Hace quince años descubrí mi vocación. A una edad en la que uno podría pensar que todo ha pasado, que las decisiones definitivas se han tomado y se emprende el camino a esa tierra prometida que mana leche y miel y a la que llamamos madurez.

A los 28 años me pusieron al frente de mi propio grupo en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y entonces, en mi primera clase de Filosofía del Derecho, entendí que contra cualquier pronóstico, apenas iba a tomar las decisiones que darían forma y sentido a mi vida. No era casual, desde siempre tuve una profunda gratitud y reverencia por mis maestros; ser maestro significaba entonces para mí una especie de iluminación, una facultad extraña y fantástica de decir y hacer cosas que cambiaban la mente y el comportamiento de los demás, un ejercicio del ejemplo y de la palabra que abrían mundos inéditos y maravillosos para los estudiantes. Mis maestros fueron siempre puertas y ventanas a universos en los que me aventuré y me aventuro con ánimo de explorador, de viajero y de sujeto perdido en la inmensidad del asombro.

Hoy es día del Maestro, mi hija me ha obsequiado un dibujo en el que ha pegado mi fotografía; por esas razones se hace uno maestro; pero también por cariño, no a la humanidad que es mucho decir, sino por cada uno de quienes el azar deja en la situación de alumnos por unas cuantas semanas y a los que uno tiene la oportunidad, no de enseñar lo inédito o lo increíble, sino de mostrar las rutas y los caminos por donde se puede alcanzar algún nuevo conocimiento y generar conductas que nos permitan ser más felices, más plenos, más dueños de uno mismo y en fin, más contentos dentro de nuestra propia piel.

Hay dos personas a las que cualquier profesor debe una gratitud infinita: a sus propios maestros tanto por lo que le enseñaron como por el ejemplo que le ayudó a descubrir su vocación; y a sus alumnos, tanto porque le permiten el ejercicio del oficio que contiene el secreto de su alegría, como por el nexo – casi metafísico – que le autoriza vivir en un eterno ciclo de enseñanza aprendizaje.

Lo he hecho en cada ocasión que he podido y lo seguiré haciendo mientras pueda, agradecer personalmente a mis maestros todo cuanto han hecho por mí, pública y afectuosamente. Ahora repito ese ritual, gracias a Irma Ramírez Raya que me enseñó a leer y a escribir, la más importante de mis profesores; a Julia Abadía que me demostró el gusto de aprender así, nomás de puro gusto; a Manuel Mijares Ferreiro que no pudo enseñarme álgebra, y no por su culpa, pero me dio las claves de una curiosidad intelectual infinita; a Javier Villanueva Chávez, que me enseñó las enormes bondades de la generosidad, la paciencia y la disciplina; a don José Cervantes que demostró que la cultura incrementa la sencillez y la felicidad y cuya bibliografía – que sigo dando a mis alumnos – ha sido un alegre camino sin fin; a don Rafael Cervantes que me publicó mis primeros escritos de estudiante confundido; a don José de Jesús Ledesma que del latín y el derecho romano me llevó a enamorarme por fin de mi carrera; a don José Ignacio Echeagaray que era historiador y más que eso era ejemplo de lo que aún quiero ser cuando llegue a la edad que él tenía cuando lo conocí; a don Jesús González Schmall, que dirigió mi tesis de licenciatura y me enseñó la gratitud de ser maestro; a doña Loreta Ortiz Alhf que me enseñó derecho internacional, que fue mi primera ilusión profesional; a Manuel Atienza que me cambió la vida; a François Öst, que terminó de labrar mi vocación; a Maricela Aguilar que me enseñó de toros cuanto sé, a Fernando Serrano Migallón, que dirigió mi tesis doctoral y al que ya no sé bien qué es todo lo que he de agradecerle porque es mucho. A los que ahora sus nombres se ocultan y que – en algunos casos – me enseñaron al menos a ser feliz aprendiendo. Gracias.

La literatura ha sido pródiga en libros sobre maestros, por ejemplo: El maestro y margarita, de Mikhail Bulgákov (http://es.wikipedia.org/wiki/El_maestro_y_Margarita); Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque (http://es.wikipedia.org/wiki/Sin_novedad_en_el_frente_(novela)); El día que Nietszche lloró, de Irvin Yalom (http://es.wikipedia.org/wiki/El_d%C3%ADa_que_Nietzsche_lloró); La librería, de Penélope Fitzgerald (http://www.papelenblanco.com/novela/la-libreria-de-penelope-fitzgerald-un-libro-para-amantes-de-los-libros), Una casa para el señor Biswas, de V.S. Naipaul (http://es.wikipedia.org/wiki/Una_casa_para_Mr._Biswas), Desgracia, de J. M. Coetzee (http://es.wikipedia.org/wiki/J._M._Coetzee) entre otros.

A final de cuentas, a los maestros más importantes de mi vida: mis padres Esperanza y Vicente; mis hijos Almudena y Gonzalo; mi esposa, Adriana y mi hermano Gustavo.

9 pensamientos

  1. Excelente reflexión primo, muchas felicidades en tu día, que sigas recibiendo el cariño y respeto que veo tus alumnos te profesan y seguramente eres merecedor, los cuales me enseñaron a conocerte a distancia un poco más, un abrazo muy fuerte.

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  2. Felicidades en su día, por ser mi profesor en el módulo uno del Diplomado Propiedad Intelectual, lo cual fue un gran placer, por despertar en mi gran interés en la materia, que gracias a Usted logré obtener mi título de Licenciada en derecho, y próximamente estudiaré la maestría, gracias por sus consejos, y nuevamente, muchas felicidades.

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  3. Maestro me gustan sus palabras; la sencillez y claridad de sus pensamientos logran atraparme y aún más, puedo sentir algunas emociones. Comparto la idea de la gratitud profunda a quienes nos facilitan el conocimiento y a quienes nos permiten realizarnos a través de su transmisión. Bendita tarea!

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  4. Enhorabuena Doctor, me ha gustado mucho su texto, definitivamente, los maestros tocan vidas para siempre. Reciba un saludo afectuoso.

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