Los perros de Padura, o la Literatura como reconstrucción

Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí; éste es Pablo de Tarso, asombrado frente al amplio espectáculo de la realidad; perplejo frente a un mundo que no puede admirarse  sino por el reflejo que las causas generan en el espejo del universo; aspirando a comprender de manera directa, por los motivos, sin intermediario alguno, justo como Dios me conoce a mi; sin embargo, su esperanza es vana y por eso tiene que depositarla en un ser necesario y eterno.

Los seres humanos, dada la limitación de nuestros instrumentos, no podemos sino conocer los pálidos reflejos de realidades sumamente complejas; sólo en la literatura nos liberamos de estas ataduras naturales. Como autores, porque ahí somos dioses creadores de nuestro discurso y de su imagen, conocemos las causas íntimas y primeras porque nuestra pluma es el instrumento del logos personalísimo del universo emanado de la memoria y de la imaginación; como lectores, porque aparecemos como el profeta al que la revelación le ha sido confiada. Nos es dada la realidad en todo su contacto y si la intermediación aún sigue existiendo, ésta es sólo genética, es decir, el mundo se nos da ya causado pero íntegro y sin fisuras.

Para salir, como dice María Zambrano, del laberinto de la perplejidad y del asombro, el hombre debe desaparecer como simple espectador, aventurarse como creador y como partícipe de la creación. En su unidad, la obra literaria aparece así, diáfana y total, de peor o mejor hechura pero siempre superior al mundo que por todas partes nos aparece inconexo y brumoso, derruido y siempre por reconstruir.

Los labios que se aproximan a mi boca reclaman el beso, pero nada sé del íntimo cosmos de quien dice amarme; pero también mi espíritu y mi cuerpo reclaman su saciedad, conceden y me someto ante las manifestaciones del deseo y del afecto. Si es superior el más humilde beso a la más excelsa de sus descripciones, la comprensión total de su presencia sólo puede ser transmitida, que a su vez, también son frágiles y diminutas, sólo sé del auténtico deseo, en toda su hechura íntegra, cuando García Lorca dice:

Quisiera estar en tus labios

para apagarme en la nieve

de tus dientes.

Quisiera estar en tu pecho
para en sangre deshacerme.
Quisiera en tu cabellera
de oro soñar para siempre.

Que tu corazón se hiciera
tumba del mío doliente.
Que tu carne sea mi carne,
que mi frente sea tu frente.

Quisiera que toda mi alma

entrara en tu cuerpo breve
y ser yo tu pensamiento
y ser yo tu blanco veste.


Para hacer que te enamores
de mí con pasión tan fuerte
que te consumas buscándome
sin que jamás ya me encuentres.


Para que vayas gritando
mi nombre hacia los ponientes,
preguntando por mí al agua,
bebiendo triste las hieles
que antes dejó en el camino
mi corazón al quererte.


Y yo mientras iré dentro
de tu cuerpo dulce y débil,
siendo yo, mujer, tú misma,
y estando en ti para siempre,
mientras tú en vano me buscas
desde Oriente a Occidente,
hasta que al fin nos quemara
la llama gris de la muerte.

Sólo Federico supo qué había dentro de su corazón y que no pudo traducir en palabras; él, frente a la contemplación del objeto de su deseo, conoce esa distancia que nunca nos será revelada; para nosotros lectores, queda la contemplación directa del hecho, del amor justo en el instante previo a la consumación de la caricia; para nosotros hay espejo en la contemplación como para Federico no lo hay en la expresión.

Cuba, en los terribles años posteriores a la caída de la Unión Soviética, un hombre desolado que sepulta a su esposa, sólo frente al enigma del dolor, busca un asidero para no caer de la realidad; así, con una imagen triste que no alcanza a ser desgarradora, comienza para el lector la revelación de una triple épica: la de Trotsky huyendo de Stalin, la de Ramón Mercader vendiendo su alma al sueño de la utopía soviética y la de Iván Cárdenas Maturell en su búsqueda por liberarse de un destino de escritor que no está dispuesto a asumir. En el fondo, Padura propone la reconstrucción del mundo; tanto de aquel que el estalinismo ocultó, como de aquel otro de las motivaciones íntimas, que causaron el esfuerzo de voluntades fieras más allá de sus propias potencias y desde luego el de los hombres sometidos a su destino.

Iván Cárdenas, alguna vez fue la más joven promesa de la literatura cubana, el mundo de sus sueños parecía abrirse con su primera salida a las imprentas de la isla; la ley del silencio y de la disciplina política minaron su capacidad de escribir, y sin embargo, en ciertos momentos de su vida anhela volver a la pluma porque nadie que sea escritor puede abandonar de veras el oficio. Al cabo de una vida de descalabros, sin quererlo ni comerlo, se ha quedado en posesión de una historia que lo abruma, que lo asusta y que, pese a él y a sí misma, exige ser narrada.

Al jugar al dios creador, Padura enlaza lo que a cualquiera podría parecer inconexo; la muerte de la esposa de Iván, que la recuerda sosteniéndose en la vida, apenas por unos días más, cumpliendo con la misión de salvar a Cuba de un huracán sólo con la fuerza de sus oraciones;El hombre que amaba a los perros, es la narración del poder de la fe para reordenar una realidad siempre amenazada por el caos. Por eso, para Iván, la fe de su mujer resulta el corolario de su vida devastada:

En los primeros días de septiembre, cuando el huracán Iván, cargado ya de su máxima potencia, terminaba de cruzar el Atlántico y se acercaba a la isla de Granada, Ana tuvo un inesperado período de lucidez y un imprevisible alivio en sus dolores. Como por decisión suya habíamos rechazado el ingreso en el hospital, una vecina enfermera y nuestro amigo Frank se habían encargado de suministrarle los sueros y las dosis de morfina que la mantenían en un sobresaltado letargo. Al ver aquella reacción, Frank me advirtió que ése era el epílogo y me recomendó darle a la enferma solo los alimentos que ella pidiera, sin insistir con sueros y, siempre que no se quejara de dolores, suspenderle las drogas para así regalarle unos días finales de inteligencia. Entonces, como si su vida hubiese regresado a la normalidad, una Ana con varios huesos quebrados y los ojos muy abiertos volvió a interesarse por el mundo que la rodeaba. Con el televisor y la radio encendidos, fijó su atención, de manera obsesiva, en el rumbo del huracán que había. iniciado su danza mortífera arrasando la isla de Granada, donde había dejado más de veinte muertos. En varias ocasiones, a lo largo de aquellos días, mi mujer me hizo una disertación sobre las características del ciclón, uno de los más fuertes que recordara la crónica meteorológica, y achacó su poder exagerado al cambio climático que estaba sufriendo el planeta, una mutación de la naturaleza que podría acabar con la especie humana si no se tomaban las medidas necesarias, me dijo, con todo su convencimiento. Comprobar que mi mujer moribunda pensaba en el futuro de los demás fue un dolor adicional a los que ya me colmaban.

También para Trotsky todo se centra en su fe maldita y omnipotente; Padura lo dibuja como hijo de sí mismo, con aquella fe rabiosa y apocalíptica capaz de incendiar al mundo y que, al final de los días atormentados del padre del Ejército rojo, ni ha cambiado a la humanidad y, por el contrario, ha dejado tras de sí una estela de muerte, locura y destrucción que pudo ser causada de muchas maneras, pero nunca de mala fe.

El revolucionario se sabe constantemente sometido a la brutal venganza de Stalin y por eso lo denuncia, lo enfrenta, lo señala y al mismo tiempo es capaz de exigir de sus seguidores la obediencia más inhumana, de decretar trabajos suicidas y de tolerar el exterminio de su casa y de su estirpe en razón de los reclamos de su ímpetu revolucionario. Padura sabe que Trotsky,también quiere reconstruir el cosmos con base en una fe telúrica en el futuro promisorio de la sociedad sin clases. Aún siendo un materialista convencido, el autor lo presenta, camino de la primera estación de su exilio fatal, fascinado ante la práctica de los pueblos del Asia central que los hace considerar sagradas algunas piedras del camino:

Capaz de comprender que, al fin y al cabo, una piedra es solo una piedra y que no se experimenta otra cosa que un simple contacto físico cuando el frío y el agotamiento devoran las fuerzas humanas y, en medio de un desierto helado, un hombre apenas armado con su fe encuentra un pedazo de roca y se lo lleva a los labios.

En el reverso de la medalla se encuentra la fe, absolutamente distinta pero igualmente ordenadora y creadora de Ramón Mercader. El que algún día se convertirá en uno de los asesinos más célebres de la historia; no busca en el fondo la redención de la humanidad, no alcanza la frenética fe de Trotsky, pero tampoco dispone de la cruelmente metódica fe de Stalin, porque en él no es afirmación sino clamor por recuperar un equilibrio que ya estaba hecho pedazos antes del día de su nacimiento.

Bajo cada uno de los rostros y nombres que la inteligencia soviética le inventó, subyace el niño pasmado que no alcanza a comprender quién es su madre y que está llamado a reconstruir un mundo nuevo de igualdad y fraternidad por el que siempre estará dispuesto a darlo todo. Al final de su vida no le quedará sino la cruel sensación de que la historia lo ha estafado, que su heroica misión ha sido olvidada y que en lugar de la gloria prometida no queda sino el oprobio y el silencio; guardará la sensación de los besos de su madre y un profundo odio por la mujer que le dio la vida pero le robó la paz. Padura, como creador de ese universo, la muestra desde el primer instante como una una mujer cuya grandeza trágica deja en torno suyo el fuego maldito pero venerable de las personalidades mitológicas:

Apenas lo divisó, la mujer lo envolvió con su mirada verde, más fría que la noche de la sierra, y Ramón recordó que desde el día que se reencontraron, hacía más de un año, su madre no le daba uno de aquellos besos húmedos que, cuando era niño, solía depositar con precisión en la comisura de sus labios para que el sabor dulce de la saliva, con un persistente regusto de anís bajara hasta sus papilas y le provocara la agobiante necesidad de preservarlo en la boca el tiempo del que le concedía la acción de sus secreciones.

En algún momento de nuestras vidas, todos estamos llamados a testificar la grandeza y la miseria de nuestro tiempo pero sólo unos cuantos tendrán la fortaleza de asumirlo y nadie, fuera de la perspectiva del tiempo que pasa, tendrá la capacidad de comprenderlo. Acaso los más geniales, los protagonistas y los privilegiados puedan atinar algunas conclusiones certeras, pero ninguno podrá comprender del todo el magnífico y abigarrado mosaico de causas y azares al que llamamos realidad y, al cabo del tiempo, denominamos historia. Es ahí donde la literatura se vuelve reconstrucción y supera a la historiografía en sus posibilidades totalizadores. Padura acierta cuando nos revela los íntimos motores de la historia; por lo tanto, más allá de lo que resulta evidente para el observador, la reconstrucción es perfecta,porque al ser novela, aparece entera y completa; los sentimientos de los personajes aparecen mezclados, asimilados y opuestos a las fuerzas históricas que ya los someten como los elevan más allá de su propia estatura:

Ya había comenzado a crecer dentro de Caridad: el odio, un odio destructivo que la perseguiría para siempre y que no solo darla sentido a su propia vida, sino que alteraría hasta la devastación la de cada uno de sus hijos.

Padura se enfrenta a una paradoja habitual para quienes narran hechos enmarcados en la corriente general de la historia; el de la libertad del creador que aún siendo enorme, se encuentra limitada por hechos que van más allá de su deseo y voluntad. Si el autor transgrede esos límites; cruza los linderos de la narración histórica, renuncia a la reconstrucción y recupera su absoluta facultad de novelar; si lo hace en el ámbito de lo ya sucedido, se ubica en la ucronía, si en el inédito absoluto, en el de la novela en la más amplia de sus acepciones.

En otras palabras, la libertad del autor nunca es absoluta, está ceñida por la lógica y por la naturaleza que él mismo ha creado para sus personajes. Ha de ser absolutamente fiel al mundo que ha creado, pero al tratarse de la reconstrucción histórica, debe aún ser fiel al destino de los personajes; de los incidentales que él mismo ha creado como de los centrales cuyos hechos están determinados por la historia que lo precede, en el primero de los casos se comportará como el Dios del Antiguo Testamento, y en el segundo, como el coro de una tragedia griega, disipará las grujas del destino, pero no podrá alterarlo:

Luis sería el último de los hermanos, nació en 1923, poco antes de que se iniciara la dictadura de Primo de Rivera y en medio de la tregua que Caridad quebraría un año después: porque el odio es una de las enfermedades más difíciles de curar, y ella se había hecho más adicta a la venganza que a la propia heroína.

En la lucha por reconstruir el tiempo pasado y dotarlo de sentido, en ese esfuerzo por quebrantar la presencia de los espejos para entrar lisa y llanamente en la contemplación directa de lo sucedido; el autor se enfrenta con el mundo dado -a decir de Schopenhauer, como voluntad y como representación-, pero no permanece insensible frente a la realidad que ha escogido y de la que se ha apropiado. Una realidad que vuelve a surgir y a ocurrir conforme la pluma va recreándola en el papel, una realidad a la que el propio autor no puede someterse sino de la cual se vuelve partícipe; por eso, la reconstrucción nunca es fiel ni aspira a serlo, pero siempre ha de ser convincente, y ante todo:creíble.

Particularmente porque el acto creativo se desplaza de los hechos a los motivos, y desde luego al diálogo, y los personajes inéditos por completo a aquellos otros sometidos a la gravitación de la historia. En la reconstrucción, ambas clases de personajes son ficticios e imaginarios, por más reales que parezcan siguen siendo producto del arte, aún cuando se trate de una manifestación vital; el autor descubre símbolos y señales, premoniciones y prefiguraciones que luego se convierten en situaciones actuales, cumpliendo así el autor su papel de demiurgo, contemplando la realidad desde todas sus aristas. Así por ejemplo, ve a Trotsky en su asilo temporal en Turquía:

La provisionalidad con que se acomodaron en aquel refugio se advertía en la ausencia de objetos de destinados a embellecerlo; ni siquiera había un simple rosal en el jardín: “Plantar una sola semilla en la tierra sería como reconocer una derrota”, había advertido Liev Davidovich a su mujer, pues aún tenia la mente puesta en los centros de la lucha a los cuales, más pronto que tarde, pensaba que lograría acceder…

Aunque estemos habituados a pensar en la historia como algo dado, perfecto en su devenir, es decir, como una larguísima narración que une ese pasado, incluso el más remoto, con el presente; en realidad son nuestra voluntad, nuestra capacidad de relacionar hechos inconexos y aún nuestro deseo de entendimiento, lo que da su apariencia de unidad a la historia, que por sí misma y sin nuestra lectura, resultaría sólo una colección -entre vistosa y aburrida- de hechos ya acontecidos.

El mismo fenómeno ocurre con los individuos que al recordar no podemos sino hacerlo bajo el modelo de lo que somos en el presente; así, las chispas de memoria de nuestra primera infancia, la alegría de la niñez y la vergüenza de la adolescencia se ensamblan en el recuerdo como una explicación que trata de hacernos comprender quiénes somos y porqué somos de determinada manera; pero el que aspira a la reconstrucción del ayer no puede contentarse con sólo esto, deberá avanzar un paso más y construir a cada sujeto como un símbolo de su propia pasión, de su deseo y de su ideal, sin ello su universo resultaría incomunicable y al quedar a medio andar entre la literatura y la historiografía, quedará imposibilitado para concluir cualquiera de ambos procesos.

Para Padura, Trotsky es el símbolo de la fatalidad, de la verdad martirizada, mientras que Stalin lo es del poder absoluto y de todas sus terribles consecuencias, del mismo modo en que Maiakovsky lo es de la pureza sacrificada:

Liev Davidovich recordó que varios años atrás había escrito que a Tolstói la historia lo había vencido, pero sin quebrarlo… Pero Maiakovski, obligándose a ser un creyente, se había callado y por eso terminó quebrado. Le faltó valor para ir al exilio cuando otros lo hicieron; para dejar de escribir cuando otros partieron sus plumas. Se empeñó en ofrecer su poesía a la participación política y sacrificó su Arte y su propio espíritu con ese gesto: se forzó tanto por ser un militan te ejemplar que tuvo que suicidarse para volver a ser poeta…

Padura ha elegido narrar una historia de sacrificios inútiles, de batallas perdidas que perviven como mitos de nuestro tiempo: la caída de la República española, la larguísima decadencia de Cuba y el tétrico final de la Unión Soviética; una historia de héroes traicionados e ideales olvidados, pero que son salvos por la reconstrucción de un tiempo que fue y que es la causa eficiente de estos días que nos corresponde vivir.

Aunque el libro se convierte en un dramático alegato por la libertad; los dos opuestos se encuentran admirablemente en la desesperación que comparten: Ramón Mercader e Iván Cárdenas, Mercader y Trotsky, Trotsky y Stalin. Padura no ha querido prevenirnos ni revelarnos los excesos y crímenes del estalinismo, no ha buscado darnos a conocer las fisuras endémicas de la izquierda iberoamericana ni la dramática situación de Cuba en las últimas décadas; sólo se ha propuesto novelar y más que eso, reconstruir un mundo que aparece lejano y desconocido para las nuevas generaciones. Iván es la imagen del latinoamericano estafado por su época y por su utopía, el latinoamericano educado en la esperanza siempre por conquistar y aplazada siempre por la realidad; secuestrado por una enorme necesidad creativa y un miedo cerval que termina por paralizarlo:

Aquel día, además, supe con exactitud lo que era sentir Miedo, así, un miedo con mayúsculas, real, invasivo, omnipotente y ubicuo, mucho más devastador que el temor al dolor físico o a lo desconocido que todo hemos sufrido alguna vez. Porque ese día lo que en realidad sucedió fue que me jodieron para el resto de mi vida pues además de agradecido  y preñado de miedo, me marché de allí profundamente convencido de que mi cuento nunca debió haber sido escrito, que es lo peor que pueden hacerle pensar a un escritor…

Su álter ego, aquel otro hombre hallado por accidente, representa la encarnación del miedo, un emisario de otros tiempos y de otras latitudes, surgido de las más hondas tinieblas de la historia; si Iván ha conocido el miedo por imprevisión y ha sucumbido por pusilánime, Ramón ha conocido el miedo por la fe y la sido derrotado por agotamiento; el primero ha sido obligado a dar testimonio y se ha convertido en el reconstructor de la historia contra su voluntad; el segundo ha querido ser protagonista y se ha visto reducido a la más oculta pieza de la maquinaria del Estado y en señal viviente de la vergüenza y el extravío. Iván transpira muerte mientras que Ramón, el asesino, dimana vitalidad, pero ambos son sometidos por fuerzas que los superan y a las que suponen más fuertes que la propia naturaleza, en términos de Padura:

Ramón añoraría siempre aquellos tiempos en los que, como nunca en la historia de España, se había amado tanto, con tanta ansiedad, como si se viviera una orgía de pasiones física e intelectuales…

Es sobre Trotsky quien se construye todo el esfuerzo de reconstrucción histórica; Liev Davidóvich, víctima y victimario, profeta y fanático, semidiós y hombre abandonado. El Trotsky que aparece en la historia narrada por Padura es aún más real y aún más verdadero que el asesinado en Coyoacán en 1940; mucho más real porque la tinta lo ha convertido en símbolo de la fuerza creadora de la vida que prevalece a cualquier precio, y del martirio cuyas palmas están reservadas sólo para los fanáticos y para quienes aguardan porque saben que no puede ser otro su destino.

Voluntarioso y firme, Davidóvich es la voz que clama en el desierto, pero también es la fuerza telúrica de una revolución llamada a devorar constantemente a sus hijos. La oposición entre Stalin y Trotsky revela la oposición entre dos formas muy distintas de obsesión, dos maneras de la megalomanía y dos caminos al mesianismo. Desde que salió a su exilio a Turquía, Trotsky se sabe hombre muerto y aspira apenas a defenderse en la medida que debe ir sepultando, una a una, sus esperanzas de volver a la Unión Soviética y reconstruir la revolución que, desde su óptica, Stalin ha destruido; el opositor soviético no sabe rendirse y asiste a su propia destrucción causando a su paso aniquilamiento y la muerte, aunque también ilusión y esperanza, en situaciones así la vida es menos importante que la forma en que se asume la sobrevivencia:

La Revolución que de formas diferentes, pero con la misma pasión, soñamos tú y yo, y soñó Lenin y tantos hombres que Stalin está aniquilando y aniquilará en el futuro. Y estoy seguro de que entre los sacrificados en el matadero estalinista estará Bujarin, que tuvo tanto miedo que prefirió la certeza de la muerte al riesgo de tener que mostrar valor para vivir cada día …

Bárbaro tiempo aquel en que las ideologías de todos los signos tuvieron que probar su capacidad y poderío, más allá de sus razones, a través de su fuerza destructiva; siglo atroz en el que nadie quedó limpio y todos los sistemas impulsaron su poderío bajo aquellos principios que terminaron por enloquecer al Quijote, la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece.

La utopía se transformó en una cruel pesadilla, los principios ideológicos se convirtieron en dogmas de fe y la potencia redentora de la igualdad en el alimento de una vivencia que se alimentaba a sí misma. Nadie quedó limpio, aunque no todos tuvieron la misma mácula; los principios, aún traducidos en muerte y destrucción no pueden ser juzgados de la misma manera; las democracias deben cargar en sus conciencias los bombardeos de Colonia, Hiroshima y Nagasaki, llevar siempre la sombra de Ezra Pound; los fascismos nunca podrán liberarse de la tiniebla omnipresente de Auschwitz y la memoria de la URSS estará empeñada por las purgas de Stalin, los gulag y las deportaciones:

Lo más terrible era saber que aquellas limpiezas habían afectado a toda la sociedad soviética. Como cabía esperar en  un Estado de terror  vertical y horizontal, la participación  de las  masas en la depuración habría contribuido a su  difusión geométrica: porque  no  era posible  emprender una cacería como la vivida   en la URSS sin exacerbar los instintos más bajos de las gentes y sobre todo,  sin que  cada persona sufriera el terror a caer en  en sus redes, por cualquier motivo, incluso sin motivos. El terror había  generado el efecto de  estimular la  envidia y la venganza,   había creado una atmósfera de histeria colectiva y, peor aún, de indiferencia ante el destino de los demás. La depuración se alimentaba de sí  misma y, una  vez   desatada, liberaba fuerzas infernales que la obligaban a seguir hacia delante y a crecer…

Sin embargo, no hay religión sin infierno; no sólo porque es la única manera en que el creyente puede ser sometido, sino porque no hay redención ahí donde no hay infierno del cual salvarnos. De ahí que nada haya más peligroso que un creyente y que los duros años del siglo XX hayan sido la versión laica y atroz de las antiguas guerras de religión que ensombrecieron a los siglos XVI y XVII; a diferencia de la antigua fe de las religiones, la nueva, la de las ideologías no supera la prueba del martirio y se extingue o cambia de signo de acuerdo con los trances de la política y la guerra.

Así quiere dejarlo claro el maestro del espionaje que de muchas maneras adopta a Ramón Mercader y lo transforma en Jacques Mornard, asesino confeso por la fe y por mandato de Stalin, un profeta al que nunca conoció y del que sólo supo por sus obras; así le entrega Caridad, su madre, como un nuevo Isaac para el sacrificio de la fe proletaria, antes de convertirse en otro Ramón Mercader, revolucionario combatiente por el dogma comunista, por el odio heredado de su madre y por necesidad de conquistar a la mujer deseada:

-¿Qué es  un nombre, Jacques? ¿O ahora eres Ramón ?… Esos perros que a ti te gusta n tanto tienen nombre ¿y qué? Siguen siendo perros. Ayer fui Grigoriev, antes era Kotov, ahorra soy Tom aquí y Roberts  en  Nueva  York. ¿Sabes cómo me dicen en la Lubyanka?… Leonid Alexándrovich. Me puse ese nombre  para  que no supieran el mío, porque se iban a dar cuenta de que soy judío, y los judíos no gustamos a mucha gente en Rusia… Soy el mismo  y soy diferente en cada momento. Soy todos y soy ninguno, porque soy uno más, pequeñísimo, en la lucha por un sueño. Una persona y un nombre no son nada…

Pero al final del día, abandonado en una Cuba próxima a la fatiga, Mercader, una vez más bajo un nuevo nombre, encontrará a un heredero de sus memorias malditas; un escritor que no sabe si lo sigue siendo y al que primero lo une el amor por los perros y luego una historia que nadie quiere escuchar. Ahí Ramón e Iván descubrirán que pese a todo son los hombres y no las ideas, son los sujetos y no los sistemas los que hacen la historia; los que se niegan a sí mismos y que sin embargo, son recordados aún en su potencia anónima; son ellos los que terminan pagando las enormes facturas de las revoluciones y las contrarrevoluciones, de las invasiones y las resistencias, quienes soñarán con la verdad y la gloria, porque a final de cuentas, lo ha demostrado Jacques Mornard, nadie está preparado para un asesinato si no está dispuesto a sobrevivirlo:

-Esto es basura, Jacson – y cruzó con su lápiz la cuartilla, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. En ese instante Ramón Mercader sintió que su víctima le había dado la orden. Levantó el brazo derecho, lo llevó hasta más atrás de su cabeza, apretó con fuerza el mango recortado y cerró los ojos . No pudo ver, en el último momento, que el condenado, con las cuartillas tachadas en la mano,volvía la cabeza y tenía el tiempo justo de descubrir a Jacques Mornard  mientras éste bajaba con toda su fuerza un piolet que buscaba el centro de su cráneo. El grito de espanto y dolor removió los cimientos de la fortaleza inútil de la avenida Viena…