El presidente que se negó a echarse al suelo

Ha muerto Adolfo Suárez. Un hombre criticado, sometido a escrutinio y las más de las veces superfluamente juzgado. La muerte le ha venido como un descanso luego de once años de Alzheimer y de décadas de olvido político; pero ha muerto en la grandeza, en los honores y en el recuerdo agradecido de muchos.

Se ha muerto Suárez como se van muriendo los protagonistas de épocas pasadas a los que el momento reciente mal quiere hacer justicia. Hoy no están de moda los estadistas, lo están los políticos de estridencia y manotazo sobre la mesa, los que piensan en salvar el pellejo antes que crear el futuro. Don Adolfo es de una generación de políticos de los que ya no hay; no los hay porque de muchas formas el mundo ha cambiado y la imagen en muchos casos ha superado a la idea y a la palabra, no los hay porque la casta política contemporánea dista mucho de crear escenarios y habituada como está a la presión de los medios y a la velocidad de las reacciones, se gasta más tiempo y más dinero en capotear los vendavales que en fabricar sus propios escenarios y nos los hay, porque el talento para identificar el momento de actuar no es moneda de curso corriente.

A Suárez se le criticaron en su momento muchas cosas, por parte de la izquierda el hecho de haber llegado al poder a través de la Secretaría General del Movimiento, es decir, el entonces ya maltrecho brazo actuante del fascismo franquista; se le atacó por no haberse inclinado por la República y haber perpetuado al heredero de Franco. Por su parte en la derecha se le criticó su esfuerzo por haber impulsado la legalización del Partido Comunista Español, haber hecho lo posible porque Santiago Carrillo ocupara su lugar en las Cortes; aún desde el centro que lo vieron como un actor del ajedrez truncado de Carrero Blanco. Pero nadie le habría criticado un hecho fundamental que entonces fue omitido por muchos: Suárez fue el presidente que se negó a echarse al suelo y al menos en dos ocasiones.

La primera cuando frente a las críticas y la soledad, asediado por tres frentes, el del búnker franquista, por las corrientes legales y clandestinas de la izquierda, por la derecha temerosa de su propia caída y, además presionado por una sociedad hambrienta de libertades. Entonces, Adolfo Suárez se negó a echarse al suelo, a dejar que las fuerzas políticas españolas revivieran el desencuentro de la guerra, se negó a echarse al suelo para permitir el libre lanzamiento de los improperios y las acusaciones. Al contrario, se mantuvo serenamente sentado en su curul de diputado a Cortes en su calidad de Presidente del gobierno, desde ahí convocó, se esforzó hizo cuanto pudo y aún más, sabiendo desde antes que si la batalla por la Constitución y la democracia no podía perderse, la suya, la personal, la de la gloria y los laureles, esa estaba perdida porque jamás las fuerzas políticas en contradicción le reconocerían ese privilegio. Para transformar la política española, no por quijotada ni por ambición, sino por estricta necesidad de paz y sobrevivencia, debía sacrificar su propia imagen. Esta razón, clásica en la política histórica, es la que inmoviliza con mayor frecuencia a quienes tienen que conciliar posiciones encontradas, a los pacificadores y a los conciliadores, a los creadores de nuevas instituciones, pero Suárez se negó a echarse al suelo.

Desde luego que muchos creemos que siempre será tiempo para la III República, que tal vez aquel momento privilegiado era el instante preciso, pero uno no es el otro y todos tenemos magníficas razones para ser exacta y precisamente como somos; es también verdad que tal vez Suárez podría haber alcanzado un poder mayor para recuperar la legalidad rota en 1936, pero innegablemente la política es el arte de hacer lo más deseable con los elementos que se tienen disponibles. El hecho es que para ser pacífica, la restauración republicana no puede sino salir del propio orden constitucional, esto es de una democracia.

La segunda ocasión fue material y muchos la vimos por televisión. En el momento en que el loco Tejero blandió su pistola, en que ordenó que todos los legisladores se echaran al suelo, solo tres cabezas se mantuvieron erguidas; la de Santiago Carrillo que sabía que su cabeza tenía precio y que de triunfar el golpe lo matarían en su curul y tirado en el piso, optó por la dignidad y en ello también está su grandeza; el Teniente General Gutiérrez Mellado que no se inmutó ni ante el disparo de las armas y que trató de hacer valer su investidura militar para someter al sublevado y en ello está también su honor; y el Presidente que se negó a echarse al suelo porque sabía que de tratar de esa manera su propia investidura todo se habría perdido. Hoy sabemos, gracias a que Alfonso Guerra que ha publicado el intercambio de palabras que sostuvo por segundos Suárez con Tejero, transcrito por el ujier, que Suárez se aferró a su investidura para hacer algo que en la España durante el franquismo habría sido impensable, invocar la legitimidad y la legalidad para hacer preservar el orden público: – Como presidente le ordeno que deponga su actitud… y posteriormente – Le insisto, soy el presidente… y por último – Pare esto antes de que ocurra alguna tragedia…

Al negarse Suárez a caer por tierra, realizó el gesto que España necesitaba para establecer la democracia, la de un hombre, investido de legalidad que no le teme a las armas y que se mantiene sin dudas en el lugar que le corresponde; no sabremos jamás, ahora que don Adolfo se ha marchado, si fue el sentimiento de abandono a que lo había reducido la Corona, si la salida de los demócratas cristianos, si su cansancio ante el alud de críticas lo que lo llevó a la dimisión y al paulatino ocaso de su vida política. Hoy, desde el adiós, creo más prudente pensar que Suárez sabía que su tiempo había cumplido el ciclo y que era hora que otros construyeran sobre esa nueva estructura, que jamás habría de echarse al suelo y como él mantenerse en pie y caminar hasta donde los ciudadanos la llevaran.