Ridículo

No sabría jamás cómo es que todo se le vino abajo, cómo fue que terminó en esa situación que sólo podía considerarse, como acertadamente la llamaba, ridícula. Solo, completamente solo, con una pistola en la mano y con una bala huérfana en la recámara del arma.

Francisco Daniel Gómez, ciento veinte meses antes había ganado el bono al vendedor del año, se había ideado con su hijo un sistema basado en volantes lanzados por debajo de la puerta que sustituían a la antigua técnica de “tocar en cada domicilio”; los volantes anunciaban un “pequeño regalo”, sólo por llamar e interesarse en los complementos alimenticios que religiosamente recogía en la empresa cada semana. Ese día, el de la premiación, el primer jueves de junio, frente a todos los vendedores, lo declararon vendedor del año, le dieron su cheque y la empresa proclamó que jamás se había visto un incremento de ventas de esa magnitud; lo tenía como un secreto profesional, los regalos eran libretas, bolígrafos o cualquier baratija que le abriera los oídos de un comprador potencial, el cálculo era confiable y la inversión resultaba despreciable frente al incremento de las comisiones y el bono que lo complementaba.

Además, en lo profundo de su ser, el nuevo sistema reportaba un enorme beneficio: él no era vendedor, nunca lo fue y nunca lo sería, había llegado al oficio como se cae en aquellas diminutas desgracias de las que nadie es culpable y sin embargo, suceden. Arrojar anónimamente los volantes, diseñados y copiados por su hijo Emmanuel, le evitaban la ridícula sensación que tanto odiaba, la de pararse frente a una puerta desconocida y llamar a sabiendas que uno de cada dos ni siquiera harían caso del llamado. El ridículo, ese era su enemigo, esa era su obsesión desde pequeño, la inseguridad de permanecer en el absurdo, de no estar en el lugar ni en el momento correctos, de hacer todo aquello que generaba primero risa y luego conmiseración. Si el cliente llamaba, entonces él ya no tenía que pararse frente a la puerta desconocida, sino que era un invitado a pasar, un hombre que llevaba la respuesta correcta a las preguntas que el cliente se hacía.

Todo parecía inevitable, la premiación fue a las dos de la tarde y apenas tuvo tiempo de ir al banco a cambiar el cheque, en el bolsillo izquierdo guardó el diez por ciento que, en conciencia, debía a su hijo por su aportación intelectual, en la cartera puso el resto que entregaría a su mujer llegando a casa. Pero el vendedor del año no podía retirarse así nada más, después de la premiación, el bono parecía tan jugoso que bien colmaría la sed de los colegas; – A la Ciudad de Oviedo, clamó Antonio, con toda la buena intensión de beneficiarse del premio que, por primera vez en tres años le quitaba alguien, después de todo, la tradición por él inaugurada, establecía que el ganador debía invitar a la cuadrilla de vendedores al menos un trago por persona y así fue, cruzaron el barrio como exiliados volviendo a casa, a la Ciudad de Oviedo.

Parecía que Francisco había conjurado por fin el ridículo, se sabía ahora fuerte, colmado, seguro de sí y de su técnica infalible. Como si se tratara de un guión, después de la primera copa se retiraron la mitad, otros combatientes más aguerridos soportaron hasta la tercera ronda cuando el bono parecía ya más o menos disminuido, para la octava sólo quedaban Francisco y Antonio, la novena no llegó para al campeón vencido pues el cantinero tuvo que ponerlo en un taxi a la fuerza ante el acceso de vómito que no había alcanzado a lanzar en el sanitario. Por segunda vez en una sola jornada, el vendedor estrella había triunfado. Fue entonces cuando sobrevino el parteaguas en su vida, fue entonces cuando se sembró la semilla de la desgracia.

Solo y vencedor, Francisco miró con lástima al pobre hombre que se habían llevado casi arrastrando y aunque él también estaba ebrio perdido, no pareció  darle mucha importancia, todavía alcanzó a beberse el noveno tequila y pedir el décimo; algún tono en su voz, uno cuya sutileza no alcanzó a identificar, o tal vez un error en la dicción, hizo que a su pedido el cantinero contestara secamente:

-Usted está igual que su compañero, ni una más y se me larga por su propio pie antes de que lo ponga en la calle, como que me llamo Juan Martínez que lo mando a chingar a su madre.

Debió  haber sonreído, pagar la cuenta y salir a esperar en el auto a que se le pasara la colosal borrachera; pero no lo hizo. Sin saber porqué, conjuró  en su contra todos los númenes de la desgracia, incluido el peor de todos, el que más temía y más odiaba, el del ridículo. Sin pensarlo, como si alguien le hubiera puesto las palabras embutidas en la boca, contestó en el tono más agresivo de que era capaz:

 – Y usted es un triste payaso que no sabe cuidar su negocio.

Eso fue todo, pero había sido suficiente. El cantinero no pudo soportar ni esa ni ninguna más, salió de la barra, y después de llamar puta y payasa a la madre de Francisco, le propinó dos bofetadas que le hicieron retumbar la cabeza y sirvieron para desorientarlo completamente, lo arrastró  hasta la puerta y cuando el aire frío de la noche lo abofeteó una vez más, el cantinero le sacó la cartera para cobrarse con lo que quedaba del bono, la arrojó tan lejos como pudo y aún tuvo tiempo para lanzarlo a la calle, para quedar como barco varado en un mar de porquería, con el rostro metido en un charco de agua próxima a una coladera.

Francisco no respondió, no hizo nada. Durante unos minutos lloró con la cara pegada al charco, apenas pudo moverse se sintió ridículo, profundamente ridículo, como pudo se sentó en la banqueta y metió la mano al bolsillo izquierdo y comprobó que ahí estaba el diezmo de su hijo, al menos eso había rescatado, ahí estaban también las llaves del auto, sin embargo, debería soportar todavía más tiempo su patético estado hasta que fuera capaz de llegar al auto y conducirlo hasta su casa. Ese fue el origen de la desgracia.

Nunca comentó el incidente con nadie, entregó el porcentaje que correspondía a su hijo y a su mujer le dijo que el resto lo había depositado en su cuenta de banco, que al fin tendrían el pequeño ahorro para emergencias que habían planeado algún día.

Pero ese algo que se había roto en su conciencia emergía violento e incontrolable todos los jueves; como un tabú o una maldición, cada jueves, tras cerrar la cuenta en la empresa, iba solo donde mejor pudiera embrutecerse de alcohol, después caminaba seis, diez, quince cuadras, las que fueran necesarias para llegar justo enfrente de la Ciudad de Oviedo, a la prudente hora en que ya estuviera cerrada, para mentarle la madre al cantinero, amenazarlo de muerte y gritarle cuanto improperio pasara por su mente. Siempre a la misma hora, cada jueves una después del cierre de la cantina. Se desahogaba, siempre volvía a llorar, siempre se sentía absurdo, ridículo y patético, pero tenía miedo, un miedo animal y primitivo a ser humillado de nuevo.

El primer mes pasó sin novedades, para el segundo ya paseaban por ahí algunos vecinos para contemplar la patética figura del borracho que gritaba majaderías en la madrugada, y en el tercero, se abrió un capítulo que terminaría por joderlo todo como si no hubiera estado ya suficientemente jodido, en el tercer jueves del tercer mes, algún vecino tuvo la peregrina idea de llamar una patrulla. Los oficiales, advertidos de que se trataba del mismo borracho de siempre, que no parecía mal vestido y que en su estado resultaba poco menos que inofensivo, les pareció bien hacerle una visita de cortesía y escarmiento. Llegaron de inmediato y sin cruzar palabra con dos patadas lo metieron en la patrulla, lo insultaron hasta aburrirse, le quitaron su dinero y los zapatos y lo abandonaron en un parque a no más de diez minutos andando, pero eso también había sido suficiente, tuvo que saborear el amargo sabor del ridículo en cada paso que dio, primero para orientarse y luego para encontrar su auto; el maldito cantinero debía pagar por ello.

Si el vecino ofendido pensaba haberse librado de la plaga, se llevó una sorpresa cuando el jueves siguiente, puntual y ebrio como siempre, Francisco se apostó en su esquina y volvió a gritar maldiciones hasta cansarse en contra del cantinero que le había fastidiado la vida. El resignado vecino no podía percatarse que la escena no era la misma, porque en el bolsillo izquierdo, en el que tan bien había guardado el dinero que su hijo sabiamente se había ganado, ahora había una pistola que albergaba una sola bala, una sola porque no era un asesino, pero esa bala ya tenía vocación y dueño. Sólo hacía falta que apareciera el cantinero y que Francisco hubiera acumulado valor suficiente para encararlo.

Los meses pasaron, Francisco cambió de empleo, su hijo entró y salió de la universidad y se marchó fuera del país a seguir estudiando, se quedó solo con su mujer en un retiro adelantado y apacible. Los jueves se fueron acumulando, los taxistas pasaban a verlo tan solo para reírse un rato cuando las horas se hacían largas sin pasaje; con los años, hasta los niños se desvelaban de cuando en cuando para contemplar entre nerviosas carcajadas al ebrio de la calle de siempre, los padres lo citaban como mal ejemplo de lo que puede suceder si no se cuidaban los adolescentes del alcohol, hasta las prostitutas trataron de hacerle plática y siempre se fueron decepcionadas. Francisco no estaba de visita ni paraba para entretener o socializar, estaba cumpliendo su cita habitual con el destino.

Pero el día llegó, el único jueves en que se presentó sobrio. Sin saber cómo ni porqué, ese día salió de casa después de la comida, se despidió de su mujer como si no fuera a volver nunca y aunque ella no percibió la diferencia, Francisco sabía que la hora había sonado y que no pensaba resistir el ridículo que lo había carcomido hasta la médula desde hacía diez años.

Llegó a la barra y mientras aprisionaba la pistola dentro del bolsillo experimentó una mezcla horrenda de alivio y decepción cuando una jovencita de no más de veinte años se le acercó y le dijo:

– ¿Qué le voy a servir?

– Nada, estoy buscando a alguien.

– ¿A quién?

– Soy Francisco Daniel Gómez y busco a Juan Martínez para cobrarme una deuda.

– Uy amigo, pues su deuda se va a quedar como las otras, Juan Martínez era mi padre y se murió hace diez años, es más, este mes de julio cumplió sus diez años de muerto.

Francisco lo habría soportado todo menos eso. Habría soportado que lo arrojaran de nuevo al charco, que le mentaran la madre delante de todos, que a la mera hora no tuviera valor para accionar el arma, pero no que le dijeran que había hecho el payaso patético y ridículo todos esos años mentándole la madre a un muerto.

La hija de Martínez no entendió cuando Francisco lanzó un sollozo como de animal malherido, y sacó una pistola de su bolsillo. Francisco salió corriendo a la calle y se detuvo en la puerta de la Ciudad de Oviedo entendiendo que la única bala del arma, para no ser ridícula, debía cambiar de dueño.