Israel, el eterno retorno

Los viajes más importantes son los que inician años antes de abordar el avión y de los que nunca se termina de volver, aquellos a los que siempre se está retornando; como Ulises deseando volver a la Isla de las Sirenas, hace ya años que estoy volviendo de Israel.

Viajar así es como ir a un lugar en el que en vez de sitios, visitáramos significados. Como dice Alfonso Reyes, -otro infinito e inacabable punto de retorno-, así como los pintores no son solo sus lienzos y sus tablas, los viajeros no somos solo los pasos que dejamos atrás, sino también lo que traemos con nosotros y lo que somos después de la travesía.
Jerusalén rompe los estereotipos de lo que hemos creado en torno a la idea de las ciudades; lejos de la orografía tradicional de las urbes, Jerusalén es un fantástico agrupamiento de montes y valles que nada tendrían que ver entre sí, si no fuera porque han sido domeñados y defendidos durante muchas generaciones, dándoles una unidad orgánica, más allá de la contigüidad. Yehuda Amijai dijo que Jerusalén es un barco anclado a orillas de la eternidad, creí entender esa metáfora, pero la comprendí el día que pude caminar frente al Muro Occidental; ahí, al borde del infinito convertido en un muro antiguo como la tierra, desde cada piedra asoman todos los que alguna vez estuvieron y se adivinan las sombras de quienes algún día vendrán.
El Santo Sepulcro es, en cambio, una botella histórica lanzada al mar de la memoria, con un mensaje complejo y rico, abigarrado y sensual; es decir, la fe a través del peso de los sentidos. Frente al sepulcro, no se puede reaccionar con indiferencia, puede no tenerse fe y aun así, el anonadamiento es una reacción inevitable; se renuncia a la historicidad, la búsqueda de la verdad pasa a tercero o cuarto término y se convierte en mera anécdota. La proximidad fabulosa entre la roca donde fue perfumado el cuerpo de Cristo, la situación de la cruz y el sepulcro, sugieren la imposibilidad física de la narración tradicional, pero el peso de los siglos, más allá de la evidencia, se convierte en un mirar a través de los tiempos, a los orígenes más profundos y obscuros de nuestra civilización.
De entre las colinas que conforman la intrincada orografía de Jerusalén, hay una que destaca, no por su tamaño, ni por la profundidad de sus valles, sino por su nombre y por el tesoro que guarda. El monte de la Memoria, alberga la autoridad para la recordación del Holocausto, que guarda la evidencia del tiempo enloquecido en que nos alzamos los humanos contra la dignidad de los hombres y las naciones. Ahí está la huella de la aniquilación del pueblo judío en Europa, está ahí la advertencia para la humanidad de que, en cualquier momento, cualquier otro pueblo puede convertirse en víctima o en victimario.
Uno no visita Israel, se estrella contra la realidad israelí. El visitante, puede ver cómo caen derruidos sus prejuicios y preconceptos ante la convivencia al interior de su sociedad, uno siente al mirar, que todos fueran voluntarios o todos trabajaran en un solo enorme equipo, es algo muy íntimo en una sociedad caracterizada por cierta ligereza de modos, que conducen a la sensación de estar sentado en la biblioteca de casa disfrutando de la mejor historia jamás contada.
Un día fuimos a Sederot, la última ciudad israelí a las puertas de la Franja de Gaza; al contrario de lo que pudiera pensarse, la política es lo último que pasa por nuestras mentes, al asomarse por la ventanilla del autobús uno no puede ver más que soldados y periodistas expectantes, en cada esquina un refugio al que uno tiene 15 segundos para llegar cuando ha sonado la alarma, y la gente tratando de hacer la más normal de las vidas de aquí al próximo ataque de los cohetes y es ahí cuando, de pronto, la evidencia aparece como una revelación y da coherencia a todo el viaje. El conflicto en esa región es más que un asunto político y religioso, es un problema humano; un Estado cuya presencia es importante y cuya existencia es un hecho, una Nación en vías de construir su propio Estado, dos pueblos ligados a través de nexos de convivencia construidos a lo largo del último siglo y ambos, sometidos a los intereses de otros, particularmente de terroristas y fanáticos.
Vi árabes israelíes ofreciendo pan a niños judíos, vi albañiles judíos israelíes jugando al frisbee con sus colegas árabes en un descanso del trabajo. Vi a todos construyendo el mañana, todos esperando esa oportunidad histórica. Sé que hay algo que he logrado comprender.