Filosofía continental, lenguaje y sentido. Texto leído en el Congreso “La argumentación Jurídica contemporánea en el Influjo de la filosofía analítica y continental”

Debo comenzar por expresar mi gratitud, a nuestra casa, la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, a su programa de investigación, Proyecto Grado Cero, y a mi colega y amigo don Alfonso Ochoa Hoffmann, por la generosidad de su invitación; y sobre todo por la ocasión para hablar más que de escuelas de pensamiento o tradiciones filosóficas, de la manera en que nos vemos en el fenómeno del mundo y en el universo del Derecho.

Cuando era estudiante de la licenciatura en Derecho, hace ya varias décadas, el universo de lo Jurídico se dividía en dos grandes tribus que se arrebatan la palabra, que contendían; más que por la explicación del Derecho y de lo jurídico, por la conciencia y el corazón de estudiantes y abogados: unos eran los ius naturalistas y otros los positivistas.

Esta visión reductiva de una realidad sumamente compleja, revelaba la inconsistencia que presentaba la lectura de la realidad en las instancias académicas; aquellos años de la guerra fría, eran también los de la dicotomía perpetua: todo podía entenderse por sus antagonistas y  también, todo se podía reducir a esos dos extremos  de ser en el mundo. Entonces, a falta de mejor lenguaje, pensábamos que el mundo se dividía entre quienes pensaban que todo venía de un orden natural, superior al hombre, o bien, quienes pensaban, pensábamos, que todo venía de un orden humano, superior a la naturaleza; esto es, el mundo de la cultura donde reina la libertad, la elección y, desde luego, también el error y la posibilidad de la corrección.

Todo respondía a los grandes cánones interpretativos. El Derecho entonces, parecía vivir en una cápsula de seguridad, aislada de un mundo en decadencia que rápido se aproximaba a su fin. Todo respondía, dicho de un modo distinto, a una narrativa del mundo de fácil acceso y consumo, no exento de conflicto, pero a resolver siempre por la fidelidad a un modo determinado de pensar.

Ese tiempo pasó, ese mundo se vino abajo, sin embargo, ya sin preguntarnos por los ejércitos de jurístas amparados por sendas banderas, nos enfrentábamos a una realidad tan compleja que los más finos y acabados análisis no alcanzaban a explicar en sus refinamientos y sus contradicciones. Como muchos, nací y crecí en un mundo de certezas aparentes y tuve que desarrollarme en un tiempo de incertidumbres sucesivas. La narrativa iba entonces a quebrarse y, los juristas, los operadores jurídicos y los ciudadanos, tendríamos que descubrir e inventar nuevas formas de explicar la realidad.

Me he referido a narrativa, porque el mundo se nos ofrece como una realidad que exige, clama ser interpretada; lo mismo el universo de la necesidad consagrado en la naturaleza, aquel de las leyes que aunque creíamos firmes y ahora las tenemos por menos, que tienden a generar una certeza mitológica y un sentido de fe en la ciencia que se convierte en una nueva forma de escolástica; lo mismo pues, en el universo de la cultura, es decir, en el de la creación y la libertad, en el de la transformación y la posibilidad, en aquel, donde el derecho se mueve como una narrativa de expectativas, tabúes, exclusiones, esperanzas y valores.

Si queremos referirnos al influjo del universo continental en el derecho, bien podríamos hacerlo en términos de narrativa, lo que significa: de descripción y planteamiento de hechos como claves para descifrar la realidad y dotarla de sentido; en particular de aquello que podemos llamar narrativa jurídica que es narrativa de valores.

Durante aquellos años, los postreros del imperio formalista, en lo jurídico y social, la enseñanza del Derecho parecía alejarse de dotar a los estudiantes de cierto sentido de perspectiva que pudiera considerarse crítico, o bien, lejano de la ortodoxia de los estudios jurídicos que no querían ceder su parcela de lenguaje sacramental para invadir y dejarse invadir por otros lenguajes y otras maneras de explorar la realidad; dicho de otro modo, estudiábamos poco Derecho, pero a cambio recibíamos mucha información bajo el formato de la historia del cambio legislativo. Más que acudir a las razones, preferíamos y nos hacían preferir, la seguridad de las formas, para todo lo demás estaban los sociólogos, los politólogos y aunque un tanto menospreciados, los literatos.

A partir de 1989 ese mundo se vino abajo y nos enfrentamos a la realidad de un entorno casi inasible y más difícil de expresar; el secreto de la interpretación no estaba en la captura del instante del cambio legislativo, sino en las causas y las razones, en la expresión y en las ideas de fondo, en la capacidad del derecho de encontrar soluciones, esto es lo que Pascal llamó nuestra dignidad: el pensamiento.

Pero he comenzado por el final, no sólo porque corresponde al tiempo en que me tocó crecer y aprender, con más facilidad pero con menos escepticismo que ahora. Estos cambios en la narrativa de lo jurídico, de lo cultural y aún de lo científico, no es exclusivo de nuestro tiempo, es una práctica ancestral que se vio acelerada desde poco antes de la mitad del siglo XX y que se expresa, de mejor manera en lo que llamamos la filosofía continental.

Cultivada ya desde Heiddegger, la filosofía continental, más que consagrarse como un programa ha sido una explicación del sentido de los hechos; pero se presenta también como un instante liberador del yugo del formalismo y de las ecuaciones mecánicas aplicadas a una realidad rebelde, se construyen como un puente que irrumpe en la estructura del poder propia de quien lo ejerce por el lenguaje, por el dominio de las fórmulas secretas y casi mágicas del imaginario jurídico, para tratar de entablar diálogos sociales más amplios, dotados, desde luego, de profundas consecuencias.

Si la filosofía continental se presentaba como la opción por la lectura amplia, en la que se incluye no sólo a Gadamer sino también a Sartre, esto se debe a la ingente necesidad de explicar lo inexplicable; enfrentado a Wittgenstein que dice que de aquello que no se puede hablar es mejor no decir nada, el razonamiento continental se ve obligado a dar sentido a lo que parecía no tenerlo, a describir lo inenarrable: el Holocausto.

La gran ruptura con las certezas de los estudios analíticos, entendidos estos como los que  centran su interpretación en el peso formal del discurso y en el rigor de sus proposiciones particularmente en sentido lógico, es precisamente el discurso nazi basado en la fe y en la confianza.

Véamoslo de esta manera: no existió una constitución nazi, nada que se le pareciera. El régimen nacionalsocialista alemán estuvo amparado por la Constitución de Weimar, la misma que vilipendió hasta el cansancio, la misma que llamó pervertida por democrática y peligrosa por su carencia de exclusiones étnicas. A cambio instauró un principio jurídico de interpretación tanto legal como constitucional y aún doctrinal, al que llamaron el führerprinzip, el principio de liderazgo,  que ocultaba no un razonamiento, sino una causa de fe: el buen nazi se adelanta a los deseos del führer. De ahí a los horrores de Auschwitz y Mauthausen, de Argèles-sur-mer y Terezyn, del velódromo de invierno en París y de la Risiera de San Sabbá en Trieste es decir, de toda la contaminada geografía europea hay solo tres asentimientos fundamentales: el de los operadores jurídicos, el de los líderes políticos y el de los ciudadanos.

Frente a este hecho, se presenta un problema filosófico fundamental que han señalado algunos como Primo Levi, Schlomo Venezia, David Bankier e incluso Hannah Arendt. No plantearse la posibilidad del Holocausto como hecho, al fin y al cabo ahí estaban las chimeneas como testigos, es decir, no preguntarse ¿cómo fue posible?, sino preguntarse por su sentido, porque si asumimos que todo aquello fue una maquinación de mentes enfermas, de orates desaforados y de pueblos reducidos a la irracionalidad por el hambre de esperanza y validos de normas jurídicas corrompidas, entonces no hay materia de juicio y toda aquella destrucción carecería de sentido; para tenerlo había que descubrir un orden y si no era posible hallarlo sí dotar de sentido a aquel momento.

Creíste que bastaba con ser perfecta para ser dichosa; yo creí que para ser dichoso, bastaba con no ser culpable, dice Marguerite Yourcenar en su Alexis o el tratado del inútil combate. Para entender, había que romper con los estudios formalistas y aún con los esquemas más rígidos que conducían a la primera conclusión absurda. El problema irresoluble se volvía menos arduo si, como lo hacían Arendt y Sartre, lo planteábamos como la más brutal manifestación de un hecho cultural basado en millones de diminutas responsabilidades amparadas por la creencia y la fe.

El hecho es, que la filosofía saltó los límites que se había autoimpuesto; que el Derecho, como manifestación de toda cultura y como manifestación cultural en sí mismo, rompió con sus propios esquemas tradicionales,y si subsisten y subsistirán los análisis formales, lo es porque debe estudiarse el núcleo duro de las afirmaciones jurídicas de las que se nutren las decisiones tribunalicias, porque es necesaria y fundamental la existencia de un conjunto de afirmaciones jurídicas que sostengan todo el edificio de las normas pero que, oh paradoja, no son suficientes para dar sentido y movimiento a todo el sistema.

La filosofía continental, hasta Foucault, se presenta así como un reclamo en dos sentidos: en el de la comprensión general del sistema, su significado y su sentido, y en el de la ruptura de los cotos de poder excluyente que se construyen desde el lenguaje técnico de lo jurídico y que actúa no sólo como un metalenguaje, sino como un dialecto para iniciados, particularmente en temas tan próximos al hombre y al ciudadano como los derechos fundamentales, las libertades y la protección de los grupos vulnerables. Por un lado, la visión general del conjunto apoyado en formas rígidas; por el otro, la manera en que se expresa creando sentidos y, ya puestos en esa tesitura, no sólo explicación lógica, sino ante todo, resolución democrática, justa y equitativa de los conflictos individuales y sociales.

Vuelvo, para cerrar y agradecer estos minutos con que generosamente me han obsequiado, a las palabras de  Yourcenar en su libro Fuegos: Antígona… regresa a pie a la ciudad, que convierte un crimen lo que sólo es un desastre, en exilio lo que no es sino una partida, en castigo lo que no es más que una fatalidad.

Muchas gracias