Cisterna de Sol en el Péndulo

Hace unos días mi editor me avisó que mi nuevo libro ya estaba en las librerías El Péndulo, poco después me había recorrido las tres sucursales que frecuento y en todas encontré ese volumen escrito con ilusión y oficio. Verlo en el lugar donde estuvieron antes los libros que hoy pueblan mi biblioteca, mis recuerdos y mis deseos, ha sido una de las experiencias más dulces de mi vida.

Pienso ahora que algunos sitios se vuelven cifra de nuestros deseos y de nuestra imaginación; espacios dotados de recuerdos, de símbolos y de aspiraciones a las que nunca renunciamos; remansos para la fatiga, campos para la alegría y sitios como extensiones de un hogar que sale de casa para abrazar el mundo; lugares cerca o lejos, disímbolos  y variados, no pierden su dimensión mítica aunque los visitemos de manera cotidiana.

Algunos son restaurantes, otros simples avenidas, museos o cantinas. Uno de los míos, de los más queridos son tres de las Librerías El Péndulo, de la Ciudad de México, particularmente los de Condesa, Perisur y Polanco.

En 1993, el periódico Reforma, en su página cultural, anunciaba la apertura de un lugar cuyo concepto era enteramente novedoso: una Cafebrería. Es cierto que no era la primera librería acompañada de un café en la ciudad; pero en todo caso, en ninguna existía la compenetración de ambos espacios como la presentaba el Péndulo. Las estanterías luminosas, el aroma del café por todas partes, y como entonces todavía era lícito fumar en los restaurantes, para un lector voraz de veintidós años, el atractivo era inmediato. Hoy tengo cuarenta y tres y vuelvo a sus mismos espacios con la ilusión sostenida durante veintiún años. Veámoslo así, cuando conocí el Péndulo, justo el día que lo abrieron y acudí con José Serur a mirar la mesa de novedades con el mismo asombro que cada semana o cada diez días me provoca la combinación de títulos, la pluralidad de autores y la riqueza de las ediciones. Hoy como hace tantos años, ir a esas librerías es parte de mi ritual de vida cotidiana, de mi momento ya de soledad como de socialización.

El Péndulo, en mi vida, ha significado muchas cosas. Lugar de reencuentros memorables, punto de asociación de afectos muy profundos pero, sobre todo, el aliciente lector y bibliófilo que no tienen las bibliotecas ni la Universidad, aquellas son bastiones de aprendizaje, depósitos inmensos de conocimiento donde la disciplina, el análisis y el rigor son fundamentales; pero la librería es el espacio del juego, de las medias voces y las risas apagadas, lugares fugaces que cambian de rostro cada semana para exhibir sonrisas y lágrimas inéditas, sitios de velocidad inusitada donde desfilan los ríos de palabras vertidos por escritores de todas partes del mundo y es ahí, en ese espacio, donde he descubierto a los autores más importantes de mi vida.

No tengo idea de cuántos de los libros de mi biblioteca habitaron el Péndulo primero, estoy seguro que entre los locales de Perisur y Polanco, están la mayoría de ellos; libreros fantásticos, dotados de una cultura espectacular han circulado por sus espacios recomendando y enseñando, sin costo ni comisión para el lector; alguno de ellos me inició en Kadaré, en Albert Cohen y con ello modificó mi manera de ver el mundo. Algunos de mis tesoros, como el libro de los laberintos de Santarcángeli, fueron adquiridos ahí; otros entrañables como los volúmenes de la busca del tiempo perdido también fueron comprados ahí, con las economías del lector joven que elegía por el precio y suspiraba por los libros que todavía no podía comprar.

El Péndulo es un hito en la historia de las librerías de la Ciudad de México, no es la más grande ni la más poderosa, no es la más antigua ni la más comercial, pero tiene el encanto de la librería cosmopolita y participa del encanto de las librerías de París y de la potencia de las librerías de Nueva York. Aun así, mantiene el gusto de la sala de casa, del club de amigos y del espacio para perderse persiguiendo títulos a veces por años anhelados. Superó pronto y bien la librería que vende al volumen piezas de baratillo, aquella en que primero preguntan la editorial y luego el autor y jamás el asunto del libro.

Con los años, la librería evolucionó para convertirse en casa de cantautores importantes, espacio educativo, pero hay algo que no ha cambiado, algo que me emociona igual que cuando era un niño: la aventura ingente de encontrar autores nuevos, voces nuevas seleccionadas con el cariño de quienes ven en los libros no sólo un buen producto que vender, sino un espacio común de diálogo para todos los lectores.