Operación Palace

Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que tu filosofía puede imaginar, hace decir Shakespeare al príncipe de Dinamarca; muchas más de las que soñamos y de las que creemos. Si siempre han existido las teorías de la conspiración, y la presencia de la mano invisible que todo lo mueve y lo domina desde otros planetas hasta conciliábulos secretos en Praga o en Wall Street; hoy, con la Internet, la televisión, los procesadores de imágenes y de vídeo, podemos inventar casi cualquier cosa, o lo que es peor, creernos casi cualquier cosa.

Los Protocolos de los Sabios de Sión, por ejemplo, es un libelo pestilente que lo mismo se publicó para denostar a los judíos que para denunciar a los masones, muchos lo creyeron, entre ellos Francisco Franco y Adolf Hitler y ya vimos con qué consecuencias; en octubre 30 de 1938, Orson Welles, difundió su propia adaptación radiofónica de “La guerra de los mundos”, de H.G. Wells, en esa ocasión los servicios de emergencia de Jersey y de Nueva York colapsaron, hubo heridos y hasta posiblemente un muerto, también desde luego, el salto a la fama de Welles; en febrero 12 de 1949, Radio Quito repitió el juego con funestas consecuencias, cuando una mala factura de la broma hizo caer en cuenta al público del engaño que lapidaron el edificio y lo incendiaron con un saldo de cinco personas muertas, porque el problema no estriba en mal informar, sino en que el público resulte decepcionado; por último, en 1998 con todas las advertencias de rigor, en México y en Portugal se repitió la broma de Welles, con los mismos resultados en el público, algún diario mexicano cuenta que las autoridades de algún municipio de descanso cercano a la Ciudad de México, se dieron a la tarea de ubicar los restos del platillo volador que había caído en tierra.

El pasado 23 de febrero, el canal de televisión española, “La Sexta”, rompió todos los récords de audiencia con un falso documental llamado “Operación Palace”, el minuto de oro, como se conoce al instante de mayor audiencia, alcanzó los 6,229,000 espectadores. Todo para contar una falsa historia de cómo el golpe de Estado del Teniente Coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, había sido una farsa montada entre el Rey y los líderes de todas las fuerzas políticas de aquel tiempo con la finalidad de fortalecer la entonces todavía endeble democracia española. Luego de reconstrucciones de apariencia periodística, de entrevistas a los actores sobrevivientes de la época y con recortes de declaraciones de los políticos ya muy viejos, enfermos o muertos, el director del programa, Jordi Évole, se desenmascara y denuncia su propia broma, al final del programa, desde luego, para mantener la broma y la tensión.

Algunos políticos de aquel tiempo se negaron a participar, como Felipe González, que lo consideró una broma de mal gusto; el gesto heroico de Santiago Carrillo y de Adolfo Suárez, de nunca tirarse al suelo, se exhibió como una desobediencia al guión. El hecho es que muchos españoles creyeron lo que veían y se sintieron defraudados cuando se levantó el velo de la broma; el hecho también es que no es la primera vez que alguien tiende dudas sobre lo sucedido en aquel febrero de 1981 y que algunos como Javier Cercas, en su “Anatomía de un Instante”, lo han hecho con seriedad y claridad meridiana denunciando al Rey como un actor en una colosal tomadura de pelo.

Volvamos por un minuto a Shakespeare, a su Hamlet que cierra su tragedia inmortal con un lapidario, “a mí me resta ya sólo el silencio…”, no es información lo que nos falta, es sentido crítico para procesarla, es el razonamiento de una confianza que no se deposita en el comunicador ni siquiera en la imagen, sino en la razonabilidad de su contexto.