Palabras de Daniel Rodríguez Barrón en la presentación de Cisterna de Sol

La lectura como prueba de humanidad

Se suele creer que el carácter representa por completo nuestra postura ante la vida. Incluso hay quién relaciona directamente al carácter con el destino. Mientras leía Cisterna de Sol de César Benedicto Callejas, me preguntaba si sería posible, a través de una geografía de lecturas, imaginar el carácter de una persona. ¿Somos lo que leemos? El subtítulo de su libro es Vivencias de la literatura, es decir para Callejas la literatura es un hacer y no sólo un leer o pensar. Es un asunto práctico, pero que práctica ¿qué?

En la lectura de Kadaré, Callejas aprende a no odiar al otro, a no odiarlo sólo porque pertenezca a una raza o un credo distinto. Al leer a Mishima comprende que hay en lo monstruoso, en la deformidad una forma de belleza, el milagro de lo inmundo. Cuando se topa con Kertész entiende la muy particular culpa del sobreviviente, hay que traicionar una y otra vez a la muerte, en cada esquina, en cada holocausto, para sobrevivir. Pero no basta con sobrevivir le dice Simone de Beauvoir también hay que ver por los demás, la humanidad está cifrada en cada prójimo. “¿Cómo recuperar la sensibilidad?”, se pregunta y nos pregunta mientras lee Frente al dolor de los demás de Susan Sontag.

Y finalmente, quizás en el texto más personal de todo el libro, “Derecho y literatura, narrativas encontradas”, nos hace notar que el derecho es un lenguaje como la literatura, es decir es una construcción e interpretación del mundo. Se puede cuestionar la eficacia de ambas, pero a lo que aspiran es a crear valores sobre los cuáles medir nuestro mundo. El derecho y la literatura “crean ficciones para solucionar problemas” y “establecen modelos aún imposibles de lograr”. Y aquí encontramos, se diría completamente perfilado el carácter de este lector: es un idealista práctico, si eso es posible, está convencido de que nada en este mundo es perfecto, sus lecturas le hablan de holocaustos, de sistemas totalitarios, de imágenes de torturas que como bien sabemos en México todo el mundo termina por acostumbrarse a mirar ya sin indignación ni escándalo. Y sin embargo, cada lectura y quiero creer de cada uno de sus casos a lo que se enfrenta como abogado, lo obliga a salvarnos de la perpetua tentación de autodestrucción. Callejas contrapone a esa tentación los modelos, las ficciones sociales y literarias que nos permiten preservar la vida: el respeto y la compasión. La literatura y el derecho le sirven para revelarse contra las carencias y las desventajas sociales. Son  ejercicios de modestia, de descontento, que ciertamente no mejoran por arte de magia la realidad, pero al menos la dignifican. Mientras leía a Callejas recordé ese consejo de Chéjov escrito a su hermano: “Alégrate de tu descontento, demuestra que eres más grande que los autosatisfechos”.