer en la literatura con tan altas prendas, a uno de estos casos se refiere Gonzalo de Berceo en su “Vida de Santo Domingo de Silos”, apenas del siglo XIII:

 

“Un caballero era, natural de Llantada,

caballero de precio, de fazienda granada,

exió con su sennor que le daba soldada,

por guerrear moros, entrar de cabalgada”

 

La liberalidad de las instituciones del vasallaje en España llegó al punto, desconocido en otros sitios, de que el pacto pudiera ser disuelto por voluntad de las partes, especialmente del vasallo, de ahí los recurrentes temores de Sancho en cuanto a que su señor hallara mejor escudero. En las regiones de la Europa occidental y central, la mesnada, o grupo de caballeros vasallos de un señor, era indisoluble. Las únicas condiciones eran que el vasallo “Despedido”, en efecto se despidiese de su Señor antes de adoptar uno nuevo, asimismo, no podía herir o matar a su antiguo señor, como lo mandaron las Partidas: “por razón de la caballería que recivió, o del bien fecho quel fizo, e por el vasallaje que ovo con él. (Partida IV, 25, 8).”

Resulta aún mas peculiar la situación de la nobleza en la Edad media española, situación que puede resumirse en la institución de la hidalguía, y desde luego, no se olvida que don Quijote era precisamente, un hidalgo.

Contrastando con lo establecido en otros lugares de Europa, y en su totalidad al advenimiento del poder absoluto de los reyes, la nobleza española en la edad media no era un privilegio, sino un estatuto legal en razón de la función que sus miembros desarrollaban en la sociedad. La palabra noble designa, desde el Siglo X, tanto al hombre libre dedicado a las armas como al rico, y a diferencia del señorío feudal, no guarda relación alguna con la posesión de la tierra, ésa es precisamente la institución de la hidalguía.

Este estatuto jurídico estuvo consignado en las Partidas, de las cuales, la Ley 2, Tit. XXI, part. II, señalaba que la elección de los defensores de la comunidad debía recaer en personas idóneas al efecto, esto es, que fuesen fuertes, diestros en el uso de las armas y habituados a las brutalidades de la guerra, y añade: “esta forma de elección se usó por mucho tiempo, pero observándose que los electos no tenían vergüenza, y olvidando sus obligaciones, en vez de vencer a sus enemigos, ellos eran los vencidos, se estableció que los que se hubiesen de elegir fuesen hombres de buen linaje, y que tuviesen algunos bienes, por cuya razón se les llamó: Fijosdalgo.”

Saltan a la vista particularidades importantes, el hecho de pertenecer a un buen linaje no señala la posibilidad de heredar los títulos, además la obligación de poseer vienes no exige la opulencia, pero al interpretar la nota explicativa de la norma, se entiende que el rasgo distintivo de la nobleza es su forma de vida, digamos un estilo, pues no puede el noble dedicarse a trabajos serviles, aquéllos que se prestan a cambio de un salario, lo cual desde luego incluye al comercio, pues su oficio es el de las armas en defensa de su comunidad. Esta función está marcada por un código de buena conducta, cuyo valor principal es la lealtad; la traición podía traer consigo incluso la muerte. Este código caballeresco sostiene valores como la ya mencionada lealtad, además del desprecio por el peligro, la fidelidad a los juramentos y a la palabra empeñada, la protección de los débiles, la persecución de los malhechores y la generosidad para con el prójimo.