Quisimos tanto al Gabo

Avisa el diario El País que Gabo ha muerto, en Macondo se han secado las orquídeas y a mi se me fugan dos lágrimas mustias, opacas, como salidas de muy adentro que no se refrescan con el recuerdo de Ojos de Perro Azul, cuando descubrí un mundo oloroso de guayaba. Otros diarios confirman que es cierto, las declaraciones menudean y me hacen pensar que el gigantesco colombiano tenía razón:la mejor causa para escribir es que a uno lo quieran y, cuánto quisimos al Gabo.

Sucede casi igual con todos los escritores, al menos con los más grandes, que no existen dos lecturas iguales, no digamos entre dos individuos distintos, sino aún entre dos instantes del mismo lector. Del azoro de la triste noticia, a la memoria de los instantes en que García Márquez me entregó crónicas bárbaras y momentos de delicado estremecimiento, transcurren frente a mi las imágenes de sus libros, el ritmo de sus palabras.

Esos autores, los que queremos entrañablemente, son los más extraños, los que se les quiere aunque se les haya visto unas cuantas veces o ninguna; por que al Gabo se le quería como los lectores queremos tanto a Julio, inversamente a lo que pasa por ejemplo con Vargas Llosa, a quien admiramos pero no queremos.

Para mí los diamantes encerrados en dulces naranjas, los días derretidos en que iba a morir Santiago Nasar, la angustia de la Noticia de un Secuestro y la placidez del Amor en los Tiempos del Cólera; para mí las tardes maravillosas en que descubrí a García Márquez en aquel increíble libro que para mí será el primero suyo para siempre, e insisto, Ojos de perro azul; para mí las largas lecturas esperando las resoluciones migratorias en el patio del Palacio de Lecumberri, que me pasaron lentas como esos Cien Años de Soledad que no me soltaban las manos. Y las Memorias de las Putas Tristes que fueron su libro que menos me gustó, pero que no me importa porque queríamos tanto al Gabo.

Y los días de lluvia interminables en Manzanillo con el Amor en los Tiempos del Cólera, las tardes dulces y apacibles en Loja, Ecuador, con la Noticia de un secuestro; la sensación de estar en el ombligo de Latinoamérica esperando a leer quién y por qué iba a matar a Santiago Nazar… y el coronel, y el general y la mamá grande y yo, mexicano vecino de los Estados Unidos descubriéndome latinoamericano de cuerpo entero a través de lugares que no existían, sabores que no conocía y pensamientos que no abrigaba; pero es que de veras, queríamos y queremos tanto al Gabo.

Me da vergüenza estrujarme los sesos para decir algo que me quiere brotar de muy dentro sobre uno de los tres grandes que me hicieron lector, que me inocularon el vicio y el placer de la lectura, algo que decir de él y no de mí en cuanto a él, pero no puedo y me apena; no puedo porque quisimos tanto al Gabo, que lo único que tengo de él es a mi mismo transformándome en los momentos en que ocurrían matanzas en Macondo o vuelvo a escuchar su voz cada que leo de nuevo su Buen viaje Señor Presidente, o su discurso en Zacatecas donde con una ironía cruenta daba muerte a la ortografía para escándalo de quienes no querían saber de bromas.

Qué iba yo a decir de esa literatura endemoniada que llena de olores las bibliotecas, que hace sudar de calor en el gélido invierno de Ginebra; nada si no mi experiencia y mi crecimiento frente a sus palabras; porque lo queríamos y lo queremos, de verdad que sí, tanto como el recuerdo del padre cargando a su santa hija muerta y tanto como el rastro de tu sangre en la nieve. Y me da mucha pena, mucha, no poder decir sino que todavía se me viene el mundo encima cuando me vuelvo a recordar a Miguel Littín clandestino en Chile, en aquella edición de Oveja Negra que atesoro porque es mi constancia de latinoamericano y mi acusación permanente de los tiempos en que mi principal pensamiento era el compromiso.

Y se murió, así, como morimos todos los seres humanos pese a nuestra pequeñez o a su grandeza. Finalmente se fue habiendo dicho lo que tenía que decir y sin que sepamos nunca todo lo que pudo haber dicho. Para siempre, porque serán eternos sus libros y sus anécdotas, quedarán ahí para los lectores que no hayan tenido la fortuna de compartir el tiempo y el espacio con aquel bigotón irreverente que se presentó en guayabera a recibir el Nobel porque en su tierra ése y no el frac eran el traje de gala; porque nadie va a venirme ahora con los consabidos discursos de la inmortalidad de los grandes autores, porque su literatura sin él no es la misma, porque lo quisimos y mucho, muchísimo, como al tío viejo, como al compañero de viaje, como al revolucionario alegre de la risa y el encanto.

Pero se murió, y en Macondo se han secado las orquídeas.